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Jueves 21 de mayo 2026

  • Foto del escritor: Fr. Rómulo Vásquez Gavidia, OP
    Fr. Rómulo Vásquez Gavidia, OP
  • hace 6 días
  • 3 Min. de lectura

Sétima semana de Pascua


Evangelio 


Del santo evangelio según san Juan 17, 20 - 26


En aquel tiempo, levantando los ojos al cielo, oró Jesús diciendo: «No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado.

Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí.

Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo.

Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te he conocido, y éstos han conocido que tú me enviaste. Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos, y yo en ellos».


Reflexión


“Para que todos sean uno en nosotros”.


Llegamos al final de la oración sacerdotal de Jesús. En el evangelio de hoy Jesús pide al Padre por los discípulos de la primera comunidad y por los discípulos que habrá gracias a la predicación apostólica en todos los rincones del mundo. Pide para todos ellos la unidad en el Padre y el Hijo, alcanzando la madurez en el amor, reflejando la gloria eterna.


El deseo de Jesús para su Iglesia es la unidad, un vínculo espiritual de armonía, amor y propósito compartido entre los que creen en su nombre. No se trata de uniformidad absoluta, pues entre sus miembros habrá diversidad de dones, sino una conexión profunda que trasciende las diferencias, reflejando la unión entre el Padre y el Hijo. La comunión es la identidad de los discípulos entre sí y de ellos con Jesús y el Padre, por medio del Espíritu Santo.


La unidad en la Iglesia fundada por Jesús significa que ésta es un solo cuerpo, inseparable y en comunión, unido por la Eucaristía, la fe profesada con las mismas palabras, el culto divino y la sucesión apostólica bajo el sucesor de Pedro. Se fundamenta en la unión con Cristo, reflejando la Trinidad, y trasciende la mera organización al ser un don espiritual de armonía y amor.


La Iglesia de Cristo es una. Jesús no vino a dividir la humanidad por motivos religiosos, por la falsa libertad en la interpretación de las Escrituras. Por eso es que en su oración sacerdotal pide insistentemente por la unidad de sus discípulos. Para eso el Hijo de Dios se encarnó y dio su vida en la Cruz, para reunir a todos los hijos de Dios dispersos (Jn 11,52). La Iglesia es la reunida, convocada, la única esposa de Cristo, su único cuerpo. La Iglesia, por el don del Espíritu Santo en Pentecostés, forma un pueblo unido “de todo pueblo, lengua, raza y nación” (Ap 5,9). “Solo hay un solo cuerpo y un mismo Espíritu” (Ef 4,4). “La muchedumbre de creyentes tiene un corazón y una sola alma” (Hch 4,32).


Oremos siempre por la unidad de los cristianos.


 
 
 

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