Lunes 19 de octubre 2026

XXVIX semana TO
Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Lucas 12, 13-21
En aquel tiempo, dijo uno de entre la gente a Jesús: «Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia». Él le dijo: «Hombre, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?».
Y les dijo: «Miren: guárdense de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes».
Y les propuso una parábola:
«Las tierras de un hombre rico produjeron una gran cosecha. Y empezó a hacer cálculos, diciéndose: “¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha”. Y se dijo: “Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el trigo y mis bienes. Y entonces me diré a mí mismo: alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente”. Pero Dios le dijo: “Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?”.
Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios».
Reflexión
“Miren: guárdense de toda clase de codicia…, su vida no depende de sus bienes”.
El evangelio nos presenta a Jesús explicando el verdadero sentido de la vida, que no depende de cuánto se tiene en riquezas materiales, porque la vida es un don de Dios. Jesús no ha venido al mundo para solucionar los conflictos de índole temporal, como si fuera juez en temas de herencias u otros bienes. Él ha venido para enseñarnos que nuestra vida vale más que los bienes materiales y la debemos disfrutar en vez de estar en conflicto incluso con los mismos familiares.
Jesús nos invita a combatir toda clase de codicia, ese deseo de apropiarse de la vida, de las relaciones, de las cosas materiales e incluso de Dios mismo. La vida no es cuestión de posesión, y mucho menos de poder y victoria. La vida la viven verdaderamente quienes saben amar, entregarse a los demás y vaciarse de sí mismos para hacer espacio.
Es muy común encontrar personas que viven para trabajar y ganar dinero, creyendo que sus hijos son felices simplemente porque no les falta nada. Pero ¿de qué tipo de “carencia” estamos hablando? Por nuestra propia naturaleza, amamos, cantamos, bailamos, contamos historias, abrazamos, reímos y celebramos. No podemos engañarnos pensando que realmente podemos nutrir a alguien con nada más que aquello que llena el estómago o viste el cuerpo. El verdadero alimento proviene del tiempo compartido y de la calidad de nuestras relaciones: hablar con sinceridad, compartir nuestras historias, cantar, rezar, reír, llorar y escucharnos mutuamente. El regalo que ofrecemos requiere la presencia de quien da, pues necesitamos amar y ser amados, no ser llenados ni poseídos. Podemos incluso llevar una vida de sacrificio y, sin embargo, sucumbir a la codicia, demostrando así con nuestras acciones que lo que más importa son las cosas materiales.
Vivamos disfrutando el verdadero sentido de la vida, evitando toda clase de codicia. “La vida no consiste en recibir la propia parte de una herencia, sino en participar de la herencia” (Michael Davide Semeraro).

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