Vocación de Martín parece haber sido la de remediar
los males ajenos. Para ello Dios le dotó de corazón
misericordioso y poco a poco perfeccionado su caridad, tan hondas
raíces echó en él esa virtud que pudo decir
con el Apóstol: "¿Quién enflaquece y
sufre que no enflaquezca y sufra yo también?" Además
el Señor que todo
ordena con admirable
providencia, dispuso que desde sus primeros años aprendiese,
el oficio de barbero y de médico, al lado de sus amigos
el boticario Mateo Pastor y el cirujano Ricardo de Rivera. Su
destreza y habilidad en esta parte debió influir no poco
para que se le admitiese en Santo Domingo. Aquí completó
su aprendizaje y he ahí por qué a los pocos años
de vida religiosa le encomedó el difícil y pesado
cargo de enfermero.
Para darse cuenta de las tareas que pesaban sobre él es preciso recordar que por entonces el convento del Rosario de Lima albergaba a unos doscientos religiosos, sin contar los esclavos, para los cuales existía una enfermería aparte. A esto se agrega que de las demás casas, especialmente de Recoleta de la Magdalena, venían a curarse algunos enfermeros y no pocos también de los mismos esclavos de las haciendas de la Orden, sobre todo de Limatambo. A todos ellos tenía que cuidar Martín y lo hizo con una solicitud más que de madre. No faltaron ocasiones en que hubo de multiplicarse y prodigarse. De vez en cuando se dejaba sentir en Lima alguna peste o epidemia, que unos llamaban sarampión, otros alfombrilla o trancazo y hoy posiblemente llamaríamos gripe. Como todavía sucede, eran muchos los enfermaban y en algunos el contagio revestía cierta gravedad. Una de estas veces, el número de enfermos en todo el convento llegó a sesenta y fue menester que Martín, de día y de noche, corriese del uno al otro, para atenderles en su necesidad. Dios, sin duda alguna, escuchando las oraciones de su fiel siervo, no dejó de ayudarle, realizando verdaderos prodigiosos en su favor. Vamos a relatar algunos.
Fray Francisco Velazco, hijo de su gran amigo Mateo Pastor, era novicio y adoleció de un mal que los médicos de entonces le calificaron de hidropesía. Le abrazó la fiebre y una noche entren la una y las dos se sintió muy fatigado y con ansias de llamar a alguien en su auxilio. Estando así, vio que se habría la puerta de su celda y que entraba Martín, llevando un brasero con candela y una camisa. Se acercó a su lecho, lo incorporó sobre las almohadas, lo cubrió con una frazada y levatándolo luego lo reclinó sobre una silla. Sacó luego de la manga unas ramas de romero y las puso sobre las brasas; volteó luego el colchón humedecido por el copioso sudor del enfermo y sahumó con el romero; hizo otro tanto con la camisa que llevaba preparada y se la puso al novicio que atónito le contemplabla. No podía explicarse éste cómo había podido llegar hasta su celda, pues, según la costumbre, las puertas del noviciado estaban cerradas y la llave de ellas sólo las tenía el Maestro de novicios. De ahí que le preguntara con curiosidad infantil:
-Hermano Martín, ¿por dónde habéis podido entrar?
-No seáis bachiller chiquito -le contestó, tomándolo en sus brazos y depositándolo en el lecho con amoroso cuidado.
-Hermano Martín, ¿os parece a vos que moriré de esta enfermedad?
El solícito enfermero le respondió:
-Muchacho tú quieres morir?
La respuesta fue un no rotundo.
-Pues bien -añadió Martín-, no morirás.
A la mañana siguiente fue a verle fray Andrés Lisón, Maestro de novicios, y al referirle fray Francisco lo que aquella noche le había acontecido, con aire grave le advirtió:
-No me decís nada nuevo, hijo mío, porque de estos milagros sabe hacer fray Martín.
El mismo había sido testigo de ellos.
Como en el convento se divulgaban estos hechos, fue ya bastante común el que los enfermos, apretados durante la noche por el mal de que adolecían o sintiendo alguna necesidad, le invocaran y demandaran su ayuda, seguros de que no tardaría en presentarse. Mas no fueron sólo sus hermanos los que experimentaron la vigilante y prodigiosa caridad de Martín, algunos seglares también fueron objeto de ella. Rodrigo Meléndez, padre del Presbítero Andrés Meléndez, que figura en los Procesos como uno de los testigos y de fray Juan Meléndez, se hallaba retraído en el convento por apremio de sus acreedores y le sobrevino una grave erisipela en una pierna. Una noche en que el ardor del miembro enfermo lo tenía desasosegado, dijo entre sí:¡Cómo tuviera a la mano un poco de agua caliente para bañarme esta pierna! A los pocos instantes entró en su cuarto fray Martín, estando el cerrojo echado a la puerta, llevando en una jofaina el agua que necesitaba el doliente. Este preguntó admirado, cómo había podido entrar y Martín, dejando a su lado el socorro, no le respondió sino estas palabras: "Yo tengo modo de entrar", y se salió del aposento.
Su discresión le hacía distinguir entre uno y otro enfermo y atendía con más asiduidad a aquél que más grave se encontraba. Una intuición que en muchos casos podemos llamar sobrenatural le daba a conocer que el enfermo no saldría de aquel trance y se acercaba a su fin. De ahí que en le convento se tuviera por cosa segura la muerte del paciente cuando Martín apenas se separaba de la cabecera del enfermo. Corría el año 1626 y fray Cipriano de Medina, muy aficionado a Martín, cayó gravemente enfermo. El santo no debería encontrarse en el convento , pero a sus oídos debió llegar la noticia de la enfermedad de su amigo. Pudo decir entonces como Jesús, cuando se le dio aviso de la de Lázaro: "esta enfermedad no es muerte". Pero el mal siguó su curso y cuando fray Cipriano se daba casi por desahuciado, un día, después del toque del alba, se le presentó Martín en la celda. Se le quejó fray Cipriano de que tardase tanto en venir y el Santo, sonriente y lleno de afecto contestó:
-Pues, padre, de esta enfermedad no morirá y por eso no he venido antes a verle.
El pronóstico se cumplió al pie de la letra.
En cambio, hallándose enfermo fray Antonio de Arce fue a buscar a Martín el hermano Martín Cabezas, donado y no encontrádole en su celda, acudió a la sala capitular, donde sabía que podía hallarse. En efecto, allí estaba Martín, pero suspenso y elevado del suelo. Admirado, salió al claustro y llamó a fray Diego Barrionuevo, fray Jerónimo Bravo y fray Francisco Moriano, para que viniesen a ver el portento. Entraron todos en la sala y fueron testigos del éxtasis de Martín. Este volvió en sí al poco rato y recibió el recado del enfermo. Acudió al punto y al verle, con amorosas palabras le animó a confiar en Dios y a prepararse para la muerte. No falló su anuncio, pues a las catorce horas fallecía fray antonio.
Su cuidado llegaba hasta prevenir los deseos de los enfermos y no dubada usar del poder que Dios le había otorgado para su remedio. Otro tanto ocurrió a fray Juan de Salinas. La tisis había hecho presa en él y habiendo tenido una fuerte hemorragia, sintió mucha sed y a un compañero suyo le expresó su deseo de tomar un poco de agua con azúcar, a fin de aplacarla. No bien dijo estas palabras, cuando se presentó Martín trayéndole lo que necesitaba.
Hechos de esta naturaleza se repitan en los Procesos y quienes los refieren son muchas veces los mismos que recibieron el beneficio.