El Rosario el mejor compendio del Evangelio

Y llegó a Lima

Un día canicular del mes de febrero de 1620, llegó a Lima, agotado, de cansancio y sudoroso, Juan Macías, el emigrante andariego. Para quienes lo veían por vez primera, con su mochila a la espalda y su cayado en la mano, era un viajero mas o un aventurero como tantos otros que llegaba a probar fortuna. Nadie imaginaba que bajo las apariencias humildes de aquel hombre, con traza de campesino, se escondía un peregrino de Dios, un santo que llegaba empujado por el Espíritu de Dios.

Con el corazón que le brincaba de alegría, preguntando a la vecindad, se encaminó directamente al convento del Santísimo Rosario de los Dominicos, del cual había tenido referencias en Jerez de la Frontera.

Su primer encuentro en Lima, fue con el portero del Convento, Fray Martín de Porras, quien al verlo entrar maltrecho y cansado, le sirvió alimento y después de un rato de descanso, le llevó, a la posada de San Lázaro, en la otra banda del río Rímac, comprometiéndose buscarle trabajo en una hacienda vecina a la ciudad. De esta manera Martín de Porras y Juan Macías, echaban las bases de una sólida y fraterna amistad que Dios se encargaría de bendecir con frutos de santidad.

 

Esperaba Orando

Pedro Jiménez Menacho, por sobrenombre "el Rastrero", se llamaba el terrateniente y rico ganadero que tomó como empleado a Juan Macías. Convenido el jornal y condiciones de trabajo como pastor, Juan Macías se proveyó de un. poncho para el invierno, tomó su callado de pastor y se echó al hombro las alforjas, donde llevaba metido el fiambre para el día, el mate para el agua y un pequeño cuerno de cabra donde guardaba su rosario.

Mientras el ganado buscaba su alimento en los rastrojos o descansaba a la sombra de algún chilcal, Juan Macías iba pasando y repasando entre sus dedos las cuenta del rosario. El Rosario era para Juan el mejor compendio del Evangelio. En cada pasaje de 1a vida de Cristo Jesús iba descubriendo las manifestaciones visibles de la misericordia de Dios al hombre.

De tarde en tarde, veía llegar a su amigo fray Martín de Porras que siempre andaba por las orillas del Rímac y haciendas vecinas a la ciudad, curando enfermos y socorriendo a los necesitados que vivían pobremente en sus ranchos de caña.

La llegada de Martín a la choza de Juan, (hoy Convento del Patrocinio, en la Alameda de los Descalzos), le enfervorizaba, y su dedicación a la causa de los pobres y marginados le entusiasmaba. Verdaderamente, empezaba a despertar en su corazón la vocación de servicio al Señor y de entrega al prójimo, desde la vida consagrada.

 

Y llegó la luz

Cierto día, cuando menos lo pensaba, se manifiesta su venerable y conocido protector, San Juan Evangelista, y le confirma en su vocación religiosa. "Tu puesto no es el de pastor, le dijo. Vete al Convento de la Magdalena, de la Orden de Predicadores, y pide el hábito de hermano".

Dos años y medio llevaba trabajando en la hacienda de Pedro Jiménez Menacho. En este lapso el patrón ha visto y apreciado el trabajo de su servidor y, en mérito a ello, le ha duplicado el salario.

No obstante su buena posición económica, cuando Juan conoció, por boca de su amigo, 1o que Dios quería de él, no lo pensó dos veces. Inmediatamente presentó su renuncia al trabajo y solicitó la cancelación de sus jornales teniendo en cuenta sus años de servicio. Oigamos al mismo Juan que nos cuente su decisión:"Hermano Jimenez, le dijo, la voluntad de Dios es que yo vaya a servirle a1 Convento de la Recoleta de la penitente Magdalena de Predicadores. Dos años ha, y más, que le sirvo a su merced con fidelidad y verdad.

Mire el libro en qué, mes entre (y acuérdome que no hicimos documento ni papel); haga la cuenta de la cantidad que me debe entregue de ella a las muchachas buenas y necesitadas hasta doscientos pesos. Lo demás envíelo al portero del convento de la Recoleta, fray Pablo de la Caridad, para el convento".

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