No está de Dios que yo lo sea aquí
En camino
Urgido por una voz interior, el campesino andariego emigró de Sevilla llevando en su alma una suficiente y sólida cultura religiosa, aprendida de oídos en la Iglesia de los Dominicos. Emprendió el camino que conducía a Jerez de la Frontera, donde, a su entender, le aguardaba la tierra prometida por su amigo San Juan Evangelista.
En la ciudad de su nueva residencia, enseguida se puso a trabajar en su viejo oficio de pastor, bajo las órdenes de un rico ganadero andaluz. Los domingos y fiestas de guardar, desde su llegada a Jerez de la Frontera, empezó a frecuentar el templo de Santo Domingo, hasta hacerlo "el lugar preferido para sus encuentros con Dios".
Escuchemos el relato que él mismo hace de este delicioso pasaje de su vida:
"Entrando en un Convento de Predicadores de Jerez de la Frontera a oir misa, que serían las diez del día, habiéndole oído, me llevó San Juan a donde él quizo; llevóme como otras veces a ver a Dios, donde suceden otras cosas que no se pueden decir ni declarar, porque el espíritu ve la gloria de Dios; volví en mi y quede pesaroso de haber perdido 1o que dejé. Dos veces me sucedió esto, en aquella Iglesia de Predicadores de Jerez de la Frontera, y le tenia terror y miedo de ir a ella, por la gente que me miraba, en particular los frailes de Santo Domingo de aquel convento que me pedían que fuera fraile y no estaba de Dios que yo allí lo fuera".
Aún no es hora...
Pasados algunos años, Juan Macías nuevamente se siente incómodo en Jerez de la Frontera y piensa que aquel no es el lugar donde Dios lo quiere. En su trabajo, en su oración y en sus obras de caridad va dejando la huella luminosa de su virtud que no puede ocultar.
Jamás consideró la pobreza y el trabajo como un castigo, sino como un camino recorrido con gozo por el Hijo de Dios, para redimir al hombre de la esclavitud del pecado, y por ese camino de renuncias y privaciones él también quiso andar.
¿Por qué no darse y gastarse en el servicio de los demás, como Jesús?
Los Dominicos de Jerez de la Frontera que conocían su gozosa austeridad y desprendimiento, le juzgaron apto para la vida religiosa y, ni tardos ni perezosos, le invitaron a ser fraile dominico. Pero, Juan siempre respondía con aire modesto y jovial: "No está de Dios que yo lo sea aquí".
El gran salto
Las oportunidades son únicas y no hay que dejarlas pasar. A Juan Macías se le presentó una y la supo aprovechar. En Jerez de la Frontera hizo amistad con un marinero y rico negociante, por añadidura. Inmediatamente se puso a sus órdenes en calidad de criado y juntos regresaron a Sevilla. Arreglados los papeles de ley, en la Casa de Contratación, se dirigieron al puerto de San Lucar de Barrameda y, sin pérdida de tiempo, Juan se puso a transbordar la mercadería del negociante en uno de los cuatro galeones que luego zarparían al Nuevo Mundo.
Oigamos la versión del propio Juan Macías: "Determiné venirme de Jerez a Sevilla, con un mercader que venía a las Indias, y concertarme con él para venirle sirviendo a ellas; y así me recibió en su compañía." Esto ocurría entre los meses de agosto y setiembre de 1619.
De esta forma, Juan Macías dejaba su patria y su familia para emigrar al Nuevo Mundo y realizar la misión que el Señor le tenia reservada.
Los remeros
Llegados el día y la hora de la partida, los barcos zarparon del puerto de San Lucar, con viento favorable. Juan observaba desde la cubierta la inmensidad del océano y de rato en rato, asomaba a las escotillas de la nave, a través de las cuales se escapaba el eco del canto lúgubre y ronco de los remeros que, allá, en el fondo de las galeras, penosamente remaban. A Juan no le estaba permitido descender hasta aquel lugar. Los vió y sintió compasión por ellos. En sus ratos de encuentro con el Señor, oraba por aquellos hombres.
Durante la travesía por el ancho mar, escuchó también, pacientemente, sus pendencias y groserías.
Pero, nada le inmutaba. Los compadecía, y, en su persona y modos de actuar, descubría con ojo certero, el triste porvenir que les esperaba a los niños huérfanos y abandonados a quienes la sociedad margina y priva de sus derechos inalienables: al alimento, a la educación, al trabajo y a una vida digna de los hijos de Dios; y a quienes, con sus sistemas de vida, alienta a la violencia y al crimen.