En cada pobre descubre el rostro sufriente de Cristo

Al servicio de los pobres

La amistad que unió a Fray Juan Macías, fray Martín de Porras y fray Pablo de la Caridad, ha dejado una huella profunda y luminosa en la vida cristiana de Lima.

Estos tres religiosos dominicos, sin letras ni números en la cabeza, armaron una estrategia admirable, para satisfacer el hambre de los pobres, curar sus dolencias y defenderlos de la explotación imperante.

De acuerdo a los modos de pensar y practicar la caridad en la época, crearon verdaderos centros de asistencia social (aunque ellos nunca lo llamaron así), donde los niños huérfanos, las muchachas abandonadas, los indígenas marginados, los esclavos enfermos y hasta los sacerdotes sin beneficio, encontraban alimento, abrigo y asistencia médica.

En su encuentro personal con el Señor en la oración, aprendieron a gustar y practicar las enseñanzas evangélicas. En cada pobre descubrían el rostro sufriente de Cristo, conscientes de que todo lo que se hace a ellos, se hace al Señor: "Cuanto hagan al más pequeño de mis hermanos, a mí me lo hacen.Y cuanto dejen de hacer al más pequeño de mis hermanos, a mí me lo dejan de hacer". (Mt. 25, 40 y 45).

 

Ingenios de la caridad

Alimentar, vestir y cuidar a muchas personas, un día y otro día, un año y otro año, supone una buena fuente de recursos económicos. Fray Juan Macías recibía diariamente de su convento y de sus amigos, una ayuda razonable; pero, no siempre lo suficiente para satisfacer las necesidades apremiantes de los numerosos pobres que acudían a él.

La caridad de Fray Juan Macias se hacía entonces más ingeniosa que nunca. Recurría a los ricos; porque estaba persuadido que muchos de ellos, disfrutaban de las riquezas mal adquiridas, con el sudor, las lágrimas, la sangre y vida de los mineros y campesinos repartidos a los colonizadores, por el odioso sistema de las mitas y encomiendas. Fray Juan Macías recordaba las palabras de San Juan Crisóstomo, tantas veces predicadas por los celosos defensores de los Indios: "Al principio Dios no hizo a uno rico y a otro pobre, ni mostró a éste grandes tesoros y a aquel le privó de este hallazgo. Dios puso delante de todos, la misma tierra.

¿Cómo, pues, siendo común, tú posees yugadas infinitas, y el otro, ni un terrón?"

Convencido de esta cruda realidad, fray Juan Macías salía por las calles de la ciudad todos los días; llamaba a las puertas de los ricos y pasaba por tiendas, farmacias y bodegas, pidiendo comestibles, ropas y medicinas para los pobres.

 

El burrito de San Juan

Fray Juan Macías tenía muchas obligaciones que cumplir en el convento y no siempre le era posible salir por las calles a solicitar ayuda para los pobres. Ordinariamente no le faltaban colaboradores, especialmente entre los jóvenes que frecuentaban la portería del convento. A ellos les encargaba determinados servicios de socorro a las personas que no podían acudir al convento. Pero, la tarea de ir por las calles arreando su burrito, para recoger la limosna, se la reservó para sí. Y es que fray Juan Macías no pedía solamente cosas, él también daba lo que tenía: catequizaba a quien le brindaba ayuda o se la negaba.

Cuando por causas de fuerza mayor no podrá salir a su acostumbrado peregrinaje, aparejaba su

burrito y, como si estuviera impartiendo órdenes a una persona, le decía a la oreja: "¡Arre, burrito. Primero a la casa de Pedro Jiménez, el carnicero; luego, a la de Andrés Orellana,el panadero; después a la de éste y al de más allá. Si no se llenaran los aparejos, pasas por el mercado. ¡Arre! ¡Arre, burrito!"

El burrito de fray Juan enfilaba a los lugares indicados, deteniéndose en ellos. Cuando alguien se hacía el remolón o le cerraba las puertas, empezaba a hociquear y rebuznar hasta que le atendieran. En mala hora si en el camino, algún mataperro intentaba robarle lo que llevaba; le despedía a mordiscos y a coces. Así, entre aventuras, el burrito de fray Juan Macías llegaba al convento con la misión cumplida.

Ciertamente los santos son hombres nuevos, en quienes Dios cumple su palabra: "Manden a los peces del mar, a las aves del cielo y a cuanto animal viva en la tierra." (Génesis 1,28).

 

Oportunismo cristiano

El olfato espiritual de fray Juan Macías, fue algo extraordinario. Sin ser psicólogo, le bastaba mirar a las personas para descubrir en ellas lo que había de verdad y lo que había de mentira. Una mujer que a causa de su pobreza, se veía obligada a comerciar con su cuerpo, llegó a fray Juan pidiéndole ayuda económica.

Hermana, le dijo, después de reflexionarla seriamente, por ahora, no te doy ni te niego lo que pides, mientras tú no cambies de vida. La mujer aceptó la condición impuesta por fray Juan, y, desde aquel día, comenzó a recibir la ayuda suficiente para vivir dignamente. Pero, como la cabra siempre tira al monte, no tardó en volver a sus viejas andanzas. Al día siguiente, cuando fray Juan Macías la vio acercarse, fijando en ella la mirada, le mandó retirarse diciendo: "no es digna de recibir ayuda económica la persona que ofende a Dios".

Al ver descubierto su pecado, la mujer cayó avergonzada a los pies de fray Juan y, anegada en un mar de lágrimas, le prometió cambiar de conducta. La caridad de fray Juan Macías, no se limitaba a dar dinero o cosas, exigía antes de todo, la conversión, la renuncia a la vida de pecado.

Juan no entraba en componendas con el pecado. Denunciaba a gritos la corrupción e inmoralidad.

Era radical en el cuidado de los intereses de Dios. Socorría materialmente a quien lo necesitaba; pero, principalmente, trabajaba apostólicamente para liberar al hombre y a todo el hombre de la esclavitud del pecado.

 

Recompensa de servicio

Fray Juan Macías en su modesta condición de hermano portero, percibía que Dios le amaba. Además era consciente que Dios, secretamente hacía maravillas por su mano y por su palabra, como la curación inadvertida de su amigo Alonso Macerno.

Este buen hombre sufría de ciática y de retención de la orina. Como pudo salió de su casa y se encaminó a la Recoleta, pensando encontrar alivio, en su amigo fray Juan Macías.

Alonso llegó en un momento inoportuno, cuando fray Juan estaba en los afanes de repartir el alimento a los pobres. Alonso no se atrevió a interrumpirlo y, pensando que fray Juan no le había visto entrar, se arrimó al muro de la antesala de la portería, aguardando que fray Juan terminara su trabajo.

Levantando la vista fray Juan, y al ver a su amigo entumido y cabizbajo, le alerta diciendo: "Hermano Alonso, qué haces ahí parado? Trabaja algo. Acércate y alcánzame los platos, y, así, terminaremos más pronto".

Alonso, haciendo esfuerzos por mantenerse en pie, le alarga el primer plato, luego el segundo, el tercero y así, sucesivamente. Y, sin decir ni hacer otra cosa, Alonso Macerno se siente curado. La alegría inunda su ser y, sin decir

palabra, besa las manos de su bienhechor,y juntos se van al templo a dar gracias a Dios. Luego fray Juan le despide diciendo "Animo, hermano, Tu fe te ha curado".

 

El doctor en apuros

Desde la portería, de la Recoleta, fray Juan Macías vivía en comunión, con los necesitados. No le importaba que estos fueran africanos, españoles, indios o mestizos. Le bastaba saber que eran necesitados para tenderles la mano. Percibía a la distancia los pesares y apuros de sus amigos y, muchas veces, antes que ellos le informarán él iba a su encuentro.

El doctor Baltazar Carrazco acostumbraba a donar semanalmente a fray Juan, ocho reales para los pobres. Con el tiempo, la familia del médico se multiplicó y, con la llegada de los hijos, crecieron también las necesidades del hogar.

Cierto día, discurriendo el doctor como podría replantear a fray Juan su situación, oyó que alguien llamaba la puerta. Era el mismo con quien deseaba hablar. "Querido doctor, se adelantó a decirle fray Juan, con singular afabilidad, veo que su familia ha crecido y cuanto gana le es necesario para su hogar.

Hasta que yo le avise, no me envíe la limosna acostumbrada. La caridad tiene eso de singular. Percibe las situaciones nuevas e imprevistas y es ingeniosa para socorrer a los hermanos.

 

El negrito travieso

Fray Juan Macías, muchas veces, había experimentado en su persona, el amor y providencia de Dios. También había experimentado su fidelidad. Por eso, recurría a El, cuando al parecer, todo estaba perdido, como en el caso del negrito travieso que cayó en el pozo del convento.

Antón se llamaba el negrito encomendado a fray Juan, para que le ayudara en el servicio de los pobres.

Antón era un niño sumamente travieso. Se trepaba a los árboles, se deslizaba como una flecha por las escaleras conventuales, trepaba las tapias; el cuento era que nunca podía estar quieto.

Cierto día que jugaba en el brocal de pozo, perdió el equilibrio y se fue al fondo. Algunos religioso que vieron el accidente, inmediatamente corrieron al pozo para ver 1o que podían hacer por Antón. Le llaman por su nombre, y nada.

La noticia llega a oídos de fray Juan Macías y, con serena confianza dice: "Antón no ha muerto. Está consagrado al servicio de los pobres y la Madre de Dios cuida de él".

Acercándose al brocal del pozo, le llama: "Antón, Antón..." y, silencio.

Fray Juan no pierde la calma. Con aquella fe y confianza propia de los que creen en la palabra de Jesús que dijo: "Si tuvieras fe como un granito de arena, dirías a este cerro: arráncate de aquí y arrójate al mar, y el cerro te obedecería," (Mc. 11, 22 ), se fue a orar al templo. A poco rato, vuelve fray Juan y le llama: "Antón, hijo mío, estás vivo?".

Y desde el fondo del pozo sube el eco de la voz alegre y vibrante del muchacho. Y se hizo el milagro. Inmediatamente ponen escaleras e izan al negrito sano y salvo. Ya en tierra, el negrito travieso no se cansaba de repetir: "Gracias, Madre bendita. Gracia".

Así era fray Juan. Su experiencia personal de Dios, le daba la seguridad de alcanzar de la Bondad divina 1o que pidiera.

 

La viga madre que se estiró

En el Convento del Santísimo Rosario (Santo Domingo de Lima). Frente a la Sala Capitular se ve adosado al muro un grueso madero, unos siete metros de largo, con esta inscripción: "ESTA ES LA VIGA MADRE QUE HIZO CRECER MILAGROSAMENTE EL VENERABLE SIERVO DE DIOS FRAY JUAN MACIAS"

Este madero tiene su historia. El Convento de la Recoleta había hecho construir una sala y llegó el día de techarla. Ya se veía a los carpinteros trabajar afanosamente, tomando medidas por aquí y serruchando maderos por más allá.

A la hora de colocar "la viga madre", los carpinteros se dieron con la sorpresa de haberla cortado más de la cuenta. Como es de suponer, al instante se armó el pleito a voces.

Todos quedaron perplejos al comprobar que el madero tenía la medida exacta.

Verdaderamente, la fe obra maravillas. La disputa iba poniéndose al rojo vivo, cuando llegó fray Juan Macías; En seguida le informan del asunto y, con su acostumbrada afabilidad, les dice: Por amor a Dios, hermanos, no riñan. No se mortifiquen con palabras duras ¡Vamos! Levanten, y coloquen el madero en su sitio. Efectivamente, le faltaba un pedazo. El maestro carpintero reacciona nuevamente, voceando: "este madero ya no sirve".

"Por favor, hermano, le exhorta fray Juan, dónde está tu confianza en el Señor? Acaso no dijo Jesús: "Si tuvieran un poquito de fe, le dirían a este cerro, levántate de allí y tírate al mar, y el cerro les obedecería? (Mc 11,22).

Después de un rato de oración, con todos los presentes, les manda nuevamente: "Vamos, otra vez. Levanten el madero y colóquenlo en su sitio." Y se hizo el milagro.

Volver