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Niñez y adolescencia
Familia
Juan Macías nació en Ribera del Fresno, provincia de Badajoz (España), el 2 de marzo de 1585. Sus padres, Pedro Arcas e Inés Sánchez, murieron víctimas de las epidemias del tifus y de la viruela, dejando en la orfandad a Juan y a su hermana Inés. Juan queda huérfano de padre a los cuatro años y medio, y de madre, pasados los cinco; Inés apenas contaba dos años, cuando murió su madre. En estas circunstancias, los niños pasaron a la tutela de sus tíos Mateo Sánchez e Isabel Salguera que habían oficiado de Padrinos el día de su bautismo.
De su buena madre Juan guardaba este grato recuerdo, aún siendo mayor: "pues, ella fue mi maestra; de ella tengo aprendidos el Padre Nuestro, el Ave María y el Gloria". Preciosa herencia que Juan jamás echó en olvido.
Desde los seis años pastor de ovejas
El hogar de Mateo e Isabel era como el hogar de los campesinos pobres de todos los tiempos y lugares. Los tíos carecían de recursos económicos para sustentar y educar a Juan. En tales circunstancias Mateo Sánchez concertó a su sobrino Juan Macías como pastor de ovejas en la hacienda de un terrateniente extremeño. Por su trabajo, el niño Juan recibiría la comida, una casaca de cuero, pantalones, zapatos y una manta para abrigase del frío. De su instrucción escolar, nada se decía. Lo cierto es que Juan Macías jamás pisó una escuela elemental. Desde la salida del sol hasta el ocaso, pasaba al Pie del rebaño oteándo aquí y allá, no fuera que el lobo rapaz le arrebatase un corderito.
Siendo religioso Juan Macías recordaba esta apacible aunque dura etapa de su vida "desde 1os seis años aprendí a trabajar.
Un Pastor contemplativo
Juan Macías, en su adolescencia, era un profundo contemplativo de la naturaleza. Todo le hablada de Dios. Por la mañanas, con el saludo del Angelus, salía del pueblo conduciendo el rebaño por los rastrajos de la pintoresca región de la Extremadura y mientras el sol se paseaba por el firmamento, Juan se arrodillaba bajo la sombra de 1os olivos y se ponía orar y meditar en los misterio del santo Rosario. Recita en voz alta y cantar el Ave María, hasta escuchar el eco de su voz en el espacio, era el entretenimiento de Juan.
Por las tardes, cuando el horizonte parecía arder en llamaradas, volvía a casa con el alma gozosa, uniendo su canto al concierto de los pajarillos que, saltando de rama en rama, retornaban a sus nidos.
De esta forma, Juan Macías vivía unido a las demás criaturas de la tierra que sin cesar elevaban sus alabanzas al Creador.
Aspiraciones de un joven trabajador.
Juan Macías cuenta veinte años de edad. La Noche Buena de 1ó05, cuando saboreaba su frugal alimento, en compañía de sus tíos y de su hermana Inés, les manifestó su decisión de emigrar de Ribera del Fresno, donde había sufrido los rigores de la orfandad, la pobreza, y el aislamiento social, para viajar por el mundo en busca de mejores condiciones de vida, y sobre todo, cumplir la voluntad de Dios, según se lo había dado a entender en repetidas ocasiones, un niño desconocido , en el pueblo, que decía llamarse san Juan Evangelista.
Por aquellos años, "los campesinos (españoles) iban perdiendo sus tierras que pasaban a manos de los nobles; incluso ellos mismos pasaban a depender de los señores feudales que establecían sobre ellos un señorío que les permitía imponer servicios, tributos y vasallaje, sobre haciendas, villas y personas.
Las aldeas eran tan pobres que no habían manera de ganarse el pan en ellas." (J.L. Gago).
Misa de gallo...
Las campanas, de la parroquia de Ribera del Fresno, aquella noche repiqueteaban locamente llamando a Misa de Gallo. La Familia se levanta de prisa y se vuelca al templo. El canto de los villancicos acompañados de pitillos, órgano y panderetas, transportaban el espíritu de Juan a los remotos tiempos del nacimiento de Jesús en Belén. Le parecía ver al recién nacido rodeado de extrema. pobreza; pero tiernamente acogido y acariciado por sus padres María y José, alabado por los ángeles y adorado por los pastores. De vuelta a casa, Juan trae la memoria sus horas de soledad en el campo y las gratas y repetidas visitas de San Juan Evangelista a quien el Señor le había enviado, para llevarle a tierras lejanas donde le tenía destinado para realizar un plan que, por entonces, él no podía comprender. Esta hermosa experiencia de Dios, para Juan Macías no significaba ningún misterio, ya que en su sencillez de campesino, pensaba que su ocasional visitante era un niño de tantos.
Visita a San Juan Evangelista
El Padre Gonzalo García, O. P. director espiritual de fray Juan Macías, recogió de sus labios este precioso relato, en el ocaso de su vida: "Estando yo guardando un poco de ganadillo de mi amo, en una dehesa, llegó a mi un día un niño que me pareció sería de mi edad me saludó diciendo: Juan estés en buena hora. Yo le respondí con lo mismo, y prosiguió su plática diciendo: Yo soy San Juan Evangelista que vengo del cielo y me envía Dios para que te acompañe, porque miró tu humildad.
No lo dudes. Y yo le dije: pues, quién se san Juan Evangelista. Y me respondió: el discípulo amado del señor. Vengo de buena gana porque te tiene escogido para sí.
Téngote de llevar a unas muy remotas y lejanas a donde ta han de levantar templos. Cuando yo
supe de mi amigo san Juan, la nueva de mis padres y la buena dicha le respondí: Hágase en mí la voluntad de Dios, que yo quiero lo que El quiere. Fuese san Juan y despidiese de mí...
Estas visitas evocan los encuentros personales del Señor con Abraham, Moises y la Virgen María. Encuentros que, a lo largo de la historia, se repiten y siempre se realizan mediante alguien que sale al paso del hombre. Ese alguien es el prójimo: el joven que cuestiona, el pobre que suplica el enfermo que sonríe con una visita, el hermano que nos ayuda a descubrir los caminos que conducen al Señor.