Martes 16 de junio 2026
- Fr. Rómulo Vásquez Gavidia, OP

- 15 jun
- 2 min de lectura
XI semana TO
Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 43-48
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«¿Han oído que se dijo: “‘Amarás a tu prójimo’ y aborrecerás a tu enemigo”. Pero yo les digo: amen a sus enemigos y recen por los que los persiguen, para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si aman a los que los aman, ¿qué premio tendrán? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludan sólo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto».
Reflexión
“Sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto”
Seguimos escuchando las enseñanzas de Jesús dadas en el Monte. El evangelio de hoy nos invita a ser perfectos como el Padre celestial. La finalidad de la Ley es que el hombre se esfuerce por vivir la perfección imitando a Dios. El hombre es capaz de vivir la perfección, porque tiene voluntad.
En la Biblia, la "perfección" (téleios en griego) no significa ausencia de errores o vida sin pecado, sino madurez, integridad o plenitud. La perfección es un proceso continuo de crecimiento espiritual y entrega total a la voluntad de Dios, no un estándar inalcanzable de impecabilidad. El camino a la vivencia de la perfección es el amor a todos, incluyendo a los enemigos.
No es fácil amar a los que nos han hecho daño. No nos nace si saludar ni responder un saludo a quienes nos ofenden. Sin embargo, el cristiano tiene vocación de asumir retos grandes, no se deja llevar por la ofensa sino que actúa de acuerdo a lo que es: Hijo de Dios. Si Dios es bueno con los buenos y malos, también nosotros aprendemos a actuar como actúa el Padre. Es un reto grande, pero hay que actuar así: “amen a sus enemigos y recen por los que los persiguen, para que sean hijos de su Padre celestial”.
También Jesús reconoció lo difícil que es cumplir la voluntad de Dios. En su oración en Getsemaní dijo: “Padre, si es posible, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22,42). El cristiano imita a Jesús en la vivencia de la fidelidad a la voluntad de Dios, pues, para los que creen en Dios nada es imposible (Lc 1,37).




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