Ha sido frecuente representar a Rosa sosteniendo un ancla entre cuyas uñas se eleva la silueta de una urbe. Los artistas e imaginemos han querido mediante este símbolo recordar el hecho que algunos de sus biógrafos la atribuyen, de haber salvado a Lima de la incursión de unos píratas.
¿Qué sucedía entonces en Lima? La autoridad eclesiástica, desde el momento en que se tuvo noticia de la proximidad del enemigo, dispuso se elevaran preces en todos los templos y monasterios, a fin de ímpetrar el auxilio de Dios contra los enemigos de la fe cristiana. En la Iglesia de Santo Domingo se expuso a la adoración de los fieles el Santísimo Sacramento y Rosa, como tan amante de la Eucaristía, voló a postrarse ante las plantas de su Amado y Señor. Allí permaneció inmóvil, acompañada de otras mujeres devotas, entre las que se contaban su madre y algunas de las hermanas que trataban de imitarla. Por la relación que nos ha dejado la primera, la Santa temía que de poner los enemigos el pie en tierra se lanzaran al asalto de los templos y profanaran los vasos sagrados. De ahí que fuera a Santo Domingo no sólo para adorar a Dios y pedirle alejase de la ciudad el peligro que la amenazaba sino, además, para defender con riesgo de su vida el Sacramento de cualquier ultraje. Así se explica el que llevara consigo las tijeras que le sirvieron luego para cortar, como lo hizo, los bajos del hábito a.fin de poder con menos estorbo acercarse al altar y librar las sagradas especies de caer en manos impías.
Mientras unas se entregaban al llanto y conmovían con sus gritos a los presentes, Rosa, que desde la capilla de San Jerónimo elevaba sus súplicas al cielo, no perdió el ánimo, y exhortó a sus compañeras a dar la vida en defensa del Sacramento. Ella, la humilde y púdica virgen, que rehuía mostrarse al mundo y se ocultaba cuanto podía a sus miradas, no dudó entonces descubrirse y dar señales del vivo deseo que sentía de morir por Cristo.
Bien pronto se desvanecieron los temores al extenderse la noticia de la fuga del pirata. Rosa tomó parte en la alegría que la nueva causó, pero allá en su interior debió sentir que se le fuese de las manos esta ocasión de verter su sangre por el Amado, si bien con humildad reconocía que no era digna de esta gracia. Tal es el episodio que ha dado motivo a considerarla como la defensora de la ciudad. Sin duda que las oraciones de la Santa, junto con las de tantas almas justas que por entonces la habitaban, alejaron de ella este flajelo, pero nos posible desdeñar el influjo de las causas segundas que a Dios también obedecen y de las cuales se sirve para alcanzar sus fines.
Lo dicho en el capítulo anterior nos invita a decir algo sobre su entrañable devoción a la Eucaristía. Tuvo Rosa la fortuna de ser admitida al celestial banquete en edad muy temprana, atendida la costumbre de entonces y los confesores, advirtiendo la pureza de su alma y su ardiente deseo de comulgar, le permitieron hacerlo dos veces por semana, los jueves y domingos. De niña y aun después de doncella iba con su Madre al templo de Santo Domingo a satisfacer su ansia de alimentarse con el pan divino y en los últimos años, sobre todo cuando moraba en casa de D. Gonzalo de la Maza, lo hacía en la Iglesia del Colegio de la Compañía de Jesús. Por este tiempo era frecuente que comulgara tres veces por semana y aun más, especialmente si ocurría alguna fiesta dentro de ella. Durante la Octava del Corpus era indecible lo que gozaba, pues, fuera de recibir al Señor todos los días, a horas diversas, para no llamar la atención, se pasaba las horas inmóvil ante el Santísimo Sacramento
Se disponía para esta fiesta con anticipación y en su deseo de contribuir al lucimiento de la procesión eucarística se dedicaba a labrar flores de mano para los altares del recorrido y aun velaba en las noches a fin de tenerlo todo dispuesto. Los efectos que este celestial manjar producían en su alma no son para descritos. Lo que de fuera se veía era un encendimiento de rostro y ardor tan extraordinario que el P. Juan de Lorenzana, sin conocerla, quedó admirado al verla un día que le dió la comunión. El P. Marqués asegura que, asistiendo al sacerdote en el acto de distribuirla, al llegar a Rosa sintió más de una vez como el calor de una llama. No se engañaba, pues sin hipérbole podemos decir que ardía el pecho de la Santa.
No nos debe sorprender por lo mismo que este pan del cielo le comunicara tanta fortaleza que, no obstante el ayuno del día anterior, Rosa no probara alimento el día que comulgaba. Su madre la instaba a tomar algo, pero Rosa resistía. Si alguna vez hubo de ceder, el escaso manjar que tomó le sirvió más bien de tormento. Advirtiéndolo, su madre no la forzaba en adelante. En alguna ocasión perseveró casi ocho días sin probar bocado y no por eso se notaba en ella mayor flaqueza,antes bien, si antes de comulgar a parecía débil y aun desmayada, después de recibir el sacramento recobraba sus colores y se mostraba más animosa. Dios, hecho pan por amor al hombre, era su sustento y su fortaleza. ¡Dichosa Virgen a quien bastaba este manjar!
En vísperas ya de dejar este suelo pidió ser confortada con el santo viático. Se lo trajeron y al alrecibirlo quedó arrobada, tanto que el P. Lorenzana, pensando que por el deliquio no habría podido pasar la forma, le insinuó lo hiciese. Ella contestó que ya tenía a Dios en su pecho y volvió al éxtasis de donde le había sacado la voz de su confesor. Éste la dejó entonces gustar a su sabor las delicias del divino banquete y con sus palabras la ayudó a dar gracias pcr el favor recibido. Ya podía decir con la Esposa de los Cantares: "He hallado al que amaba mi alma, le tengo y no le dejaré".
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