Claustros del Convento
Sentimientos profundos paz y gozo invaden el espíritu al contemplar el claustro principal. Su disposición arquitectónica absorben el mundanal ruido de negocios y oficinas. La combinación de muchos colores y azulejos y de flores del jardín iluminan la vista; pareciera que la fuente central cantara con su rumor. Esta primera impresión se complemente al pasear por sus corredores. Es un claustro auténticamente limeño abierto y claro, con marcada influencia andaluza. La arquería del primer piso, está formada por arcos de medio punto; es una curiosidad que aparentemente fueran los cuatro lados iguales, pero de hecho tres lados tiene nueve arcos y el que da hacía el norte tiene diez. Los arcos descansan sobre robustas pilastras. Tanto estas, como los muros de todo el claustro están revestidos de azulejos, hechos en Sevilla, algunos en la fábrica de Garrido, entre los años 1604 a 1606. El coronamiento a friso es de factura posterior. Es un placer recorrer estos paños de azulejos: son un concierto de ángeles y, santo y otros personajes dominicos con el trasfondo de figuras y colores. En la pared que da hacia el norte, se puede notar cómo los movimientos sísmicos afectaron hasta los muros y la preocupación de la comunidad por repararlos: en ese paño hay una variedad de azulejos de muy distintas épocas.
Debemos anotar que la construcción y el embellecimiento de este convento demoró varios años y ocupó el trabajo de muchos religiosos.
Arriba de los azulejos en todo lo alto y lo largo de los corredores se puede ver la serie de 36 grandes pinturas de la vida de Nuestro Padre Santo Domingo; se atribuyen a Francisco Pacheco o su escuela y a Mateo Pérez de Alesio o a su escuela; datan de la primera mitad del siglo XVII. Cuatro artísticos retablos de la escuela flamenca con ornamentación y marcos de estilo renacentista se encuentran al finalizar cada corredor. Representan escenas de los cuatro primeros misterios de la infancia de Jesús y del Rosario, aunque no en orden correlativo. Una nota curiosa es que se Nuestro Padre Santo Domingo está integrando dichas escenas.
En el centro del claustro divisamos la Pila Central de bronce de factura colonial con taza de piedra, donde según la tradición San Martín de Porres lavó el azúcar rubia transformándola en blanca.
La galería alta de este claustro principal está constituida por arquerías de madera, con ejes asimétricos respecto a los pilares del primer plano; tienen igual números de arcos, más pequeños, también de medio punto y separados por pilares anchos de madera, que en las parte superior están adornados por escudos y símbolos en bajo relieve. La galería en los cuatro corredores tiene un balcón, de tipo barandal con balaustres torneados. Esta galería fue reedificada el año 1748, después del terremoto de 1746, siendo provincial el P. Bernardo Dávila. La cubierta de ambos planos es un simple entablado horizontal y corrido, muy bien proporcionado.
Al ingresar a este segundo claustro impacta profundamente su ambientación morisca de severa belleza: en la planta baja, las pilastras están adornadas con almohadillado de planchas, tan característico en el barroco limeño; y sus arcos de medios punto. En la Planta alta, se aprecian los famosos arcos tribulados y columnas toscanas de madera. Este claustro fue reconstruido a mediados del siglo XVIII. Es el primero en el que se emplearon masivamente los arcos trilobulados frecuentes en la arquitectura limeña. Este tipo de arquería también se puede ver en otros pequeños claustros interiores del mismo convento, como en el patio del actual comedor y en los corredores del colegio de Sto. Tomás. En unas de las esquinas de este patio se puede apreciar una estatua de mármol de gran tamaño, que representa a Cristo atado a la columna; es una obra bella y muy expresiva.
   
   
   
   
Capilla de San Martín
Llamada también "celda de Fray Martín" o la sala de enfermería. A mediados del siglo XVII, o quizás en tiempos de San Martín de Porres, existía allí un pequeño oratorio para los enfermos, unido a la sala principal del claustro de la enfermería. En esta sala Fray Martín atendió por largos años a los religiosos - enfermos y ancianos. En un rincón de ella dormía y allí murió piadosamente el 3 de Noviembre de 1639. Dada la veneración y el recuerdo que los fieles conservaban, después de 23 años de su muerte fue trasladado de la tumba bajo la sala capitular a este pequeño oratorio de la enfermería. Pasados los años, a fines del siglo XVIII, en tiempos del Virrey Amat, a quien Lima debe tantas obras monumentales, se construyó la actual capilla. Es una joya del barroco limeño con influencia francesa; es digna de admiración por la proporción de su ambiente y por la armonía de sus pilares, columnas, cornisas, cúpula ovalada y su gracioso altar.
Es el lugar más visitado del convento, por los recuerdos que encierra y por estar allí la tumba de nuestro hermano, en cuya lápida se lee: "Gloriosa tumba del gran Apóstol de la caridad San Martín de Porres".
 
 
Biblioteca
En una de las más ricas de Lima; tiene alrededor de veinticinco mil volúmenes, entre ellos varias valiosas colecciones, como la Patrología de Migne o los primeros debates del congreso del Perú. El gran salón fue transformado el año de 1935; anteriormente era el comedor de la comunidad y después sala de clases o de arte. Ostenta una magnífica techumbre de roble sobre tallado con doble carrera de canes y grandes ventanales. La linterna que cubre la antesala es una obra digna de apreciarse por su esbeltez y perfección de líneas.
Sala capitular y cripta
Fue el lugar de las reuniones oficiales de la comunidad; capítulos y consejos para tomar las decisiones conventuales; ritos y velorio de los religiosos difuntos. Es lugar de convenciones, asambleas, conferencias, graduaciones. De aquí que está ligada a muchos acontecimientos históricos en la vida colonial y republicana, como las fundaciones de las universidades de San Marcos y de San Martín de Porres; en su artística tribuna, de estilo barroco con columnitas salomónicas, pronunciaron discursos famosos oradores y expusieron sus tesis doctorales muchos maestros. Sus paredes están adornadas con dieciocho grandes pinturas del gran maestro dominico Santo Tomás de Aquino. A la derecha del ingreso hay una sede de madera tallada, adornada con dos leones y escudo de Lima: era el sitio del Prior al presidir las reuniones conventuales.
Para completar su grandiosidad se contempla al fondo una gran imagen de Cristo Crucificado, ante le cual, según testigos, fue visto Fray Martín de Porres elevado en éxtasis.

Respecto a la arquitectura de esta sala capitular, que tiene 22mts. De largo por 9 de ancho, basta citar lo que escribió el P, Antonio San Cristóbal, tan entendido en esta materia: " El barroco limeño del siglo XVIII ambienta a plenitud la sala capitular dominicana. Todas las jambas de puertas y ventanas aparecen recubiertas de almohadillados de planchas y bandas alternas onduladas, que resaltan notoriamente. En los dinteles de todos los vanos se alojan grandes veneras, como para reiterar el eco de las lecciones magistrales o de las decisiones entre los frailes. En la base de los arcos fajones de bóveda con curva carpanel, completan la robustez ornamental de la sala unos gruesos modillones de volutas sobre los que se quiebra en saliente el entablamiento. Las dos portadas externas de la sala expanden los muros, como si constara esfuerzo mantener represado ese desborde ornamental en el ámbito de la sala" (Arquitectura virreinal religiosa de Lima,pag.74).

Bajo la Sala Capitular, se puede visitar una cripta, donde, como era costumbre, se enterraban los religiosos. Con ocasión del centenario de Lima, (1935), se arregló y revistió de azulejos; los restos de tantos insignes dominicos se guardan en un gran osario. Allí estuvieron enterrados por algún tiempo los santos cuerpos de San Martín de Porres (que fue trasladado a la que es ahora su capilla) y de Santa Rosa de Lima. Hay una lápida con la siguiente frase: "Hago donación de mi cuerpo a mis hermanos Dominicos, y pídole la limosna de su sepultura; Rosa de Santa María.
Saliendo a la derecha nos encontramos con la escalera intermedia la misma que está adornada con unas graciosas cupulinas. La tradición cuenta que en cierta ocasión Fray Martín de Porres descubrió junto a esa escalera al demonio que procuraba impacientar a sus hermanos los frailes, por lo que le obligó a huir de allí y como señal puso una cruz, cuyo madero se puede ver en la pared. Bajo ella hay un pequeño oratorio con tres murales de muy buen pincel; representan a la virgen Dolorosa, al Señor Cautivo, a San Juan Evangelista y María Magdalena. Recientemente ha sido restaurados, y se ha comprobado que bajo ellos hubo pinturas anteriores; así se puede ver que la figura del evangelista tiene una tercera mano, que corresponde a una anterior imagen.

Hay la tradición que el hermanos Martín se recogía allí para orar, especialmente después de haber comulgado. Por ello allí se ha colocado su imagen.
 
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