Lino Dolan, O.P.

 

 

HOMILIA por la Fiesta de
SAN FRANCISCO DE ASIS

Para ser santo, es preciso ser humano; para ser humano, es preciso ser sensible y tierno. Y, precisamente, en su ternura hacia todas las criaturas y su sensibilidad frente a la debilidad humana, se radica la innegable atractividad de la santidad de Francisco de Asís.

Estudiar la vida de Francisco es estudiar el evangelio viviente y puesto en práctica - es ponernos frente a frente a la escenificación histórica del Sermón de la Montaña, del mandamiento del amor, del mismo misterio pascual. La historia de Francisco no deja de fascinarnos porque, en cierto sentido, es la historia de la relación de cada hombre y cada mujer - de cada uno de nosotros, con Dios; es la historia de la tensión siempre presente entre los criterios de un mundo que pone su confianza en si mismo, buscando su fin en el lucro, el poder o la satisfacción personal y que rechaza a Dios y los valores del Reino, anunciados por Cristo, que parten de la confianza incuestionable en Dios. y busca su fin solamente en Él a través del amor al otro. Reflexionar sobre la vida de Francisco de Asís es como mirar en un espejo porque hay, dentro de cada uno de nosotros, un Francisco de Asís oculto. Somos, como el,hombres y mujeres del mundo, llamados a ser hombres y mujeres de Dios sin dejar de ser plenamente humanos; como el, hemos sido amados intensamente por Dios para poder amar intensamente a todos nuestros hermanos; como el, hemos sido llamados a ser santos.

Los contemporaneos de Francisco, aquellos que intentaron desanimarlo de sus propósitos, - familiares, amigos, clérigos, aldeanos, - lo acusaron de ser "utópico", irrealista, desaptado socialmente y, hasta loco. ¿Es cierto que el hijo del comerciante próspero que se hizo mendigo, el aventurero de guerras locales convertido en pacificista, el joven simpático y festejero vuelto recluso, era utópico? ¡Gracias a Dios que sí! Porque solamente aquel que desea lo que parece imposible para los hombres acaba por lograr lo que si es posible con Dios. Francisco fue convencido que Cristo no anunció un "ideal más" para la humanidad, algo que debemos admirar pero que no podía ser alcanzado. Sonaba en su interior aquellas palabras del Señor: "mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra y la pone en práctica." (Lc. 8,21) Para muchos de nosotros, el evangelio está propuesto como un ideal, una utopía; para Francisco fue una práctica, una forma de vida, una exigencia.

Es demasiado fácil, y común, racionalizar nuestra relación con las exigencias del evangelio. Comenzamos diciendo: 'está bien, pero' ... ; 'si, Cristo dijo esto, pero' ... ; 'no hay que ser tan literal'; y así, por el estilo. Francisco no se refugió ni en exégesis ni en hermaneúticas sino, decidadamente y sin duda alguna, se puso a vivir la radicalidad evangélica. Si, fue un utópico; si, fue enloquecido con la locura de la cruz de Cristo que, como nos dice San Pablo en I Corintios, es "más sabia que la sabiduría de los hombres". Se propuso vivir el evangelio y lo vivió - hasta las últimas consecuencias.

El deseo de Francisco de identificarse plenamente con el evangelio de Cristo, con todo lo que dijo e hizo el Señor, fue manifestado en su identificación con el Cristo pobre y crucificado; tan fuerte fue este deseo en el que asumió la pobreza misma como signo innegable de su comprensión del amor preferencial de Dios para los últimos de la sociedad. Y, como signo de aprobación y conformidad con esta opción, Dios identificó física y visiblemente a Francisco con el Crucificado, haciendo irrumpir en su cuerpo las mismas llagas de Cristo. Los pobres y Cristo pobre son para el una única pasión.

No era, entonces, una casualidad que Francisco optó trabajar con los lepras, los más despreciados y marginados de la sociedad de sus tiempos. Fue simplemente una coherencia más entre fe y vida - algo incomprensible para todo aquel que piensa que se pueda reconciliar el evangelio con el mundo o reducir el mensaje cristiano a un ideal espiritual, desencarnado de la realidad de la vida diaria.

Por eso, es importante insistir que el pobre de Asís no huyó del mundo, por más lejos de sus centros urbanos que fuera. Más bien, rechazó el sistema social y económico de su época, basados como fueron en el egosimo, el lucro, la discriminación social y el poder de las armas; lo hizo no con teorías sociológicas, económicas o antropológicas sino como un verdadero profeta que anunciaba la voluntad de Dios no en palabras abstractas sino con el testimonio vivo de su propia vida. Para el, la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo fue expresado mejor en la escenificación viva del nacimiento en Belén que en hablar de Persona y Naturaleza; para el, la compasión de Jesús se predicaba siendo compasivo; el amor al prójimo se mostraba, amando; la solidaridad se vivía, compartiendo; la fraternidad se hizo realidad, haciéndose hermano de toda criatura. Su modo de ser, su presencia física, toda su vida, fue una predicación del Reino y sus valores, una llamada de atención al mundo, una interpelación de todos, grandes y pequeños. Su testimonio fue, a la vez, un anuncio de la buena nueva del Reino y una denuncia de los anti valores que Cristo mismo vino a denunciar.

San Francisco fue inocente con la inocencia de los hijos de Dios - pero no fue ingenuo; fue inflamado con el entusiasmo de los Apóstoles para anunciar el Reino - pero no fue fanático. Fundó su familia religiosa con plena conciencia del impacto que podría producir en la sociedad un evangelio viviente, un verdadero sacramento del Reino. Al escribir su Regla, comienza diciendo: "La Regla y la vida de los Frailes menores es ésta ... ", mostrando que la regla no sustituye a la vida sino que la da rigor y carácter. Para el, la fuerza de esta nueva familia religiosa sería su capacidad de vivir la pobreza evangélica en fraternidad y humildad, en imitación del Cristo pobre y sus apóstoles. "¡Oh, cuán santo, querido, complaciente y humilde, pacífico y dulce y admirable y apeticiple sobre todas las cosas tener un hermano que dio su vida por sus ovejas y oró al Padre por nosotros ... ". Quería que sus frailes, como el mismo, se sintieran hermanos no solamente los unos de los otros sino de toda la creación porque Dios se hizo hermano nuestro en la pobreza y la humildad.

Sin duda, para los románticos como para los incrédulos, más importante y mucho más interesante que todo lo reflexionado hasta ahora, era la relación entre Francisco y Clara - escena que ha captado la imaginación de los curiosos y que ha dado lugar a la especulación de los grandes psiquiátras y psicólogos. ¿Cómo van a entender un amor humano célibe sin haber creído en el amor divino hecho humanidad? ¿Cómo aceptar un amor auténticamente humano ordenado hacia un amor mayor sin haber comprendido que primero somos amados intensamente por Dios? En el amor que unía Santa Clara con su Padre y hermano, Francisco, imperó la puereza de intención en un grado muy elevado de transparencia y convergencia en el amor a Dios encima de toda sospecha. Dos personas, plenamente humanos, terriblemente enamorados con Dios sobre todas las cosas, y, por eso, honestamente enamorados el uno con la otra.

Sin embargo, y pienso que este es muy importante, Francisco, como Clara también, fueron muy conscientes que el amor que los impulsaba hacia Dios, el uno hacia la otra, y los dos hacia los demás hombres, tenía que ser frenado por la disciplina y la penitencia. La continua mortificación del cuerpo y las pasiones no solamente fue una manera de identificarse con los sufrimientos de la Pasión del Señor sino, más que nada, una manera de conseguir una mayor armonía entre el cuerpo y el espíritu. No se trata de un masoquismo ni de un odio por su propio cuerpo sino de un conocimiento profundo de la naturaleza humana y la facilidad con que podemos racionalizar nuestros sentimimientos y afectividad. Francisco y Clara fueron realistas y no sentimentalistas; tenían sus pies bien plantados en la tierra mientras sus corazones fueron elevados al cielo.

Al celebrar esta fiesta de nuestro padre seráfico y clausurar las celebraciones de los 800 años desde el nacimiento de Santa Clara, ¿cuál es el mensaje que se quiere dar a los hombres y mujeres de hoy? En un país, como lo nuestro, donde los índices de pobreza se elevan diariamente y los valores evangélicos de fraternidad y solidaridad son burlados por un sistema socio-económico sostenido en los principios de lucro e individualismo, ¿todavía tiene sentido la vida de Francisco de Asís? En una sociedad en que el pragmatismo político y la eficacia económica tienen más importancia que los principios morales y el respecto por la dignidad de cada persona ¿no es demasiado utópico pensar que el ideal de Francisco todavía pueda cuestionar nuestro siglo como cuestionaba lo suyo? ¿La radicalidad evangélica es un mensaje demasiado extraño en nuestro medio, tan influenciado por los avances tecnológicos y científicos, por la comodidad material y el consumerismo, por las ideologías individualistas y hedonistas?

¿O es todo lo contrario? Observamos con asombro que mientras el mundo avanza científica y tecnológicamente, conquistando el espacio y mejorando la calidad de vida biológica, recortando distancias y abriendo nuevas maneras de intercomunicación planetaria, que podrian hacernos sentir "más hermanos", más unidos", ocurre exactamente lo opuesto: la humanidad se aleja más y más de los valores capaces de producir la paz auténtica que es el fruto de la justicia y el amor; los pueblos desarrollados se aferran a sus bienes y a su poder mientras los pueblos pobres se hunden más y más en la pobreza; las guerras étnicas y racistas aumentan; los derechos de los pobres y de los pueblos son menos respetados que nunca; la distancia entre pueblos pobres y pueblos ricos cada día es más grande; aumenta la violencia, la corrupción política, la falta de respecto para la dignidad de todos y cada uno.

Y, precisamente por eso, hace falta el coraje utópico de intentar lo que parece imposible a los hombres, sabiendo que se logrará lo que es posible para Dios. Hombres y mujeres de mucha fe, en todas partes del mundo, a veces a costo de sus propias vidas, siguen anhelando el Reino, siguen buscando el camino. Para ellos, Francisco no es tanto un ideal sino un espíritu que los inspira, un modo de ser y estar en el mundo; Francisco no es una fórmula mágica a quien solamente se invoca para que haga un milagro sino su vida sigue siendo una prueba concreta que es posible, en este mundo, - cuando hay voluntad, - cuando hay convicción, - cuando hay coraje, vivir el mensaje de Jesús.

Podemos resumir todo lo que significa la vida y la presencia de Francisco de Asís en la historia en una sola palabra: ternura. Pero "ternura" más que una palabra hablada es una práctica de vida que no solamente capta la esencia misma de Francisco, sino se espera, de toda la familia franciscana en el mundo hoy. La ternura, más que un sentimiento, es la capacidad de identificarse con el dolor y sufrimiento de otros; es la capacidad de hacer latir el corazón con el pulso del otro y es nuestra respuesta al amor que Dios tiene hacia todas sus criaturas. Este es el mensaje que captaba Francisco; esto es lo que el quería comunicar a todos sus hermanos y al mundo entero; esta es la pasión que lo consumía, hasta el final. Y es lo que estamos, todos, llamados a vivir, para que aquel Francisco, oculto en cada uno, haga mayor entrega de sí mismo a los demás, tenga mayor compasión con los pobres y más abandonados y mayor respeto hacia la naturaleza.

El mejor homenaje que podemos ofrecer para honrar a Nuestro Padre, Francisco, en todos los tiempos, es, hacer lo que el hizo - creer en la palabra de Dios y ponerla en práctica; ser sacramentos vivos de los valores del Reino, hacer de nuestra vida una escenificaciones del evangelio y los bienaventuranzas, para que desde nuestro testimonio vayamos construyendo, dentro de este mundo, el Reino de Justicia, de Paz y de Amor.


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