Sorprende que un alma como Rosa tan amante del retiro y la soledad y tan ganosa de perfección no hubiese aspirado a ocultarse en un claustro. Florecían en la Lima de su tiempo varios monasterios y en todos ellos se practicaba la perfección; podía, por tanto, haber escogido uno u otro. No fue así y la explicación nos la dio ella misma, como luego veremos. Sus mismos confesores la incitaron a abrazar el estado religioso y ella, tan obediente a los directores de su espíritu, los convenció de lo contrario. Desde niña parece que vistió el hábito de franciscano hasta los 20 ó 21 años de su edad, parte por devoción al Serafín de Asís, parte también por insinuación de su abuela Da. Isabel de Herrera, que era gran devota del Santo.
Teniendo 19 años, ocurrió la fundación del Monasterio de Santa Clara, por el celo y diligencia de Santo Toribio y de un buen caballero, llamado Francisco de Saldaña. Éste ofrecía una dote en aquel monasterio y Rosa lo puso en conocimiento de su madre y del P. Luis de Bilbao, su confesor. Éste le aconsejó que aceptara, pero Rosa tan obediente siempre, vaciló esta vez y para asegurarse puso todo el asunto en manos de cuatro religiosos, graves y doctos. Como no fuesen de un parecer, Rosa lo tuvo por indicación del cielo. También Da. María de Quiñones, sobrina del Santo Arzobispo, que pensaba encerrarse en aquel nuevo majuelo de santidad la invitó a ser una de sus primeras plantas, pero Rosa no se dejó vencer y en su ayuda vino su abuela: ésta, enferma y achacosa, comprendiendo la falta que había de hacerle, no aceptaba esta separación. De este modo, se cumplió el designio de Dios que no la quería en el claustro.
Nueva instancia se le hizo para ingresar en el Convento de la Encarnación y parece que entonces halló a su abuela más condescendiente; ya se disponpía la Santa a dar este paso cuando Dios la detuvo en el camino con un prodigio.
Se dirigía con un hermano suyo, tal vez Hernando, al monasterio, cuando al pasar delante de Santo Domingo, se le ocurrió ir a postrarse a los pies de la Virgen del Rosario, a quien tanto amaba. Se puso de rodillas ante sus plantas e imploró su bendición. Permanecía en esta actitud, cuando su hermano le advirtió que no era tiempo de detenerse más, rogándole se levantase. Quiso hacerlo Rosa y sintió que le era imposible moverse. Intentó ayudarla su hermano pero ni aun así logró incorporarse. Entonces Rosa, dirigiéndose a la imagen, le pidio la iluminase sobre lo que debía hacer y, en efecto, sintió que no era del agrado de Dios su ingreso en 1a Encarnación. Volvió los ojos a María y con filial afecto le prometió no tomar resolución alguna que no fuera de su beneplácito. Dicho esto pudo levantarse del sitio y tornando a su casa, descubrió, aunque confusa, a su madre lo que le había acontecido,
En cambio cada vez era mayor la atracción que sentía por la Orden Tercera de Santo Domingo. El ejemplo de su santa favorita, Catalina de Sena, la atraía con singular fuerza. Esto la decidió a vestir el hábito blanco de las seguidoras de la virgen sienesa, después de consultarlo con sus confesores. Pero al hacerlo, más que el dictamen de éstos siguió una voz interior que le aseguraba ser ésta la voluntad de Dios. Lo pidió por medio de Fr. Alonso Velázquez, su confesor y el 10 de agosto de 1606, lo recibió en Santo Domingo con grande alegría de su corazón. Desde aquel día procuró seguir más de cerca las huellas de su maestra, Santa Catalina, y ello nos explica el que cuando años adelante le propusiera nuevamente D. Gonzalo de la Maza ingresar al Monasterio de Santa Clara, Rosa le contestó que eso no había de hacerse sin moción de Dios y le refirió lo que le había ocurrido cuando estuvo a punto de entrar en la Encarnación.
Pero aun vistiendo el blanco cendal de la Orden dominica, Rosa quedó en el mundo y en la condición de terciaria, más o menos como su modelo, Catalina de Sena.
No, el Señor no la había escogía para que fuera flor de los claustros. Su vida, silenciosa y escondida, se deslizaría en el mundo, pero al margen de todo cuando entraña ostentación y, ruido, como el arroyo que mansamente, corre entre el césped dejando apenas sentir su murmullo. Mas no por eso dejó Rosa de concebir el pensamiento de arrastrar a otras vírgenes en pos de sí. Ya veremos como ella, a imitación de la incomparable Catalina, tuvo también discípulas y preparó la fundación del monasterio de monjas dominicas que, poco después de su muerte, se levantó en Lima y echó la semilla de otros que llevarían su nombre.
El que ama a Jesús no puede menos de abrazarse con su cruz. Por eso Rosa vivió crucificada y a medida que fue creciendo su amor, fue también en aumento su penitente afán. Sorprende y deja atónito el que una joven delicada y tierna pudiera llevar vida tan áspera. Dios quiso conducirla por este camino y la ciñó como a su maestra y dechada, Santa Catalina de Sena, con corona de agudas espinas. Desde muy niña, como ella misma lo dijo a D. Gonzalo de la Maza, de cuya declaración tomamos estos datos,se sintió inclinada a la penitencia. Sólo tenía 10 u 11 años de edad y ya ayunaba a pan y agua los miércoles, viernes y sábados. Los demás días comía muy parcamente y, para mortificarse mas, se concertó con la india Mariana que en la casa hacía da cocinera, para que le preparase un guisado de papas con hojas de granadilla, muy amargas. Fuera de esto, a los 15 ó 16 años, como lo asegura D. Gonzalo, hizo voto condicional es decir, sujeto a la obediencia de sus confesores y de su madre, de no comer carne y ayunar a pan y agua en todos los días de su vida.
Tan rígida abstinencia la observó casi siempre y, especialmente, en los tres últimos años de su carrera mortal como lo confirma, primero, el hecho de haberle enviado durante todo este tiempo Da. María de Uzátegui, ocho semitas cada semana y segundo, el permanecer encerrada en la ermita de la huerta todos los días, excepto los domingos, que comía con sus padres. Pero no pararon aquí sus rigores. En las cuaresmas solía contentarse con un cocimiento de hojas de granadilla y de una yerba amarga procedente de la sierra, que decía ella a su madre tomaba por medicina. María de Bustamante, monja de 1a Trinidad, que frecuentaba la casa de Rosa, refiere que un año ayunó, con sólo un panecillo y un jarro de agua, desde la Pascua de Resurrección hasta la del Espíritu Santo. Y como si todo esto no bastase guardaba en una redoma que tenía oculta en el jardín un poco de hiel de carnero, la cual tomaba o echaba en los alimentos los viernes del año.
Es decir que la misma solicitud que unos ponen en satisfacer el gusto y recrear el paladar la puso Rosa en gustar lo amargo y negarle al cuerpo lo necesario para el sustento. Con todo, Rosa vivió hasta los 31 años y no parece que sus maceraciones se traslucieran en el rostro y hubiera perdido sus colores. Sea efecto de una especial asistencia de Dios, sin la cual no se
oncibe pudiera vivir, sea que el amor que ardía en su pecho coloreara sus mejillas, el hecho es que engañaba a quien la veía. Un Viernes Santo salía en compañía de su madre del templo de Santo Domingo y, al llegar al atrio, unos hombres que se hallaban al paso pusieron los ojos en ella. Rosa que desde el Miércoles apenas había probado bocado mostraba la tez tan sonrosado que sus curiosos oteadores no pudieron menos de decir: "qué mortificada sale la monja de esta cuaresma". Lo advirtió su madre y ella quedó confusa.
Si en el comer fue asperísima no lo fue menos en el dormir. Desde muy niña comenzó a mortificarse en esta parte. Colocaba ocultamente maderos en su lecho y llenaba la almohada con virutas y cañas. Ella misma confesó al P. Villalobos, de la Compañía, que algunas veces no se echaba en el lecho por el horror que le causaba y que en cierta ocasión el Señor se le pareció y la animó a hacerlo recordándole lo mucho que Él había sufrido por ella. Descubierta por su madre, empezó a usar una de lana, pero tan apretada y dura que venía a compararse al adobe o leño que también usó para reclinar la cabeza. El duro lecho, recubierto de tejuelos, que más servía para el tormento que para el descanso, vino a dejarlo sólo dos o tres años antes de su muerte. Por entonces, su sueño se había reducido a dos o tres horas, recostándose muchas veces sobre tablas o bien sentándose en una silla. Con este rigor trató su cuerpo y se sobrepuso a estas dos necesidades naturales, como son el comer y el dormir. Heroico nos parece todo esto pero Ella nos sorprenderá aun con nuevos heroísmos.
BAUTISMO DE SANGRE
Niña todavía comenzó a disciplinarse con frecuencia. Debieron parecerle suaves los golpes con que hería su cuerpo y decidió valerse de la indía Mariana. Ésta se resistió en un principio, pero tanto insistió Rosa, se lo pidió con tantas veras, que la criada por darle gusto se avino a hacer el papel de verdugo. Más adelante renunció a este medio, pero no dejó de la mano las disciplinas. Persona que la oyó, como Juana de Bustamante, atestigua que se azotaba reciamente. A los azotes añadio los cilicios. Uno tuvo con el cual se ciñó el cuerpo y que llevó por largo tiempo, sin quitárselo de día ni de noche. También llevaba aplicada al pecho una cruz de madera con púas de hierro y para no dejar sin tormento a los brazos se los ceñía y apretaba con cordeles que le causaban vivo dolor. Ya doncella, usó por bastante tiempo una molesta túnica de cerdas que le causaba continua molestia, mas, habiéndole prohibido su madre que la usase, uno de sus confesores, Fr. Luis de Bilbao, le proporciono uno de jerga que usó hasta su muerte, sólo que para disimular lo tosco de su vestido interior le puso unas mangas de holán que encubrían lo áspero del sayal. Mandó labrar una diadema de plata erizada de púas y ésta se la ceñía en torno de la cabeza, cubriéndose luego con el manto. El P. Villalobos dice que tuvo en sus manos esta corona y contó las púas que pasaban de 90 y, sólo a sus instancias, se la devolvió. En una ocasión, al interceder por uno de sus hermanos, su padre que debía hallarse muy enojado, le díó un golpe en la cabeza y, al clavársele las púas, brotó la sangre de sus sienes.
Lento fue su martirio y, por lo mismo, más doloroso. Ella, no obstante, nunca se sintió satisfecha y no ya gota a gota, pero a raudales hubiera querido verter su sangre por parecerse a su Esposo Jesús, llagado y ensangrentado por nuestras culpas. He ahí por qué cuando la apretaban sus males o la rendía el rigor con que afligía su cuerpo, se la oía decir: "Dulce Jesús de mi alma, vengan y vengan más dolores". Y Dios muchas veces satisfizo sus deseos, porque a estas voluntarias penitencias vino a añadir las acerbas penas de la enfermedad o las más amargas de la desolación espiritual.
Todo este conjunto de sufrimientos, que a nuestra debilidad y escaso amor a Dios le parece inverosímil pudiera soportar una flaca mujer, hicieron de esta Virgen una verdadera Rosa de Pasión. Y he ahí, en nuestro concepto, su destino providencial y el rasgo característico de su santidad. En este suelo americano, donde todo parece convidar a la blandura y al regalo, y donde la suavidad de las costumbres es un reflejo de la facilidad de la vida y de la clemencia del cielo, era necesario que se alzase ante nuestros ojos esta admirable virgen, mostrándonos cómo es posible, no ya superar las bastardas inclinaciones de nuestro cuerpo, pero aun llegar a crucificarlo enteramente y elevarse hasta la cima de la más pura abnegación.
A fin de no manchar siquiera levemente la hermosura de su alma se esforzó en marchitar la belleza de su cuerpo.
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