EL SEGUIDOR DE CRISTO
Una vida como la de Martín, consagrada por entero al servicio de los demás, con perfecto olvido de sí mismo, no se explica sin una intensa vida interior, sin el incentivo de la caridad, que, como dice Tomás Kempis, aun abrumada por la fatiga, no llega a sentir. a el cansancio. Ya hemos visto cómo desd e su juventud se sintió atraído por el amor a la Cruz de Cristo. Esta inclinación de su voluntad fue acentuándose en su ánimo por la acción de la gracia hasta llegar a convertirse en verdadera pasión. Entonces pudo repetir el humilde Hermano lo que decía el Apóstol de las Gentes: No yo sino Cristo vtve en mi. A esta identificación con el modelo de todos los predestinados llegó Martín por el único camino que conduce a tal alto grado de santidad: por la vía de las humillaciones y de la total abnegación. Humilde como la tierra fue Martín y su penitente afán, como vamos averlo tiene algo de asombroso, pero la humildad y la mortificación del lego dominico no fueron sino los medios por los cuales se dispuso su alma a unirse estrechamente con Dios, traspasando los umbrales de la ordinaria comunicación de la criatura con su criador y entrando de lleno por las vías sobrenaturales de la contemplación y de la vida mística.

Innecesario parece insistir en la humildad de Martín. No sólo escogió siempre el último lugar, según la prescripción evangélica y se convirtió en el siervo de todos, sino que además sintió sinceramente que no le correspondía otro puesto ni era otro su debido destino. Por eso las injurias le sabían a halagos y la ingratitud, que tanto suele herir a los corazones más puros, no dejaba en él la menor huella de resentimiento. Las reprensiones, casi nunca justificadas de sus superiores, no sólo las escuchaba mansamente sino que las agradecía y tenía por justas, besando la mano del que le hería. Jamás se defendió y solo en una ocasión dio a su Prelado la excusa que éste mismo le pedía.

Tenía por costumbre hospedar en 1a enfermería o en su propia celda a los pobres enfermos y algunos sea por el desaseo de los dolientes, sea por el temor de un contagio lo llevaban a mal. Debieron decírselo al Superior y éste ordenó, a Martín que no lo hiciese en adelante. Ocurrió, sin embargo que un día llevaron a la porteria a un pobre indio, herido de gravedad. El Santo no vaciló, en vista de su estado en albergarlo en su celda mas no bien lo hubo sabido el Superior le llamó a su presencia y, después de haberlo reprendido agriamente, le dio una disciplina que el humilde Hermano recibió de rodillas y sin exhalar una queja. Fuese entonces a su celda y con el cuidado que pudo hizo conducir al enfermo a casa de su hermana, a quien dio encargo, de llamar a un cirujano. Matín lejos de desabrirse con su Prelado, le preparó un bocado que sabía era de su gusto y se lo llevó a su celda y poniéndoselo delánte le dijo con respeto:

-Perdóneme su Paternidad y tome esto que espero le será de tanto gusto como a mí lo ha sido su corrección.

-Gracias, fray Martín, respondió aquél con suave acento, yo no me enojo con la persona sino con la culpa.

El Hermano se atrevió a replicar y con modestia balbuceó:

-Yo, padre, no he pecado en lo que hice.

-¿Cómo no, si ha quebrantado mi precepto ?, fue la contestación.

El Santo serenamente añadió:

-Verdad es, padre, que yo llevé al herido a celda, pero la urgencia del caso lo exigía y cuando la caridad insta se la debe preferir a la obediencia.

El Prelado reconoció que tenía razón y sonriente y afable lo despidió.

Ya hemos visto la serenidad y aun la alegría con que recibía los denuestos e injurias de aquellos mismos a quienes servia, como si los desprecios fueran para él halagos y las destemplanzas de los demás le fueran tan agradables como a otros las frases de cumplido.Y es que él se tenía por el más despreciable de los hombres. Así se explica la reverencia con que veneraba a los sacerdotes y los frailes de corona; el porte humilde con que estaba entre ellos; su repugnancia a sentarse en la mesa común con los demás hermanos, prefiriendo tomar el alimento en la cocina o en alguna sala de la enfermería, de pie y sin que nadie le sirviese. No tomaba tampoco asiento delante de sus mayores y si le instaban a hacerlo, se sentaba en tierra, como en el más bajo lugar. La costumbre de llevar también la cabeza descubierta, aun cuando salía fuera del convento, llevando el sombrero colgado sobre los hombros, era también indicio de su humildad. Tan natural se hizo en él la práctica de esa virtud que se extrañaría cuando le hacían alguna honra y alguna vez llegó a pensar y aun a manifestar exteriormente que esas muestras de estima no eran sino burlas que hacían de su persona.

Ni por natural encogimiento, ni por la situación de inferioridad en que lo colocaba su origen escogió ser el último de todos. Otra razón más alta removía a abrazarse con la.humildad: el conocimiento que tenía de su nada y el ejemplo del Hijo de Dios. Esclavo quiso ser por amor de Dios y por imitar a Jesucristo y en realidad se hizo siervo de todos.

Pero no basta morir a sí mismo, es preciso morir a todo lo que no es Dios y morir crucificado. El amor a la cruz va inseparablemente unida a la verdadera santidad. Así lo dice aquella copla popular de tan hondo significado:

Pero Martín no sólo crucificó su carne para tenerla sujeta al espíritu y domar sus rebeldías; un más alto motivo lo impulsó a abrazarse con el dolor y el sufrimiento: su deseo de hacerse semejante al Dios Hombre, llagado por nuestros pecados. Desde su ingreso en la Orden de Santo Domingo parece haber comenzado a hacer uso de las disciplinas y de los cilicios. Por lo que hace a las primeras, tomó por costumbre, casi en los primeros años de su vida religiosa, el disciplinarse tres veces cada día. Estas disciplinas eran de sangre y un testigo ocular, Juan Vásquez, nos dice de lo llagadas que estaban sus espaldas.

Martín procuró ocultar estas maceraciones, pero ellas no Pudieron pasar inadvertidas. Cuando se hallaba próximo a dejar este mundo, alguno quiso asegurarse de si era verdad lo que sobre esto corría por el convento. Fray Gaspar de Saldaña, que por dos veces había sido prior de Santo Domingo, le preguntó cuántas disciplinas se daba diariamente. Martín comenzó a afligirse y con la mansedumbre y humildad que acostumbraba no dijo más sino: "Padre mío, cuando Dios quiere se descubren las cosas". Instó fray Gaspar, y vencido el Santo por la reiteración de la demanda, dijo a media voz: "Sí, Padre, es verdad: tres disciplinas me daba, en memoria de las que se dio nuestro padre Santo Domingo". Algún testigo dice que la una de ellas la ofrecía por sus culpas, la otra por 1a conversión de los pecadores y la tercera en sufragio de las benditas almas. Puede que ésta fuera su intención, pero la que predominaba era, sin duda, su deseo de crucificarse con Cristo.

Andando el tiempo debió dejar de disciplinarse con puntas de hierro y echó mano con las de cuero, pero aún así el tormento era grande por duración y por lo maltaradas que tenía las espaldas. A veces se las daba en las piernas y en las plantas de los pies, como cuenta Juan Vásquez, para que no le quedase parte sana.

No satisfecho con esto, llevaba a raíz de la carnes una cadena de hierro que sólo se quitó en su última enfermedad. Pero bastante cilicio era para Martín el vestido que usaba. La túnica era jerga y le bajaba hasta las rodillas. El hábito era de cordellate, sin hacer uso jamás de lienzo. Sus zapatos eran los que otros desechaban y que él se ingeniaba para remendar y hacer que durasen. Pero él sabía conciliar el amor a la pobreza con decencia y el aseo y no debemos pasar en silencio lo que deponen algunos en los Procesos, esto es, suave olor que despedía su persona, no obstante lo mucho que se fatigaba y trasudaba.

De su abstinencia y mortificación en el comer los testimonios son contestes pero a tal extremo llegan que está uno tentado a creer que exageran. Fray Fernando Aragonés, Enfermero Mayor, que vivió en su compañía 14 años, dice que su ordinario sustento fue pan y agua.

Un rasgo más de su penitente vida. Su descanso era brevísimo. Allá en su celda, situada en el claustro de la enfermería, en la planta baja, tenía su pobre lecho de tablas con una estera y una almohadilla rota. Marcelo de Rivera que vivió en ella dice que su almohada era un pedazo de madera y, según el testimonio de Vásquez y de otros, lo ordinario era que se echase vestido sobre un arcón de cortas dimensiones, pues las piernas le quedaban colgando. Allí permanecía dos o tres horas y luego se levanta a orar.

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