"Martín de la caridad"

 

Martín de Porres vivió 60 años, de 1579 a 1639. Su padre fue Juan de Porres, español y su madre Ana Velásquez, panameña, "negra-libre". El color de la piel de Martín, delataba su origen y la inferioridad de su raza, según los criterios racistas de los colonizadores. "A los negros -asegura R. Scheider- los capturaban en las costas de Guinea como si fueran animales, los hacínaban en los barcos y los negociaban en las Indias, como ocurre cada día ya cada hora", y los vendían en subasta pública Los jóvenes eran comprados a buen precio, y, por lo mismo, eran bien mejor tratados y cuidados, y llevaban el apellido de sus patrones.

Para evitar que los esclavos pudieran escapar, los hacinaban en sótanos inmundos y los marcaban quemándoles sus carnes con tocino derretido, con cera ardiendo, con brea o con hierro candente, Por otra parte, no les faltaban amos sin entrañas de piedad, que los castigaban con crueldad; encadenándolos, condenándolos al cepo y negándoles el alimento necesario y los medicamentos, sobre todo, cuando enfermaban o llegaban a viejos.

Frente a este drama tremendo ¿qué pensaría Martín de Porres? ¿Qué haría para devolver a sus hermanos de raza, la esperanza de vivir con la libertad de los hijos de Dios, en su condición de esclavos?

Algunos testimonios nos lo pintan de cuerpo entero. Veámoslo. Martín, hizo donación de sí mismo al Convento de Santo

Domingo, el 2 de junio de 1603, cuando contaba 24 años de edad. En el ambiente conventual se les llamaba "donados".

Hasta aquel día Martín, había frecuentado el consultorio del Dr. Marcelo de Rivero y la farmacia de Don Mateo Pastor, con el propósito de aprender el arte de curar y preparar medicamentos, para socorrer a los enfermos y pobres. En el campo de la medicina, Martín no fue un empírico, antes de curar hacía el diagnóstico respectivo. Era lo que hoy llamamos "médico de la vieja escuela". Sabía curar todo mal: fracturas, hemorragias, fiebres malignas, infecciones. Después de la jornada de cada día, Martín salía del consultorio del Dr. Marcelo y se iba "derechito" a las rancherías y galpones a continuar su obra de caridad con los esclavos, indios y pobres enfermos. Se podría decir con el Evangelio: "que estaba ocupado en las cosas de su Padre", sembrando la semilla de la salud y de la vida, y al propio tiempo, sembrando la semilla de la fe y de la esperanza, en el Señor de la Vida.

Por aquellos años, ya había en Lima nueve hospitales, para cada categoría social. Entre estos estaba el hospital de Santa Ana para los indios y el hospital de San Bartolomé para los negros. Los indios y negros se resistían a entrar a estos nosocomios; porque, casi todo el que entraba allí con sus propios pies, salía cadáver. Por eso, preferían curarse o morir en sus ranchos o en los matorrales del río Rímac, antes que ir a un hospital.



Martín conocía perfectamente esta situación, y, siendo ya religioso, salía por las haciendas de Lurigancho, Amancaes, Limatambo, Surco y otros lugares aledaños, en busca de los enfermos, impedidos y pobres, y a todos los acogía bajo el manto de su caridad.

Juan Velásquez de la Parra, asistente de fray Martín, a quien enseñó el oficio de barbero, nos ha dejado los más bellos testimonios de su caridad. Dicho testigo informó al tribunal del Santo Oficio, bajo juramento, cómo fray Martín, todos los sábados, entregaba a 160 pobres, 400 pesos. Cómo conseguía frazadas, camisas y ropa para los pobres: indios, esclavos y españoles pobres; cómo preparaba los medicamentos y la forma cómo los aplicaba; cómo ayudaba con "la dote" a las jóvenes pobres casaderas; cómo promovió la fundación de la Escuela de Santa Cruz, para las niñas abandonadas; cómo sembró manzanillas en los puquiales de los Amancaes y plantó 700 olivares e higueras, en Surco, diciendo: "de aquí a dos o tres años, los pobres que por aquí anduvieren, tendrán este refugio y comerán de sus frutos".

También informó de sus penitencias y clamores por los pobres y enfermos; de su compasión por los delincuentes, y de su agilidad para trasladarse de un lugar a otro: 'Parecíame que no andaba", declaró.

Otros declarantes informaron, asimismo, del don de la bilocación que recibió del Señor, para volar, en alas de la caridad, a socorrer a los enfermos que le llamaban desde Angola, México, Francia y otros lugares, sin salir de su convento de Santo Domingo de Lima.

Realmente, fray Martín de Porres fue en vida un auténtico samaritano. Martín no quería la muerte, ni por el hambre, ni por la enfermedad, ni por la violencia. Amaba la vida. Quería la vida. Defendía la vida. Dios tiene muchas maneras de obrar. Una de ellas es haciéndose presente y visible a través de sus elegidos: ellos sacian el hambre, curan las enfermedades, denuncian las injusticias, claman por los desvalidos, comprometen a otros en su misión, reaniman la esperanza, en fin, dan la vida en nombre del Señor que dijo: "Yo soy la Vida".

"Fue su tránsito dichoso entre las ocho y nueve de la noche, del día 3 de noviembre del año 1639; teniendo la edad de 60 años y de religioso 30, gastados en el servicio de Dios, utilidad y servicio del prójimo", concluye Meléndez.

Atendiendo a la vida, virtudes y milagros que Dios obró en vida y después de muerto por intercesión de Fray Martín de Porres, el Arzobispo de la Arquidiócesis de Lima, Don Pedro de Villagómez, a solicitud del pueblo, abrió el proceso de beatificación el día 15 de mayo de 1660. En dicha ocasión, setenta y seis testigos, bajo juramento, declararon haber conocido a Fray Martín de Porres y haber recibido algún favor de sus manos, en vida o después de muerto.


Alvarez Perca, O.P., Guillermo: "Historia de la Orden Dominicana en el Perú". Tomo 1. Provincia de San Juan Bautista. 1997.

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