Jueves 22 de octubre 2026

XXVIX semana TO
San Juan Pablo II
Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Lucas 12, 49-53
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla!
¿Piensan que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división. Desde ahora estarán divididos cinco en una casa: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra su nuera y la nuera contra la suegra».
Reflexión
“He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo!”.
El evangelio de hoy nos presenta a Jesús explicando el contenido central de su misión en la tierra: “He venido a prender fuego a la tierra”. Sacando este pasaje del contexto de todas las enseñanzas de Jesús, podría causar un desconcierto, frustración, etc., pues, siempre hemos aprendido que su misión es traer la paz, como lo anuncia el ángel en la noche de su nacimiento: “Gloria a Dios en cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor” (Lc 2,14). Nos llevaría a preguntarnos: ¿Cómo es posible que Jesús, habiendo invitado a aprender de él, que es manso y humilde de corazón, diga ahora que “no ha venido a traer la paz a la tierra sino la división?
Sin embargo, el hecho de que Jesús esté usando un lenguaje contradictorio en apariencia no es para confundirnos. Jesús quiere dar a entender en qué consiste el verdadero amor a él. El amor de Dios es como el fuego que a la vez lo enciende todo y va consumiendo una y otra cosa; el amor es algo que se extiende, que tiende por naturaleza a expandirse con calor, con pasión y que divide a los corazones fríos y mezquinos que nada más piensan en llenar sus pobres pretensiones. Así es la caridad. Ese es el fuego que Cristo espera arder en los corazones de los que le amen.
Después de la pascua, los discípulos que se encontraron con Jesús camino a Emaus tuvieron la experiencia del fuego que sintieron arder en su corazón: “Y se decían el uno al otro: ¿acaso no ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras? (Lc 24,32). El fuego en las Escrituras es un símbolo poderoso y ambivalente que representa principalmente la presencia de Dios, la purificación, el juicio divino y el poder del Espíritu Santo. En el libro del Éxodo se dice que una columna de fuego guiaba a los israelitas en el desierto (Ex 13,21) y el monte Sinaí estuvo cubierto de fuego (Ex 19,18); además, el mismo Dios es descrito como un fuego consumidor (Heb 12,29). Así, pues, lo que Jesús nos dice es que ha traído a la tierra el fuego del amor Dios: ha traído a la tierra al mismo Dios, que es amor, que lo invade todo, y quiere que ya esté ardiendo en todos los corazones. Advirtió a sus discípulos que serían reconocidos como discípulos suyos si es que se aman unos a otros como él los había amado. En otras palabras, seremos discípulos suyos si es que el amor con el que nos amó se está expandiendo en sus discípulos.
Pidamos saber amar hasta ser incomprendidos por los egoístas de nuestro mundo. Pidamos vivir en estado de lucha, en la lucha del que cree en la fuerza del amor y consigue que el mayor número de seres humanos conozca a ese Dios que se entregó por ellos por puro amor. En esto conocerán los demás que somos de Cristo.
Hoy celebramos la memoria de San Juan Pablo II, un hombre que se entregó por entero a predicar el amor de Dios a la humanidad. Que San Juan Pablo II interceda por todos aquellos que no conocen el amor de Dios.

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