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Martes 19 de mayo 2026

  • Foto del escritor: Fr. Rómulo Vásquez Gavidia, OP
    Fr. Rómulo Vásquez Gavidia, OP
  • 18 may
  • 3 min de lectura

Sétima semana de Pascua


Evangelio 


Lectura del santo evangelio según san Juan 17, 1 - 11a


En aquel tiempo, levantando los ojos al cielo, dijo Jesús:

«Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a todos los que le has dado. Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo.

Yo te he glorificado sobre la tierra, he llevado a cabo la obra que me encomendaste. Y ahora, Padre, glorifícame junto a ti, con la gloria que yo tenía junto a ti antes que el mundo existiese.

He manifestado tu nombre a los que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado.

Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por estos que tú me diste, porque son tuyos. Y todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti».


Reflexión


“Ésta es la vida eterna: Que te conozcan a ti y a tu enviado”.


En estos días nos vamos preparando para la celebración de la fiesta de Pentecostés. El evangelio de hoy nos presenta a Jesús celebrando su oración sacerdotal en favor de los discípulos. Es un momento íntimo donde ante la inminencia de su pasión, Jesús glorifica al Padre, define la vida eterna como conocer a Dios y a su enviado, y confía sus discípulos al Padre, pidiendo protección y unidad.


Esta oración es considerada como el testamento en forma de plegaria de Jesús para sus discípulos. Las comunidades cristianas han guardado esta plegaria como un tesoro, y esta oración ayudará a los discípulos de todos los tiempos a entender mejor los momentos difíciles que se pueda experimentar en la vida y en la misión de la Iglesia universal y local, como lo vivieron los discípulos de los primeros momentos, que  enfrentaron la tribulación, el abandono, las dudas, las persecuciones, etc. 


En esta oración afloran los sentimientos y las preocupaciones que, según el evangelio, estaban en Jesús en el momento de salir de este mundo al Padre. Después de haber estado ante los discípulos animándolos a no dejarse llevar por las tristezas y miedos, ahora Jesús está ante el Padre con estos sentimientos y con esta preocupación, intercediendo por los discípulos. Es una oración hermosa, que, al meditarla, debemos sentirnos beneficiados de ella. Jesús no solo pidió por los discípulos de aquél momento, sino que también lo hace por los discípulos de todos los tiempos, para que anhelen siempre la vida eterna, a través del conocimiento sobre el Padre, como Dios verdadero, y a Jesús, su enviado.


Con el mismo espíritu con que oró Jesús, nos  unimos en oración con toda la Iglesia, diciendo: Te pedimos, Dios de poder y de misericordia, que envíes tu Espíritu Santo, para que, haciendo morada en nosotros, nos convierta en templos de su gloria. Amén.



 
 
 

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