Juan Macías un hombre resuelto y trabajador

Sin trabajo

Después de cuarenta días de navegación, desembarcaron en Cartagena de Colombia donde habitualmente los comerciantes permanecían dos meses, ofreciendo sus mercancías y recogiendo el oro y plata que luego habrían de transportar a España.

El mercader que había contratado y traído a Juan Macías, no tardó caer en la cuenta que su servidor, aunque bueno y fiel, ignoraba el ABC de los negocios. No sabía leer ni escribir.

Juan, le dijo, admiro tu bondad y honradez; pero siento decirte que debes buscarte otro amo, porque lo que necesito es un buen empleado que registre las entradas y salidas de mis negocios. Y sin decir una palabra más, le pagó su salario, por

los servicios prestados, y le despidió del trabajo.

Aquel día, Juan Macías se echó a andar por las calles de Cartagena. Entró a orar en la iglesia de los Dominicos y, de rodillas ante la imagen de la Virgen María, rezó su rosario. Acababa de sufrir en carne propia, la dura experiencia a que están expuestos los peones, obreros y empleados del mundo, a ser des pedidos de su trabajo por cualquier motivo. Sólo la satisfacción de encontrarse en "lejanas tierras", compensaba la pena de verse despedido de su trabajo.

 

Testigo de la venta de esclavos

De repente, se anuncia la llegada de un galeón procedente del Africa. Los estibadores se arremolinan alrededor del puente por donde habrán de desembarcar los pasajeros. Se abren las escotillas y comienza el desembarco. Juan se frota los ojos y se resiste creer lo que está mirando. No son cosas. No son animales. Son hombres y mujeres adolescentes negros, traído s del Africa.

Juan Macías pasó aquella noche en un alojamiento. Al día siguiente, muy temprano, se dirigió al puerto para buscar trabajo entre los estibadores. En los siempre hay algo que transportar de la gente que llega o de la gente que sale.

De repente, se anuncia la llegada para ser vendidos como esclavos. Todos van encadenados, abatidos por la tristeza de verse desarraiga dos de su patria y condenados de por vida, a la más negra esclavitud.

Juan Macías lleno de santa cólera y rojo de vergüenza se fue en pos de la caravana y vio de cerca cómo los negreros, en la plaza del mercado, ponían precio y negociaban a aquella pobre gente, como si se tratara de cosas o de animales..

Este hecho marcó de tal manera la vida de Juan Macias que, a partir de entonces, su compasión no tuvo límites para atender a los esclavos y a los indígenas que eran tratados de idéntica o peor manera.

 

De Cartagena a lima

En febrero de 1ó20, Juan Macías retomó el camino de Cartagena a Lima. Oigamos el relato que él mismo hace de las incidencias de su viaje y de los lugares por donde pasó hasta llegar a Lima.

"Aquella era la voluntad de Dios: que no fuese a Protobelo ni a Panamá, como me dijo mi amigo San Juan Evangelista, sino que fuese al Perú por tierra, y así partí de Cartagena a Barranquilla; luego hallé una canoa y fui a Tenerife por el río Magdalena; pasé luego a Mompos y de allí a Ocaña, Pamplona, Tunja, Santa Fe de Bogotá y, por el Valle de Neiva con flotilla, por temor a los indios que estaban en guerra, vinimos a Timaná y de allí a Tocaima y a Almoguer; luego a la ciudad de Pasto y al fin a Quito. De Quito, a pie y a mula, llegué a esta ciudad de Lima; de suerte que novecientas leguas que hay de esta ciudad de Lima a Cartagena, vinimos en cuatro meses y medio".

 

Peregrino trabajador

Juan Macías era un hombre resuelto y trabajador. Muy probable que a su paso por Colombia, Ecuador y costa norte del Perú trabaja se en las chacras, para ganarse el sustento diario y ahorrar algunos dineros para sus necesidades, en el camino que aún le quedaba por recorrer.

Le animaba la esperanza gozosa que Dios era quien le guiaba y empujaba a Lima, la tierra prometida, que él desconocía, pero que algún día la vería. En las ciudades y poblados a donde llegaba buscaba el templo para descansar de sus fatigas, rezar el santo Rosario y comulgar, porque en Jesús Eucaristía encontraba fuerzas, apoyo, seguridad, alegría y paz.

Maravilloso ejemplo para el hombre que busca hacer siempre la voluntad de Dios, no importa que para realizarla, tenga que cruzar los mares y caminar miles de kilómetros.

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