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Sábado 19 de setiembre 2026

Foto del escritor: Fr. Rómulo Vásquez Gavidia, OP
Fr. Rómulo Vásquez Gavidia, OP
hace 2 días
3 min de lectura

XXIII semana TO


Evangelio 


Lectura del santo evangelio según san Lucas 8, 4-15


En aquel tiempo, habiéndose reunido una gran muchedumbre y gente que salía de toda la ciudad, dijo Jesús en parábola: «Salió el sembrador a sembrar su semilla. Al sembrarla, algo cayó al borde del camino, lo pisaron, y los pájaros del cielo se lo comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, y, después de brotar, se secó por falta de humedad. Otra parte cayó entre abrojos, y los abrojos, creciendo al mismo tiempo, la ahogaron. Y otra parte cayó en tierra buena, y, después de brotar, dio fruto al ciento por uno».

Dicho esto, exclamó: «El que tenga oídos para oír, que oiga».

Entonces le preguntaron los discípulos qué significaba esa parábola.

Él dijo: «A ustedes se les ha otorgado conocer los misterios del reino de Dios; pero a los demás, en parábolas, “para que viendo no vean y oyendo no entiendan”. El sentido de la parábola es éste: la semilla es la palabra de Dios. Los del borde del camino son los que escuchan, pero luego viene el diablo y se lleva la palabra de sus corazones, para que no crean y se salven. Los del terreno pedregoso son los que, al oír, reciben la palabra con alegría, pero no tienen raíz; son los que por algún tiempo creen, pero en el momento de la prueba fallan. Lo que cayó entre abrojos son los que han oído, pero, dejándose llevar por los afanes, riquezas y placeres de la vida, se quedan sofocados y no llegan a dar fruto maduro. Lo de la tierra buena son los que escuchan la palabra con un corazón noble y generoso, la guardan y dan fruto con perseverancia».


Reflexión


“Los que escuchan la palabra y dan fruto con perseverancia”.


Con la parábola del sembrador, Jesús nos explica que todos los hombres, de todos los países y épocas, hemos recibido la  redención de Cristo. A todos nos ha abierto el cielo por su vida, pasión, muerte y resurrección. Nadie ha quedado al margen del amor de Dios, nadie está privado de su gracia. Sin embargo, de nada sirve creer en esta verdad si la respuesta del ser humano es la indiferencia y la mediocridad; solo sirve a las personas por su apertura y generosidad. Cada ser humano es libre para aprovechar ese don maravilloso de la redención o dejarlo perder. 


La parábola nos da a entender que para algunos, Cristo no representa nada en su vida, porque no lo conocieron o no les interesa; ellos viven sin saber a lo que están llamados; pasan los años como si todo terminara aquí, sin más esperanza. Otros han oído hablar del Señor, pero su fe es superficial: viven metidos en muchas cosas que no tienen sentido, adaptados a las costumbres del mundo; piensan que así está bien y que al final todo se solucionará. Pero, a pesar de estas personas con actitudes negativas a la gracia de Dios, hay un número considerable de personas que son conscientes del amor de Dios en sus vidas y viven abiertos a la gracia y permiten que su vida sea transformada por ella, dando como resultados los frutos que espera el Señor. Estas personas, a pesar de sus limitaciones y caídas, se levantan y siguen por el camino que Cristo les ha marcado. Estas personas “son los que escuchan la palabra con un corazón noble y generoso, la guardan y dan fruto con perseverancia”.


No tengamos miedo de abrirnos a Cristo, decía San Juan Pablo II al iniciar su ministerio petrino. Cristo no nos quita nada, más bien nos enriquece con su amor. Dejemos que su gracias sea la roca de nuestra peregrinación hacia el cielo.







 
 
 

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