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Queridos hermanos; Una vez más nos regala el Señor la oportunidad de celebrar el aniversario de nuestra querida Provincia, que tiene como patrono a San Juan Bautista, "el último de los profetas", "el mayor entre los nacidos de mujer" y como todo aniversario, nos da la oportunidad de agradecer a Dios su fidelidad hacia nosotros; a la vez que nos invita a una revisión sincera sobre el don recibido, ¿cómo acogemos, vivimos y entregamos la misión que Jesús nos ha encomendado, la herencia y tradición que nos han dejado nuestros hermanos mayores en estos casi seiscientos años de existencia como Provincia? En este sentido, me parece oportuno dejarnos iluminar en nuestra reflexión por aquel que era "voz que clama en el desierto","testigo de la luz", "lámpara que ardía y brillaba","amigo del novio". Como podemos observar, estos "títulos" que aparece en el evangelio de Juan, y que se refieren a la persona del Bautista, destacan a primera vista que él es el testigo; no la Palabra, sino la voz que está al servicio de la Palabra; no la luz, sino la lámpara que ayuda a encontrar la luz; no el novio, sino el amigo del novio, que se alegra por la dicha del amigo y sabe llevar a la novia a los brazos de su amado. Como ningún otro, el evangelio de Juan subraya cómo el bautista adoptó una postura humilde ante Jesús, de quien "no es digno de desatarle ni la correa de sus sandalias". Me parece fundamental, hermanos, para que el proyecto de Dios salga adelante y no el nuestro personal, igual que el Bautista, tenemos que aprender a menguar, a morir a nuestros individualismos y deseos de protagonismo, a nuestras autosuficiencias, y aprender a vivir un poco más en la inseguridad, que es lo que va a llevarnos a abandonamos en las manos del Señor y de los hermanos que conforman nuestras comunidades; a poner por delante de nuestros intereses particulares la misión que el Señor nos confía en este Perú. Ya sabemos que nuestra misión y apostolado nace en el seno de la vida comunitaria. Por eso, es importante que "él crezca y que yo disminuya". En este sentido, como nos recuerda nuestro hermano Tomás de Aquino, la pobreza voluntaria es una forma de morir a buscar la grandeza en nosotros mismos y en todo lo que no sea Dios para amar con libertad; es señal de humildad suprema. Por el voto de pobreza, hemos renunciado libremente a ser nosotros los gestores de nuestra vida, para ponemos al servicio del Reino. Siguiendo el amor kenótico de Jesús, hemos abrazado el despojo para donamos en la atención al otro, a Dios y al prójimo, por encima de cualquier otro aspecto. Pero sabemos por experiencia propia que todo nuestro ser se resiste a menguar para que otros crezcan. Nos cuesta no tener una actitud posesiva y manipulativa frente a los demás. Nos cuesta que alguien que viene detrás se ponga delante de nosotros. Nos es difícil abrir el puño posesivo para dejar a los otros caminar en libertad en pos de Jesús. La historia de la Iglesia y de nuestras comunidades es testigo del daño que causan los celos y las posesividades, que lo único que hacen es empañar el “sacramento persona” (Yves Congar), que estamos llamados a ser; signo del absoluto de Dios y prefiguración testimonial del Reino de los cielos. Por eso; necesitamos en nuestra relación personal con Dios y nuestra vivencia en comunidad, aprender del Bautista a dar un paso atrás, para pensar y actuar más en comunidad, para que a su vez sea más diáfano y transparente nuestro anuncio del Evangelio, sabiendo que cuando predicamos con la palabra y el testimonio no hacemos otra cosa qué, como el dedo del bautista, orientar las miradas y los corazones de los hermanos hacia Jesús.
Dirección: |
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Fr. Benigno Gamarra Padilla Prior Provincial |
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