Viernes 19 de junio 2026
- Fr. Rómulo Vásquez Gavidia, OP

- 15 jun
- 2 min de lectura
XI semana TO
Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Mateo 6, 19-23
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No atesoren para ustedes tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen y donde los ladrones abren boquetes y los roban. Hagan tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que los roen, ni ladrones que abren boquetes y roban. Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón.
La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; pero si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Si, pues, la luz que hay en ti está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!».
Reflexión
“Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón”
Seguimos escuchando las enseñanzas de Jesús en el Monte. En el evangelio de hoy Jesús nos advierte sobre el peligro de apegarse a las riquezas materiales a espaldas de Dios. Los bienes terrenales son buenos, pero son temporales, duran mientras vivamos en este mundo. Al final de la vida no llevamos nada al cementerio, a las justas llevamos lo que pongan en el ataúd, que a veces apenas es una mortaja que envuelve un cuerpo que poco se va a desintegrar hasta que se quede solo huesos.
¿Dónde está su tesoro? Jesús nos dice que “donde esté su tesoro, allí estará también su corazón”. ¿Dónde queremos encontrar el verdadero tesoro? Hay personas que consideran tesoro a las riquezas, la acumulación de bienes materiales. Sin embargo, para quienes somos creyentes, la acumulación no trae felicidad en sí misma, sino sólo un cambio de miserias. Para los creyentes, el verdadero tesoro es el Reino de Dios, es Dios mismo, que se ha dado a conocer en la persona de Jesús. Nuestro tesoro es el Reino: “El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo. El que lo encuentra, lo vuelve a esconder, va a vender sus bienes y compra el campo” (Mt 13,44).
Somos peregrinos en esta vida. No olvidemos que en cualquier momento se nos presentará el Señor para decirnos: “¡Necio! Esta misma noche te pedirán tu vida. ¿De quién será lo que has acumulado?” (Lc 12,20). No condenamos las riquezas en sí mismas, pues son buenas, pero si nuestra vida existe solo para acumular riquezas, éstas pueden ser un obstáculo para entrar en el Reino de Dios, porque la acumulación de bienes, sin espíritu de solidaridad, aumenta nuestro apetito de seguir acumulando: el que le gustan las riquezas nunca estará feliz con lo que tiene, siempre quiere más, al extremo de volverse esclavo, sin tiempo para Dios, la familia, el prójimo.
Que podamos vivir nuestra fe preparándonos con lo necesario para nuestro viaje al cielo, sin dejarnos esclavizar por las cosas de este mundo.




Comentarios