La virtud de Rosa no dejó de ser fecunda. Dios que no la llamó a la soledad de los claustros la hizo madre y maestra de otras muchas vírgenes. Diversas veces le fue representado su destino en esta parte y Ella así lo comprendió. En una ocasión se vió rodeada de rosas y, asombrada de ver tantas, deseó saber lo que aquello significaba. Se le apareció la Virgen con el Niño en los brazos y Jesús la mandó recoger aquellas rosas. Lo hizo así la Santa y, tomando una de ellas el Divino Infante, le dijo: "Esta rosa eres tú: de ella se encarga con especial cuidado mi providencia. De las demás dispón como te agrade". Quedó la Santa llena de gozo por el favor y comprendió que las otras rosas simbolizaban las que habían de seguir su ejemplo y fundarían el convento de Santa Catalina. Otro día, hallándose en el huerto, teniendo un manojo de rosas en las manos, se sintió movida arrojarlas en alto y, ante sus ojos, se formó una cruz de ellas, mientras en lo interior se le daba la inteligencia de hech. Esas flores eran la imagen de las que como ella había de seguir al Divino Esposo hasta la Cruz.

Más revelador es el hecho que refiere Fray Luis de Bilbao. Le contó la Santa que una noche vio en sueños muchas rosas esparcidas en el suelo sin orden y, apareciéndosele Cristo, le dijo:

Rosa de Santa María, esposa mía, levántate y en esta cestita recoge estas rosas y de ellas hazme una guirnalda. Lo hizo así la Santa y tejió una diadema que, amorosamente, puso en la cabeza del Salvador, desvaneciéndose la visión.

-Sería sueño- le dijo el Padre.

-Ya veo yo -repuso la Santa, que no merezca tener revelaciones.

Pero, ¿qué piensas que quería dar a entender el Señor con esta visión?

-Bien claro está, Padre. Hay en esta ciudad muchas Vírgenes que, aunque a los ojos de Dios son rosas hermosísimas, pero como andan repartidas por las casas de sus padres, están como dispersas y sin orden. Quiere mi esposo que yo le haga este servicio de que por mi diligencia se recojan estas rosas y se reduzcan a un modo de vivir, bajo la regla de Santa Catalina, que es como hacer una guirnalda de ellas.

-Y cuándo y cómo se ha de fundar este convento replicó el Padre Bilbao.

-Así es ello, pero se ha de hacer-contestó Rosa-: el cómo y cuándo Dios lo sabe, pero de que se ha de hacer no lo dude.

Tanta certidumbre tuvo de que en Lima se fundaría un monasterio de monjas dominicas, que en una tableta de cera diseñó el plano del edificio y pronosticó a Doña Lucía Guerra de la Daga, mujer muy principal y casada, que ella había de ser la fundadora y la acornpañaría en la fundación una hija suya. Otro tanto anunció a su madre, a la cual dijo sería monja del nuevo convento, cosa que ella estuvo muy lejos de tornar por lo serio. La misma Rosa parece haber abrigado un tiempo el pensamiento de recogerse a él, una vez fundado, pero luego se desvaneció esta idea, pues Dios la certificó que sólo después de su muerte se llevaría a cabo la obra.

Con todo a Rosa se le debe atribuir en buena parte esta fundación, no sólo porque puso en deseo a muchas personas de que se hiciese, sino, además, por haber sido ella la que arrastró con su ejemplo a muchas otras jóvenes de la ciudad. Ya en la última década de su vida comenzaron a frecuentar su trato algunas doncellas de probada virtud. Siendo ya en número de ocho y considerando que estaban en condiciones de recibir el hábito de la Orden Tercera, resolvió pedirlo para ellas a Fr. Luis de Ojeda, sacristán entonces de Santo Domingo. Una víspera de Navidad se reunieron en casa de Rosa y ante una imagen de Santa Catalina se entretuvieron en preparar los velos, las palmas y guirnaldas de flores que habían de llevar. Luego, por indicación de su maestra, cada una dijo al Niño lo que le dictaba su corazón y, en oyendo las campanas de la Misa de Gallo, se cubrió cada una con el velo y se dirigieron a Santo Domingo. Allí, ante el altar del Rosario, depositaron sus guirnaldas y palmas y, después de confesar y comulgar, recibieron el santo hábito.

Al constituirse la humilde virgen en maestra suya no sólo atendió al bien espiritual que podía hacerle; juzgó también que este semillero de almas virtuosas había de facilitar la erección del monasterio que tanto deseaba.

Se erigio, en efecto, algunos años después de su muerte y tras él y, evocando su nombre y sus ejemplos, se fundaron otros bajo la denominación de Rosas, sobre todo cuando su elevación a los altares provocó en toda América una oleada de santo entusiasmo. Lima, Santiago de Chile, México y Guatemala vieron levantarse conventos de vírgenes que adoptaron la regla de Santo Domingo, pero se colocaron bajo el especial patrocinio de Rosa de Santa María.

 

HACIA EL MONTE SANTO

Un alma tan ávida de unirse a Dios y tan descarnada de todo lo terreno no podía menos de elevarse a las alturas de la contemplación. Era casi una niña, bien que no se a posible precisar la edad que entonces tenía, cuando Dios la previno con el don de su continua y sensible presencia. Desde entonces le fue muy fácil y casi connatural el ejercicio de la oracion, experimentando tal atractivo hacia ella y tanta suavidad en el trato con Dios que las horas se le pasaban sin sentir. Vinieron luego otras comunicaciones más sutiles y delicadas, sea a manera de visión imaginaria o intelectual, elevándose así cada vez más alto en la unión con Dios. Se confundía su humildad en medio de estos regalos pero estaba tan cierto que procedían de arriba que, como ella misa declaró a Don Gonzalo de la Maza, desde el primer favor extraordinario que recibió del Señor, no pudo dudar que fueran de su divina mano.

Fuera del sentimiento de la presencia de Dios, le fue concedido en edad todavía temprana, Jesucristo y su Santísima Madre la recrearon muchas veces en forma sensible, a manera de visión imaginaria. A es orden pertenecen sin duda las frecuentes apariciones que tuvo del Niño jesús hasta el punto de serle familiar su comunicación. Aquí tiene su origen la costumbre de representarla con el Divino Infante en los brazos. Disfrutó de otras más altas, acompañadas de hablas interiores, como la siguiente que no es posible omitir por la lección que de ella se desprende. Se halla en los Procesos, en la declaración prestada por D. Gonzalo, quien la oyó de labios de Rosa.

Andaba ésta un tanto afanada en ayudar a sus padres y un día, estando en oración, se le presentó Jesucristo, disfrazado de cantero y en medio de muchas piedras y mármoles por labrar. Dirigiéndose a ella le preguntó si le admitía por su esposo y la santa, aunque confusa, no pudo menos de darle el sí. Le dijo entonces Jesucristo que no se preocupase por las necesidades de sus padres, que él cuidaría de ellos, mas que, habiendo él de ausentarse, cuidara de labrar y pulir algunas de esas piedras que tenía delante. Se puso Rosa a hacer lo que le habían encomendado, pero advirtió que apenas adelantaba y mientras ella se llenaba de rubor y balbuceaba una excusa por su escasa diligencia, Jesucristo sonriendo la introdujo en una oficina donde muchas hermosas doncellas se empleaban en labrar y pulir mármoles y le dijo: "No creas, hija mía, que eres la única en esta dura tarea". Reparó la Santa en las vírgenes que así trabajaban y advirtió que sus lágrimas servían para ablandar las piedras y que las ricas vestiduras que las cubrían no perdían su lustre con el polvo desprendido. Admiraba el pulimento y acabado, de algunas de las piedras y en esto se vio a sí misma entre aquellas vírgenes, vestida con idénticas galas.

Bien comprendió la Santa el sentido de esta visión y, desde entonces, no se inquietó por la suerte de sus padres, dejando ese cuidado al Señor que miró por ellos y se entregó del todo a su servicio.