Una de las gracias que abundantemente le fue concedida fue la de sanar enfermos, pero voy a escoger tan sólo unos cuantos hechos. En uno de sus paseos a Amancaes, volvian él y Juan Vásquez por Lurigancho. El Santo parece que presentía a los necesitados de salud. Llegaron al campo de don Francisco de Cáceres Manjarrés y fray Martín preguntó a un negro si había algún enfermo. La respuesta fue afirmativa. Su mujer, acarreando leña, había rodado del caballo en las lomas y, a consecuencia de la caída, se produjo una hemorragia intestinal. Estaba tan al extremo que aquel día la habían oleado. Entra Martín en el tugurio de la doliente y dice: "Ya se quitará eso con la ayuda de Dios." Y he aquí el procedimiento que sigue, inusitado, sin duda, extravagante y propio para hacer sonreír a los médicos, pero hay que convenir que la terapéutica martiniana, si bien era eficaz, se apartaba enteramente de los cánones de la medicina. Mandó coger en la vecina acequia tres sapos, los hizo cocer en una olla tapada y triturando luego aquella masa de embrujamiento la envolvió en un lienzo y ordenó que la aplicaran a la enferma en la cintura. Al despedirse dijo Martín con aire confiado: "Hija, yo te curo y Dios te sane. Por la mañana enviaré acá este muchacho que venga a ver cómo has dormido con quietud." Al día siguiente llamó a las ocho a Juan, le dio de almorzar y cuatro panes y unas velas para la enferma. A eso del mediodía llegó a Lurigancho el mancebo. Desde el patio del campo, lo avistó el amo que lo interpeló así: "¿Adónde queda fray Martín que dio salud a mi negra Margarita, después de Dios?" Juar entró en la habitación y comprobó la verdad de lo que se decía. Don Francisco Manjarrés satisfizo su apetito, aguijado por la. caminata y, a la tarde, en una mula que él mismo le brindó y, guiado por un negro que hacía de espolique, se volvió a Lima, llevando en el arzón de la silla media docena de gallinas que la buena Margarita enviaba de regalo a su sanador.
Pero no siempre daba la salud a los enfermos que visitaba. Hallándose el cirujano Zúñiga, postrado en cama, fue a verlo el Santo y, al anunciarle tristemente el enfermo que se sentía morir, le dijo Martín:
-Dé gracias a Dios por ello; disponga su testa. mento, que mañana, a esta hora, ha de haber dado cuenta a Dios.
Otro tanto hizo con algunos de sus hermanos en religión, pero lo ordinario era o curarlos o sanarlos y, cuando se trataba de enfermos pobres, proveerlos de lo necesario hasta que obtenían la salud. Cerraremos este punto con un caso referido por la sobrina del Santo, Catalina de Porras, en la declaración prestada en julio de 1660. Dijo que en casa de su madre vivía hacía ya largo tiempo un español, llamado Antonio Cruzate, al cual una noche le dio un accidente tan fiero que lo tuvieron por muerto. Al amanecer, llamaron a un médico y éste le desahució, indicando que lo sacramentasen cuanto antes. Llamó entonces su madre a Martín y, habiendo acudido éste, se reclinó en la cama donde yacía el enfermo y aquello sólo bastó para que el hombre recobrara el vigor perdido y se sintiera otro. Agradecido al favor que había recibido de Dios por intervención de su siervo, prometió tomar el hábito de San Francisco y a los quince días de su restablecimiento puso por obra su designio.
Mas ¿qué de extraño puede parecer que Martín hiciera este uso del poder que Dios había puesto en sus manos, si aun los seres irracionales fueron objeto de sus cuidados? Ha pasado a ser una de las características de este varón taumaturgo su predilección por estos seres inferiores y la imaginación de algunos escritores se ha excedido a veces en la pintura de este aspecto de su santidad. Sin incurrir en exageraciones y ciñéndonos a los hechos bien comprobados no puede negarse que Martín extendió su compasión hacia los animales y se inclinó hacia estas criaturas con un sentimiento de honda y elevada fraternidad. Los santos están íntimamente convencidos de que Dios habita en todas ellas y por eso las aman y se sirven de las mismas para elevarse hasta su autor. Se han dado cuenta de que en todo lo que existe y tiene ser hay, una comunicación de bienes que nace y brota del Ser por excelencia, a quien todas esas cosas sirven y glorifican, ya sea por sí mismas ya sea por medio de otros seres. Esto no lo entienden ni aciertan a distinguir los ojos profanos, pero los santos tienen luz bastante para eso y no es para ellos un secreto esta admirable economía divina. Por eso amaron la naturaleza y alcanzaron también un mayor dominio sobre ella, obteniendo por gracia lo que Dios había concedido al primer hombre antes de la caída, esto es, el que todos los seres inferiores le estuviesen sujetos.
Así se explica la fraternal actitud de Martín, pero no olvidemos que en nuestro pueblo se halla muy arraigada la compasión hacia los animales, especialmente hacia los domésticos, llegando algunas veces a ser excesiva. Es muy posible que en su ánimo influyera esta común propensión, perfeccionada más tarde por su santidad. Pero veámosla ya en acción, citando para este efecto algunos ejemplos. Es típico el caso de los ratones. Infestaban la ropería dañando el vestuario allí almacenado; el remedio no fue poner trampas en donde cayesen, sino decirles con imperio:
-Hermanos, idos a la huerta que allí encontraéis de comer.
Obedecieron puntuales y el Santo cuidaba de echarles los desperdicios de la comida. Si acaso alguno menos dócil llegaba a introducirse de nuevo, lo cogía y echándolo a la huerta le decía:
-Andad donde no hagáis mal.
Fray Fernando Aragonés, que por un tiempo le acompañó en la enfermería, fue testigo de la clásica escena del perro, del ratón y el gato. Parieron, una perra y una gata en un sótano y Martín les, llevaba todos los días de comer. Andaba ya crecida la, prole y las madres tenían asomos de reñir.
-Coman y callen y no riñan -les decía Martín, y tenían la fiesta en paz.
Un día, un ratón, al olorcillo del banquete, se acercó entre medroso y atrevido, lo vio el Santo y exclamó:
-Hermano, no inquiete a los chiquillos y si quiere comer meta su gorra y coma. y váyase con Dios.
Los perros también fueron objeto de sus cuidados. En cierta ocasión se presentó en la enfermería, entrando por la puerta falsa del convento, uno con dos heridas. Martín lo curó y luego de curado lo echó fuera, diciendo:
-Aprenda a ser manso y no bravo, que los que lo son paran en esto.
Otro tenía fray Juan de Vicuña, procurador del Convento, pero cansado de él mandó a unos negros que lo mataran. Lo hicieron así y Martín los encontró cuando lo iban a echar al muladar. Les detuvo y les ordenó que lo llevasen a su celda. Lo hicieron así y el bueno del hermano al verse con el padre procurador, no dejó de decirle:
-Padre, ¿ésta es la paga que da al animal que le ha acompañado tanto tiempo?
Luego volvió a su. celda,, reanimó al perro, le dio de comer y lo envió luego a que sirviese a mejor amo. Con un gato hizo lo mismo: Iba con el ya citado fray Fernando Aragonés y oyeron que un gato maullaba.a.la puerta de un sótano. Se acercaron y vieron que tenía una herida en la cabeza.
-Véngase conmigo dijo Martin-, que está muy malo.
Lo curó y despidió, -diciendo:
-Vaya y vuelva por la mañana.
He aquí unos cuantos rasgos de la efusión de su caridad, inagotable siempre y de la cual nos consta además por el testimonio de su sobrina Catalina, pues en la declaración que hizo en los Procesos, dice que en su casa vino a crear una como enfermería de perros y gatos, recogiendo allí a los que encontraba heridos o maltrechos.
Martín, por lo que se sabe de sus curaciones, era hombre más que medianamente instruido en la medicina. Sus muchos años de práctica y el trato con los médicos de profesión le habían adiestrado en el arte de curar. Él, sin embargo, no hacía alarde de su ciencia y confiaba más en Dios que en los medicamentos que aplicaba al enfermo. Por eso solía decir a éstos:
-Yo te curo y Dios te sana.