Allá le seré mejor amigo de lo que le fui acá

Enfermedad y despedida de fray Juan

Sesenta años de edad contaba fray Juan Macías cuando le visitó la enfermedad que le llevaría a la tumba. El médico que le asistía había perdido toda esperanza de recuperación, y el propio fray, Juan Macías se daba cuenta que le había llegado la hora de partir de este mundo al Padre, para entrar en la contemplación definitiva de aquellos, "Cielos nuevos y tierras nuevas" que, en repetidas ocasiones había visitado fugazmente en compañía de su venerable amigo San Juan Evangelista. En n aquel trance supremo, de cara a la verdad absoluta que es Dios contó a los religiosos de su convento, los favores que Dios le había regalado en su vida, desde su niñez hasta aquel momento, y cómo le había hecho gozar de la visión de su santa gloria en repetidas ocasiones. No me olvide, hermano, y encomiéndame a Dios, le rogó fray Juan de la Torre, su amigo. "Padre mío, donde la caridad es más perfecta, cree su reverencia que me habría de olvidar? Le doy mi palabra: allá le seré mejor amigo de lo que le fui acá", le respondió. A otro que le recomendaba a sus pobres, le contestó: "Con que tengan a Dios les sobra todo; y para su consuelo, les queda el hermano Dionisio de Vilas y otros buenos amigos que no les harán faltar lo necesarios.

Juan Quezada, benefactor de los pobres, llegó también hasta su lecho para pedirle que no se olvidara de él y de su esposa. "Olvidarme? En el corazón le llevó bien asentado, y también a la señora doña Sebastiana, su mujer". ¡Qué esperanza la que nos diste fray Juan. Cumple lo que dijiste!

 

La muerte del justo

La hora señalada por Dios, ha llegado. Es la hora de la despedida definitiva. Fray Juan Macías se lo advierte a los hermanos, que lo acompañan: "Ahora, sí. Es llegada mi hora. Que se haga en mí la voluntad del Señor". Siguiendo la costumbre de aquellos tiempos, los religiosos de la comunidad se dirigen procesionalmente a la habitación de fray Juan, acompañando el Santo Viático. Fray Juan se sienta, con la ayuda de sus hermanos y, por última vez, recibe con todo fervor la santa comunión.

Después de unos minutos de oración, en profundo recogimiento, el prior le administra el sacramento de la Unción de los Enfermos, en medio de salmos e himnos que los religiosos cantan invocando el perdón y la misericordia de Dios.

Cuando los hermanos cantaban la tierna plegaria "Salve Regina", con la que los Dominicos despiden a sus hermanos de este mundo, fray Juan Macías entregaba su alma al Creador. Eran las seis y cuarenta y cinco de la tarde, del día dieciséis de setiembre de mil seiscientos cuarentaicinco, (1645).-

"Ea, pues, Abogada nuestra: vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos", fue el postrer adios de los religiosos a su querido hermano Juan Macías.

 

La multiplicación del arroz

A lo largo de tresientos, años fray Juan Macías ha cumplido fielmente su promesa de ayudar y socorrer a quien lo invoque. Antes de morir, prometió: "Allá seré para ustedes mejor amigo de lo que f ui aquí". El veinticinco de enero de 1949 es una fecha digna de recordar. En Olivenza, Provincia de Bajadoz, lo recuerdan como "el día en la multiplicación del arroz de fray Juan Macías".

El hecho ocurrió así: En la Casa de la Providencia de Olivenza, atendida por las hermanas Esclavas del Hogar de Nazaret, reciben instrucción y alimento diario, aproximadamente cincuenta niños pobres y gente necesitada del pueblo. La Casa de la Providencia subsiste con el aporte de la gente caritativa. El veinticinco de enero, la hermana cocinera se encuentra muy preocupada: dos días que no llega ayuda externa; sólo tiene en la despensa tres tazas de arroz.

Haciendo y diciendo, hecha el arroz a la olla y lo somete a la cocción, diciendo: " ¡Ah, fray Juan, y los pobres sin comida!".

Pasando algunos minutos, se da con la sorpresa que la olla rebasa. Comienza la tarea de traspasar el arroz a otra olla, y luego a otra, y a otra más. La multiplicación del arroz de la primera olla, era cosa de nunca terminar. La noticia trascendió enseguida por todo el pueblo, y en lo que va de las doce de la mañana a las cinco de la tarde, un mar de gente era testigo de la multiplicación del arroz de fray Juan Macías.

El Párroco don Luis Zambrano Blanco, que en ningún momento abandonó el lugar de los hechos, exclamó: " ¡Basta, fray Juan!".

Y el milagro cesó. Con toda razón, este prodigio tan publicitado fue oficialmente confirmado para su canonización.

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