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CONTEMPLANZA DIARIA

4 de mayo de 2026

Cielo de atardecer colorido

Lunes,

V semana de Pascua

Texto del Evangelio

Jn 14, 21 - 22

El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que están oyendo no es mía, sino del Padre que me envió.

Santos Felipe y Santiago, apóstoles (F)

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En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él».

Le dijo Judas, no el Iscariote: «Señor, ¿Qué ha sucedido para que te reveles a nosotros y no al mundo?» Respondió Jesús y le dijo: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que están oyendo no es mía, sino del Padre que me envió.

 

Les he hablado de esto ahora que estoy a su lado, pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien les lo enseñe todo y les vaya recordando todo lo que les he dicho».

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“El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama”.

 

Seguimos escuchando el discurso de despedida de Jesús. Después de haberles animado a creer en Dios y en él, en el texto de hoy les exhorta a demostrarle el amor guardando sus mandamientos. Los que le amen de esta manera serán correspondidos por el amor de Dios con un encuentro especial, pues, tanto el Padre como Jesús vendrán y habitarán en ellos, y el Espíritu Santo vendrá para guiarlos hacia la verdad plena. 

 

¿Cuáles son los mandamientos que enseñó Jesús? Hay algunos hermanos que cuando se encuentran con este pasaje donde Jesús pide guardar sus mandamientos piensan que se trata literalmente de los mandamientos revelados a Moisés en el Monte Sinaí. Sin embargo, en los evangelios no encontramos un pasaje donde Jesús pida a la gente cumplir todos esos mandamientos al estilo como lo enseñaban los fariseos y maestros de la Ley; por ejemplo, respecto al sábado, Jesús no lo guardaba al estilo de aquellos dirigentes judíos, y será el un motivo para acusarlo, porque no es fiel a la ley de Moisés. Nos cuenta el el evangelio de San Mateo (22,35-40) que uno de los fariseos, con la finalidad de poner a prueba si Jesús sabe los mandamientos y el grado de importancia entre ellos, le hacen una pregunta: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?”. Esperaban una respuesta para probar si era un verdadero maestro. Jesús no da la respuesta enumerando los mandamientos, sino haciendo un resumen que engloba tanto a la Ley y a los profetas: “Amarás al Señor con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente… Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas”, es decir, toda la Escritura del antiguo testamento. 

 

Entonces, ¿cuáles son los mandamientos de Jesús que nos pide cumplir? El amor a Dios y el amor al prójimo. El que ama a Dios debe amarle a él, creer en él para tener vida, comer del Pan vivo bajado del cielo, etc. El que ama al prójimo debe amarlo como Cristo nos ha amado. No hay otro mandamiento superior. 

28 de abril de 2026

Cielo de atardecer colorido

Martes de la

IV semana de Pascua

Texto del Evangelio

Jn 10,22-30

Lo que mi Padre me ha dado es más que todas las cosas, y nadie puede arrebatar nada de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno.

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Se celebraba en Jerusalén la fiesta de la Dedicación del templo. Era invierno, y Jesús paseaba en el templo por el pórtico de Salomón.

 

Los judíos, rodeándolo, le preguntaban: «¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente».

 

Jesús les respondió: «Se lo he dicho, y no creen; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ésas dan testimonio de mí. Pero ustedes no creen, porque no son de mis ovejas.

Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Lo que mi Padre me ha dado es más que todas las cosas, y nadie puede arrebatar nada de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno».

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“Yo y el Padre somos uno”

 

El evangelio de hoy muestra a Jesús en el Templo durante invierno, enfrentando la incredulidad de los judíos sobre su identidad mesiánica. Jesús, después de explicar que sus obras dan testimonio de Él, concluye diciendo: “Yo y el Padre somos uno”. 

 

Atribuido a San Atanasio (295-373), aquí unas ideas centrales de la fe católica: En Dios hay comunión de personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Son personas distintas, pero son iguales en cuanto a la sustancia, pues las tres tienen una misma divinidad, una misma gloria, una misma majestuosidad, etc. Las tres personas son increadas, porque el Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios, sin embargo no son tres dioses, sino un solo Dios. Creemos y confesamos que Jesucristo, Hijo de Dios, es Dios y hombre: es Dios, de la sustancia del Padre, engendrado antes de todos los siglos; y él es hombre, de la sustancia de su madre, nacido en el tiempo: Dios perfecto, hombre perfecto, compuesto de un alma razonable y un cuerpo humano, igual al Padre según su divinidad, inferior al Padre según su humanidad.

 

Creer en Jesús es creer en Dios. En la vida y en las acciones de Jesús está Dios. En esa misma comunión participamos también nosotros, porque somos el cuerpo místico de Cristo. De modo que, como dice San Pablo, “estoy crucificado con Cristo: vivo yo pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20).

 

Nosotros, cristianos católicos, le creemos a Jesús que nos dice hoy: “Yo y el Padre somos uno”

29 de abril de 2026

Cielo de atardecer colorido

Miércoles de la IV semana de Pascua

Texto del Evangelio

Mt 11 , 25 - 30

Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré.

Santa Catalina de Siena

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En aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños.

 

Sí, Padre, así te ha parecido bien.

 

Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus almas.

 

Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».

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“Vengan a mí”

 

Hoy celebramos la fiesta de Santa Catalina, laica dominica, maestra espiritual y doctora de la Iglesia. Nació en 1347, el 25 de marzo, en Siena. Su padre Jacobo Benincasa fue tintorero de pieles y hombre devoto. De él hereda la piedad sincera y la dulzura. Su madre fue Lapa Piacenti; de ella heredó la energía y el tesón. Es la vigésima cuarta hija de los 25 hijos que tuvieron sus padres. Era una niña alegre y bulliciosa, y su encanto era el centro del cariño del círculo familiar y de las amistades. En su tierna edad (5 o 6 años de edad) tiene una visión de Jesucristo, y poco después hace su voto de virginidad. A partir de entonces y hasta los 15 años lleva una vida de oración intensa y de sacrificios. Esto acompañado por la lucha familiar por encontrarle marido y su resistencia. Un año más tarde ingresa como Hermanas de la Penitencia de Santo Domingo. Estos años se caracterizan por una intensa vida espiritual, en las que se afianza su relación con Jesucristo, y su fe se ve acrisolada por sutiles tentaciones.

 

Sufre difamaciones y calumnias. Se va creando su familia espiritual: se convierte en consejera de religiosos y nobles, laicos y gente de toda condición. A la edad de los 20 años tiene la experiencia del desposorio místico con Jesucristo, que la confirma en su fidelidad. Tres años después, cree haber muerto, y despierta con la claridad de los nuevos senderos que le manifestó Dios: su espíritu experimenta una imperiosa sed de la gloria y se acrisola su amor a la Iglesia.

 

En esta etapa de madurez (1371-1372) comienza su actividad política debiendo salir a la luz pública. Ante su fama creciente, se le asigna un director espiritual a Fr Raimundo de Capua, OP., que luego llegó a ser Maestro de la Orden. En 1374 regresó a Siena para dedicarse por entero al cuidado de los enfermos a causa de la peste negra. Hasta su muerte será embajadora de la paz entre las ciudades italianas entre sí, y de éstas con el Papa, intercediendo para que éste regresara a Roma.

 

El 29 de abril de 1380, muere en Roma, ofreciendo su vida por la Iglesia que está dividida por el Cisma de Occidente. (Sor Lucía Caram, O. P. Página Dominicos).

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Jueves de la IV semana de Pascua

Texto del Evangelio

Jn 13,16-20

“El que compartía mi pan me ha traicionado”

San Pío V

30 de abril de 2026

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Cuando Jesús terminó de lavar los pies a sus discípulos les dijo: «En verdad, en verdad les digo: el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Puesto que saben esto, dichosos ustedes si lo ponen en práctica.

 

No lo digo por todos ustedes; yo sé bien a quiénes he elegido, pero tiene que cumplirse la Escritura: “El que compartía mi pan me ha traicionado”.

 

Se lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda crean que yo soy.

 

En verdad, en verdad les digo: el que recibe a quien yo envíe me recibe a mí; y el que me recibe a mí recibe al que me ha enviado».

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“Yo sé bien a quiénes he elegido”.

 

El evangelio de hoy nos presenta a Jesús, tras haber lavado los pies a sus discípulos, enseñando que el servicio es la identidad del cristiano, porque “el servidor no es más que su señor, ni el enviado más que el que lo envía”. Pide a sus discípulos ser coherentes entre conocer su mensaje y practicarlo para ser dichosos. Él no se arrepiente de haberlos elegido, porque sabía bien quiénes eran.

 

En esa invitación que hace Jesús a los discípulos del primer momento entramos también nosotros hoy, y escuchamos a Jesús que nos mira y nos invita entrañablemente a ser fieles a su amor, a no dejarle solo, a no fallarle ni traicionarlo como Judas, que participando de su mesa, se deja llevar y dominar por el espíritu de Satanás. 

 

También en nuestros días hay muchos que participan de la Mesa del Señor, que comulgan sin creer en el amor de Dios. No es suficiente participar de la mesa, sino que tenemos que vivir lo que aceptamos en la comunión. Comulgar en condiciones indebidas, dice San Pablo, es comulgar nuestra propia condena (1Co 11,27-28). 

 

Seamos humildes y sencillos en el trato mutuo, actuando siempre de acuerdo a la verdad. Que Jesús nos ayude a no traicionar su amistad y la misión que nos confía, a ejemplo de san Pío V, cuya fiesta hoy celebramos. 

1 de mayo de 2026

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Viernes de la IV semana de Pascua

Texto del Evangelio

Jn 14, 1-6

Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí.

San José obrero (ML)

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En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No se turbe su corazón, crean en Dios y crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, se lo habría dicho, porque voy a prepararles un lugar. Cuando vaya y les prepare un lugar, volveré y los llevaré conmigo, para que donde estoy yo estén también ustedes. Y adonde yo voy, ya saben el camino».

Tomás le dice: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». Jesús le responde: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí».

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“Crean en Dios y crean también en mí”

 

El evangelio de hoy nos presenta a Jesús invitando a confiar en Dios y en Él, a no dejarse vencer por la turbación a raíz de su partida, asegurando que él prepara un lugar en la casa del Padre. Jesús se revela como el único Camino, Verdad y Vida, estableciendo que la unión con Dios Padre se logra exclusivamente a través de él, ofreciendo esperanza y consuelo ante la incertidumbre.

 

La partida de Jesús, que conducirá a la negación de Pedro, amenaza con turbar el corazón de los discípulos, pero los discípulos son personas de fe, han nacido del Espíritu y seguirán contando con la presencia espiritual de Jesús. Los discípulos deben confiar en las palabras de aliento de Jesús, porque en Jesús y el Padre hay un vínculo especial: Jesús va a la casa del Padre, al corazón mismo del Padre, a donde llevará a los suyos, a los que han creído en él.

 

En este día, la Iglesia hace memoria de San José en su condición de obrero, ejemplo para todos los que vivimos del trabajo, sea cual sea el tipo de trabajo. Pedimos la intercesión de san José por todos los trabajadores, para que vean su trabajo como una forma de identificarse con Dios, que no para de trabajar, no deja de cuidarnos, que siempre está renovando su creación. Oramos también por aquellos que aún no tienen un trabajo digno y por quienes se han dedicado a un trabajo que no va concorde con la fe y la moral cristiana, para que, con ayuda de los que tengan posibilidades, encuentren cómo sostenerse.

2 de mayo de 2026

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Texto del Evangelio

Jn 14, 7-14

Si me conocieran a mí, conocerían también a mi Padre. Ahora ya lo conocen y lo han visto

Sábado de la IV semana de Pascua

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En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si me conocieran a mí, conocerían también a mi Padre. Ahora ya lo conocen y lo han visto».

Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta».

Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con ustedes, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo les digo no lo hablo por cuenta propia.

 

El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, crean en las obras que hago.

En verdad, en verdad les digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre.

 

Y lo que pidan en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me piden algo en mi nombre, yo lo haré».

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“Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí”

 

Seguimos escuchando el discurso de despedida de Jesús a sus discípulos.

 

El texto de hoy revela que Jesús es la imagen perfecta del Padre ("quien me ve a mí, ve al Padre"), invitando a profundizar en la fe más allá de lo visible.

 

Jesús pide creer en su unidad con el Padre: “Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí”.

 

Esa fe tiene una ganancia especial: quienes crean harán obras incluso mayores que lo que han visto, y asegura responder a las oraciones hechas en su nombre.

3 de mayo de 2026

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Domingo de la V semana de Pascua

Texto del Evangelio

Jn 14, 1-12

Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, crean en las obras que hago.

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En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No se turbe su corazón, crean en Dios y crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, se lo habría dicho, porque me voy a prepararles un lugar. Cuando vaya y les prepare un lugar, volveré y les llevaré conmigo, para que donde estoy yo estén también ustedes. Y adonde yo voy, ya saben el camino».

Tomás le dice: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».

Jesús le responde: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocieran a mí, conocerían también a mi Padre. Ahora ya lo conocen y lo han visto».

Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta».

Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con ustedes, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo les digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, crean en las obras que hago.

En verdad les digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre».

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“No se turbe su corazón, crean en Dios y crean también en mí”.

 

En este quinto domingo de pascua, el evangelio nos relata el discurso de despedida de Jesús, después de la última cena, un mensaje de consuelo y esperanza. Jesús, auténtico maestro, exhorta a los discípulos a no tener miedo ante su partida.

 

Jesús, como el nuevo Israel, se pone en camino a la casa del Padre, para preparar un lugar y volver a llevarnos, como Moisés al pueblo de Israel, a la Casa del Padre para vivir para siempre. Solo Él puede llevarnos a esa casa, porque Él es el Camino, la Verdad y la Vida: “Nadie va al Padre sino por mí”.

 

También nosotros necesitamos palabras de consuelo, de aliento, de ánimo, porque somos débiles ante la soledad. En Jesús “vemos”, conocemos el amor del Padre y eso nos “redime”, nos hace tener “vida eterna”. 

 

Recordemos las palabras del papa Benedicto XVI: 

 

“No es la ciencia la que redime al hombre. El hombre es redimido por el amor. Eso es válido incluso en el ámbito puramente intramundano. Cuando uno experimenta un gran amor en su vida, se trata de un momento de «redención» que da un nuevo sentido a su existencia. Pero muy pronto se da cuenta también de que el amor que se le ha dado, por sí solo, no soluciona el problema de su vida. Es un amor frágil. Puede ser destruido por la muerte. El ser humano necesita un amor incondicionado. Necesita esa certeza que le hace decir: «Ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Rm 8,38-39). Si existe este amor absoluto con su certeza absoluta, entonces el hombre es «redimido», suceda lo que suceda en su caso particular. Esto es lo que se ha de entender cuando decimos que Jesucristo nos ha «redimido»”.

 

Que no se turbe nuestro corazón, que no se apague nuestra fe en Dios y en Jesús, porque su amor nos ha redimido.

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Fr. Rómulo Vásquez Gavidia, OP

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