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Domingo 28 de junio 2026

  • Foto del escritor: Fr. Rómulo Vásquez Gavidia, OP
    Fr. Rómulo Vásquez Gavidia, OP
  • hace 9 horas
  • 3 min de lectura

XIII semana TO


Evangelio 


Lectura del santo evangelio según san Mateo 10, 37-42


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:

«El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que les recibe a ustedes, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo.

El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad les digo que no perderá su recompensa».


Reflexión


“El que pierda su vida por mí, la encontrará”.


En este domingo Jesús nos hace un llamado radical a vencer el miedo y proclamar la Este domingo, el evangelio nos presenta a Jesús exigiendo lealtad radical a los discípulos en el seguimiento. Seguir su camino implica poner el Evangelio por encima de los lazos familiares y asumir los sacrificios que conlleva. Esto no significa que Jesús tenga como proyecto para sus discípulos un camino de sufrimiento sin sentido, como si estuviera santificando el sufrimiento como tal. Se trata de decir la verdad sobre una misión, que no es fácil cuando se trata de ser fiel al evangelio. El proyecto de Jesús es la salvación, la vida eterna, para quienes libremente le siguen; también será recompensados aquellos que ayuden a los discípulos con detalles aunque sean pequeños, como un vaso de agua. 


Seguir a Jesús como discípulo lleva consigo el vivir en conflicto. Implica romper ciertas tradiciones que nos atan, incluso lazos familiares que no nos dejan ser libres. No se trata de romper relaciones afectivas con la familia, sino los lazos, los criterios de amor o de odio, de intereses mundanos y de herencia. Estos lazos hay que romper para colocar el evangelio por encima: Hay que amar a Jesús más que a la propia familia y no al revés. Al poner a Jesús por encima de la familia, surge una nueva forma de ser hijo, de ser padre o madre y de ser hermano.


El “seguimiento” de Jesús es algo que está lleno de radicalidades, pues sin eso no podría subsistir. El evangelio no podría ser evangelio si se impone a los discípulos otros criterios distintos de autoridad y de prestigio. El seguidor de Jesús debe ser amante de la verdad del evangelio, que implica amar a la familia: padre, madre, hermanos, hijos. Pero ese amor está inspirado en el amor de Jesús y a Jesús. Jesús no impide el amor fuera de él, pues, él mismo dejó el mandamiento nuevo, de “amarnos unos a otros como él nos amó”. Sería contradictorio dejar de amar a la familia o aborrecerla. Lo que Jesús nos pide es poner en orden nuestros afectos: primero a Jesús, el Hijo amado del Padre.


La radicalidad no significa difícil o imposible, sino por sentido y por coherencia. Se trata de algo vital, porque si no hay raíces no crece la vida. Si seguimos a Jesús debemos renunciar a nosotros mismos y a lo nuestro; eso es coger nuestra cruz. El que acepta el evangelio debe hacerlo por voluntad propia, por honor, y por disfrute personal. 


Con las palabras de Pablo (segunda lectura), “quien vive, vive para Dios” (Rm 6,10), perseveremos siguiendo a Jesús, entreguemos nuestra vida por él y por el evangelio.


 
 
 

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