CONTEMPLANZA DIARIA


13 de abril de 2026

Lunes de la
II octava de Pascua
Texto del Evangelio
Jn 3,1-8
Jesús le contestó: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios».
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Había un hombre del grupo de los fariseos llamado Nicodemo, jefe judío. Este fue a ver a Jesús de noche y le dijo: «Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él».
Jesús le contestó: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios».
Nicodemo le pregunta: «¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer?».
Jesús le contestó: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios.
Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: “Tienen que nacer de nuevo”; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabemos de dónde viene ni adónde va. Así es todo lo que ha nacido del Espíritu».
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“Tienen que nacer de nuevo…”
Después de disfrutar de una semana, llamada octava a de Pascua, escuchando y meditando los relatos de las apariciones de Jesús resucitado a sus discípulos, desde este lunes de la segunda semana de Pascua la Liturgia nos irá presentando a Jesús y sus enseñanzas según el evangelio de san Juan, evangelio que tienen como fin llevarnos a creer en Jesús como el Mesías, el Hijo de Dios, para tener vida verdadera.
El evangelio de hoy se centra en la necesidad de "nacer de nuevo" o "de lo alto" a través del agua y el Espíritu Santo para entrar al Reino de Dios. Jesús explica a Nicodemo que la vida cristiana es una transformación interior impulsada por el Espíritu Santo, libre e invisible como el viento. La gracia de Dios no la vemos, pero sentimos su acción en la medida en que nos mueve a vivir en armonía y en paz con Dios, con los demás y consigo mismo.
La Iglesia de Jesús nació del Espíritu. Esta Iglesia, que empieza con aquellas personas que acogieron a Jesús y aceptaron nacer del agua y del Espíritu, sigue adelante, firme ante los ataques del mundo, como nos narra la primera lectura, en oración y en la promoción de la comunión fraterna. Aunque se amotinan los reyes y líderes religiosos en el mundo para destruirla, la Iglesia sigue fuerte gracias al Espíritu que la conduce.

Martes de la
II semana de Pascua
Texto del Evangelio
Jn 3,7-15
Si les hablo de las cosas terrenas y no me creen, ¿cómo creerán si les hablo de las cosas celestiales? Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre.
14 de abril de 2026
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En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo: «Tienen que nacer de nuevo; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu».
Nicodemo le preguntó: «¿Cómo puede suceder eso?». Le contestó Jesús: «¿Tú eres maestro en Israel, y no lo entiendes? En verdad, en verdad te digo: hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero no reciben nuestro testimonio.
Si les hablo de las cosas terrenas y no me creen, ¿cómo creerán si les hablo de las cosas celestiales? Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre.
Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna».
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“Así es el que nace de lo alto”
El evangelio de hoy sigue narrando el diálogo de Jesús con Nicodemo, donde Jesús ratifica la necesidad de "nacer de lo alto" por el Espíritu, transformando la vida desde una perspectiva sobrenatural y no solo material. Jesús invita a Nicodemo a superar la lógica humana y creer, mirando a Cristo levantado en la cruz para obtener la vida eterna.
La salvación es un don de Dios que se nos ofrece por medio de Jesús. Dios nos ha adoptado como hijos suyos mediante el nacimiento por el agua y el Espíritu Santo, es decir, por el bautismo. Nuestra vida ha sido renovada, renacida, en el Espíritu Santo. Este nacimiento nos lleva a asumir un compromiso como hijos de Dios, mirando siempre a las cosas que vienen de Dios, procurando la comunión fraterna, como leemos en la primera lectura: “los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma: nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía, pues lo poseían todo en común. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor. Eran admirados por su forma de vivir…” (Hch 4,32s).
Que podamos vivir una fe renovada en estas fiestas pascuales.
15 de abril de 2026

Miércoles de la II semana de Pascua
Texto del Evangelio
Jn 3,16-21
El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios.
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Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios.
Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas.
Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras.
En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.
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“Tanto amó Dios al mundo”
El evangelio de hoy describe lo esencial del amor divino: Dios entrega a su Hijo no para condenar, sino para salvar. Invita a creer para obtener vida eterna, contrastando la luz (verdad y obediencia) con las tinieblas (pecado y ocultamiento). Reflexiona sobre elegir la luz, enfrentar el pecado y vivir en la verdad.
El amor de Dios por la humanidad es inmenso, a pesar de la resistencia de las personas. Dios solo sabe amar, salvar, redimir, etc. El ser humano es libre para acoger el amor o rechazarlo. Jesús no viene a condenar, es el hombre el que elige entre la salvación o la condenación que se deriva por no haber creído en el Hijo de Dios: “Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas…”.
En estos días vivimos momentos de incertidumbre debido a las formas como se han llevado a cabo las elecciones el día domingo, y por los resultados que no siempre es de ilusionar a todos los peruanos. En este ambiente, la Liturgia nos invita a fortalecer la fe en Jesucristo, quien ha venido para enseñarnos el camino del amor y la libertad para obrar siempre el bien.

Jueves de la octava de Pascua
Texto del Evangelio
Lc 24,35-48
«¿Por qué se alarman?, ¿por qué surgen dudas en su corazón? Miren mis manos y mis pies: soy yo en persona.
09 de abril de 2026
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En aquel tiempo, los discípulos de Jesús contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dice: «Paz a ustedes». Pero ellos, aterrorizados y llenos de miedo, creían ver un espíritu. Y él les dijo: «¿Por qué se alarman?, ¿por qué surgen dudas en su corazón? Miren mis manos y mis pies: soy yo en persona. Pállpenme y dense cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como ven que yo tengo».
Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Pero como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: «¿Tienen ahí algo de comer?». Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo: «Esto es lo que les dije mientras estaba con ustedes: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí».
Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras.
Y les dijo: «Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Ustedes son testigos de esto».
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“En su nombre se proclamará la conversión”
El evangelio de hoy narra la aparición de Jesús resucitado a los discípulos, quienes dudan por el miedo. Jesús confirma su identidad física comiendo con ellos, abre su entendimiento a las Escrituras y les encarga proclamar en su nombre la conversión para el perdón de los pecados.
La resurrección de Cristo no fue una simple “aparición espiritual" en el corazón conturbado y culpabilizado de los discípulos, ni un consuelo espiritual o una visión fruto del gran trauma que supuso la muerte del Maestro. Cristo resucitó, su cuerpo no experimentó la corrupción. Jesús resucitó y se apareció real y físicamente a los discípulos. La resurrección confirma la veracidad de las promesas de Dios: “El Mesías padecerá y resucitará entre los muertos al tercer día” y, apoyados en esta promesa confiamos en que también a nosotros nos resucitará, que nuestra muerte, y la de los que amamos, es el comienzo a la Vida Eterna.
Además, esta verdad nos ayuda a comprender que somos total y absolutamente templos de Dios, que nuestra realidad corporal no es ajena al plan del Señor y, por tanto, deberíamos considerarla como tal.
10 de abril de 2026

Viernes de la octava de Pascua
Texto del Evangelio
Jn 21,1-14
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor.
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En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, apodado el Mellizo; Natanael, el de Caná de Galilea; los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.
Simón Pedro les dice: «Me voy a pescar».
Ellos contestan: «Vamos también nosotros contigo».
Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.
Jesús les dice: «Muchachos, ¿tenéis pescado?».
Ellos contestaron: «No».
Él les dice: «Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán».
La echaron, y no podían sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo a quien Jesús amaba le dice a Pedro: «Es el Señor».
Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos doscientos codos, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan.
Jesús les dice: «Traed de los peces que acabáis de coger».
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.
Jesús les dice: «Vamos, almuercen».
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor.
Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado.
Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.
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«Aquella noche no cogieron nada»
Jesús se hace presente a sus discípulos en el trabajo, en la vida corriente de todos los días. Ellos no lo reconocen, como nosotras tantas veces.
Cuando Jesús les pregunta por la pesca, reconocen claramente que no tienen nada, reconocen el fracaso de aquella noche de pesca.
Creo que son dos ideas muy importantes para nosotros: reconocerle en las acciones concretas de cada día y aceptar nuestras carencias y limitaciones.
Jesús no echa la red, encomienda esa tarea a sus seguidores y seguidoras, con alguna indicación. Quiere que sean sus discípulos los que echen una red grande. El hace eficaz el trabajo, con nuestra colaboración.
Pero no siempre nuestra forma de trabajar, nuestra actitud, nuestro interés, se orientan por la palabra de Jesús. Con frecuencia hacemos como Pedro: decidir él solo que se van a pescar.
El fruto de nuestro trabajo depende de nuestra escucha de la palabra de Jesús y de la puesta en práctica de eso que nos dice.
"Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis"
El evangelio termina con una comida compartida. Jesús Resucitado prepara la mesa compartiendo con la comunidad el pan y los peces.
Jesús Resucitado sigue actuando hoy también. Siempre nos prepara una mesa, siempre estamos todos invitados, sin distinción de ningún tipo, para recobrar fuerzas después del trabajo, donde podamos compartir alegrías, y la esperanza de construir un mundo más humano.
Ojalá sepamos invitar a comer, sin excluir a nadie de nuestra mesa y tengamos siempre “pan y peces asados” para regalar y compartir. Como Jesús.
Creo que el Evangelio nos ha hablado hoy de la vida de la comunidad. Y presenta una alternancia entre “dentro y fuera”; entre vida en común y actividad misionera. La presencia de Jesús es imprescindible tanto en la una como en la otra. La misión sin Él está destinada al fracaso.
11 de abril de 2026

Sábado de la Octava de Pascua
Texto del Evangelio
Mc 16,9-15
Y les dijo: «Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio a toda la creación».
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Jesús, resucitado al amanecer del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios.
Ella fue a anunciarlo a sus compañeros, que estaban de duelo y llorando. Ellos, al oírle decir que estaba vivo y que lo había visto, no la creyeron.
Después se apareció en figura de otro a dos de ellos que iban caminando al campo.
También ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero no los creyeron. Por último, se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado.
Y les dijo: «Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio a toda la creación».
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“Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio”.
El evangelio relata la aparición de Jesús resucitado a María Magdalena y otros discípulos, destacando su incredulidad inicial. A pesar de ello, Jesús los reprende y les confía la gran misión de predicar el Evangelio al mundo. Jesús exhorta a creer en el testimonio de los predicadores que le han visto y al compromiso misionero que se debe asumir.
El primer paso para ser misionero es creer y estar firme en esa fe. Si no cree, por más que tenga cualidades para hablar, su testimonio no será verídico. Solo desde la fe podrá iluminar y por la fe tendrá valentía para superar las dificultades que le puedan venir a causa de la predicación. Ser misionero no es una carrera rentable, económicamente hablando, una carrera que dé seguridad, sino un servicio en favor de la predicación para la salvación de las almas, que a veces implica sobrellevar las indiferencias de los destinatarios, rechazos, burlas, como también ausencia de los recursos materiales necesarios para cubrir sus personales (salud, alimentación, viajes, etc). Al misionero, ninguna necesidad material le detiene para cumplir el encargo recibido, porque la resurrección de Jesús es un motivo enorme para poner nuestra confianza en Dios en todo momento. Siempre habrá personas de buena voluntad para acoger a los servidores de la Palabra y de la gracia sacramental.
Para quien cree en la resurrección siempre le acompañará el Espíritu de Jesús que le llevó a Pedro a responder con valentía a quienes les quisieron silenciar en su misión de dar testimonio de la resurrección de Jesús: “¿Es justo ante Dios que les obedezcamos a ustedes más que a él? Juzguen ustedes. Por nuestra parte no podemos menos de contar lo que hemos visto y oído” (Cf Hch 4, 13-21).
12 de abril de 2026

Domingo de la Octava de Pascua
Texto del Evangelio
Mc 16,9-15
Jesús repitió: «Paz a ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo».
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Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a ustedes». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
Jesús repitió: «Paz a ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos».
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.
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“Paz a ustedes”.
En este domingo, denominado domingo de la misericordia, el evangelio narra la aparición de Jesús resucitado a sus discípulos temerosos, trayendo paz, misión y el Espíritu Santo. Destaca la duda de Tomás y su confesión de fe ("¡Señor mío y Dios mío!"), y concluye que estos signos se escribieron para que creamos que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y tengamos vida por la fe en él. Es un llamado a confiar en Jesús sin exigir ver o tocar.
En este día tan importante para el Perú, en que tenemos que asumir la responsabilidad de elegir a nuestras autoridades que velen por la paz, es necesario que tomemos conciencia de que solo Jesús es el Mesías, y que solo actuando como él podremos vivir en una sociedad en paz con todos.
En estos días hemos escuchado a los candidatos haciendo grandes promesas, muchos de ellos sin explicar cómo lo cumplirán. A muchos candidatos se les va enfrentando por su trayectoria manchada por el “virus” de la corrupción, acercamientos con grupos que usan la violencia para llegar al poder, por haber influido obstaculizando la gobernabilidad; muchos se han disfrazado de mesías ofreciendo solucionar el tema de la pobreza, un discurso muy repetido por el afán de populismo, otros promueven una falsa libertad y falsas doctrinas ideologizadas e inspiradas por la “dictadura” del relativismo, etc. Ante este contexto, nuestra responsabilidad se manifiesta votando a conciencia, buscando lo que conviene al Perú.
Por eso, en este domingo, pedimos al “Señor de la Misericordia”, el Mesías, el Hijo de Dios, que sople también en nuestras mentes para discernir a quién se le dará las llaves de nuestro muy querido país, sirviendo y respetando su historia de fe y sanas costumbres en todos los rincones. ¡Viva el Perú y su gente de buena voluntad”.

Fr. Rómulo Vásquez Gavidia, OP
PRIOR DEL CONVENTO DEL SANTISIMO ROSARIO
LIMA
