Viernes 14 de agosto 2026
- Fr. Rómulo Vásquez Gavidia, OP

- hace 4 horas
- 3 min de lectura
XIX semana TO
Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Mateo 19, 3-12
En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos y le preguntaron, para ponerlo a prueba: «¿Es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo?».
Él les respondió: «¿No han leído que el Creador, en el principio, los creó hombre y mujer, y dijo: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne”? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre».
Ellos insistieron: «¿Y por qué mandó Moisés darle acta de divorcio y repudiarla?».
Él les contestó: «Por la dureza de su corazón les permitió Moisés repudiar a sus mujeres; pero, al principio, no era así. Pero yo les digo que, si uno repudia a su mujer —no hablo de unión ilegítima— y se casa con otra, comete adulterio».
Los discípulos le replicaron: «Si esa es la situación del hombre con la mujer, no trae cuenta casarse».
Pero él les dijo: «No todos entienden esto, solo los que han recibido ese don. Hay eunucos que salieron así del vientre de su madre, a otros los hicieron los hombres, y hay quienes se hacen eunucos ellos mismos por el reino de los cielos. El que pueda entender, entienda».
Reflexión
“¿Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre?”
El evangelio de hoy nos presenta a Jesús respondiendo a la pregunta que le habían hecho los fariseos respecto a que, si se podía repudiar a una mujer por cualquier motivo, tal como dejó establecido Moisés (Dt 24,1). La pregunta tiene como objetivo hacerle caer con la respuesta que dé, porque Jesús había declarado en el Sermón del Monte de que no había venido a abolir la Ley (Mt 5,17). La respuesta de Jesús, que ha venido a dar plenitud al cumplimiento de la Ley va más allá de lo que haya permitido Moisés, puesto que lo permitido, debido a la dureza de corazón de algunos hombres, no está por encima de lo establecido por Dios (Gn 2,24; Ef 5,31): “Por eso dejará el varón a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne… Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre” (Mt 19,5-6). Jesús reafirma el matrimonio como unión indisoluble creada por Dios desde el principio y aclara que el acta de Moisés fue una concesión por la dureza del corazón humano, no porque así lo quiera Dios.
El matrimonio cristiano no es solo una convivencia entre un varón y una mujer que se quieren. El matrimonio es un sacramento, es decir, es algo sagrado y querido por Dios. El matrimonio es el sacramento del amor humano bendecido por Dios. Por eso, los que se sienten llamados al matrimonio deben entender que esta unión dura para siempre, incluso cuando hay dificultades serias. El amor no pasa nunca, porque implica comprensión, sacrificio, perdón, servicio, etc. (Cf. 1Co 13). El matrimonio, unión de varón y mujer, es también compartir un proyecto de vida.
Para llegar al matrimonio se requiere un camino de preparación humana y cristiana. Humana, porque se unen personas con historias personales y familiares propias, con heridas y éxitos vividos cada uno a su estilo. Es necesario un tiempo en que, por el diálogo sincero, se vayan conociendo personalmente y puedan conocer también el entorno familiar y de los cercanos a cada uno. Y también es necesario una formación cristiana y espiritual. Es necesario iluminar el amor humano desde el amor que hemos recibido de Dios por medio de Jesús, y conocer el mandamiento del amor: “amarse como Jesús nos ha amado”. El amor de Jesús no tiene límites, nos ama siempre, a pesar de que, al igual que Pedro, lo hemos negado, o hemos vivido como si no lo conociéramos.
Que Jesús bendiga a todos los varones y mujeres que se preparan para vivir unidos en matrimonio y bendiga a todas las familias.




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