Juan Macías se hace Dominico
Llama a las puertas del convento
Fray Martín de Porras, en sus visitas frecuentes a fray Juan Macías, iba descubriendo la acción de Dios en el corazón de su amigo y, según se lo daba a entender, lo orientaba en su vida. Más aún, lo puso en contacto con su hermano de hábito fray Pablo de la Caridad, portero del- Convento de la Recoleta.
En sus frecuentes diálogos con fray Pablo de la Caridad, Juan Macías fue conociendo en profundidad a lo que se compromete el religioso por la profesión religiosa, a saber: el fiel seguimiento de Cristo Jesús, pobre, casto y obediente.
"No eres hombre de letras, le dijo fray Pablo, ni tienes edad para empezar estudios. Lo mejor que puedes hacer es pedir ser admitido en la Orden para hermano de obediencia, para cooperar con los sacerdotes en su misión apostólica.
Juan Macías decidió ingresar a la Orden de Predicadores, no por miedo a las luchas de la vida; pues, harto había demostrado ser hom bre tenaz y de coraje. Tampoco lo hizo porque, tal vez, se sintiera frustrado. Nada de eso. En sus trabajos siempre, le fue bien, a no ser aquella vez que se metió como ayudante de cajero en el barco, sin estar preparado para ese oficio.
Se hizo religioso porque, a través de los diversos acontecimientos de su vida y de un largo camino de pruebas, el Señor le dio a conocer que le quería para su servicio. Porque veía, con mucho gusto, que podía cooperar con los sacerdotes dominicos en su misión apostólica y en la promoción humana de los pobres. De este modo, veía claramente realizada 1a promesa, tantas veces repetida por san Juan Evangelista: "El Señor te tiene escogido para Sí. Tengo el encargo de llevarte a unas tierras desconocidas y lejanas".
Juan Macías, Dominico
Movido por el ideal de la vida Evangélica, Juan Macías pidió ser admitido en la Orden para hermano Cooperador, en el Convento de la Recoleta de Santa María Magdalena Penitente, y la comunidad le acogió fraternalmente.
El cambio de la apacible soledad de los campos y del andar detrás de las ovejas, por el silencio de los claustros, con sus formas de vida y de oración, ajenas a su mentalidad, le impactaron fuertemente. La estricta observancia de las normas de la vida consagrada, la oración litúrgica celebrada en diversas horas del día, e1 canto de los maitines a media noche, el severo ambiente de recogimiento y estudio, la llegada y salida de los misioneros que evangelizaban en diferentes regiones del continente, todo esto y mucho más, le resultaba impactante y novedoso.
Cada día que pasaba le traía nuevas experiencias que le entusiasmaban.
Asombrado, se confirmaba que, efectivamente, esa era "la tierra prometida" por su amigo Juan Evangelista.
'El 23 de Enero de 1ó22, después; del rezo de los maitines, la luz de los hachones, que colgaban de los muros del coro, el postulante Juan Macías se postró a los pies del Prior, Fray Salvador Ramírez, implorando la misericordia de Dios y de la Orden. Después de una breve reflexión, sobre la finalidad del noviciado y las obligaciones que contrae el novicio, el Prior concluyó: "Dios que ha comenzado su obra el mismo la termine". Luego procedió a la vestición solemne del hábito blanco y negro de los Frailes Predicadores a los acordes de la invocación "Ven Espíritu Santo" que cantaban de rodillas la comunidad.
Terminado el rito de la vestición el Prior le abrazó fraternalmente y a continuación, toda la comunidad. Fray Juan Macías apenas podía contener el llanto de emoción. Jamás había experimentado tanto afecto de hombres desconocidos que le llamaban "Hermano". Desde este momento, comenzó su noviciado, respondiendo a1 llamado y elección del Señor.
Combate interior
Fray Juan Macías se recoge a su habitación y agradece al Señor por tantas muestras de bondad. No se cansa de admirar y alabar a Dios por su inescrutable manera de conducir a los hombres a la realización de sus planes. Al mismo tiempo que reconoce su pequeñez ante el Señor, implorando su protección, siente también el asalto de la incertidumbre y desconcierto.
En el silencio de la noche, le parece escucharla carcajada burlona de alguien que le acusa: "Tú, Juan Macías, eres vanidoso y soberbio; entras en la vida religiosa solo por alcanzar notoriedad, pues, en la calle no lo lograste... te engañas a ti mismo; haces farsa de bondad ante los demás, pero solo te mueve el orgullo del fracasado". Otras veces, escuchaba: "Eres ignorante. Preferiste la comodidad del convento a tu humilde choza de pastor. Fracasarás" Fray Juan Macías había entrado en un período de purificación interior. Los estímulos de "la concupiscencia de la carne, de la concupiscencia de los ojos y de la soberbia de la vida", de las cuales habla San Juan (1 Jn. 2, 16), no le dejarán en paz, hasta que, con la gracia de Dios, haya logrado matar en si mismo el ídolo del amor propio, que siempre antepone su "yo" a la moción del Espíritu que actúa misteriosamente en el hombre humilde. Estas tentaciones fortificaron el espíritu de fe en fray Juan, y aumentaron su solicitud por los pobres, por cuyo amor había re-nunciado a su oficio de pastor.
Portero de la recoleta
En su período de su formación religiosa, fue designado para atender la portería conventual. Su maestro, en este delicado oficio, fue fray Pablo de la Caridad.
Su primer contacto con aquel río de gente que circulaba por la portería de la Recoleta, en los pri meros días del ejercicio de su cargo, fue algo desconcertante y apabullador. Le parecía que todo el mundo se volcaba a la portería, en busca de solución a sus problemas.
Unos pedían limosna para su pan; a otros les urgía hablar con el Prior o con el padre fulano; éste pedía que le llamaran un confesor; aquel que le abran la puerta para entrar las cosas para la comunidad; los enfermos pedían remedios; los jóvenes querían hablar con sus profesores, y no faltaba quien preguntara: ¿Con quién se puede hablar o qué requisitos se necesitan para ser religioso, y cosas por el estilo? Fray Juan Macías, no pierde la calma.
Hermanos, les dice: Bienvenidos todos a la casa del Señor. Pero, por favor, hagamos las cosas en orden; a todos los voy a atender.
Y escuchaba con serenidad las variadas demandas, conforme iban llegando. Todos se sentían atendidos a gusto y se retiraban satisfechos de haber encontrado luz, comprensión, una voz amiga, alguien que sabía escuchar paciente y caritativamente.
En el ocaso de su vida Fray Juan Macías resumía, en una fórmula muy sencilla y sabia, la misión del portero, "El Portero de un convento es el espejo de la comunidad.
Conforme es el portero, son los religiosos que moran en ella".