Un precioso fragmento de la vida interior de la Santa en donde se nos refiere una de las grandes mercedes que recibió de Dios. Es, puede decir una página de su diario íntimo, pues el Dr. Castillo no hizo sino transcribir lo que oyera de labios de Rosa. Copiarernos el primer párrafo a fin de saborear la dulzura de sus palabras: "Suspensa estaba yo en la luz unitiva de contemplación quietísima cuando vi un relámpago de admirable resplandor y hermosura. En el centro de esta claridad deslumbradora estaba un arco, vistosísimo, matizado de bellísimos reflejos y arreboles. Sobre este arco se veía otro de igual grandeza y hermosura que remataba con la Cruz del Salvador, retocada de púrpura, humedecida en sangre, barrenados los lugares de los clavos y coronada con el título triunfal del Redentor. Lo interior de este iris lo llenaba la Humanidad sacratísima de mi Señor Jesucristo, despidiendo rayos de tanta gloria como nunca me había sido mostrada. Plugo a su dulce bondad comunicarme fuerzas extraordinarias, maravillosamente vivas y eficaces, con que pudiese por mucho tiempo y muy a mi gusto mirar de hito en hito a mi Rey magnificentísimo, registrando toda su hermosura. Porque entonces no le vela como otras veces de lado, ni sólo se manifestaba cabeza y pecho sino que le contemplaba derechamente, cara a cara, de la cabeza hasta los pies. Saliendo de la Humanidad de Jesucristo sentí que llegaban hasta el fondo de mi alma llamas inexplicables de gloria, de suerte que pude pensar que estaba ya totalmente libre de las prisiones de esta carne corruptible y trasladada a los goces de la fruición eterna".

Lo que antecede nos era ya conocido, pero modernamente se han encontrado dos pliegos de papel con unos gráficos y leyendas explicativas de manos de la Santa que son del mayor interés. Se guardaban dentro de un marco de plata en la capilla interior del Monasterio de Santa Rosa, levantada en el mismo lugar en donde exhaló su último suspiro la Virgen limeña, como lo dice esta inscripción grabada en una placa de bronce:

Desde este lugar, dichosa, partió con vuelo ligero, triunfante, pura y hermosa la que fué limeña Rosa

Le cabe al P. Luis Getino 0. P. la ventura de haber descifrado, el primero dé estos "acertijos místicos", como los llama él acertadamente, en los cuales Rosa "a falta de pincel, encuentra en las obedientes tijeras el modo de expresar lo que el dibujante más diestro no trazara con mayor propiedad". No nos debe extrañar, por otra parte, que la endiosada Virgen se sirviera de estos gráficos para expresar los estados por los cuales había ido ascendiendo su alma, hasta llegar a la más perfecta unión pues el mismo San Juan de la Cruz se valió de ellos en sus obras. La vista de los símbolos escogidos por la Santa, corazones, heridos, alados o traspasados, cruces, lanzas y lemas explicativos, no son todo lo claros y precisos que fuera de desear, mas con todo nos ofrecen, como indica el citado autor "un hilo para caminar por el dédalo de su vida mística".

Pueden distinguirse perfectamente en ellos dos elementos que, a veces, se compenetran: los grados de la escala mística, moradas que diría Santa Teresa, por los cuales va ascendiendo el alma al monte de la perfección y las mercedes o gracias sobrenaturales recibidas por la Santa y de las cuales habla por propia experiencia. Sobre ambos tenía Rosa escritos unos cuadernos, cuyo paradero se ignora hasta el presente y debió redactar por orden de sus confesores, a cuyo juicio debió someterlos, como lo hace con los pliegos de que venimos hablando. Pues Rosa no omite decirnos que todo cuanto escribe no lo ha aprendido en los libros sino en el trato y conversación con Dios. He aquí sus palabras: "Confieso con toda verdad en presencia. de Dios que todas las mercedes que (he) escrito, así en los cuadernos como esculpidos y retratos en estos dos papeles, ni los he visto ni leído en libro alguno. Sólo si obradas en esta pecadora de la poderosa mano del Señor, en cuyo libro leo, que es sabiduría eterna quien confunde a los soberbios y ensalza a los humildes, cumpliéndose que lo que escondió a los prudentes y sabios revela a los párvulos".

 

Aun cuando estas materias, por su elevación, escapan a quienes nos arrastramos todavía a ras del suelo, con todo, siempre será útil y provechoso ver a qué altura puede ascender un alma con el poder de Dios. Por eso vamos a enumerar aquí las mercedes que la Divina Bondad hizo a Rosa, según nos lo refiere ella misma, transeribiendo los lemas explicativos que acompañan a los corazones que son el símbolo preferido por la Santa. Copiemos antes la glosa con que anota las tres primeras de su escrito: "Hechas todas estas mercedes en diferentes ocasiones que no puedo numerar, porque las he recibido repetidas veces, alternándose gran padecer y muy exquisitos crisoles, como en varias ocasiones tengo escrito, para gloria de Dios".

"Primera merced de heridas que recibí de Dios. Con lanza de acero me hirió y se escondió". Este herir y esconderse del Amado nos recuerda los delicados versos de San Juan de la Cruz:

Y nótese aquí y para lo de adelante que Rosa en sus ascensos místicos no conoció los tanteos de los principiantes, sino que de un vuelo, puede decirse, ascendió a aquel grado, descrito por Santa Teresa en las Moradas Sextas, en donde se nos habla de "aquellos impulsos delicados y sutiles que proceden de lo muy interior del alma". A este grado se siguen otros dos: el primero lo representa Rosa por un corazón dentro del cual se ve la figura de Jesús Niño. Alrededor escribe la Santa: "Aquí descansó Jesús, abrasándome el corazón". Luego le presta alas a la vital entraña y el ribeteado lema dice: Vuela para Dios: el campo del corazón lo llenó Dios de su amor, haciendo morada en él.

Se sigue luego un apunte biográfico de inapreciable valor que nos obliga a lamentar más aún la pérdida de sus cuadernos. Dice así Rosa: "Estas tres mercedes recibí de la piedad divina antes de la gran tribulación que padecí en la confesión general, por mandato de aquel confesor que me dio tanto en que merecer, después de haber hecho la confesión general y de haber padecido cerca de dos años de grandes penas, tribulaciones, desconsuelos, tentaciones, batallas con los demonios, calumnias de confesores y de las criaturas, enfermedades, dolores, calenturas y, para decirlo todo, las mayores penas del infierno que se puede imaginar, en estos años últimos. Habrá unos cinco años que recibo del Señor las mercedes que en este medio pliego de papel he puesto por inspiración del Señor y experiencia de mi propio corazón, aunque indigno".

La senda por donde se llega a la perfecta unión con Dios está erizada de espinas y la vía de la más alta santidad no puede carecer de cruces, por eso Rosa es afligida antes de llegar a los brazos del Esposo.

Rosa pinta seis alas pequeñas al corazón y debajo de él coloca la cruz, inseparable compañera siempre del alma, pero que, llegando a este estado apenas se siente, hecho que Rosa simboliza dejándole sólo un punto de contacto con el corazón y luego dibuja la imagen de la Santísima Trinidad y deja que en su seno se pierda un corazón sin herida alguna, escribiendo al lado de estos místicos emblemas estas palabras: "Arrobo, embriaguez en la bodega, secretos de amor divino. ¡Oh dichosa unión, abrazo estrecho con Dios!"