Martes, 21 de julio 2026
- Fr. Rómulo Vásquez Gavidia, OP

- 21 jul
- 2 min de lectura
XVI semana TO
Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Mateo 12, 46-50
En aquel tiempo, al salir de la sinagoga, los fariseos planearon el modo de acabar con Jesús. Pero Jesús se enteró, se marchó de allí, y muchos le siguieron. Él los curó a todos, mandándoles que no lo descubrieran.
AsEn aquel tiempo, estaba Jesús hablando a la gente, cuando su madre y sus hermanos se presentaron fuera, tratando de hablar con él. Uno se lo avisó: «Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo». Pero él contestó al que le avisaba: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?».
Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre».
Reflexión
“Estos son mi madre y mis hermanos”.
La familia de Jesús es grande y está conformada por aquellos que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica. Esta gran familia va más allá de los vínculos sanguíneos, que no significa un menosprecio por la familia natural. Jesús apreció mucho a sus padres, pues, no ha venido a abolir la Ley y los Profetas, sino a cumplirla y darle plenitud (Cf. Mt 5,17). No podemos imaginar que Jesús elimine el mandato de “honrar padre y madre” (Ex 20, 12; Ef 6,2-3) al responder “mi madre y mis hermanos son aquellos que cumplen la voluntad de Dios”, como leemos en el evangelio de hoy. María es la madre de Jesús en el ámbito carnal y en lo espiritual, pues ella es la primera en escuchar la Palabra y disponerse ante ella como servidora del Señor.
Jesús ha venido para unir a las familias en una más grande en torno a la vida según la voluntad de Dios. Esta gran familia es la Iglesia fundada por él, y en ella se profesa una única fe, se recibe un único bautismo, como uno solo es el Señor. La unidad en una misma esperanza, como dice san Pablo en su carta a los Efesios (4,4). Por ello, la unidad de los discípulos es el signo que nos identifica con Jesús, porque formamos un solo cuerpo, que es la Iglesia de la cual Cristo es la cabeza.
Pero, no basta con saber que formamos parte de la Iglesia, por nuestro bautismo. Realmente somos familia de Jesús cuando estamos en plena comunión con él, cumpliendo la voluntad de Dios. No nos conformamos de pertenecer a la Iglesia solo de nombre. No basta pertenecer nominalmente, es necesario que en la vida se note y se vea que realmente somos la familia de Jesús.




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