Rosa tuvo prenuncios de su próximo
fin. Sus enfermedades se agravaron y algunas veces hasta le era
imposible salir de casa. El Contador y su esposa que tanto la
amaban no podían verse privados de su amable conversación
y enviaban a Andrés López, espadero de Don. Gonzalo
con dos negros para que la trajesen en silla de manos.
Presintiendo su muerte, casi un año antes que o curriese,
dijo a Doña María de Uzátegui que en su casa
había de morir y le pidio, como tan celosa de su pureza,
que nadie sino ella la amortajase. Un tiempo después volvió
a repetirle que de ahí a cuatro meses moriría y
le suplicó no le
negase entonces el
agua que le pidiese porque había de padecer mucha sed.
Todo se verificó como lo había anunciado. Fue siempre
muy devota de San Bartolomé, en cuya fiesta había
de salir de este mundo y esta circunstancia parece que contribuyó
a acrecentar su afecto hacia el Apóstol. De lo primero
nos consta por la declaración de su confesor y por la carta
que escribiera al P. Bartolomé de Ayala; de lo segundo,
por lo que dijo a su madre, curiosa de saber la causa de la predilección
que sentía hacia este santo. "Madre-, le respondio
Rosa-, su fiesta será día feliz para mi, pues me
llamará a las bodas el Divino Esposo".
Tres días antes de que cayera en el lecho para no levantarse más, fue a casa de sus padres. Era la última despedida a los que le dieron el ser y a aquellos lugares en donde desde su nacimiento se habían deslizado sus días y tantos favores había recibido del cielo. No había ciertamente sombra de melancolía en este adios, pero ¿cómo negar que sus ojos se posarían en aquel hogar y su vecino huerto, en su reducida alcoba y en la ermita, con sentimientos de ternura? Lo más delicado de ellos lo reservó para sus padres. La misma María de Oliva nos lo refiere. Rosa, retirada en su ermita, tomó en sus manos la vihuela, rasgó sus cuerdas y comenzó a cantar como tenía por costumbre. Su voz debió impresionar el corazón de su madre, la cual, sin dejarse ver de su hija, pudo escuchar esta copla que aludía a ella:
Padre mío, Domingo, antes que muera, te encomiendo a mi madre, que sola queda.
Era el tributo de su amor filial. Pero Rosa tenía otra madre a la cual amaba con más entrañable amor. Era ésta la Virgen del Rosario de Santo Domingo. El día primero de Agosto fue a despedirse de ella y a postrarse por última vez ante sus plantas. ¡Qué dulcísimo coloquio se entablaría entre Rosa y la Reina de los cielos! Sólo nos cabe conjeturarlo, pero dio la casualidad que el Secretario de Cámara de la Real Audiencia, D. Juan de Tineo, muy amigo del Contador, se cruzase con ella y se acercase a saludarla. Pudo advertir entonces lo encendido de su rostro, las lágrimas que brotaban de sus ojos y el acento conmovido con que le pidió la encomendara a Dios, porque tenía muy grande necesidad de que la ayudasen con oraciones. El Secretario pensó con razón que la Virgen debió anunciarle su cercana muerte.
Ya en el lecho del dolor, no una sino muchas veces manifestó que aquélla sería su última enfermedad y que era en vano acudir a los médicos cuando sólo del cielo podía venir el remedio. El miércole 23 de Agosto, anunció que aquella noche se iría a gozar de Dios, mostrando gran contento, no tanto, por Acercarse el término de sus trabajos cuanto por la esperanza que tenía de ir derechamente al cielo. Esta confianza, aun en medio de las torturas de su mal, nunca la abandonó y por eso pudo decir al P. Lorenzana que se consolaba de verla tan serena y tan conforme: "Padre, pues estoy convidada a un banquete tan espléndido ¿ no tengo de ir a él de buena gana?" Oh venturosa criatura que pudiste decir con el Apóstol: "¡Deseo que se deshagan estos lazos que me atan a la tierra para unirme con Cristo!"
Por un secreto presentimiento o por divino impulso, Rosa en el último mes de su vida, dejó la casa paterna y se dirigió a la de su bienhechor y confidente D. Gonzalo. ¿ Deseó ahorrar a su madre los cuidados y sinsabores que había de producirle su enfermedad? ¿Se ausentó más bien con ánimo de esconderse aun más a las miradas de los hombres y entregarse más de lleno a su Dios? Podemos adoptar una u otra hipótesis, lo cierto es que en los últimos días de Julio ya se encontraba en del Contador y allá fue a buscarla el Sacristán Mayor de Santa Domingo, Fr. Juan Fernández, para pedirla le ayudase en el adorno del altar del Patriarca cuya fiesta se avecinaba.
El martes 1° de Agosto se la oyó
gemir a eso de la medianoche. Ocupaba la Santa una habitación
en el fondo de la casa, en el patio dedicado a la servidumbre.
Ella misma la había escogido por encontrarse más
sola. Acudieron en su auxilio y la. hallaron tendida sobre una
tarima, bañada de sudor, anhelante y con el pulso alterado.
La trasladaron a su pobre lecho y Doña María de
Uzátegui la preguntó qué sentía, respondiéndola
Rosa que las fatigas de la muerte. La
dijeron
que llamarían al médico y ella contestó se
llamase al del cielo. Desde entonces no cesaron de apretarla los
dolores y su vida fue un continuo sufrir. Dios quería afinar
su preciosa alma en el crisol del sufrimiento.
Los médicos desconcertados por la naturaleza del mal que ofrecía complicaciones muy varias no acertaron a diag nosticar. Preguntada nuevamente por el origen y naturaleza de la dolencia que la oprimía, Rosa no dio otra respuesta sino decir que no concebía pudiese caber en cuerpo humano tanto tropel de penas y que apenas tenía miembro que se viese libre de ellas.
Pero en medio de tan acerbos dolores, Rosa conservaba la serenidad de su espíritu y a su misma madre que llorosa la contemplaba no dejó de consolar. El 6 de Agosto amaneció baldada de medio cuerpo y con mayor ardor de calentura. Afligida por la sed, tenía que devorarla en silencio, porque los médicos habían prohibido se la diese agua. Imitando a su Divino Maestro, se la oía decir: "Señor, más y más: cumplid vuestra voluntad adorable, llenad el peso de los dolores, mas aumentad la paciencia y vuestra ayuda, pues sin ella nada puedo". Una ma:ñana se la oyó clamar: "¿Dónde estáis, bien de mi alma, dónde estáis bien mío, regalo mío? ¿Cómo no te veo? Ya voy, ya se acaba, cúmplase en todo vuestro soberano beneplácito".
Apenas si concebimos fortaleza tan sobrehumana. No parece sino que esta Virgen delicada quiso enrostrarnos nuestros desmayos en el cumplímiento del deber, nuestra flaqueza en las pruebas y la excesiva blandura con que tratamos, muchas veces, nuestro cuerpo, alejando de nosotros todo lo que sea aflicción. Rosa, por el contrario, puso empeño en que se le clavaran muy adentro las espina que siempre la rodearon, como a la flor de donde tomó su nombre y se complació en vivir crucificada por asemejarse a su Divino Esposo.
El 17 de Agosto de 1617 un fuerte dolor de costado agravó su dolencia, la fiebre extremó sus ardores y ansias mortales la aquejaron. Ella, en medio de este mar de aflicción, no hacía sino decir: "mi Dios, mi Señor, mi Jesús, mi Esposo y mis amores, dadme dolores".
Habían ya dado las doce en los relojes de la ciudad y una palidez mortal cubría el rostro de Rosa. Hizo una señal a su hermano Fernando que se hallaba cerca del lecho y le dijo estas palabras: "Señor hermano, póngame bien que quiero descansar". Su hermano la irguió sobre la almohada, haciendo que su cabeza descansase sobre el leño de la cuja en que yacía. Había deseado morir como su Amado, sintiendo en sus carnes la dureza del suelo o del áspero lecho que ella misma se había fabricado; la piedad de quienes le asistían había estorbado su penitente afán, pero aun en aquel trance quería esquivar la blandura de que siempre había huido y, satisfecho su deseo, pudo con voz, apenas perceptible, añadir:"Puede hermano, irse, que esto es ya acabado". Unos instantes después inclinaba el rostro al lado derecho y exclamando:"Jesús, Jesús sea conmigo", exhalaba el último suspiro.
Mientras tanto en torno de su lecho no
fueron lágrimas las que se vertieron ni ayes de dolor los
que se escucharon.
Cumpliéndose
lo que ella había anunciado y pedido a Dios, aún
su misma madre sintió dentro de sí un consuelo inexplicable.
Un alma muy favorecida de Dios y muy unida a Rosa por los lazos
de la más íntima amistad, Luisa Serrano confesó
haber visto a Rosa subir a los cielos, acompañada por un
coro de vírgenes y envuelta en una nube de gloria. Había
prometido la una a la otra, si fuese el agrado Dios, darse aviso
de su muerte y Rosa se le mostró aquella alborada en visión
imaginaria. Más todavía: en la misma cámara
mortuoria y al pie del lecho de la Santa, Doña Luisa Melgarejo,
mujer de gran virtud, quedó por un buen rato de tiempo
arrebañada en éxtasis. De sus labios salían
voces entrecortadas que los circunstantes llegaron a oír;
todas se referían a la dicha que le había cabido
a Rosa, a la grandeza de su triunfo y a la extraordinaria recompensa
que había recibido de Dios.
Verdaderamente que su muerte fue preciosa y lleno de resplandores de ocaso. Tal había sido su vida que en ella tenían exacto cumplimiento las palabras de la divina sabiduría: el sendero de los justos es como un reguero de luz que va creciendo y esparciendo nuevos fulgores hasta llegar al día perfecto de la eternidad.