¿Paternalismo, Maternalismo /  Paternidad, Maternidad?
“…del que tanto se arguye en la formación…”

En un sentido más concreto, el “paternalismo” es una modalidad del “autoritarismo”, en la que una persona ejerce el poder sobre otra combinando decisiones “arbitrarias” e “inapelables”, con elementos sentimentales y concesiones graciosas y “comprometedoras”.


La aparición y empleo del término “paternalismo” es relativamente reciente y se puede afirmar que no es anterior al s. XIX. No es tampoco en su origen un concepto “científico”, sino de tipo más bien “ideológico”, con el que los nuevos movimientos sociales, religiosos y políticos modernos calificaron en sentido peyorativo un sistema de relaciones que pretendían superar.


Podemos encontrar “concepciones” y “realizaciones paternalistas”, desde cualquier punto de vista, pero tanto las ideas que supone el paternalismo como sus realizaciones prácticas son muy antiguas. En el campo ideológico se puede decir que, en general, la mayor parte de las doctrinas políticas de la Antigüedad presentan rasgos paternalistas más o menos acusados. En las doctrinas políticas en países cristianos arraigaron también algunas formas de paternalismo y que se pueden observar incluso dentro de la Vida Religiosa para exagerar ciertos comportamientos y tapar ciertos traumas o carencias. Sin embargo, no hay que confundir plenamente el paternalismo, en el sentido sociológico o político peyorativo y en la Vida Religiosa, con ciertas expresiones de un ideal en el modo de ejercer la “autoridad”; esta debe ser  responsable y humana o cordial. Si decimos ejercer “autoridad” que sea para buscar el bien y el provecho de todos.


Así, por ejemplo decía Luis Vives: ¿qué otra cosa es regir y gobernar, sino mirar al bien de los gobernados y cuidarlos con la misma amorosa vigilancia con que el padre cuida por sus hijos?
Estas expresiones u otras parecidas pueden dar origen a diversas formas de paternalismo o no. El paternalismo propiamente dicho se dará cuando en el ejercicio de la autoridad se trate a los demás como menores de edad, con excesivo control o prohibiciones absurdas que no conllevan a nada, sin atender a su condición de personas con libertad y responsabilidad propias.


Desde el aspecto de la vida de comunidad, que se observa en las casas de formación y que los propios formandos perciben, se puede observar un excesivo control que se convierte  en una “obsesión paranoica” y en “psicosis” que envuelve a toda la comunidad de los formandos. Cuando se comienza a “restringir” tales o cuales cosas u opiniones; quitándoles libertad de poder opinar y de deliberar se estaría cayendo en el error de dividir a la comunidad y empezar a parcializarse con algunos que llevan el mismo ideal. Se cae incluso en el error de excluir a quienes no opinan lo mismo y de gozar con el dolor ajeno.


Habemos Acompañantes que caemos en ciertos errores y son los formandos que aprenden para que mañana más tarde actúen ellos de la misma manera.
Los formandos deben aprender de nosotros, quienes acompañamos, a “congregarnos” a hacer recreaciones conjuntas como paseos, caminatas u otro tipo de actividad que integren a los formandos y no estar fijándonos de quién tiene más adeptos a su persona, a su manera de actuar y de opinar.
 ¿Como distinguir “paternidad” de “paternalismo”?


El  paternalismo es relacionado ocasionalmente con la figura papal de la Iglesia Católica, al que se llama Santo Padre, con el fin de acentuar la supremacía, autonomía y soberanía de esta Institución.
La paternidad o maternidad es la relación de padre a hijo o hija.


El paternalismo o el maternalismo es la relación de padre o madre a niño o niña. Un verdadero padre o una verdadera madre se preocupan de hacer crecer a sus hijos, de que lleguen a ser adultos.
En la vida natural la relación entre el hijo y el padre cambia gradualmente a medida en que el hijo llega a ser adulto.  Y, al final el hijo no es menos hijo cuando tiene que curar a su padre, al llegar a la ancianidad, porque ya come un niño, sino más bien, se genera y se transmite el compromiso de velarse mutuamente.
En la vida espiritual la “paternidad” es siempre la relación de un padre hacia un hijo adulto. En todo eso hay una dimensión “espiritual y teológica” y una “dimensión psicológica”. Es importante para el “padre espiritual”: ser consciente que Dios es el verdadero Padre y que él solamente ejerce en un modo vicario esa “paternalidad”.  Debe conducir a las personas a Dios y no a si mismo.


Un ejemplo bellísimo es, el encuentro de Juan Bautista que envía sus discípulos a Jesús diciendo: Éste es el cordero de Dios y que, más tarde, cuando conoce un momento de oscuridad y tiene bastante “libertad” para enfrentar esta oscuridad manda  otros discípulos a Jesús para preguntar: ¿Eres verdaderamente tu él que ha debe venir?

En la dimensión psicológica: cuando hay “paternalismo” hay falta de madurez o en el superior, o en los miembros de la comunidad, o en el uno y los otros o en todo caso en el Acompañante.
La falta de madurez por parte de los miembros de la comunidad puede venir del hecho de que uno nunca ha llegado al estado adulto o que había llegado a la madurez antes de entrar, pero ha regresado después al estado infantil. Porque trae al presente ciertos “traumas” vividos durante su niñez, adolescencia o en todo caso en todo su proceso de formación. Estos “traumas” vividos que nunca se trabajaron se reflejan en el acompañamiento.


El paso de la adolescencia a la edad adulta es el paso de la identificación a la  identidad.  Un niño se identifica con modelos fuera de él mismo.  Un niño se identifica con su padre y una niña con su madre.  Después viene el momento del fenómeno de "Edipo".  Un adolescente se identifica con héroes, sea del cinema, sea del deporte.  Después el joven adulto se identifica con lo que “conoce”, lo que “hace”, lo que “posee”, con sus realizaciones; todas estas realizaciones las contrastan con su vida antes de ingresar a la comunidad religiosa y con lo que esté viviendo en la etapa que le toca vivir dentro de la formación y en las etapas de su vida. Si este joven llega a la edad adulta finalmente llega a la conciencia que él es una persona que tiene esas cosas y que puede no tenerlas, que hace esas cosas y puede no hacerlas.  Llega al sentido de su identidad: el sentido de quien es antes de Dios y de los otros. 


Toda la historia de Job  en la Biblia es una demostración de eso.  Job es la persona que posee todo lo en que una persona encuentra normalmente su identidad social.  Tiene “posesiones”, tiene una mujer e hijos, una posición en el pueblo, un nombre, amigos y salud.  Un día viene cuando pierde todo eso.  Y Job hace el descubrimiento extraordinario que aún sin todas esas cosas “existe”.  Y porque no tiene más nada que perder, está sumamente libre y puede tenerse de pie delante de Dios y hablar muy fuertemente a Dios.  (Y puede de nuevo tener todo eso, pero libremente). 


            La gente que ha llegado a esa “libertad” no será nunca objeto de “paternalismo”.
            Hay gente que entra a la comunidad bastante joven, pero con una madurez que corresponde a su edad y que siguen creciendo.  Es una señal de vocación.  Hay otros que después de algunos años en la comunidad son muy menos maduros que en el momento de su entrada; que también podemos hallar estos aspectos en el “Acompañante”. O es que no tienen la vocación, o es que la comunidad no es sana y no les ha dado la posibilidad de seguir creciendo o el Acompañante es el causante de “atajarlos”, “reprimiéndoles” y “prohibiéndoles” a realizar tal cuál cosa cortándoles su libertad. Con esto no quiero decir que hay que dejarlos hacer lo que quieran, hay que saber orientarlos desde el ámbito personal de cada uno para que ellos logren alcanzar, entender y asimilar lo que es una “necesidad”, “querer”, “desear”, “gustar” y “puro placer”.


Es ahí donde el paternalismo entra a tallar, de una manera “sobre protectora”, no dejando actuar al formando libremente, porque tiene por medio las “prohibiciones”, manifestadas verbalmente hacia los formandos e incluso las actitudes del Acompañante y de los frailes que conforman la comunidad, dando qué desear entre los formandos: postulantes y frailes profesos, porque no son actitudes sanas que fomenten relaciones adecuadas para poder convivir mañana más tarde en comunidad.


Acoto a este punto lo que manifiestan nuestros hermanos que hicieron hace algunos meses atrás, la visita Canónica para la Formación: “Conviene preguntarse periódicamente, si respetamos acaso el hecho de que los “postulantes” son aún laicos (seglares). A veces pareciera que fomentamos más bien el deseo de algunos de entre ellos de considerarse pequeños monjes”.


Pareciera que existe un “excesivo” control de todo, de “prohibiciones”, “amenazas” e incluso de no relacionarse con otros hermanos postulantes y frailes profesos que vamos por el mismo camino, porque está detrás de todo esto un “miedo”, a los “prejuicios”, a las “distorsiones” o a que se “entrometan” los “otros” (que pueden ser los Acompañantes de las diversas Casas o Conventos o profesos) en la formación. Si bien es cierto, que cada Acompañante está obligado de cuidar de la formación de cada formando más “no” está obligado a cuestionar e imponer tales o cuales pareceres de la formación de cada etapa (se debe dialogar, entre los Acompañantes y entre los formandos para evitar comentarios exagerados y dañinos, que tal o cual Acompañante no ejerce su función correctamente, ¡eso es “garrafal”!); invitaría a considerar la Epístola de Santiago capítulos: 1, 16-27; 3, 1-18; 4, 11-12. Debe seguirse un mismo ritmo de formación que la Orden propone y el Acompañante es “responsable de la creación de un clima de vida que permita al formando trabajar sobre sí mismo con confianza y optimismo, con libertad interior y creatividad. El formando suficientemente motivado busca el sentido de la vida que se “propone” y hace un proyecto para su realización concreta. Por eso, para ser verdaderamente eficaz, la actitud y la relación del Acompañante para con el formando no deben ser la de “empujar” al formando hacia el ideal propuesto, sino de ayudarle a descubrir el tesoro de los valores escondidos en ese ideal. Con todo, la “vocación” es una “llamada”, una atracción personal, y no un estímulo o un objeto impuesto por alguna persona. Un buen método de formación se preocupa sobre todo de descubrir al candidato el misterio del ideal, de sensibilizarlo hacia él y de motivarlo para alcanzarlo. Así, todas las energías psico-biológico-espirituales del hombre vienen unificadas por la construcción de la personalidad requerida por las exigencias del ideal.


El Capítulo General de Priores Provinciales realizada en Bogotá (2007) manifiesta claramente que debe existir entre los frailes Comunión y Comunicación para una adecuada vida en Comunidad y un crecimiento adecuado de la Fraternidad, lo cual no se percibe ni se concreta, ¡no hay que dejar que las Actas se archiven en los estantes de nuestras bibliotecas y sean las polillas las que se llenen!:


171.- La vida comunitaria es fruto de un proceso constante y un largo aprendizaje, para responder adecuadamente a la llamada que el Señor nos ha hecho a vivir en fraternidad. Constantemente debemos aprender a “construir comunidad”. A veces constatamos que entre nosotros hay falta de comunicación, aislamiento e individualismo preocupantes. En ocasiones no se cumplen los mínimos de diálogo comunitario sugeridos por nuestras constituciones; otras veces, aun cumpliendo la ley, no se logra la comunicación y participación de todos. Estas situaciones prolongadas dañan no sólo la calidad de la vida comunitaria, sino a las propias personas. Por ello, animamos a las comunidades, con muchos o pocos frailes, a fomentar una comunicación de calidad entre sus miembros. Antes que nada es una cuestión antropológica que define al ser humano y que nos humaniza. La comunicación en sus distintos niveles (de ideas, de sentimientos, de fe…) crea consenso, comunión, unanimidad. Un medio imprescindible para ello son las reuniones comunitarias, en las que, superando una comunicación superficial y funcional, nos dediquemos los unos a los otros el tiempo necesario para dialogar sobre los principales asuntos que afectan a nuestra vida y misión.    

 
172.- Una comunicación veraz y fraterna nos ayudará a recuperar la confianza mutua en el  fondo de bondad que tiene cada hermano y en la buena voluntad que a todos guía. La sagrada predicación fluye de una comunidad que es transformada cada día a través de su vida fraterna.  Hay siempre la tentación de escapar de los diálogos difíciles que conciernen nuestra vida afectiva para no aceptar nuestra condición humana o nuestras debilidades. Cultivando la vida fraterna podremos superar las dificultades de comunicación entre generaciones y los riesgos del individualismo que impide integrarse en los proyectos comunes. Por otro lado, nada puede sustituir el diálogo interpersonal. Debemos estar atentos para que los nuevos medios de comunicación (correo electrónico, Internet, teléfono móvil…) no sean sustitutos de una imprescindible relación interpersonal.


173.- Las recreaciones y las celebraciones festivas ayudan a la construcción de la fraternidad, así como el encuentro informal para realizar conjuntamente actividades culturales, paseos… y momentos de sencilla diversión y alegría compartida (Cfr. Cracovia 244 y 247).  

  
174.- Nunca podrá reducirse lo comunitario en la vida religiosa a sus aspectos psicológicos o morales. Sólo la práctica de la virtud teologal de la caridad – que para Santo Tomás es una forma de amistad (S.T. II-II, q.23, a.1)- nos ayudará en último término a superar divisiones y discrepancias, a mantener el interés constante por el hermano y a querer su bien de un modo comprometido.  


175.- La comunicación debe extenderse especialmente a los frailes de comunidades cercanas. Cuando los frailes que viven cerca se reúnen suele ser un tiempo favorable para el intercambio fraterno y para mayor enriquecimiento de la misión. Además, la experiencia nos enseña los enormes beneficios que tiene el esfuerzo por acoger con agrado e invitar a otros a compartir la oración, la mesa y la conversación, especialmente a otros frailes, a la Familia Dominicana, a nuestros familiares y a aquellos que formaron parte de la Orden (Cfr. Cracovia 226). Esta apertura a la Familia Dominicana, especialmente al laicado, nos ayuda a seguir dando pasos efectivos en la misión común compartida (Cfr. Providence 423). El VIII Centenario de la Fundación de Prulla y la Asamblea de Fraternidades Laicales, ambos en este año 2007, han sido ocasión para un mayor acercamiento, comunicación y colaboración.


Si una persona ha conocido un ámbito familiar sano, con mucha afección, pero una afección que les ha ayudado a crecer y a llevar a ser personas adultas y libres, se integrarán muy bien, de manera normal, en una comunidad y seguirán creciendo pero no solos, sino mas bien, siendo acompañados y mejor aún, si encuentran un ambiente sano en la comunidad en donde las relaciones son libres y espontáneas más no “manipuladas”; será lugar propicio para que el formando llegue a alcanzar y a darse cuenta que puede seguir creciendo mediante todo el proceso de formación.


            Hay personas que han conocido una historia familiar muy difícil, que no han tenido la experiencia de ser amados por sus padres, que, quizás han conocido experiencias desastrosas de relaciones afectivas precoses, pero que a través de todo eso han crecido y han desarrollado una grande fuerza de alma y de corazón.  Esas personas también podrán crecer en la vida comunitaria y sabrán entender y acoger alguna “corrección”. ¡Hay que saber corregir!


            Pero hay personas heridas que no han asumido sus heridas, que pasan todo su tiempo lamiendo sus heridas.  Si la comunidad está sana y que el Acompañante sabe entender y evaluar la situación, podrá ayudarles a crecer.  Sin embargo, si las heridas son profundas deben normalmente ser curadas antes de entrar.  Si no, minarán demasiadas energías de todos, y pedirán a todos de tratarlos como niños que son siempre el centro de la atención de todos o llegarán a ser el “corresponsal”, “el franelero” del Acompañante, “husmeando el comportamiento”, más no el suyo, de sus demás hermanos para quedar bien con todos, con él y con el Acompañante.


            Después, hay también, evidentemente, el caso de los niños mimados (a toda costa se apuntan en la lista a ser los engreídos de la casa) que han sido siempre  el centro de la atención de todos y que esperan permanecer así hasta su muerte. Seguirán siendo niños a la edad de 70 y 80 o el eterno adolescente. En tales comportamientos, los Acompañantes tiene la “culpa”, porque conectan sus carencias afectivas, mutuas, a la necesidad del formando. ¡Esto es peligrosísimo!


            Todo eso para decir que es muy importante averiguar el grado de madurez afectiva del candidato que se presenta al Convento y, también ver el grado de madurez del Acompañante antes de acompañar. Digo "madurez afectiva" porque no es raro encontrar alguien que tiene – o parece tener – una gran madurez intelectual o que ha tenido funciones importantes en el mundo de los negocios, de la política o tiempo recorrido en la formación o quizás nunca, ¡hay que tener cuidado con los que nunca se han preparado para acompañar!, pero acompañan para llenar espacios dejados por otros, o sus propios vacíos interiores que no quiere enfrentarlos. Pero que es todavía un niño en la vida afectiva o haya ido de Casa en Casa o de Convento en Convento generando conflictos y, son quienes acompañan, valiéndose ellos mismos de sus propios criterios de formación mal trabajados y creyendo que con haber tenido o concluido estudios o haber estado como formando es suficiente para acompañar a los jóvenes. ¡Mucho cuidado con estos “supuestos Acompañantes”! En esos casos hay que juzgar si esas personas pueden crecer en un ámbito sano, o si necesitan crecer antes de entrar o irse de la Orden.


Acoto a esto lo que manifiestan los hermanos que hicieron la visita Canónica para la formación en el informe y de donde puedo reflexionar y ver lo que se está viviendo en la formación: “…la tarea formativa tiene que ser necesariamente un “carisma” para “estar” con los jóvenes en formación y no suplir funciones que no nos corresponden”.


Podemos enfocar entonces que el “paternalismo” dependerá normalmente de un celibato mal asumido.
Cuando uno hace la profesión renuncia a perpetuarse o en posesiones materiales o en el ejercicio de poder tener hijos.  En un primer momento eso puede no ser demasiado difícil, especialmente si la vida presenta un cierto número de satisfacciones.  Un poco más tarde la ausencia de actividad sexual puede ser difícil.  Pero viene un momento cuando es el hecho de no tener “paternidad” o “maternidad” física que es la cosa más difícil.


La Provincia debe exigir a cada Acompañante a seguir forjándose, preparándose en trabajar su vida personal, comunitaria, espiritual, psicológica para un mejor servicio a los jóvenes y a experimentar nuevos retos dentro de la formación o fuera de ella.


            Si uno no ha asumido bien esa renuncia a la “paternidad” o a la “maternidad” natural, buscará compensaciones.  Esas compensaciones podrán ser la búsqueda de resultados visibles en el ámbito del trabajo, o de la vida intelectual o en amistades que no serán nada malas pero nada maduras o en decir cada “disparate” de sus afectos a los formandos.


            Si una persona que no ha asumido bien esa renuncia a la “paternidad” o a la “maternidad” natural llega a ser Superior, Prior, Acompañante u otros cargos, encontrará una compensación que parecerá muy justificada en el ejercicio de una grande afectividad, especialmente hacia personas que no han llegado ellas tampoco a la madurez afectiva o que padecen de una gran carencia afectiva.  El peligro será de tener esas personas en una situación de dependencia permanente para continuar siendo en relación a ellas, exactamente como un padre o una madre natural en relación a sus niños. 


            Un poco en relación con esto pienso que el hecho de ser demasiado preocupado por el “reclutamiento” o la “falta” de formandos para la Orden es un ¡"pecado" contra la castidad!  Es natural desear transmitir “la tradición”  (recuerdo lo que Fr. Joao Xerry les dijo a los postulantes de 1er año durante la prédica: “…ustedes están optando libremente a “heredar” lo que la Orden les propone…”) que hemos recibido a una nueva generación.  Pero si no tenemos sucesores no es una tragedia.  No tener una descendencia es precisamente lo que hemos aceptado cuando hemos hecho el voto de celibato.
Para mejorar las actividades, mejorar la vida y, antes de hacer algún comentario al respecto, previamente hay que “conocer”, luego “amar” y en tercer lugar “actuar”.


Es necesario que el Acompañante sea alguien capaz de convivir fraternalmente con los formandos en todos los momentos de su vida. Mi experiencia a lo largo de estos cortos años de acompañamiento me ha hecho constatar esta convicción: uno de los valores más grandes del Acompañante es la capacidad de convivir con los formandos la mayor cantidad de tiempo posible y en todos los momentos de su vida: oración, estudio, misión, vida comunitaria, etc.; eso no quiere decir, que hay que estar en todo momento que al formando se le “antoje”, hay que dejarlo crecer y que se cuestione sólo. Un formador que no acompañe de cerca los pasos y los momentos de los formandos, aunque no explícitamente, está diciendo que es posible tener un pie dentro y otro fuera de la comunidad. Se comenta dentro de la formación que “los formandos son como unas esponjitas que están en todo momento absorbiendo cada detalle, eso se espera, porque a la vez se pueden asemejar a unos niños que están entrando a palpar y a sentirse curiosos de lo que tienen delante; quieren conocer y ser los más atendidos y los más vistos –cuidarlos- que hay momentos que cuestionan y enfrentan al Acompañante que no se les atiende en el momento que ellos quieren…es justo el momento de frenar y colocar las cosas en sus respectivos sitios.


El Acompañante debe ser una presencia amiga -eso se espera-  paterna y materna para los formandos, de modo que el Acompañante sea al mismo tiempo modelo y estímulo de la vocación Dominicana, acompañando y formando en el delicado proceso hasta que Cristo, Camino, Verdad y Vida se forme en cada uno de ellos. Por eso se requieren en él dotes adecuad y preparación específica. Pero la preparación específica —o incluso los títulos académicos del Acompañante— se convierten a veces en un obstáculo entre él y el formando. Ese obstáculo se supera por medio de una gran dosis de humanidad, paciencia, comprensión, amistad, y afecto que el Acompañante debe tener al acompañar a cada uno de los formandos. No hay que olvidar que nuestros Acompañantes fueron vivos ejemplos de humanidad, paciencia, comprensión, amistad, afecto y que con el transcurrir de los años hemos ido asimilando para adentrarnos al carisma de la Orden.
El Acompañante debe actuar teniendo en cuenta a los demás responsables: al Superior de la casa, el Acompañante espiritual y el Confesor.


Punto importante y un riesgo permanente en la formación: querer que el formando sea como el formador. Es de importancia fundamental tener en cuenta que los formandos nunca deberán imitar servilmente al Acompañante.
«El Acompañante debe llevar al joven a amar al Señor, no ganarlo para sí, buscando en él una estima humana y un afecto vano y peligroso»
No se trata de ser "conformes al Acompañante", sino de trabajar «donec formetur Christus in vobis». Por eso, aunque la función del Acompañante es de capital importancia, nunca se interpondrá entre el formando y Cristo, que es el objetivo que debe conseguir el formando. En este sentido la función del Acompañante tiende a desaparecer, a semejanza de Juan Bautista, para dejar sitio a Cristo.
Pareciera que el “paternalismo” está unido a una tradición estática: a una “lectura tradicional” y “conservadora de las fuentes”, esto no quiere decir que hay que dejar de lado “las fuentes”; sería mejor no rechazar lo nuevo, lo que el tiempo nos ofrece, un tiempo en donde los jóvenes están viviendo aceleradamente y son ellos quienes vienen a nuestras comunidades.
En las Actas del reciente Capítulo General de Priores Provinciales en Bogotá Colombia se redacta en el Capítulo V sobre la Formación, acápite II ¿Qué juventud está llegando a la Orden?:
206. Es la misma gente joven que produce nuestra sociedad: jóvenes con grandes capacidades y grandes limitaciones. Muchos vienen de un mundo marcado por la pérdida de valores trascendentes, de sociedades que con frecuencia son hostiles o indiferentes a la vida de fe (Providence 352), de familias que frecuentemente están rotas y relaciones que carecen de significado real. Sin embargo, traen otros valores que afirman la vida, tales como el espíritu de voluntariado, la lucha por los derechos humanos y la preocupación por el medio ambiente. Cuando estos jóvenes entran en la Orden, a pesar de traer con ellos la fragilidad y las rupturas de su mundo, traen también el gozo, la fuerza y los signos de gracia que también están presentes en nuestra época.

207. La gente joven de hoy es más espiritual de lo que frecuentemente pensamos. Tienen elevados ideales, pero no siempre saben cómo vivirlos. Muchos buscan una experiencia íntima de Dios y de lo sagrado que sea diferente del pasado. Son curiosos y tienen sed de conocimiento, generosos e incluso a veces desinteresados en su ayuda a los pobres, los sin tierra, los inmigrantes, los marginados y todos los necesitados. De hecho, algunos de ellos están activamente comprometidos con Cristo y su Evangelio.

208. Si tratamos de hacer un retrato de la sociedad de hoy, veremos que en ella estos jóvenes buscan algo nuevo y miran la vida religiosa como camino para encontrarlo:

  1. Buscan una vida más estable, claridad, un mundo libre de toda ambigüedad, que no encontraron en una cultura en constante cambio, afectada por divorcios, relaciones rotas, desempleo y, en muchos países, por la pobreza.
  2. Están sedientos de un Dios que no encuentran en una sociedad secularizada y materialista.
  3. Buscan una vida fraterna que no experimentan en sociedades que, con demasiada frecuencia, favorecen el individualismo, la competitividad y el beneficio personal.

Hay que saber ofrecerles formación adecuada, es decir, “formar” que equivaldría a adecuar lo que existe y no dar un aura mística y utópica a lo que ya no existe, lautopía está en el pasado. Hay que dejar de exagerar con el horrendo término del paternalismo, porque lo único que hace es exagerar y formar grupos compactos y deficientes, porque existen personas –Acompañantes- que reflejan estos criterios, muy, pero muy conservadoras. La fuerza de estas personas o Acompañantes radica sobre todo en el poder de la autoridad, por eso mantienen las distancias en relación con los formandos. Este tipo de personas o Acompañantes, poseen una espiritualidad con un carácter “individual” e “intimista”. La metodología es dogmática y presupone en el formando una "fidelidad" destacada. El estilo es la exigencia, la austeridad, el esfuerzo, cuando tan sólo se puede ver en algunos frailes el esfuerzo de vivir con mesura y exigimos a los demás lo que nosotros ni siquiera cumplimos. Estamos en un siglo completamente distinto, hay que “adecuar” las cosas más no “relativizarlas”.


¿Qué produce este estilo? Un desequilibrio histórico: la vida religiosa se convierte en museo y favorece el profetismo "retrovisor". Como resultado, lleva a una “pastoral asistencialista”, sin tocar las raíces de los males que afligen a la humanidad. Los formandos (sean postulantes, novicios y/o profesos religiosos) terminan por estar desconectados con el camino de la historia y de la sociedad. Evidentemente, este estilo no favorece la “creatividad” y la “originalidad” de cada persona.


Un estilo así lleva a ver el mundo como un lugar peligroso. Por eso trata de crear un microcosmos formativo cerrado en el que no haya contactos con la realidad (el “paternalismo” del que tanto se arguye). El formando se reduce a mero aprendiz que debe ingerir todo lo que se le echa. Se genera así en el Acompañante el paternalismo y en el formando la dependencia absoluta. Éste se convierte en repetidor de actos, preferentemente actos comunes y que también pueden ser: comportamientos del Acompañante y de algunos frailes que integran la comunidad, porque la disciplina se coloca por encima de la persona (recuerdo, la opinión vertida de fr. Joao Xerry, en el último encuentro entre los Acompañantes que conformamos la CONED: “…hay que tener mucho cuidado con las “disciplinas” que les damos a los formandos…deberían ser “propuestas”, más que “imposiciones disciplinarias”).


El estilo de quien sigue las orientaciones del Vaticano II en relación con las “fuentes”: en la convicción de que es necesario renovar la vida religiosa a partir de una “fidelidad dinámica”, “creativa” y “valorando las tradiciones vivas”. Este estilo, de acompañamiento, se caracteriza por la lectura abierta y renovadora del Vaticano II. Es sensible a los valores del proceso histórico: la escucha de la Palabra en el contexto histórico, la oración como respuesta a Dios en el contexto de este momento de nuestra historia, el diálogo con el mundo, la apertura a los valores humanos, la atención a los procesos psicológicos y sociológicos, la libertad y la creatividad, el sentido crítico, etc. Una de sus características más fuertes es la “sensibilidad a los valores del presente histórico”.


En cuanto a los contenidos, de este tipo de acompañamiento, inculca el principio de que toda doctrina o idea está condicionada históricamente, y enfatiza el pluralismo ideológico ayudando al formando a pensar de forma autónoma y a tomar conciencia de que lo que tiene que aprender es mucho más de lo que sabe.
Por otro lado: ¡Gracias a Dios! Que los Acompañantes somos muy diferentes, e incluso los objetivos que cada comunidad se plantea. Hay que tener muy en consideración que la metodología se basa en el diálogo, en la confrontación (una confrontación sana) y en el trabajo de grupo. El estilo es la “comprensión”, la “escucha”, la “paciencia”, la “atención” de la persona como ser individual y único, con su ritmo y su estilo propios.


            Pero un estilo de formación con criterios y objetivos de “paternalismo”, tiene ciertos inconvenientes: quiere abarcarlo todo sin facilitar a la “autoformación”, es decir, los elementos esenciales para vivir en comunidad: oración, estudio y vida comunitaria y otros que se consideran dentro del proceso de formación; genera un cierto “desequilibrio”, “inestabilidad emocional y grupal” y “tensiones tanto personales y comunitarias”. La objeción mayor tiene que ver con la excesiva preocupación por el aprendizaje intelectual, que descuida lo que se puede adquirir con las nuevas experiencias históricas generadoras de gracia y estimulantes de cara a la gestación de un mundo futuro. Asume una posición de centro y elimina los aspectos de mayor riesgo.


            Lo que obstaculiza en nuestras comunidades es, la construcción de una paz fundada sobre un proceso constante de “reconciliación” no son los conflictos que siempre están y siempre estarán porque estamos hechos de carne, hueso, sensibilidad, pasionalidad (¡Él conoce nuestra masa y se acuerda de que somos barro!) sino lo que de veras obstaculiza la paz son las que yo llamo las tres enfermedades humanas: “la indiferencia”, “la marginación”, y “el poder”.


            Estos puntos son consecuencias del “paternalismo” que pueden recaer en la comunidad, tales como:

  • La indiferencia Juan Pablo II° la define como: «una grave enfermedad social» una tragedia humana y la compara a la respuesta de Caín a Dios: « ¿Soy yo acaso el guardia de mi hermano?» La indiferencia es, antes de todo la concentración sobre sí mismo, la atención exclusiva a su propia persona, que desarrolla defensas, susceptibilidades, y todo aquel proceso de racionalización y  justificación que protege con una coraza efímera nuestra vulnerabilidad. La indiferencia es el espacio del individualismo, el individualismo ciego que en nombre de una libertad igualmente ciega acaba en el suicidio de la persona y en el vacío de un amor ni recibido ni ofrecido.
  • La marginación o “enfermedad de la discriminación” domina el mundo y penetra también el claustro.  Todo movimiento de simpatía o antipatía no purificadas por la caridad, de alianzas calculadas, de relaciones cerradas que excluyen a un hermano destruye la paz y clava el individuo a una soledad sin salida. El alma secreta de toda relación es la amistad. Es impresionante leer en el párrafo 29 de la última Instrucción de la Congregación de la Vida Religiosa (2002) esta frase: «Espiritualidad de comunión significa ofrecer una verdadera y profunda amistad»  Es decir: «compartir alegrías y sufrimientos de los hermanos, intuir sus deseos, comprender sus necesidades (...) acoger y valorar el otro como don de Dios, hacer espacio al hermano llevando juntos los pesos uno del otro». Sin duda este «compartir» que llega hasta la intuición de los deseos del hermano va muy lejos.
  • La enfermedad del “poder”, el Papa la declina como búsqueda de provecho, de prestigio, de albedrío, de dominio. Y sabemos que el poder siempre lleva a “usar” las cosas como propias y a las personas como “cosas”. A veces el poder puede estar muy bien disfrazado bajo un perfecto comportamiento formal, o bajo toda forma de “proteccionismo”, “paternalismo”, “maternalismo”, todo lo que sabe de lejos o de cerca a “posesividad”. Pero siempre es poder, dominio sobre algo o sobre alguien que a lo largo del tiempo inevitablemente suscita “rebeldía” y “rechazo” y, sin duda, “ausencia de paz”. Y el poder no es sólo dominio, sino también el hecho de subrayar constantemente “lo negativo” de una persona o de una situación o de su propia comunidad. Quien subraya el mal, la sombra, lo negativo se implica muy poco en un proceso positivo de sanación y conversión (hay veces en que los Acompañantes somos los causantes de negativizar todo lo que los formandos realizan, ¡hay que dejar de exagerar y de tanto impresionarse!), se retira limpiándose las manos como Pilato, y no arriesga nada de sí mismo, no se compromete. Y no se da cuenta que su actitud es de puro poder, que su negatividad es puro dominio que salva su apariencia pero no salva nada más.

Para construir la paz comunitaria es necesaria una “brizna de humor”, la “libertad para reírse de uno mismo” y ser “tan inteligente” para no tomarse demasiado en serio, y no deprimirse por sus fracasos más allá de lo lícito. Saber tomar distancia de sí mismo para encontrar con serenidad una realidad más profunda que los espacios artificiales que nos construimos con nuestra sensibilidad herida.


El que Acompaña debe estar inundado –para eso se pide tener carisma- de “ternura humilde” y “atenta” en donde pueda amoldarse a la diversidad de cada persona y usa de esta diversidad para que la persona crezca en su dimensión de plena madurez: “halaga” y “reprende”, “afirma” y “corrige”, “aconseja” y “escucha”, “pacienta” y “empuja”, “calla” y “habla”, “aguanta”, sobre todo “aguanta”... esto trae como finalidad “la alegría” como fruto de una “paternidad vivida y recibida”,  lo cual es única y extraordinaria.
De la “paternidad” surge no solo la paz sino también la fiesta. La referencia a la fiesta evangélica del “hijo prodigo” es evidente. Es la fiesta de la “gratuidad”, de un “amor dado” y “recibido”, de una “paternidad” y una “filiación” –sanos- que se encuentran en la reciproca comprensión, en el recíproco respeto, tolerancia y perdón, en la auténtica experiencia de la paz.


El pensamiento moderno subraya el tema de la «muerte del padre». El marxismo ha condenado toda forma de «paternidad» en la relación social y ha desarrollado una forma de paternalismo tremendamente impositivo, “posesivo”, “policial” de parte del poder (como podemos verlo a diestra y siniestra en el mundo entero) mientras que el nihilismo, que basa todo sobre el único valor de lo visible, calculable, mesurable y modificable con la potencia de la técnica, elimina todo ámbito de libertad y alteridad. El “existencialismo” se presenta como ruptura frente al ámbito familiar y el psicoanálisis, con todas la lista de los complejos que el hombre arrastra desde su infancia, declara prácticamente que el hombre no logra llegar a una edad “adulta” si no se libera de la dependencia de la “autoridad paterna” –el exceso: el paternalismo-. Como si todo proceso de crecimiento y liberación obligara a excluir de la vida el misterio de la “paternidad” (o de la maternidad), en nombre de una autonomía evasiva y rebelde.


La actual pedagogía extranjera, ajena a nuestras esferas, insiste para que nada coarte el libre desarrollo y la libre expresión del niño, que se mueve y actúe según sus inclinaciones, gustos, escogidas para no sedimentar frustraciones que le vienen de propuestas de valores y de la experiencia de la tradición. Todo “valor de transmisión” de “vida” queda eliminado. Esto, por cierto, es destructivo y no debe permitirse.
 Todo esto da un cuadro claro, no sólo del rechazo de toda forma de paternidad, o mejor relega la paternidad a algo puramente genético y afectivo, sino que también elimina de la experiencia humana, el sentido del origen. Y sabemos que si no hay un punto de origen dentro la conciencia del hombre, tampoco el hombre puede concebir un futuro, si no al nivel puramente material, técnico, nihilista. La paz surge de la conciencia de un origen y de un destino, que valora la realidad como única y concreta posibilidad de encuentro con los demás, en la infinita gracia de la Presencia del Señor que todo lo penetra y fecunda. Sin esta conciencia hay sólo evasión y miedo de la realidad, que se hace enemiga y desborda en búsqueda de compensaciones desesperadas y pérdida de sentido vital.


Solo la visión cristiana nos hace comprender que toda “paternidad” y “maternidad” releva de la “paternidad de Dios” y se “enraíza en el acto de fe”. Cuando San Pablo a los Galatos dice: «Ya no hay diferencia entre judío y griego, entre esclavo y hombre libre, entre varón y mujer» no añade «ya no hay más ni padres ni hijos». Al contrario la paternidad y la filiación asumen en la experiencia cristiana la dimensión espiritual más profunda: reflejan el misterio de la “paternidad” y “filiación” divina en el misterio trinitario.
Pido encarecidamente, a quienes acompañamos, a tomar conciencia de lo que se nos ha encomendado y considerar lo que nos sugiere el texto  sobre “Orientaciones sobre la Formación en los Institutos Religiosos”, tener:

  • Capacidad humana de intuición y de acogida (no pareceres personales).
  • Experiencia madurada de Dios y de la oración (no fingida).
  • Sabiduría que deriva de la escucha atenta y prolongada de la Palabra de Dios (pero no para vanagloriarse a sí mismos).
  • Amor a la liturgia y comprensión de su papel en la educación espiritual y eclesial (no al excesivo rubricismo).
  • Necesaria competencia cultural (conocer el mundo actual de los jóvenes para poder acompañar).
  • Disponibilidad de tiempo y de buena voluntad para consagrarse al cuidado de cada candidato y no solamente del grupo (no hay que estar con los que me caen bien; hay que respetar sin “invadir” al formando, sólo ha de venir).

Esta tarea requiere, por tanto, “serenidad interior, disponibilidad, paciencia, comprensión y un verdadero afecto hacia aquellos que han sido confiados a la responsabilidad de acompañar.
Debemos considerar, tal como lo indica el texto  sobre “Orientaciones sobre la formación en los Institutos Religiosos”, que: “no menos necesarias son la “cohesión” y la “colaboración” continua entre los responsables de las diversas etapas de la formación. Toda la obra formativa es fruto de la colaboración entre los responsables de la formación y sus discípulos. Si es verdad que el discípulo asume una gran parte de responsabilidad, ésta no puede ejercerse más que en el interior de una tradición específica, la del instituto, cuyos testigos y agentes inmediatos son los responsables de la formación”.
Pido perdón por poner en claro el nivel de la “paternidad” y no a “supuestos pareceres” de “paternalismos” que algunos hermanos nuestros hacen hincapié, pero, para mí, el carisma de la paternidad, como la respuesta de la filiación es el instrumento más delicado y fecundo para la construcción de una paz comunitaria, la dimensión imprescindible en la cual florece la paz.

 

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