La situación de la Europa y los sucesos que vinieron a conmover la América Española en el primer tercio del siglo XIX dieron lugar verdadera paralización de la causa. No obstante esto, las esperanzas que de su feliz éxito se habían concebido no podían verse frustradas, sobre todo si se tiene en cuenta que el Venerable Martín continuaba obrando prodigios en favor de los que le invocaban. Uno de ellos, el realizado en 1785 en la persona de doña María Fuentes y Gálvez, mujer de don Severino Ceballos, Presidente en Guayaquil, confirmó su fama de taumaturgo y la extendió dentro y fuera del país. Padecía esta señora hacía 5 años una fístula cancerosa en parte muy delicada y, habiendo ensayado todos los medios para su curación y consultado diversos médicos, no habia experimentado mejoría alguna. Vino a Lima con la esperanza de encontrar en los facultativos de esta ciudad algún alivio y llamó para este efecto a los doctores, Felipe Boch, cirujano francés Francisco de Mendoza, Miguel Utrilla, Francisco Navarro y otros, considerados en aquel entonces como, los peritos en el arte de curar. El resultado de estas consultas fue el declarar que era incurable su mal y que sólo podía echarse mano de algún paliativo para calmar sus dolores. Se hallaba en este estado y muy desconsolada, cuando llegó a su noticia que la Santa Sede había declarado heroicas las virtudes de Martín y de Juan Masías. Una amiga suya la incitó a invocar al primero indicándole que su curación podría servir para adelantar la causa y lo hizo con viva fe, yendo en persona a visitar su sepulcro y aplicando tierra del mismo a la llaga. Al tercer día, advirtió que ésta se había cicatrizado y que había dejado de manar pus la parte afectada aun comprimiéndola, quedándole tan solo una pequeña cisura, la cual vino a cerrarse también al siguiente día, de modo que no le quedó otro rastro de su mal que una ligera mancha.

Tan claro y manifiesto milagro no pudo quedar en silencio. Por disposición del Excmo. señor Arzobispo una comisión de teólogos examinó atentamente el caso y, además, tres distinguidos profesores de medicina, el doctor don Cosme Bueno, el doctor Domingo Egoaquirre y don Agustín Pérez, reconocieron a la enferma y, teniendo presente el dictamen de los que con. anterioridad habían atendido a la paciente, declararon los tres que la curación era completa y que aun la ausencia de cicatriz naturalmente no tenía explicación. El doctor José Manuel Valdés, médico también, del cual tomamos estos datos, dice haber tenido a la vista el dictamen de sus colegas y asegura que no puede dudarse de la realidad de este insigne milagro.

Pasaron, sin embargo, algunos anos e interrumpidas en buena parte las comunicaciones entre Europa y América, no se tenía noticia en Lima del estado de la causa. Solo en 1835 una alegre nueva vino a llenar de contento a los devotos de Martín. Desde Chile comunicaron al Prior del Convento del Rosario, fray Lázaro Balaguer y Cubillas, que estaba próximo el día de su Beatificación y se le comunicaba la orden del Maestro General de los Dominicos de remitir a Roma algunas reliquias de Martín de Porras y de Juan Másías.

Llegó por fin el día señalado por Dios para la glorificación de nuestro Santo. El 8 de agosto de 1837 se publicó en Roma la Bula de Beatificación y se designó el 29 de octubre del mismo año para su solemne triunfo en la Basílica Vaticana. A quel día lució con inusitado brillo desde lo alto de la gloria del Bernini la figura plácida y amable de Martín, del enamorado de los pobres de Cristo, del moreno de alma pura que supo atraer sobre sí las miradas del Omnipotente, del esclavo de sus hermanos exaltado por su humildad al solio de los Bienaventurados. En mayo del siguiente año la espléndida Iglesia de la Minerva, joya que los siglos medios legaron a Roma y centro de las actividades de la Orden de Santo Domingo, vestía sus mejores galas para solemnizar la Beatificación de Juan y de Martín. Uno de los más elocuentes predicadores de aquel siglo, el R. Padre Joaquín Ventura de Ráulica, se encargó de glorificar con su palabra al Hermano dominico. Su palabra enardeció a los oyentes y sirvió para que se difundiese aun más la noticia del Santo, pues bien pronto fue traducido este admirable discurso al castellano y al francés. Dios había glorificado a su siervo y la Iglesia. Santa, dócil a sus designios, había aureolado la figura de Martín con un halo de luz inmarcesible.

Cuando al Perú llegaron las Bulas de Beatificación de los dos legos dominicos, el país comenzaba a convalecer de las heridas abiertas en su seno por la división de sus hijos y la sañosa envidia del invasor extranjero.

El 19 de abril, Domingo de Resurrección, fueron trasladadas solemnemente y bajo palio desde Santo Domingo a la Catedral las Bulas Pontificias, formando en el cortejo las autoridades civiles y religiosas y gran cantidad de pueblo. Al siguiente día, 20 de abril, se cantó una Misa Solemne, con asistencia del Presidente de la República, General Agustín Gamarra, del personal de las Cortes y demás Tribunales, de la Casa Militar y de representantes de todas corporaciones. El concurso fue extraordinario, la devoción y el júbilo se reflejaban en todos los semblantes y nada faltó para hacer de la fiesta un cálido y general homenaje rendido a la virtud.

Lima pagó, si no con creces, al menos dignamente, el favor recibido y, al ser colocada a uno y otro lado de su hermana Rosa de Santa María, las efigies de los dos santos, juntamente con las urnas que guardaban sus reliquias, se abrió una fuente de gracias que todavía corre, para dicha de los que imploran su intercesión y confían en su patrocinio.

 

LA CANONIZACIÓN

Casi ciento sesenta años tuvieron que transcurrir, desde la apertura del Proceso Apostólico hasta la Beatificación de Martín y ciento veinticinco años desde esta fecha hasta su canonización. Pero gradualmente y cada vez con más énfasis se insistió en la necesidad de dar cima su causa. Cuando en 1926 Su Santidad Pío XI dispuso su reanudación, todos

concibieron grandes esperanzas y desde aquel punto se trabajó con ahínco por difundir su culto e implorar su intercesión. Refiriéndome tan sólo a Lima, su patria, así el centenario de la Beatificación en 1937, como el de su muerte, en 1939, dieron motivo a diversas manifestaciones de piedad y de adhesión que no poco contribuyeron a avivar en los ánimos el deseo de su triunfo.

En el año 1948 se remitió el proceso seguido en la curación instantánea de una señora de edad avanzada. El caso había ocurrido en la Asunción del Paraguay y se trataba de una obstrucción intestinal, rebelde a todos los tratamientos y que no podía ser operada por tratarse de una mujer de 87 años. El caso era desesperado y ya había sobrevenido un colapso cardíaco que agravaba el estado de la enferma. Una hija suya que vivía en Buenos Aires, toma un avión para ir al lado de la enferma y, desde el primer momento pone el asunto en manos del Santo Martín. Llega a la Asunción y aquella misma mañana, al amanecer, la enferma recobra completamente la salud y el mal desaparece. Este milagro fue aprobado por la Sagrada Congregación.

En el año 1956, tiene lugar otro prodigio debido a Martín. Un muchacho de poco más de cuatro años de edad, de Tenerife en las Canarias, recibe un golpe en el pie producido por un bloque de cemento de treinta kilos de peso. Prácticamente el pie queda deshecho y el estado de herido es de cuidado. Aparece la gangrena y no la pueden detener los médicos que asisten a Antonio Cabrera Pérez, que así se llama el muchacho. La amputación se hace necesaria a juicio de cuatro facultativos a quienes se consulta el caso. Pero he aquí que la familia vuelve los ojos a Martín, aplican al pie deshecho una imagen del Santo y el 1 de Setiembre en la noche, desaparece la gangrena y la cicatrización se inicia normalmente. Todos quedan estupefactos y el milagro parece patente.

Aprobado este milagro en la Sagrada Congregación, podía procederse a la Canonización, pues el Sumo Pontífice podía dispensar en el tercer milagro que comúnmente se exige. Como el examen de estos casos extraordinarios exige tiempo no se obtuvo la aprobación inmediato. El último de los citados fue visto por la comisión médica, compuesta de un buen número de médicos expertos y de nota el 11 de enero y el 18 de octubre de 1961. La comisión dio su fallo favorable y esto hizo pensar a algunos que, tal vez, en Diciembre de aquel año se realizaría la Canonización. No fue así. El 13 de febrero del 1962, la Junta de Teólogos revisó el proceso y la conclusión también cedía en favor de la causa. Por fin, en la Congregación General, presidida por su Santidad el Papa se aprobó el decreto llamado de Tuto, o sea que se consideró que no había óbice alguno para proceder a la Canonización. Este acto que tuvo lugar el 20 de marzo de 1962 llenó de alborozo a todos los devotos del Santo y comenzaron los preparativos para el gran triunfo de Martín.

En esta ocasión el concurso, que suele ser muy crecido, rebasó todos los límites, pues se llegó a ver lo que es muy raro que ocurra, esto es que entre la multitud se vieran representantes de todos los continentes y de todas las razas. La América del Sur, con el Perú a la cabeza, había enviado numeroso peregrinos; la América del Norte en donde tanta veneración se tributa al Santo, se veía también representada y no ya por gente de color sino aun por católicos de raza blanca; el África, el Asia, la Australia, todas estas regiones tenían delegados en gran número y, por último la Europa rendía también su fervoroso homenaje al humilde lego dominico. De España, de Francia, de la católica Irlanda, de Italia y Alemania, habían acudido grupos compactos, pero merecen singular mención, los irlandeses y los boloñieses, donde es Martín muy popular.

Hemos tenido la dicha de ver glorificado a San Martín de Porras. Viene a unirse al grupo que forman Toribio de Mogrovejo, Francisco Solano y Rosa de Lima, Santos que convierten a Lima, llamada la ciudad de los reyes, en la ciudad de los Santos. De hoy más cuantos vengan a postrarse ante los atrios ante los restos de Rosa de Santa María y quieran exhalar el perfume que todavía se desprende del huerto que ella frecuentaba y donde labró una ermita para a solas gozar de la pesencia de su Amado, podrán también recorrer los claustros de Santo Domingo que Martín aseaba con la escoba y visitar la enfermería, hoy convertida en capilla, en donde se prodigó en beneficio de sus hermanos y entrar en la sala capitular, donde todavía pende el Santo Cristo, con el cual se vio abrazado más de una vez en lo alto, atraído por la llaga del costado de Jesús Crucificado.

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