LLAMAMIENTO A LA SOLEDAD
Siempre había sido Rosa
inclinada a la soledad como todas las almas interiores, pero,
a medida que fue creciendo en virtud y gustó más
intima y suavemente la dulzura del trato con Dios, esta tendencia
su espíritu vino a convertirse casi en obsesión.
A espaldas de su casa había un huerto regular, a él
solía retirarse con frecuencia pero, dentro del mismo,
pensó en fabricar una pequeña ermita en donde más
a solas pudiera entregarse a la oración. Pidió mucho
a Dios le permitiesen sus padres hacerlo y, para empeñar
más a la Virgen del Rosario de Santo Domingo, de quien
tan devota, añadió a los obsequios que le hacía
diariamente, extraordinarios ayunos y penitencias. Lo consiguó
por fin, unos dos
años antes
de su muerte y, con ayuda de su hermano Fernando, labró
una pequeña celda de poco más de dos metros en cuadro.
Según su madre tenía cuatro pies y diez y puntos
de largo y cinco pies y una mano larga de ancho. La entrada era
también estrecha, pues el P. Vega Loiaza dice que con trabajo
pudo entrar y salir de ella. Desde entonces, aquél fue
su predilecto retiro. A media mañana, después de
haber cumplido con las faenas de su casa, se encerraba en su ermita
hasta las doce y, a la tarde, volvía a ella, a la caída
del sol, hasta las ocho en que se daba el toque de ánimas.
Cenaba o cosía, si era la obra urgente y, cuando todos
se retiraban a descansar, ella tornaba a su ermita a orar hasta
medianoche.
Le puso el demonio algunos temores, por la soledad del sitio y la melancolía de la hora, pero venció pronto esta tentación, acordándose que su madre, medrosa de suyo, no temía entrar en el huerto de noche acompañada de su esposo y le dijo: "¿Pues por qué tengo de temer yo si tengo a Jesús a mi lado?" Este lugar fue testigo de sus entretenimientos con el Niño Jesús, de sus penitencias y de las expansiones de su alma. Sólo Dios y Rosa tuvieron acceso a él. Estrecha era la celda y su mismo confesor, el P. Loaiza le llamó la atención sobre ella. La respuesta que él nos transcribió no pudo ser otra sino: que bien cabían allí su Esposo y ella.
Dejó sin embargo, su retiro para acudir a casa del Contador, donde tanto cariño se la profesaba y donde encontró ocasión de hacer mucho bien. Pero aun aquí escogió para su habitación un cuarto bastante apartado y donde no podían distraerla ni los de dentro ni los de fuera. El P. Loaiza cuenta que en una ocasión se halló muy debilitada y falta de sustento. Conoció su madre la necesidad en que estaba y la aconsejó que mandara traer algo de comer. Rosa le respondió que no haría falta pues de casa del Contador se lo enviarían. No quiso creerlo la madre por lo avanzado de la hora y no haber enviado mensajero, mas al poco rato se presentó un criado de D. Gonzalo con el obsequio. Asombrada, le preguntó a su hija cómo podían haberse informado de su necesidad y Rosa le contestó con sencillez: "Mire, madre, no hay tal cosa como en ocasiones de aprieto, acudir al Ángel de la Guarda".
Rosa como alma tan adentrada en los secretos y regalos de la vida mística hubo de ser convidada por su Amado a unirse con el en casto desposorio. Crucificada como estaba a todo lo del mundo nada había en ella que se opusiera a esta unión. Jesús la había ido atreayendo dulcemente hacia sí hasta por llenar por completo su corazón. Él era el dueño de su alma, el centro de sus pensamientos y su único consuelo. Mucha veces había venido a regalarla con su presencia y Rosa lo había sentido a su lado, embriagada por la dulzura de su trato y abatiéndose hasta el polvo ante la grandeza del favor. Sólo faltaba que el mismo Cristo le diera las arras de tan dichosa unión.
Era un Domingo de Ramos del año 1617. Rosa postrada
de hinojos en la capilla del Rosario, su retiro predilecto, esperaba
que se distribuyesen las palmas rociadas con el agua bendita y
aromatizadas con incienso, a fin de acompañar la procesión,
evocadora del triunfo de Cristo en su entrada a Jerusalén.
Terminada la ceremonia Rosa volvió a la imagen de la Virgen
del Rosario, pidiéndole intercediese por ella, si acaso
en algo había ofendido a su Divino Hijo. La respuesta la
recibió interiormente, al sentir que su espíritu
se bañaba en un río de paz y María la miraba
con complacencia.
Se encendió el corazón de Rosa y, alentada por el favor recibido, instó a la Virgen por que fuese Ella quien pusiese en sus manos inmarcesible palma. No pasó por mente pedir a la Madre de Dios la introdujese en el ameno huerto deseado, donde pudiese gozar más a su sabor de las caricias de su Hijo. Su singular pureza y su profunda humildad la habían dispuesto para la celebración de estas bodas espirituales, pero muy lejos estaba ella de pedir que se la concediese el nombre y las prerrogativas de esposa. Fue el mismo Jesús quien la invitó a serlo. Ya en otra ocasión, disfrazado de cantero le había preguntado si le admitía por Esposo y Rosa no había vacilado, entre confusa y amorosa, en darle el sí. Ahora había de escuchar más claramente su declaración. Volviéndose el Niño que tenía la Virgen en sus brazos a su amada, le dijo con que penetró su pecho como un dardo:"Rosa de mi corazón, sé mi esposa".
Quedó la Santa fuera de sí, ajena a cuanto la rodeaba y experimentando en sí los efectos de ese amor que dulcemente hiere y sumerge el alma en los gozos anticipados del paraíso. Cuando se recobró de este deliquio no pudo articular otras palabras que éstas: "He aquí, Señor, tu esclava, he aquí tu sierva. Oh Rey de la Majestad, tuya soy y tuya seré para siempre." Más tarde, cuando el Dr Castillo la inste a que declare este favor, Rosa no podrá decir sino que no halla palabras para explicarlo y guardará en su pecho la dávida extraordinaria con que quiso enriquecerla el Omnipotente.