Viernes 31 de julio 2026
- Fr. Rómulo Vásquez Gavidia, OP

- 30 jul
- 2 min de lectura
XVII semana TO
Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Mateo 13, 54-58
En aquel tiempo, Jesús fue a su ciudad y se puso a enseñar en su sinagoga.
La gente decía admirada: «¿De dónde saca éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es el hijo del carpintero? ¿No es su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? ¿No viven aquí todas sus hermanas? Entonces, ¿de dónde saca todo eso?».
Y se escandalizaban a causa de él.
Jesús les dijo: «Solo en su tierra y en su casa desprecian a un profeta».
Y no hizo allí muchos milagros, por su falta de fe.
Reflexión
“¿De dónde saca éste esa sabiduría y esos milagros?”
El evangelio de hoy narra cómo fue la visita de Jesús a su ciudad, Nazaret: doloroso, por la falta de fe de sus paisanos, incluso de parte de sus parientes, para poder hacer ahí también los milagros al igual que los que había realizado en otros pueblos. La gente se admira de sus enseñanzas, pero no entiende de dónde le viene tanta sabiduría y el poder de hacer los milagros, debido que es un hijo del mismo lugar, que ellos conocían desde niño. La gente queda escandalizada y no acepta. No acepta el ministerio de Dios presente en un hombre común como le conocían a Jesús, “hijo del carpintero y de María”, etc. En vez de convertirse en los primeros en aceptar el mensaje de Dios por medio de un hijo del pueblo y alegrarse de ser conocidos del Profeta que trae buenas noticias, se convierten más bien en los oponentes, en obstáculo.
Jesús corre la suerte de los profetas de su pueblo: “Un profeta sólo en su patria y en su casa carece de prestigio”, de aceptación. De hecho, allí donde no hay aceptación, donde no hay fe, no se puede hacer nada. Los prejuicios lo impiden. Jesús mismo, aun queriendo, no puede hacer nada. Queda asombrado ante la falta de fe. Algo parecido le pasó al profeta Jeremías, como leemos en la primera lectura, en el ejercicio de su ministerio; los oyentes intentan sentenciar a muerte a Jeremías, debido que había dicho que hay probabilidades de que el templo sea destruido si el pueblo no cambiaba de rumbo.
La dureza de corazón, a veces, nos impide ver el abismo al que nos conducen los actos personales y sociales. Queda en nosotros examinar cómo actuamos al escuchar el mensaje de los profetas y en especial a Jesús. ¿Nos alegramos y acogemos el mensaje o nos dejamos llevar de prejuicios ante los profetas que nos hacen escuchar las buenas noticias de salvación?. ¿Me alegro por los servidores de Dios que han salido de mi pueblo, de mi familia, etc.?




Comentarios