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- CAPÍTULO II
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- II.- VIDA DE SANTO DOMINGO DE GUZMÁN
- A).- SU VIDA
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- 1.- Infancia
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La infancia de Domingo de Guzmán está adornada con virtudes, alegría, paz, felicidad por parte de sus padres especialmente de su madre Juana de Aza. Su padre se llamó Félix, y su madre Juana. Tuvo unos padres virtuosos y devotos. Su padre era un hombre respetable y rico entre los demás ciudadanos del lugar. Su madre, virtuosa, casta, prudente, llena de compasión para con los desgraciados y afligidos, brillaba entre las mujeres de aquella comarca por la excelencia de su buena fama. Según Jordán de Sajonia (el sucesor de Santo Domingo en el gobierno de la orden), Domingo nació entre los años 1170 ó 1172. Es tremendamente importante remarcar el ambiente en que nació Domingo. Con las virtudes antes mencionadas no hay duda en que era un hogar realmente feliz y lleno de compasión. Su padre, un hombre de carácter fuerte, decisivo, influenció a su hijo en forma decisiva porque veremos que, más tarde, cuando se propone realizar una obra que está convencido, no se detiene sino cuando lo ha visto culminado. La compasión que Domingo sentía desde muy niño se debe a la influencia de su madre. Esta marca lo llevará toda la vida. Cuando se encuentra con los pecadores siente compasión y de allí sus lagrimas constantes. Esta compasión, su sabiduría y su humildad hicieron posible la conversión de muchos pecadores de su tiempo. Toda la personalidad de Domingo estuvo influenciada por el ejemplo de sus padres: aquel ambiente de fraternidad. Tuvo dos hermanos: Antonio: Sacerdote – dedicado a los enfermos en el hospital. Manés: Fraile dominico en la empresa de su hermano. Fue una familia que estuvo al servicio de la iglesia y de los demás. Se dice por ejemplo que Juana, que viendo la miseria de los pobres a los que había dado mucho de sus bienes, se puso a distribuir el vino de cierto tonel, muy conocido en la localidad. Fue entonces cuando su marido regresando de viaje y habiéndose enterado del hecho, pidió que le sirvieran de aquel vino. Más por la plegaria de Juana, presa de turbación, encontraron que el tonel estaba de nuevo rebosante de vino. Cuando murió Juana, fue primero enterrada en Caleruega, fuera de la Iglesia, contra el muro del fondo. El cuerpo parece que fue trasladado a San Pedro de Gumiel, y luego, entre 1334 y 1340, por voluntad del infante Juan Manuel, para ser depositado con toda solemnidad en el convento de predicadores que el infante acababa de levantar allí . En 1828 fue beatificada por el papa León XIII.
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Como vengo diciendo, la madre de Domingo, ejerció una poderosa influencia en su hijo. Desde muy niño le orientó a la oración y a los valores cristianos. Se le atribuye a la herencia materna, la viva sensibilidad que ya desde la infancia manifestó Domingo para con la miseria del prójimo. Desde muy temprana edad le orientó hacia el sacerdocio y al servicio de Dios, lo que nada tendría de particular.
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Cuando gestaba a Domingo, la madre vio en sueños a un perrito, que después de llevarlo en su seno, saldría con una antorcha encendida en su boca con la finalidad de incendiar el universo; esta figura y la estrella que su madre habría visto sobre la frente del bebé, son prefiguraciones que dejan entrever algo del futuro de dicho personaje. Lo más importante en estos relatos no son las imágenes en si, sino lo que hay detrás de dicha prefiguración; y es que el perro con la antorcha ardiendo sería Domingo, el predicador insigne, que, con el ladrido de su santa palabra, excitaría a la vigilancia a las almas dormidas en el pecado llevando por todo el mundo aquel fuego que Jesucristo vino a traer a la tierra. La estrella sobre la frente de Domingo indicaba que éste sería luz de los pueblos, iluminando a los que yacían en las tinieblas y sombras de muerte. Pero también desde su niñez, juventud y en su ministerio se ve que de su frente y de las cejas salía cierto resplandor, que seducía a todos y los arrastraba a su amor y reverencia. En el bautismo se le llamó Domingo. Este nombre era corriente en todo Castilla en virtud de Santo Domingo de Silos. Domingo significaba: el hombre del Señor, su servidor; pertenecer enteramente al Señor Jesús.
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Es sumamente importante abordar el tema sobre la infancia y los primeros años de su vida de Domingo, porque allí están puestas las bases de su carácter, de su ternura, su sabiduría, de su compasión por los más necesitados y del ímpetu decisivo en conseguir aquello de lo que estaba convencido.
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- 2.- Su niñez
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Cuando Domingo tenía alrededor de seis o siete años, sus padres le confiaron a la Iglesia para su educación. Su tío Arcipreste estuvo a cargo de su educación. Era común en aquella época, que el tío velaba por la formación de sus jóvenes sobrinos. Desde que ingresó al claustro de la iglesia, el tío clérigo le trasmitió todo su cariño espiritual con sus consejos y también frecuentemente con su dinero. El niño aprende a leer con la ayuda de un abecedario y en seguida tiene que aprender a leer el salterio; aprende luego el latín al mismo tiempo que la lectura. Así podrá recitar este latín en el santuario, con voz alta y clara, y de modo que ponga el acento sobre las palabras esenciales de la frase. De este modo aprende a leer los salmos, los himnos y los cánticos (que se aprendía de memoria). También se le hace cantar responsos e himnos. Juntamente con otros jovencitos de la misma edad forma un coro que actúa en los oficios, en tanto que el acceso a nuevas órdenes no le permitiría servir al altar. En esta edad en que la sensibilidad, fresca y tierna no se resiste al aprendizaje, Domingo es nutrido por el culto y el cántico sagrado. Conservará toda su vida esta sensibilidad estremecida por las ceremonias litúrgicas, el oficio divino, la misa, que celebrará con muchas lágrimas.
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En esos primeros años de educación gracias a su tío sacerdote, Domingo es nutrido por la liturgia de las horas, el amor a las cosas de Dios y además desde esta edad obtiene el sentido de una disciplina extraordinaria. Trata a su cuerpo con rigor y dureza, se sobrepone a las dificultades y así va adquiriendo una personalidad fuerte, equilibrada, armoniosa, decisiva y sobre todo forja una personalidad donde mora la caridad y la compasión como fruto de su intimidad con Dios. Desde muy niño, Domingo, tiene el don de lágrimas porque se duele de la miseria de los demás, sobre todo de los pecadores; eran tan abundantes que una lágrima no esperaba a la otra. En esta etapa de su vida, señala Jordán de Sajonia, se veía en el niño a un anciano: por su madurez y su constancia en todo lo que le competía. Desde esta temprana edad se veía su santidad de vida que contagiaba en todos los que le rodeaban.
- 3.- Estudiante en Palencia
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Pasado los 5 ó 6 años de estudios elementales, Domingo tiene ya 11 ó 12 años de edad. La disciplina es muy dura bajo la regla del maestro. Ya desde tiempos de San Agustín, la disciplina en cuanto al estudio era realmente fuerte; por eso el Obispo de Hipona declara: ¿quién no se sentiría horrorizado y preferiría morir si alguien le propusiera escoger entre morir y volver a comenzar su infancia?. Domingo no temía los golpes; más tarde azotará cruelmente su carne por las noches en su oración. Se dice que en los golpes duros de los métodos escolares de su tiempo encontraba una ocasión más de ejercitar su precoz apetito de mortificación.
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Domingo ya cuenta con 14 años y es el tiempo de abandonar la iglesia de su tío para marchar a las escuelas. En toda Castilla no existía más que un solo centro escolar verdaderamente floreciente: las escuelas de Palencia. En esta diócesis precisamente es donde algunos años después aparecerá la primera Universidad española (1208 – 1214), más aún, la primera Universidad de fundación real en Europa. Palencia, durante el siglo XII hacía de metrópoli provincial. En las últimas décadas del siglo hay en dicha metrópoli enseñando la teología por lo menos un maestro; sin embargo dichas escuelas tienen famas por su enseñanza de las artes liberales. Esto es lo que el joven Domingo viene a buscar antes que nada. El programa de estudios secundarios, que todavía se expresaba con el nombre tradicional de artes liberales, se había enriquecido bastante durante el siglo XII. Estudiará el trivium: gramática, dialéctica y retórica y el quadrivium: aritmética, música, geometría y astronomía. Después de dedicarse algún tiempo a estas disciplinas, estudió luego la filosofía como la base para la reflexión teológica. Para terminar todos estos estudios normalmente se requería seis o siete años; sin embargo los terminó lo más antes posible porque su interés era otro. Pues él no estudiaba por curiosidad o por el simple afán de saber. Tampoco gustaba mucho de entretenerse con los libros paganos que servían de base a estas disciplinas, pues no tenía intención de utilizar este saber profano, dedicándose a profundizar en ello. Tampoco se detuvo en prolongar los estudios jurídicos que conducían a los más altos cargos de la Iglesia. Más bien se entregó al estudio de la teología y de la Sagrada Escritura que para él constituía una profunda inclinación.
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Cuatro años se dedicó a este sagrado estudio. Durante este tiempo se dedicó de lleno a la profundización sobre todo de la Sagrada Escritura con una tenacidad y constancia que pasaba noches enteras casi insomnes, y la verdad que captaba lo almacenaba en su prodigiosa memoria e inteligencia. Había comprendido muy bien aquella sentencia del evangelio: “Bienaventurados los que oyen la palabra de Dios y la guardan” (Lc. 11,28). El joven Domingo no solo se dedicó a memorizar los textos de la Sagrada Escritura, sino que también los puso en práctica llevando una vida profundamente coherente y entregada a los demás especialmente a los más desgraciados y pecadores. Estudia los textos comentados de la Sagrada Escritura por los Padres de la Iglesia en forma crítica. Tan bien se impregnó de ella que más tarde sabrá de memoria capítulos enteros. Su maestro utilizaba en la cátedra este texto con la ayuda de los comentarios tradicionales, según los procedimientos del tiempo. De cuando en cuando, Domingo, ya sea en la misma clase o fuera de ella planteaba alguna dificultad en forma de cuestión que había de discutirse. Domingo demostraba mucha inteligencia y facilidad en esta clase de ejercicios, que ayudaban a profundizar mucho en la lectura de la Biblia. Una vez terminadas las clases, el maestro concluía su enseñanza en breves frases explicativas, las glosas, que luego dejaban a sus estudiantes. Domingo las escribía en sus tablillas. De regreso a su casa las trasladaba con cuidado, para mejor penetrarse de ellas, a sus cuadernos de pergamino. De esta manera tenía en su casa un verdadero tesoro: los libros cubiertos de glosas que al mismo tiempo le conservaban la palabra de Dios y el instrumento para penetrar en su riqueza.
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La pregunta que nos sale al encuentro es ¿cuál era la casa de Domingo en Palencia?. Muy probablemente su tío lo había recomendado a vivir en la casa de un eclesiástico, algún canónigo del cabildo de San Antolín. Por eso ahora tenía ya su habitación propia donde podía coleccionar sus libros que tanto amaba y también tenía algunos muebles para poder estudiar. Aquí vivía del poco dinero que le enviaba su madre y su tío. Vivía bastante solitario. Era un joven – viejo, es decir un poco demasiado “sensato” para tan joven. La educación de su tío durante su niñez, le hizo adelantar la madurez despegándolo del trato con los otros muchachos y de los juegos ordinarios. Era profundamente puro. Su castidad de niño crecido a la sombra del santuario conservó hasta el fin de su vida no solamente su integridad total, sino también el encanto delicado, candoroso y un poco tímido, como fruto de la ternura de su madre. Pero no se cerraba en forma egoísta, de los demás; al contrario, en su soledad y en su oración sólo piensa en los demás. Por aquella época azotaba a Palencia una hambruna donde la gente se moría de hambre. El adolescente conmovido por la necesidad de los pobres y abrazado de afecto compasivo, siguió los consejos divinos, aliviando en la medida de sus fuerzas la miseria de los que estaban en peligro de perecer. Vendiendo sus libros, aún los más necesarios, reunió una limosna, y repartió así sus bienes entre los pobres. Este ejemplo de grandeza y liberalidad movió de tal manera los corazones de los otros teólogos y de los maestros, que éstos, dándose cuenta de su desinterés, distribuyeron desde entonces bastantes limosnas. Pues frente al sufrimiento de sus hermanos los pobres dijo: No quiero estudiar sobre pieles muertas mientras los hombres mueren de hambre. Otro caso de generosidad asombrosa fue cuando una mujer rompió en lágrimas porque su hermano había caído en manos de los sarracenos; Domingo lleno de espíritu de caridad y compasión, se puso a sí mismo a la venta, para rescatar al prisionero. Pero el Señor no permitió que tal cosa sucediera. En estas circunstancias es donde descubre el verdadero sentido de su vida: dar pan a todo un pueblo oprimido por el hambre y entregarse por él.
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Los hechos y las virtudes del joven Domingo andaban ya por toda Castilla y es ahí donde va a ser llamado por Diego (prior del Cabildo de Osma) a vivir una vida comunitaria; él acepta vivir en el cabildo. Será canónigo de Osma.
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- 4.- Su vida de canónigo en Osma
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En Caleruega había descubierto el fuego del evangelio; en Palencia su luz y ahora en Osma saboreará su íntima dulzura. El Obispo Diego de Aceves, un hombre lleno de celo por la salvación de las almas, después de muchos sufrimientos e intentos, restableció una comunidad sólida poniendo en vigor antiguos estatutos del cabildo. Y por fin obtuvo del papa un título. La regla de san Agustín reinaba de nuevo en el cabildo de Osma. El ideal de vida de los apóstoles animaban a los canónigos en toda su pureza y se manifestaba hasta el número de los componentes: doce. Domingo entró en él cuando tenía alrededor de 24 ó 25 años. Desde el primer momento, dice Jordán de Sajonia, como estrella brillante, difundió su resplandor entre los canónigos, profundísimo en la humildad, sublime en la santidad cual ninguno, hecho para todos olor de vida para vivificar, como fragante incienso que sobre la ofrenda se consume. Todos se maravillaban ante tan precoz y nunca vista cumbre de vida religiosa. Los canónicos se ocupaban únicamente en la celebración de los misterios, en la alabanza divina y en la oración intercesora. La vida que llevaba Domingo en el secreto de su convento era la vida contemplativa por excelencia. Vida de comunidad naturalmente, donde la amistad y la corrección fraterna, practicada todos los días en el capítulo de culpas, proporcionaban elementos de formación moral. Era una vida solitaria, vida recogida en Dios. Su libro de cabecera con el que se inició en las virtudes en el nuevo estilo de vida fue: las Conferencias de los Padres del Desierto de Juan Casiano. Este monje italiano, tuvo bien claro que para combatir el Demonio era necesario el silencio, la contemplación alimentada con la Sagrada Escritura y la mortificación. Con la ayuda de la gracia divina, este libro le ayudó muchísimo, como por ejemplo a purificar su conciencia y a ilustrarse en la vida contemplativa. Domingo alternaba este ejercicio exterior con la recitación pública del oficio divino en la catedral. Encontró siempre en la recitación del oficio canonical fortaleza y alegría, incluso en los momentos más agitados de su vida, hasta en sus marchas por los largos caminos, agotado de fatiga y ya cerca de su muerte, irá todavía al coro a media noche a cantar maitines. Muy rara vez abandona la iglesia y para entregar todo su tiempo a la contemplación, apenas se le veía fuera del claustro. Acá va discerniendo un aspecto de su vida: se va aclarando la idea de ahondar su preocupación no tanto por las heridas materiales del cuerpo sino del espíritu. Más que el pan del cuerpo, era necesario dar el agua viva de la oración y el pan de la palabra de Dios. La oración contemplativa se convertía entonces en ardiente petición, y la meditación evangélica se hacía completamente apostólica.
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Dios le había otorgado el don de llorar por los pecadores, por los desgraciados y por los afligidos; sus miserias afectaban lo más íntimo de su alma y se manifestaba al exterior en torrentes de lágrimas. Pasaba las noches en oración, cerrada la puerta para elevar sus oraciones al Padre. Durante estos diálogos con su Padre, los gemidos de su corazón se convertían en rugidos desgarradores, que oían de lejos. Hacía a Dios esta súplica especial: le pedía que se dignase darle la verdadera caridad para cuidar y trabajar eficazmente en la salvación de los hombres, juzgando que solo sería miembro de Cristo cuando se consagrase por entero a la salvación de las almas, a semejanza de Jesús nuestro salvador, que se entregó totalmente para redimirnos.
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Poco después de su profesión en el cabildo, recibió el sacerdocio. Tenía la edad de 25 años. La profesión religiosa, al vincularlo a una iglesia, le había procurado el “título” sin el cual no podía ser ordenado. El sacerdocio le daba la potestad de juntar frecuentemente el sacrificio litúrgico con la ofrenda de sus labios que alababan al Señor y la potestad, igualmente de llevar este Verbo a los otros hombres por la predicación. Cuando de allí, a pocos años, su ministerio se manifieste a la plena luz de la historia, Domingo aparecerá como un gran predicador. Sabia conciliar la amistad, de los ricos y pobres, judíos e infieles, de los cuales había muchos en España, y que según vio, era amado de todos, excepto de los herejes y enemigos de la Iglesia a los cuales perseguía y convencía con sus disputas y predicaciones. A la edad de 28 ó 30 años era superior del cabildo en Osma. Era un verdadero apóstol en toda la expresión de la palabra. Entre tanto Domingo, comenzaba a ver cumplirse su secreto deseo de darse a las almas.
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Hasta este momento Domingo está aún en los claustros de una comunidad, profundizando la palabra de Dios, meditando sus designios y poniendo en práctica la fraternidad. Es sumamente importante darse cuenta de todo el recorrido que ha hecho hasta ahora. Desde muy temprana edad se ha dedicado con ahínco a las cosas de Dios en una forma entregada, al estudio, a la meditación, a la contemplación y a la oración tanto personal como comunitaria. En todo este recorrido de su vida se le ve un joven muy alegre y candoroso, lleno de vitalidad que contagiaba a los demás, es el fruto del Espíritu Santo cuando vive en el corazón de una persona; lo cambia, lo transforma, lo hace distinto. En las largas horas de oración sintió a ese Dios lleno de misericordia y compasión especialmente por los más débiles.
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Una circunstancia especial hace que Domingo y su Obispo Diego saliera del cabildo: el viaje a las Marcas (actual Dinamarca).
- B).- DOMINGO PREDICADOR
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- 1.- Viaje a las Marcas
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Después que Domingo había llevado una vida profunda de oración y estudio; entra en otra etapa de su vida. En 1203, Alfonso VIII (entonces rey de Castilla), vino con toda su corte a la ciudad real de San Esteban, muy cerca de Osma. Le acompañaron sus oficiales, hombres ricos y varios obispos, dentro de ellos Diego, el Obispo del lugar. Pero, ¿cuál era el propósito de esta visita?: confirmar la fundación que Diego estaba levantando en Soria. Pero según Jordán de Sajonia, dice explícitamente que Alfonso vino a buscar al Obispo Diego para que casase a su hijo Fernando (de 13 años y medio) con una doncella noble de las Marcas. El Obispo aceptó y pidió a Domingo que lo acompañe. Cuando un Obispo tenía que trasladarse de una diócesis a otra, por razones pastorales, iba con una escolta de caballeros, con un mínimo de 30, lo cual demandaba inmensos gastos por parte del pueblo. Los viajeros pasaron por Soria, Zaragoza, Jaca, Olonon y Marlas, llegando a la capital del condado de Tolosa, en Francia.
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Apenas llegaron a dicha ciudad se encontraron con la sorpresa que esta región se había convertido en terreno proselitista. Estaban los Albigenses, valdenses, pero sobre todo los cátaros. Estas corrientes heréticas estaban también en Flandes, Inglaterra e Italia. No podían detener a estos movimientos ni legados apostólicos, ni obispos, ni los mismos cistercienses. Todo porque estos movimientos eran radicales en sus misiones, tenían una actitud de pobreza bien fuerte, eran austeros y trataban de vivir en lo que creían con radicalidad. Los templos estaban cerrados porque los herejes armaban violencias, injurias, hasta asesinatos contra el clero.
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Mientras Diego y Domingo se enteraron de que la gente estaba siendo engañada, ardía sus corazones de piedad y preocupación. Acá es cuando Domingo se encuentra cara a cara con uno de ellos: el hospedero, y lo reconoció cuando dijo algunas palabras contra la Iglesia. Según el P. Guillermo, el hospedero viendo la opulencia del Obispo dijo a Domingo: debemos evitar las riquezas, porque la materia es mala y debemos vivir según el Espíritu. ¿Eres cátaro? preguntó Domingo. Sí, respondió el hospedero. Dime hermano, le argumentó amablemente Domingo: si la carne es mala, ¿por qué el Verbo de Dios tomó nuestra carne?. El hospedero se quedó pensando. Así llegaron hasta el amanecer hasta que al final logró rescatarlo.
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Después que Diego confirmó el matrimonio de Fernando con la doncella (hija del conde de Orlamunde), regresó a Castilla y dio todos los informes a Alfonso. En tanto, Domingo quedó con aquella gran inquietud. Pero una segunda vez, por petición del rey, la escolta presidida por Diego se dirigía a las Marcas para traer a la doncella y darle los honores correspondientes en Castilla. Al llegar a la corte se da con la sorpresa que la princesa había muerto (o según otras fuentes se había refugiado en un monasterio de clausura). Entonces Diego dio por terminada su misión. Envió una representación a Castilla explicando lo que había sucedido, mientras él, acompañado de Domingo, decidió ir a Roma para entrevistarse con Inocencio III. El hecho era que Diego quería renunciar a su cargo de Obispo para dedicarse a las misiones específicamente a la conversión de los cumanos. El otro motivo fue presentarle un plan pastoral entre los herejes e infieles; puesto que la diócesis de Osma no abastecía a tales necesidades. El Papa por su parte, no aceptó que dejara la diócesis, pero sí aceptó que dedicarán un tiempo para predicar entre los herejes que tanto le preocupaba. En lugar de regresar directamente a Castilla y por la iniciativa de Diego, quien quería conocer más de cerca de los cistercienses, entraron a Borgoña para ir a Citeaux.
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- 2.- Domingo, predicador
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La situación de la Iglesia en muchas partes era realmente penosa por la corrupción del clero. Muchos sacerdotes y obispos habían caído en la simonía, en la avaricia, en la competencia de gobierno y por lo tanto las preocupaciones circulaban alrededor del poder temporal. Por eso los cátaros, albigenses y otros heresiarcas, insultaban a la Iglesia como prostituta, cueva de ladrones y sinagoga de Satanás. Entre las diócesis más atacadas por las herejías fueron: Carcassonne, Tolosa, Montpellier, Narbona y otras.
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Pero se llegaba la hora en que Dios iba a dar a conocer la verdad a través de Domingo y Francisco. Inocencio III hizo varios esfuerzos de transformar la Iglesia enviando legados para combatir a las herejías. Diego, Domingo y la comitiva llegaron a Montpellier. Estaban reunidos allí los legados papales: Raúl, Pedro y Arnaldo. ¿A qué conclusión llegaron si la predicación estaba conferida sólo a los obispos?. La situación se tornaba difícil por las diferentes derrotas de los herejes. A cada momento les echaban en cara la conducta del clero. Los legados, a veces, llegaron a conclusiones no tan cristianas, como es el uso de la violencia. Pero tampoco fue el momento de corregir al clero ni de acudir a la inquisición. Era preciso la santidad de alguien. Diego propuso como única solución acudir a la predicación y solamente a ella.
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La idea de la orden de predicadores, la había descubierto Domingo compartiendo desde lo más profundo de su alma la decisión de su Obispo en este memorable encuentro y éste fue el germen creador de la institución de predicadores.
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El mismo Obispo fue quien dirigió el grupo de predicadores. Caminaban a pie y descalzos, sin dinero y mendigando el pan puerta por puerta. Dentro de los que conformaban este grupo inicial están: Diego, Domingo, algunos monjes y algunos clérigos. La actitud nueva de llevar el evangelio al modo de los apóstoles tenía como elemento característico la pobreza voluntaria. Jordán dice que a partir de entonces Domingo no quiso emplear el título de prior sino simplemente fray Domingo. El movimiento evangélico comenzó más intensamente con la aprobación de Inocencio III al proyecto de los castellanos el 17 de noviembre de 1206.
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Ahora ya se encontraba en Carcassonne. Organizaron diferentes diálogos y disputas. La gente veía los argumentos de ambas partes. Llegaban momentos en que las tensiones quisieron estallar donde el heresiarca Thierry insultó a Diego no teniendo más argumentos. Puesto que el público escuchaba atento, concluyeron que estaban siendo engañados y comenzaron a querer expulsar a los heresiarcas. En muchas circunstancias, la gente encendió hogueras para quemarlos a pesar de la oposición de los clérigos. El grupo de predicadores decidió hacer las disputas por escrito. Por parte de los católicos tenían los textos tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento y los padres de la Iglesia. Los temas eran sobre la naturaleza del pecado, la unicidad de Dios, el papel de Cristo y de la cruz en la redención, el alma y la salvación. Las disputas en las que intervino Domingo se desenvolvían en dos niveles: “la disputa simple” que duraba hasta una semana y “la disputa mayor” hasta quince días. En esta última participaba el pueblo. En el caso de Montreal nombraron cuatro jueces laicos, donde algunos predicadores cátaros comenzaron a evadir resistiéndose a las disputas; pero la gente les obligaba a presentarse y dar razón de sus enseñanzas. Antes de la disputa de Montreal en 1207 en la que Domingo redactó el texto, los cátaros alrededor del fuego leían cuidadosamente aquel escrito y les ocurrió acudir al “juicio de Dios”, común en aquel entonces. Consistía en echar al fuego los pergaminos tanto de los cátaros como de los católicos y del que no se quemase tendría la verdad. En el momento del hecho, y por tres oportunidades el escrito de Domingo salió volando por el aire sin sufrir ninguna quemadura. En aquel acontecimiento uno de ellos se convirtió y en otras oportunidades hubieron conversiones masiva.
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Mientras que Diego optó por regresar a Osma, Domingo continuó con su misión. El grupo de predicadores se dieron cuenta que era necesario desplazarse a distintos lugares según las necesidades. A Domingo de Guzmán le tocó un punto estratégico situado entre Montreal y Fanjeaux llamado Prouille. Se trataba de un caserío sin importancia y abandonado, pero contaba con una capilla dedicaba a la Virgen María. Allí consagró su trabajo con todo su temple espiritual.
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Los cátaros siguiendo la forma de los conventos católicos recibían en sus comunidades a niñas y adolescentes para formarles a su manera. La motivación de las jóvenes no solo era la formación religiosa sino que allí solucionaban el problema económico. De esta manera aquellas jovencitas se veían obligadas en seguir en la secta aunque no quieran. Entonces ¿cuál fue la reacción de los católicos?. Como Prouille pertenecía a la diócesis de Tolosa, le pidieron permiso al Obispo Fulco para fundar un monasterio de religiosas, quien autorizo inmediatamente gracias a Guillermo y Raimundo Claret que regalaron sus bienes para la construcción de la casa. Guillermo, más tarde se hará predicador llegando a ser prior del convento. También, una pareja de esposos Arnaldo y Ala entregaron sus bienes para las religiosas. Más tarde el 17 de abril de 1207, Domingo obtuvo para o obtuvo al monasterio de Saint - Martín que le había concedido el jefe de Narbona. ¿Quiénes eran las jóvenes que entraron al monasterio?. Eran todas aquellas que se convertían en las disputas de la predicación; y una vez que autorizó el Obispo la fundación, las donaciones caían como por providencia una tras otra: diezmos, terrenos, primicias, etc. Las religiosas en un principio no llevaban todavía la vida contemplativa estricta ni tenían la observancia regular completa. Domingo se ocupó de la gente espiritual y la autoridad principal por mandato del Obispo y Guillermo del cuidado temporal. Los votos de obediencia, pobreza y castidad las recibía el superior. Otro de los personajes que ayudó materialmente en la casa fue Simón de Monfort, jefe militar de las cruzadas; le otorgó una viña situada a las orillas del Sésoine. El obispo Fulco de la diócesis de Tolosa le concedió una parroquia con sus rentas. Así las donaciones de una y otra parte se multiplicaron.
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Domingo tuvo indudablemente una gracia especial para el ministerio femenino. Como prueba de ello tenemos la fundación del convento por él. Lo curioso es que desde su infancia en Caleruega con el arcipreste, después en Palencia y luego en Osma no tuvo oportunidad de contactarse con mujeres. Y tenía más atractivo en conversar con las más jóvenes que las ancianas.
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El mediodía francés pasó por una triste realidad: el asesinato del cisterciense y legado papal Pedro, por mandato del conde. Frente a tal situación el Papa con algunos obispos y algunos reyes, acordaron emprender la “guerra santa”: un ejército de caballeros, sacerdotes y legados acudieron a Béziers el 22 de julio de 1208. Pero la gente que todavía defendía a los herejes se resistió, y con la insistencia de los católicos, los cruzados pudieron entrar prendiendo fuego a la ciudad. Una relación oficial habla de veinte mil muertos. Tanto como el papa como los legados estaban convencidos que no habían otros medios para realizar la obra de Dios en el país; pues la intención era volver a la paz y a la fe.
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Para realizar dichas acciones, los cruzados con Simón de Monfort, hombre de buenas costumbres, para algunos, mientras que para otros un sanguinario, siguió en lo empezado. Jordán de Sajonia sostiene que Domingo en medio de estas contradicciones continuó su misión convirtiendo a más gente. En toda la región no había un religioso o sacerdote más importante que Domingo. Con Simón estableció una estrecha amistad; y también con su familia, especialmente con su hijita mayor Amicie y con la más joven Petronila que luego llegará a ser religiosa. La generosidad de Simón, de su hermano Guy y de su hijo mayor Amaury, fue bastante para con la casa de Prulla.
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Domingo seguía evangelizando Servian, Béziers, Carcassonne, Montreal, Faunjeaux, Trévile, Villeneu, etc. Durante estos recorridos convirtió a mucha gente entre ellos niños, jóvenes y adultos. En su ministerio le acompañaban algunas personas y durante diez años logró acompañar algunos lugares. En dos oportunidades, le fue propuesto el cargo de Obispo; una al obispado de Causerans y otra al de Béziers poniendo como razón de su negativa el cuidado que necesitaban los predicadores. Había algo que le importaba mucho más: “la libertad de ser solamente predicador”. Y esto porque un Obispo tenía las responsabilidades de gobernar, administrar economía, negociaciones políticas inclusive militares. Su estilo de predicar consistía en lo siguiente:
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Su compañero solía ser un cisterciense, en su mano llevaba un bastón, lo único que Marcos autoriza; la empuñadura estaba rematada por un pequeño travesaño. En la cintura lleva un cuchillo; en los pliegues que forma la túnica; por encima de la cintura Domingo ha metido el evangelio de San mateo y las epístolas de San Pablo. No tiene más que una túnica, basta y apedazada, y una miserable capa. Nada de dinero, ni bolsa, ni alforja. No lleva ni dinero para pagar su pasaje al cruzar un río. Al atravesar los pueblos conserva la vista recogida. Va descalzo.
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Un día cuando se dirigía a un lugar acompañado de su Obispo para una disputa, iban descalzos. Un guía les ofrece su servicio; pero era cátaro. Con mala intención los conduce por malezas y espinos que al caminar los dejó sangrando los pies. Domingo en lugar de molestarse canta con gozo: podemos esperar la victoria, nuestros pecados están ya lavados con sangre. Pero no es todo. Cuando llegaba de la predicación, a veces era cogido por las lluvias, mientras sus compañeros se abrigaban ante el fuego, él iba a orar. En la cintura llevaba una cadena con la cual se azotaba durante su oración personal. Todos los que lo veían decían que aquello era algo sobrenatural, nunca se desanimó frente a las burlas y las violencias; pues le escupían, le injuriaban. Por eso más le gustaba estar en Carcassonne porque se sentía despreciado, que en Tolosa donde le honraban. Cuando le amenazaron de muerte contestó: yo no soy digno de la gloria del martirio, aún no he merecido esta muerte. Otra vez cuando le preguntaron ¿no temes la muerte?. Él contestó: Yo os rogaría, que no me maten de prisa, con rápidos golpes, sino que prolonguen mi martirio contando sucesivamente los miembros, y, después de poner a vista las partes cortadas, me arranquen los ojos, y abandonen así mi tronco bañado en sangre, acabando con todo para que el martirio prolongado me alcance mayor corona.
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Preocupado por los pecadores oraba diciendo: ¡Señor, ten compasión de tu pueblo. O también: ¿qué va a ser de los pobres pecadores?. El momento que más se dedicaba a la oración era las noches; pero también por el camino, en los bosques o también cuando llegaba a una casa religiosa. Siempre hablaba palabras profundas y con fundamento y nunca se le escuchó decir palabras necias. Los pecados de los demás le conmovían hasta tal punto que rompía a llorar con grandes gritos. Era compasivo, amable, piadoso y sabía convencer a los demás con palabras dulces.
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En septiembre de 1209, se celebró el concilio de Aviñón, donde se le encargaba a los obispos el que buscaran colaboradores ejemplares y bien formados para intensificar el ministerio de la predicación. En 1210, Fulco, Obispo de Tolosa, llama a Domingo como colaborador suyo para predicar en su diócesis. Allí estuvo hasta marzo del año siguiente. Después de las guerras, en abril de 1214 Tolosa es reconciliada oficialmente, y pudieron regresar los clérigos, las iglesias y conventos fueron abiertos y se estableció el culto. Mientras tanto Domingo había convertido a jóvenes que cayeron en la prostitución por razones económicas y sociales.
- 3.- Domingo fundador
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Llega el momento histórico de la vida de Domingo, que llevaría a través de los siglos el eco vislumbrante de su personalidad. El predicador se convirtió en fundador, el apóstol en patriarca. Nace la Orden de Predicadores.
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Aproximadamente ya el tiempo en que debían de encaminarse a Roma los obispos para el Concilio de Letrán, se ofrecieron a fray Domingo dos hombres probos y hábiles de Tolosa. Uno fue fr. Pedro Seila, más tarde prior de Limoges; el otro fue fray Tomás, muy gracioso y elocuente varón. El primero fr. Pedro, entregó a Domingo y a sus compañeros unas grandes casas señoriales que tenía en Tolosa cerca del castillo Narbonense. Desde entonces fijaron su resistencia en Tolosa, viviendo en aquellas casas juntos todos los que le seguían, acostumbrándose a una vida más humilde y a conformarse con las costumbres de los religiosos.
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Estas dos profesiones fueron las primeras de la Orden. Pedro Benevento estaba como legado pontificio en Tolosa y antes de regresar era necesario que quedara arreglado el programa de la predicación. Siendo rey de Francia Felipe Monfort conde de Tolosa y Fulco Obispo de la diócesis, aprobaron la predicación jurídicamente mediante un acta, no solamente de Domingo sino también de sus compañeros. La intención de dicha comunidad era : extirpar la perversión de la herejía, desterrar los vicios, enseñar el símbolo de la fe e inculcar a los hombres una sana moral. Se dirigían tanto a los infieles como a los herejes. Para las necesidades de la comunidad, el Obispo autorizó que recogieran la mitad de la tercera parte de los diezmos de la diócesis. Vivieron según la costumbre de los religiosos influenciados según la regla de San Benito, enfatizando el oficio canonical. Hacia la mitad del verano del año 1215, Domingo recibió los votos de fr. Juan de Navarra y posteriormente de fr. Guillermo Claret, fr. Noel y fr. Vidal. La vestición del hábito lo hacían en el momento de la profesión lo que quiere decir que no había un tiempo de prueba (noviciado) por la madurez y entrega de estos hombres. Así fueron aumentando más la cantidad de frailes hasta tal punto que tuvieron que cambiarse de lugar porque las casas no alcanzaban para acogerlos.
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En todo el proceso de fundación nos damos cuenta que no fue una improvisación, tampoco fue idea solo del fundador. Dentro de las figuras importantes que ayudaron a Domingo están los obispos de Osma, de Tolosa, de Carcassonne, varios legados pontificios y el mismo Papa. La acción de Inocencio III a través de sus legados y sus cartas sobre la predicación es decisiva, así como en la fundación de Tolosa, por su legado. Insistió bastante sobre el primer canon del concilio de Aviñón (1209) sobre el programa pastoral de los obispos y que a la vez será parte del comentario del Canon 10 del cuarto Concilio de Letrán.
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A principios de septiembre de 1215 Domingo y su Obispo Fulco partieron para Roma con motivo de participar en el cuarto Concilio de Letrán, programado para el mes de noviembre. Se llegaron a contar 3 patriarcas, 412 obispos, más de 800 abades y priores y los embajadores de la mayor parte de los obispos Cristianos. Los problemas que trataron fueron varios tales como las luchas entre Francia e Inglaterra, las cruzadas de España, la reforma de clérigos y monjas, constitución de las universidades de París, etc. El Papa había reservado al concilio revisar y responder a la situación de la fe y la paz en el mediodía francés.
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A principios de octubre, Inocencio III recibió a Fulco y a Domingo, quienes presentaron dos pedidos claros: que confirmasen a favor de Domingo y de sus compañeros una orden que se llamaría y fuese de predicadores; y que ratifique las rentas asignadas a los frailes por el conde y por el Obispo. Se debe aclarar que confirmar significa manifestar la existencia de una institución o declararla válida. La preocupación de la segunda petición consistía en que las donaciones de Monfort eran discutibles y los diezmos de Fulco también porque lo que un Obispo había hecho otro podía deshacer.
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Inocencio no dio una respuesta, porque el Concilio tenía que ocuparse de la predicación en las diversas diócesis. Encargó entonces la petición de Domingo al cardenal Hugolino, Obispo de Ostia. Promulgaron el canon 10 en el que parecía recordar la predicación de Domingo, lo cual fue un motivo de orgullo para su Obispo. Pero lamentablemente subrayaba que esto se podía hacer en caso de insuficiencias y deficiencias de los obispos que reafirmaba la tradición de que éstos eran predicadores por excelencia. El momento más desagradable para Domingo llegó cuando promulgaron el canon 13 que a la letra dice: para evitar la excesiva variedad de sociedades religiosas produzca en la Iglesia un estado de confusión, prohibimos firmemente a cualquiera que desea fundar en lo sucesivo una sociedad religiosa nueva. El que desea entrar en la religión que lo haga en las órdenes ya aprobadas. Asimismo el que en adelante quiera fundar una casa religiosa toma la regla y la institución de una orden religiosa aprobada.
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Una de las realidades de la Iglesia en el momento fue las fundaciones diversas de órdenes contemplativas y asociaciones religiosas que creaban confusión y a la vez no respondían a las necesidades de la época. El papa por su parte confiaba en Domingo y Francisco y era capaz de discernir las cosas del Espíritu. Puesto que la fundación en Tolosa estaba aprobada por Fulco, el Papa le aconsejó a Domingo que en común acuerdo con sus hermanos que elija una regla ya aprobada para que sirva de garantía a su orden. Oralmente le dio una confirmación tanto de los bienes materiales como del proyecto de la fundación. Prometiéndole que cuando lo haya hecho que regrese a la curia para que confirmase los bienes. La predicación y el nombre del predicador.
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La salida para Tolosa tuvo lugar en enero de 1216. Se embarcaron en Génova para Marsella junto con otros más que regresaban del Concilio. En febrero pasaron por Carbona donde Fulco se quedó y Domingo marchó a Prulla. Allí todo era alegría por la nueva noticia. Llegando a Tolosa Domingo vio la necesidad de reunirse con sus hermanos para decidir cuál regla escoger; porque había la de San Esteban, la del Espíritu Santo, de San Agustín, de San Benito, de San Basilio...). La reunión tuvo lugar el 29 de mayo de 1216, fecha de Pentecostés. De allí se siguió la costumbre de celebrar los capítulos en Pentecostés hasta el siglo XIX. Por unanimidad eligieron la regla de San Agustín puesto que Domingo la conocía a fondo y por el éxito que tuvo desde el siglo XI aplicado a los canónigos. Es conveniente aclarar que dicha regla engloba los puntos básicos de la vida apostólica como son: pobreza, castidad y obediencia; que otra quizá no tenía de esta forma. Además fijando su estatuto particular en el marco de la familia agustiniana mediante sus propias costumbres de observancia regular, tenía su misión jerárquica y su espiritualidad propios, expresados en el documento.
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Dado que sus estatutos tuvo influencia en los premostratenses, el novicio, cumpliendo el tiempo de prueba prometía la estabilidad a la comunidad y obediencia al superior y a sus sucesores, fórmulas recogidas de los canónigos de Premontré. El hecho de prometer estabilidad a la comunidad implicaba la obediencia al superior, único voto en la Orden. Por eso, con el fin de salvaguardar la unidad y la paz de toda la orden, hemos hecho redactar cuidadosamente este libro que titulamos Libros de las Costumbres. El libro de las costumbres que se menciona acá es lo que ahora llamaríamos las constituciones en su forma original y adaptable a modificaciones o reformas.
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Después de elegir la regla de San Agustín y el libro de las costumbres llegó el momento de viajar Roma para recibir la confirmación de la Orden. En eso les sorprendió la noticia del fallecimiento del romano Pontífice ocurrido el 12 de junio de 1216. A Domingo y a sus hermanos les planteaba muchas interrogantes que podría tener serias consecuencias, pero no perdieron la confianza en Dios. A mediados de octubre fue a Roma para salir de dudas. Al llegar a la Santa Sede pudo tranquilizarse porque el sucesor de Inocencio III y su colegio cardenalicio, estaban decididos a continuar la obra de su antecesor; el 22 de diciembre de 1216 según la bula Religiosam vitam, el Papa Honorio III confirmaba la fundación de Domingo, con el sello pontificio y la firma de 18 cardenales entre los cuales figuraba Hugolino, gran protector de Domingo. Sin embargo se da cuenta que en la correspondiente bula de confirmación, se califica a la nueva Orden como Institución canonical lo cual a Domingo no le gusta, y logra una nueva bula con fecha de 17 de Enero de 1217 en la que confirma el nombre y la misión de Orden de predicadores. Como fundador quería dejar arreglado las cosas y puesto que la Orden tenía ya un carácter universal, exigió cierta remodelación de las leyes propias, que cuente con la dirección de la Santa Sede. Además daba a conocer que la profesión en la Orden de Predicadores se hacia al superior y necesitaba tener la autoridad bien decidida y ratificada por el sumo Pontífice. Por otro lado sus frailes deberían ir por todo el mundo por la obediencia; por lo que se exponían a varios peligros y al desaliento. Gestionó por lo tanto otra bula, la del 7 de febrero, en la que se protege a la Orden frente a la inestabilidad de sus miembros y se afirma el principio de autoridad de su superior general.
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A principios de marzo de nuevo estaba Domingo en Tolosa. Pero antes estuvo en Prulla donde recogió a los frailes para la reunión de la Iglesia de San Román. Allí reunidos en capítulo conventual les expuso las gestiones de la curia papal. Les presentó los proyectos para el futuro, uno de los cuales era arribar a la Universidad de París.
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Dado que el plan de la Orden comenzó con carácter universal, Domingo reunió a todos sus frailes el 14 de mayo de 1217, día de Pentecostés en la Iglesia de San Román. Invocando al Espíritu Santo, les manifestó que, aunque eran pocos, habían resuelto enviarlos por el mundo, y que no habitasen más tiempo reunidos. Todos los que estaban presentes se quedaron desconcertados, inclusive se enteraron los de fuera, empezando por su amigo Fulco. Ante esta extrañeza él respondió: Dejadme obrar; yo sé bien lo que hago. Amontonado el trigo se corrompe; esparcido fructifica. El primer paso consistió en reunirlos a todos sus frailes en Prulla. Pero antes predicó una vez más en aquel auditorio. Los primeros frailes no eran tan excepcionales. Eran hombres sencillos y poco instruidos en su mayor parte. Algunos tenían miedo a los sacrificios y otros que se desanimaban frente a las dificultades materiales. Pero dado que Domingo poseía los dones del Espíritu sabía hacer apóstoles de los hombres mediocres. Los animaba con su ejemplo y con la oración los levantaba. Envió a predicar incluso a los más débiles diciéndoles: Id tranquilos, porque el Señor os dará el don de la divina palabra. Estará con vosotros y nada os faltará. El secreto de la firme decisión del fundador radica en que jamás son improvisaciones como normalmente se hace en la vida cotidiana.
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El 15 de agosto de 1217 tuvo lugar probablemente desde Prulla la anunciada dispersión de los primeros frailes que los historiadores llaman Pentecostés dominicano. Nombraron por unanimidad a un Superior general llamado fray Mateo de Francia; aunque la dirección de la Orden recaía sobre la responsabilidad de Domingo. Cuatro frailes fueron destinados a España, siete a París para estudiar. El equipo que fue enviado a España estaba constituido por fray Pedro de Madrid, fray Gómez, fray Domingo y fray Miguel de Ucero y los enviados a París eran fray Mateo de Francia, fray Bertrán, fray Juan de Navarra, Fray Lorenzo, fray Manés (hermano de Domingo), fray Miguel y fray Odier.
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- La intención de éstos era fundar conventos, predicar la palabra y para los que iban a París, estudiar teología.
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Cuenta la historia que los dos últimos que fueron a España no tuvieron éxito y regresaron donde el padre. San Román no fue abandonado sino que fue confiado a frailes tolosanos. Prulla conserva los mismos religiosos, fray Noel que es el prior y fray Guillermo encargado de la procuración. El hecho de distribuirse a distintos lugares causó dolor y problemas; tal es el caso de fray Juan de Navarra quien se resistió obedecer sino después de recibir 12 denarios a pesar de que Domingo se había arrodillado con lágrimas a sus pies rogándole que confíe en sí mismo, en la gracia y en la oración. Domingo arregló bien los asuntos administrativos y de gobierno de la gobierno de la región para marcharse a Roma y fundar allí un convento de frailes predicadores.
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Domingo junto con Pedro Seila y otros quedó dos meses más, antes de emprender su viaje. El 13 de diciembre le llegaba otro documento garantizando la protección de los frailes de Prulla y de las rentas de San Román en Carcassonne y Agenais. Gestión importante para subsistir en aquellos momentos de guerra y desorden en la zona. A mediados de diciembre de 1217 se dirigía por cuarta vez a Roma y en los últimos días de Enero culminó su viaje. La demora que tuvo en el camino se debió a que se había detenido en lugares que consideraba interesantes en vistas a futuras fundaciones, sobre todo Bolonia, centro mundial de los estudios jurídicos, y la segunda agrupación más importante de la cristiandad. Poco o nada se sabe de su viaje. Habiendo salido a Tolosa es probable que haya hecho un alto en Bolonia. Según un cronista tardío pasó por Milán; según otro en Bolonia. De todos modos existen hipótesis que se quedó por un tiempo en esta última ciudad para buscar vocaciones. Y entró a la Orden un tal Ricardo que luego será el superior de dicha casa. Por lo tanto es posible pensar que dejó a un grupo pequeño de frailes.
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Su motivo de ir a Roma era doble: para fundar un convento que podría representar al centro de toda la Orden y sede del Maestro General, para gestionar una serie de bulas por parte del Papa que sirvieran como garantía para sus hijos. Porque al ser desconocidos en cualquier lugar podrían tener incomprensiones y otros problemas. La fundación del convento resultó fácil por la reciente aprobación de la Orden. Una circunstancia ocasional y providencial favoreció la nueva fundación. Uno de los problemas que necesitaba solución y que Honorio había heredado era el de las monjas de Roma. Estaban dispersas por la ciudad, reacias a salir de su vida mediocre, y entrar en la clausura que habían profesado, rebeldes a todo lo que significaba renuncia a la libertad personal; por lo tanto hicieron fracasar cualquier intento para normalizar su situación.
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En 1218 está ya casi en la cumbre de su prestigio. Después que consigue las bulas para la Orden en Roma, Domingo envía a dos frailes a Bolonia, para que se adhieran al pequeño grupo que había dejado. Después llegaron otros dos hermanos de París, los cuales informaron de las dificultades; una de ellas el tener que mendigar el pan y el hospedaje en una casita alquilada. Les hacia difícil el idioma y la mendicidad. El Obispo del lugar no hacía tanto caso a las recomendaciones de Honorio; pues otros asuntos absorbían su preocupación. Por lo tanto los frailes se mantenían en el anonimato por un año y medio.
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En el mismo año, la Orden cimenta las bases en diferentes lugares con la ayuda de Honorio y con la iniciativa de Domingo. Entre 1218 y 1221 consiguió unas cuarenta bulas favorables a la Orden. Cuando Santo Domingo se encontraba todavía en Roma, tres hechos se suscitan: 1.- El envío de cuatro frailes a Bolonia, donde pasaban serios problemas económicos; 2.- El encuentro con Reginaldo, del que habla Jordán de Sajonia y posteriormente su ingreso a la orden; y 3.- La petición hecha por Honorio III a Domingo para que reformara las monjas de Roma quienes pasaban por crisis, petición que por el momento no pudo atender.
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Aproximadamente por el mes de junio (1218) se encontró con Francisco de Asís en el capítulo de Porciúncula. En aquellos dos personajes reformadores se encontraron dos conceptos de pobreza, de vida evangélica y vida apostólica.
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En la primavera de 1218 Domingo se decidió visitar los conventos ya existentes y trabajar en nuevas fundaciones. Se dirigió primero a Bolonia para solucionar primero algunos problemas con el clero. Luego fue donde España después de tres años. En Madrid encuentra a dos hermanos que había enviado en el verano anterior. Resolvió algunas dificultades y fundó un convento. Poco después, funda un monasterio para las monjas y hace que los frailes les entregue el convento que estaba a punto de ser terminado. El monasterio de las monjas de Madrid es el primero netamente dominicano desde su primer momento. Amaba a las monjas por su vida contemplativa dándoles todas las dificultades. Les consideraba anónimas cooperadoras en la salvación de las almas y les confiaba la salvación de las almas y les confiaba la conversión de los pecadores. Buscaba en ellas: oración, ejemplo y actividad moral teniendo siempre en la mente la predicación.
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Antes de la Navidad de 1218 aparece predicando en Segovia donde la capacidad del templo no bastó para acoger a tanta gente que venía a escucharle por lo que decidió predicar al aire libre. Allí también fundó un convento de frailes que vendría a ser el primero en España.
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La historia nos dice que Domingo durante su viaje hizo fundaciones de conventos en Barcelona, Zaragoza, Palencia, León, Salamanca y Guadalajara. Existen escritos que nos garantizan creer que haya visitado estos lugares, pero sí es cierto que visitó su tierra natal de Osma y de paso a las canónigas agustinas de Santa María del Castro en San Esteban de Gormaz a las que les habló con una convicción de tal fuerza que toda la comunidad se hizo dominicana pasando a ser así la segunda fundación de monjas en España.
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En mayo de 1219 nuevamente se halla en Tolosa visitando aquel convento donde cada día entraban más vocaciones. De Tolosa va a París donde se encuentra a la comunidad mucho mejor y el número de frailes en aumento (cerca de 30). Pocas semanas más tarde viaja a Bolonia. En dicha comunidad estaba como superior Reginaldo de Orleáns que vivían en un convento cerca de la Iglesia de San Nicolás. Al igual que en París encontró una gran cantidad de frailes jóvenes que en su mayoría eran estudiantes universitarios así como profesores.
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Domingo vio cómo el progreso de Bolonia era la obra de Reginaldo, por lo que determinó enviarle a París a fin de que allí hiciese lo mismo que en Bolonia. Tal decisión fue captada con dolor por parte de la comunidad; pero para calmar la situación Domingo optó por quedarse un cierto tiempo.
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El apoyo del Papa a través de bulas comenzó a dar sus frutos. Uno de los más importantes fue en la Universidad de París. Juan de Barrastre, capellán real, maestro de la Universidad, había cedido a los frailes predicadores un albergue con una capilla dedicada al apóstol Santiago, además fueron aceptados como alumnos en la Universidad. Aquel albergue fue utilizado para actos privados puesto que estaban prohibidos terminantemente tener culto público. Pero Domingo cuando los visitó no pudiendo predicar públicamente redujo su actividad a charlas familiares. Un buen día comentó la curación de Reginaldo de Orleáns y el impacto más fuerte recayó sobre el espíritu de un joven llamado Jordán de Sajonia quien acudió a Domingo, se confesó en él. Le animó aconsejándole esperar un poco y que luego se ordenaría diácono para ingresar en la Orden. Terminada su visita decidió llegar cuanto antes al final de su destino, a Roma a finales de octubre de 1219. En el camino pasó por Florencia con miras de fundar un convento. A primeros de noviembre llega a Viterbo, lugar por entonces de la corte pontificia. Fue recibido en audiencia y expuso al Papa la impresión y resultado de su largo viaje por tierras de Florencia, España e Italia. Dos dificultades concretas tenían que ser solucionado: 1.- Una provenía de los clérigos seculares quienes se basaban en derechos adquiridos e intereses creados que impedían la predicación de los frailes. 2.- La otra consistía en la extrañeza y casi escándalo que la pobreza evangélica y la mendicidad provocaban en ciertos ambientes eclesiásticos. Por estos motivos era importante gestionar una serie de bulas que aclarasen las ideas y dejasen los problemas arreglados. Honorio impresionado por lo expuesto y ante las dificultades que encontraban los frailes intervino con su autoridad apostólica. La cancillería en el que Guillermo de Piamonte, buen amigo de Domingo, ocupaba un puesto importante, expidió una serie de bulas en las que no es difícil ver la inspiración de Domingo, y el pontífice, con muestra de confianza, dispone que los frailes sean bien apoyados y atendidos en la predicación.
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Todavía estaba pendiente la propuesta del Papa a Domingo sobre el cuidado de las monjas romanas. El 4 de diciembre Honorio III retiraba la Iglesia de San Sixto y dependencias en construcción del encargo hecho a los canónigos ingleses pasando la responsabilidad a Domingo y a los predicadores. Domingo acepta la propuesta pontificia y se dispuso a llevarla a cabo.
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La expansión de la Orden que sobrepasaba lo previsto le hizo pensar sobre la renovación de la legislación existente porque ya se sentía enfermo y cansado. Una bula del 17 de febrero de 1220 le daba el título de prior ordinis predicatorum, por la cual asumía la más absoluta autoridad sobre toda la Orden. Se llegaba el momento de dar un paso. A finales del mismo mes escribía a los frailes de Provenza, Francia, Italia y España para que designaran representantes de todo los conventos para el 17 de mayo de 1220 al primer capítulo general a celebrarse en Bolonia. Había escogido la fiesta de Pentecostés. A la víspera de la fecha indicada llegó a Bolonia. Habían 30 delegados de todo Europa que lo esperaban con ilusión e impaciencia. Los jóvenes dominicos boloñeses y la ciudad misma vibró ante aquella asamblea rebosante de entusiasmo y vitalidad, presidida por Domingo, cuya santidad se translucía visiblemente. Dedicaron todo el día de Pentecostés a la oración pidiendo la ayuda del Espíritu Santo. Domingo, puesto en pie frente a todos dijo: Merezco que me depongan, porque soy un fraile inútil y relajado.
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En las sesiones se trataron temas como: La situación del Maestro General de la Orden, la mendicidad y los estudios. El predicador debe ser un teólogo experimentado, no basta que tenga una formación académica. En cuanto a la postura de Domingo de dejar el cargo de Superior, los frailes no lo consintieron. Instituyeron definidores y redactaron las constituciones. En materia de pobreza ratificaron por unanimidad el criterio de Domingo sobre la pobreza absoluta. Aparecen bien delineadas los grandes criterios de la constituciones que regirán siempre a los frailes predicadores.
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Finalizando el capítulo, otra empresa de gran envergadura esperaba a Domingo, propuesta por el mismo Papa. Consistía en una intensa campaña de evangelización en Lombardía. El noreste de Italia estaba infectado; hermanos de los de Languedoc que también conocían a Domingo habían caído en la corrupción. Todo esto repercutía también en la vida política y social de la región. El plan del Papa estaba concebido en tres grandes niveles: la acción de los legados, de los obispos y de Domingo. Los legados tendrían como misión negociar con las autoridades, los obispos se dedicarían a la acción pastoral orientada a robustecer la fe de los fieles y Domingo emprendería la campaña de la predicación frente a los herejes y la renovación de la vida cristiana de los más apartados.
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La salud de Domingo se hallaba muy quebrantada. En varias ocasiones se vio imposibilitado. Pero ahora contaba con sus frailes. Aunque no le ayudaba la salud, sus hermanos siempre le acompañaban. Obedeciendo al pontífice y acompañado de los frailes emprendió la ruta del norte de Italia, dejando bien claro a legados y obispos que él iba solamente a predicar. Recorrió las ciudades más importantes de Lombardía, llevando a cabo una acción misional digna de los mejores tiempos y con resultados impresionantes que tuvo como consecuencia la fundación de los conventos. Él no vivió para ver el final de esta campaña, pero sus frailes lo continuaron.
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A fines del año anterior (1219) los frailes habían recibido la iglesia de San Sixto, donde improvisaron un pobre convento; a la vez terminaron el convento para las monjas cuyos gastos corría a cargo del romano pontífice. Así nació el primer convento romano de los frailes predicadores, entre 1219 y 1220. Domingo comenzó los preparativos para recibir a las monjas romanas e integrarlas a la austeridad de vida que habían profesado. Lo primero que hizo fue dialogar con cada una de ellas en particular. La mayoría lo escuchaban, pero no faltaron quienes se burlaron de él, y algunas ni siquiera querían recibirle. La cuestión se agravó cuando los familiares de las monjas les incitaban a la rebeldía. Domingo siguió firme, sin prisas, hasta conseguir de cada una de ellas la promesa formal de incorporarse al monasterio.
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La traslación de las monjas a su monasterio, una de las más arduas empresas realizadas por Domingo, tuvo lugar en febrero de 1221. La hicieron por la noche para evitar tumultos, y después de vencer muy serias dificultades. Fue entonces cuando tuvo lugar el milagro más espectacular de Domingo: la resurrección del joven Napoleón. Instaladas las monjas y organizada su vida monástica, los frailes se retiraron a la residencia papal de Santa Sabina que les había concedido el mismo Honorio III, quedando algunos en San Sixto.
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El gobierno de una Orden en continuo crecimiento obligaba a Domingo a continuos desplazamientos que interrumpían su actividad apostólica. Tenía que resolver los asuntos que le planteaban los frailes, animando a los pusilámines, corrigiendo los errores, o imponiendo lo que las necesidades de la Orden o la Iglesia exigían. Entraban nuevos predicadores a la Orden, especialmente universitarios. Era imprescindible además seguir solicitando nuevas bulas pontificas para defender la Orden en muchas partes.
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El segundo capítulo general de la Orden, último de los celebrados en vida de Domingo, estaba convocado para el día de Pentecostés de 1221, día 30 de mayo. Fue un capítulo de distribución de la Orden. Domingo se encontró con la sorpresa de tener que presidir 50 delegados. El aumento de la familia dominicana había crecido bastante. El tema que trataron en este capítulo fue el de dividir la Orden en provincias que estaría bajo el gobierno de un superior provincial de quien dependerían los priores conventuales. Las primeras provincias con territorios bien determinados y suficiente número de conventos fueron: Provenza, Francia, España, Lombardía y Roma. Al mismo tiempo se dieron los medios necesarios para la creación de otras provincias; se reajustaron las leyes para la nueva organización provincial. Para el superior general de toda la Orden se adoptó el título de “Maestro General”. En menos de cuatro años la obra de Domingo avanzó rápida y milagrosamente: llegaba a 125 comunidades, dotadas de una legislación vigorosa, equilibrada y flexible.
- 4.- Muerte de Domingo
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En julio de 1221, Domingo fue a Venecia para tratar con Hugolino la intensificación de la predicación en Lombardía. Al regresar a Bolonia se sintió muy mal. Fiebres muy altas, fatiga muy grande, intensos dolores de cabeza, hasta tal punto que necesitó acostarse. Rechazó hacerlo en una cama, sino sobre un saco en el suelo. Los médicos lo desahuciaron. Quiso que su última predicación fuese para sus frailes. Primero a los novicios, a los que consoló y animó. Después al prior y a los otros frailes. Esta fue la homilía más admirable de su vida. Lo asistentes no podían contener las lágrimas. Hizo confesión general y pidió ser enterrado bajo los pies de sus hermanos. Como despedida les prometió: Os seré más útil y provechoso después de muerto que lo fui en vida. Al llegar las palabras llegad santos de Dios; corred ángeles del Señor, para recibir su alma y presentarla ante la mirada del Altísimo, alzó las manos al cielo y entregó su espíritu. Era un atardecer del 6 de agosto de 1221.
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- C).- PROCESO DE CANONIZACIÓN DE DOMINGO DE GUZMÁN
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En doce años, la Orden avanzó más de lo que se esperaba. Los frailes seguían predicando por todos los lugares, haciendo conversiones masivas; inclusive a algunos de ellos querían nombrarlos obispos; luchando contra el deseo del Papa.
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Para que pueda procederse a una canonización es necesario que la Iglesia universal, o al menos la gran mayoría de una iglesia particular se sienta interesada. No es posible una canonización si falta esa emoción popular que provoca la manifestación sobrenatural de los milagros y que mantiene después el recuerdo. En Bolonia había ya algún culto; se nos habla de numerosos fieles que oraban día y noche ante su sepulcro; de enfermos que imploraban su curación y aseguraban haberla obtenido. Durante algunos años se guardó silencio sobre Domingo. Los estudiantes en los conventos, además de crecer cada vez más, podían estudiar en paz. Pero había algunos que se daban cuenta, aunque muy confusamente, de que este desinterés excesivo era una negligencia y que era una ingratitud para con Dios callar los grandes ejemplos dados por Domingo. Las obras de reconstrucción de la iglesia y del claustro habían comenzado después de 1228. Demolido el santuario primitivo de San Nicolás, la sepultura, situada probablemente a la entrada del coro derribado, quedó enteramente al aire libre.
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La idea de canonización comenzó a finales de 1232 ó comienzos de 1233; Jordán insinuaba que la idea venía del Papa mismo, al consultárselo sobre la oportunidad del traslado. El antiguo legado de Lombardía (Hugolino), ahora Gregorio IX reprochaba a los frailes por la negligencia de hacer caso omiso al proceso de canonización: En él encontré les dice un hombre que realizó íntegramente la regla de la vida de los apóstoles; ya no dudo que está asociado a su gloria en el cielo. Y luego decidió que la traslación no sea privada sino canónica. Hubo un capítulo general en Pentecostés en Bolonia (22 de mayo de 1233) reuniendo a todos los provinciales y gran numero de frailes. Muchos no conocían el origen de la Orden. Y es aquí que Jordán de Sajonia empieza a escribir el llamado Relato de los orígenes de la Orden de Predicadores, llamado Libellus o Librito. Jordán comienza por recorrer todos los hechos del patriarca a lo largo de su vida. Todos los frailes comienzan a recordarlo y a encontrar a su maestro.
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Pero el incidente como causa de la canonización de Domingo es la traslación de sus restos. El pueblo se conmueve en entusiasmo, pero los frailes temen que haya un olor insoportable. Fray Ventura procede a la apertura de la tumba la noche del 23 al 24 de mayo de 1233. Están los representantes de cada provincia, el legado papal, nobles armados, la iglesia local y el pueblo. Al golpear las zonas del sepulcro se observa al fondo el féretro; y al hacer un agujero en la tapa del cajón, sale un aroma intenso y maravilloso. Lo que se aprecia es la prueba divina irrefutable de la santidad de Domingo.
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Ocho días más tarde una delegación compuesta por representantes del Obispo y del clero y también de la Universidad de Bolonia, llega a Roma y pide al Sumo Pontífice el proceso de canonización de Domingo. El 13 de julio un decreto pontificio nombra a tres comisarios fiscales en Bolonia y notifica el proceso de canonización. Dicho proceso se abrió el día del aniversario de su muerte. En Bolonia ha sido designado por el prior y los frailes de San Nicolás un procurador de la causa a fray Felipe de Vercelli. Éste, entre el 6 y el 15 de agosto presenta a los comisarios nombrados por Gregorio IX a fray Tomás y a fray Palmerio, los testigos por él elegidos. Éstos conocieron en vida al maestro y son: fray Ventura, Guillermo, Bounviso, Juan, Rodolfo y Esteban. Ellos declararon todo lo que habían visto y oído del maestro Domingo. Los comisarios del Papa, a su vez, delegaron a unos subcomisarios en Tolosa el 19 de agosto para las respectivas encuestas. Y las encuestas constaban de 25 preguntas, 25 virtudes o rasgos que caractericen de una manera clara la santidad de Domingo.
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Todos estos documentos fuero transmitidos a Roma, fueron allí unidos a una colección de milagros atribuidos a Domingo. Algunos de estos milagros tuvieron lugar en vida del santo. Luego el Papa Gregorio IX pronuncia finalmente su sentencia el año próximo, 3 de julio de 1234, en un consistorio tenido en Reati. En presencia del Papa y de sus cardenales, se da lectura solemne a sus milagros que se consideran auténticos. El Papa entonces proclama la santidad de Domingo, declara su inscripción en el catálogo de los santos.
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- La bula que expidió Gregorio IX para la santificación de Domingo es la siguiente:
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Gregorio Obispo, siervo de los siervos de Dios, a nuestros venerables hermanos los arzobispos y obispos, a nuestros amados hijos los abades, priores, arciprestes, deanes y demás prelados de la Iglesia a cuyas manos llegaren estas letras, salud y bendición apostólica.
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Nuestro Señor Jesucristo, Fuente de toda sabiduría, Verbo del Padre (Eccli. 5,2), cuya naturaleza es bondad y su obra la misericordia; que redime y renueva a los que ha creado, y no abandona hasta la consumación de los siglos (Mt. 28,20) la vida que trasplantó de Egipto (sal. 79,9), renueva sabiamente los prodigios por la inconstancia de la mente humana, y repite los portentos para salir al paso de la desconfianza de los incrédulos. Pues desde el nacimiento de la Iglesia, después de la muerte de Moisés, es decir, tras el fin de la ley, (Rm. 10,4) el Señor subió a los caballos y a las cuadrigas de los evangelios, que son en verdad fuente de salud, y queriendo anular la presunción de Jericó, es decir, la vanagloria del mundo, la derrotó ante la admiración de las naciones, con el solo estruendo de la predicación, tomando en su mano el arco de la divina palabra, que había mantenido en tensión hasta reducir a los judíos a la impotencia (Sal. 58,8), y recordando el juramento que había hecho a nuestros padres, abrió en el mar un camino para sus caballos, prefigurando con la señal del hilo de púrpura de Rahab (Jos. 2,18-21) la salvación de innumerables pueblos.
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En la primera de las cuatro cuadrigas, que según la profecía de Zacarías salía de entre dos montañas de bronce (Za. 6,1-2), tenía enganchados caballos oscuros que representaban a los príncipes de los pueblos y a los poderosos de la tierra que, adhiriéndose por la obediencia de la fe (Rm. 1,5; 16,26) al Dios de Abraham, padre de los creyentes (Rom. 4,11) y para fundamento de la nueva alianza, tiñeron sus vestidos a ejemplo de su caudillo de Bosra (Is. 63,1), es decir, en la angustia de la tribulación enrojecieron en sangre todas las insignias del combate. De modo que no temieron la espada temporal y con el fin de conquistar la gloria futura, se hicieron mártires, que es lo mismo que decir testigos. Con su confesión suscribieron el libro de la nueva ley, y con la pública manifestación de sus milagros dieron valor a sus pactos. El libro y el tabernáculo, obras divinas, que no humanas, así como los vasos del ministerio evangélico fueron teñidos, no con sangre de animales sino con la sangre de animales racionales; echando en fin las redes de la predicación en la basta extensión de los mares (Hab. 1,17; Mt. 13,47), han reunido la Iglesia, acrecentando sobremanera, con miembros de todas las naciones que hay bajo el cielo.
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Más con la multitud nació la presunción, y con la libertad la malicia; el Señor envió la segunda cuadriga de caballos negros símbolos de penitencia (Za. 6,12), en quienes estaba representado aquel escuadrón de caballeros, conducido por el Espíritu al desierto del claustro, bajo la dirección del nuevo auriga de Israel (4Re.2,12; 3,14), el santísimo Benito. Bajo su guía a semejanza de los hijos de los profetas de Eliseo (4Re.2,3), esa milicia restableció en grata sociedad de una alegre convivencia en bien de la vida común, que se había perdido por culpa del número excesivo. Se reparó así la red toda de la unidad llegando con obras de piedad a la tierra de Aquilón de donde viene todo mal (Jer. 1,14), hizo rebozar en las almas blancas como la nieve (Job. 28,22) y en los corazones contritos a Aquel que desdeña habitar en el cuerpo esclavo del pecado (Sal.14).
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Después de esto, como para restablecer las fuerzas del ejército fatigado, y para devolver el júbilo tras el llanto, lanzó la tercera cuadriga (Za. 6,3), tirada por caballos blancos, que simbolizaban los frailes de la Orden cisterciense y de Fiore, semejantes a ovejas esquiladas y ricas en fruto de caridad, saliendo del baño de la penitencia (Cant. 4,2) conducidas por San Bernardo. Él, como un ariete a la cabeza del rebaño, en virtud del Espíritu divino del que estaba sobrenaturalmente revestido, condujo a su rebaño por valles abundosos en trigo, a fin de que los liberados por él, durante esta marcha clamen con fuerza al Señor, entonen himnos, y coloquen un campamento del Dios de los ejércitos (Gn. 32,2) sobre el mar. Con este triple ejército el nuevo Israel hizo frente a otros tantos escuadrones que habían formado los filisteos (1Re.13,17).
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Más a la hora undécima, cuando el día ya declinaba al atardecer, y por la abundancia del mal se enfriaba la caridad de muchos (Mt. 24,12), y el rayo del sol de la justicia se acercaba al ocaso, el Padre de familia advirtió que la viña plantada con sus manos (Sal. 79,16), a la que había enviado obreros a diferentes horas, conviviendo con ellos el precio de un denario (Mt. 20,2), no solo se había llenado de zarzas y espinas de los vicios, sino que estaba a punto de ser completamente destrozada por las zorras (Cant. 22,15), que intentaban convertirla en amargura de una viña ajena. Por eso quiso congregar una milicia mejor dispuesta para el combate contra esta multitud de enemigos.
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Y así podemos contemplar al presente, después de las tres cuadrigas con diferentes significados, una cuarta, tirada por caballos robustos y de variado color (Za.6,3). Son las lecciones de los Frailes Predicadores y menores, con jefes elegidos para llevarlos a la par al combate. El Señor suscitó el espíritu de Santo Domingo, y le otorgó como a caballo de su gloria, la fortaleza de la fe y el fervor de la divina predicación, y le hizo brotar el relincho de su cuello (Job. 39,19).
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Desde su infancia tuvo un corazón de anciano, y eligiendo una vida de mortificación para su cuerpo, buscó afanosamente al autor de su vida. Entregado a Dios como Nazareo (Juec. 16,17), y consagrado por la profesión de la regla de San Agustín, imitó a Samuel en el servicio asiduo del santuario (1Re. 3,1), y continuó las piadosas aspiraciones de Daniel (Dan. 10,11) en su afán por regular sus deseos. Recorrió fielmente cual valeroso atleta las sendas de la justicia (Sal. 22,33) y el camino de los santos. No abandonó ni siquiera por un instante la casa del Señor, ni su oficio de Maestro y ministro de la Iglesia militante, sometiendo siempre la carne al espíritu, la sensibilidad a la razón. Hecho un solo espíritu con Dios (Sal. 30,33), se esforzó por abismarse en Él por la contemplación (1Cor. 6,17), sin descuidar la caridad para con el prójimo, que le impulsó a entregarse con justa medida a las obras de misericordia. Así , combatiendo las delicias de la carne, y alumbrando las mentes endurecidas de los impíos, hizo temblar a la secta de los herejes, y exultar a la iglesia de los fieles. A medida que crecía en edad, crecía también en gracia (Lc. 2,52), y experimentaba una indescriptible felicidad en la entrega a la salvación de las almas. Se dio por completo a la predicación de la Palabra de Dios, entregando a muchos a Cristo por el evangelio (1Cor. 4,15), una verdadera multitud que, siguiéndole en su ardua vocación, se consagró al sublime ministerio evangélico. Esto le mereció obtener en la tierra el nombre y oficio de patriarca.
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Convertido en pastor y jefe ínclito del pueblo de Dios, instituyó con sus méritos la nueva Orden de Predicadores, la aleccionó con sus ejemplos, y no dejó de confirmarla con auténticos y evidentes milagros. De hecho, entre las obras maravillosas de santidad y muestras de poder con las que brilló todavía en vida, se cuentan diferentes curaciones: dio el habla a los mudos, vista a los ciegos, oído a los sordos, hizo caminar a los paralíticos, y restableció la salud a un gran número de enfermos atormentados por diversas dolencias. En todo esto se muestra claramente la calidad de espíritu con Dios (Sal. 30,33), se esforzó por abismarse en Él por la contemplación (1Cor. 6,17), sin descuidar la caridad para con el prójimo, que le impulsó a entregarse con justa medida a las obras de misericordia. Así, combatiendo las delicias de la carne, y alumbrando las mentes endurecidas de los impíos, hizo temblar a la secta de los herejes, y exultar a la iglesia de los fieles. A medida que crecía en edad, crecía también en gracia (Lc. 2,52), y experimentaba una indescriptible felicidad en la entrega a la salvación de las almas. Se dio por completo a la predicación de la Palabra de Dios, entregando a muchos a Cristo por el evangelio (1Cor. 4,15), una verdadera multitud que, siguiéndole en su ardua vocación, se consagró al sublime ministerio evangélico. Esto le mereció obtener en la tierra el nombre y oficio de patriarca.
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Convertido en pastor y jefe ínclito del pueblo de Dios, instituyó con sus méritos la nueva Orden de Predicadores, la aleccionó con sus ejemplos, y no dejó de confirmarla con auténticos y evidentes milagros. De hecho, entre las obras maravillosas de santidad y muestras de poder con las que brilló todavía en vida, se cuentan diferentes curaciones: dio el habla a los mudos, vista a los ciegos, oído a los sordos, hizo caminar a los paralíticos, y restableció la salud a un gran número de enfermos atormentados por diversas dolencias. En todo esto se muestra claramente la calidad de espíritu que habitaba en la tierra de aquel santísimo cuerpo.
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Gracias, pues, a la gran familiaridad que tuvo con Nos cuando ocupábamos un cargo más modesto, teníamos pruebas de su santidad, habiendo podido admirar personalmente su vida. Se añada ahora que testimonios cualificados nos han proporcionado la plena certeza de la autenticidad de los milagros de que nos habían hablado. Por tanto, Nos, y la grey encomendada a nuestro cuidado, confiamos poder recibir ayuda de la misericordia de Dios por intercesión de aquel que, después habernos consolado en la tierra con su grata amistad, nos otorgará desde el cielo la alegría de su poderoso patrocinio.
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Con el consejo y asentimiento de nuestros hermanos y de todos los prelados presentes en la actualidad en la Santa Sede Apostólica, decretamos inscribirlo en el catálogo de los santos, estableciendo firmemente y mandado a todos vosotros por las presentes, que celebréis y hagáis celebrar solemnemente su nacimiento para el cielo el 5 de agosto, vigilia del día en que, aligerado del peso de la carne, entró rico de méritos en el lugar santo, hecho semejante a los santos por la gloria. Que el Señor a quien él honró en vida, por intercesión de su plegaria, nos otorgue la gracia en esta vida y la gloria en la futura.
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Deseando, en fin, que el venerable sepulcro de este gran confesor, que ilustra toda la Iglesia con el fulgor de sus milagros, sea dignamente frecuentado y honrado por la piedad cristiana; confiando en la misericordia de Dios Omnipotente y en la autoridad de sus apóstoles Pedro y Pablo, concedemos de buen grado a todos los fieles que, confesados y verdaderamente arrepentidos, lo visiten todos los años el día de la fiesta, con devoción, y la debida reverencia, un año de indulgencia.
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- Dado en Reati, el tres de julio del año octavo, (de nuestro pontificado, 1234).
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- D).- LA GRACIA DE LA PREDICACIÓN DE DOMINGO
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- 1.- El don de la predicación
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El ministerio de la predicación, confiado por Cristo a los apóstoles, pertenece en plenitud al Obispo. Este lo ejerce normalmente en la catedral; en ella, según la tradición de la Iglesia primitiva, respetada también a veces en la Edad Media y reanudada en nuestros días, el Obispo explica la perícopa evangélica. En el siglo XII la situación se torna un poco difícil. Es la época en que los obispos son como perros mudos; quizás por falta de ciencia no se atreven a ladrar. La Iglesia se encuentra entonces en la peor situación del silencio. Al fondo ¿qué es la gracia de la predicación?. Numerosos textos medievales, tanto de los dominicos como también de otros, especialmente de los valdenses, utilizan esa hermosa expresión de la gracia de la predicación. La fórmula es un poco difícil de precisar. ¿Se refiere al atractivo de la predicación?, ¿a la convicción de ser llamado a ese ministerio?, ¿a la manifestación de dotes oratorias especiales?. Mas bien se ha de entender como un carisma, una vocación sobrenatural de quien está seguro de que el Espíritu pueda hablar en él y a través de él. Por eso se dice que la gracia de la predicación hace de la predicación dominicana un verdadero ministerio en el Espíritu, el anuncio carismático de la palabra de Dios. Es una vocación porque luego afirma San Pablo ¿cómo predicarán si no son enviados?. Porque hay algunos que se ponen a predicar sin mandato, sin autorización y sin más calificación que su ardor, a veces bastante poco ilustrados.
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La predicación de gracia no será pues, el predicador atractivo, ni siquiera el orador agradable de oír. Es mas bien aquel a quien Dios ha gratificado con el don eficaz de la palabra, forma especial del Espíritu Santo que rodea al creyente desde la Buena Noticia. Si el predicador es digno de crédito, si habla con autoridad, si lo hace gratuitamente, es solo por la fuerza natural que invade, siempre que él consienta en darle cuerpo. Por eso comprende que esta gracia se deduzca a partir del efecto de conversión o de santificación que produce.
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Aquel a quien Dios da la gracia de la predicación debe predicar; afirma uno de los discípulos de Arnaldo de Brecscia, cuyas doctrinas anuncian e inspiran la de los valdenses. Pero la predicación nunca se debe separar del envío por parte de la Iglesia católica.
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Para Humberto, predicar es la vocación más excelente, porque los predicadores son en cierto modo la boca misma de Dios. La gracia de la predicación es un don de Dios para la edificación de la Iglesia. La predicación no es como un oficio que se podría aprender, o como una técnica, ni siquiera como un arte que se llega a dominar. Tratándose de anunciar la Palabra, el éxito de un hombre está en manos del Señor, con tal que el predicador se comprometa con sensatez y prudencia a hacer del mejor modo posible lo que conviene hacer. Y si se formula esta pregunta tan vital e importante: ¿cómo atreverse a predicar a los demás, si uno mismo se sabe y se siente tan pecador y tan débil?; hay que responder que la gracia de la predicación sobrepasará el pecado del hombre; gracias a ella, la Palabra podrá resonar con limpidez por encima de todas las torpezas.
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Domingo de Guzmán había recibido esta gracia por excelencia; pero antes se preparó, estudió, meditó la doctrina de la Iglesia, la Sagrada Escritura y la Tradición de la Iglesia; de esa manera su predicación como don de Dios, tenía más realismo en el contexto que predicaba. Se podría decir que Domingo hizo crecer este don de Dios con su fidelidad y su entrega a la oración y a la gente. Por eso es que tenía mucha autoridad moral que a los que lo escuchaban los conmovía y ahí suscitaba las conversiones. Las palabras que pronunciaba salían desde lo más hondo de su ser pero con coherencia. Domingo nos ha dado un ejemplo eficaz de la predicación. Para Domingo no puede haber predicación sino es en la Iglesia y para su servicio. Su predicación está en armonía con lo que es la Iglesia.
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La Iglesia, fundada por los apóstoles, exige en su realidad visible la continuidad del anuncio del evangelio, sin abandonar, sin cansarse nunca. Esta predicación inaugurada por los apóstoles debe hacerse, según Domingo y todo el movimiento evangélico que lo precede o lo sostiene, a su manera propia, sencilla y al mismo tiempo heroica. Su pobreza misionera servirá de ejemplo e ideal. La universalidad de la proclamación de una misma fe se llama catolicidad de la Iglesia. El momento en que ésta se halló cuestionada radicalmente, Domingo concibió una Orden asentada en la doctrina católica, cuya enseñanza se está conforme a la verdad de la fe.
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Pues la gracia de la predicación tiene por objeto el anuncio de la salvación en Jesucristo, convirtiéndose así, y por sí misma, en predicación de la gracia. Domingo, da testimonio con su vida y su oración, de la misericordia y la compasión, ofreciendo así la última palabra de una gracia que es al mismo tiempo eclesial y divina.
- 2.- El estudio de la verdad
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Domingo goza de una reputación de haber fundado una Orden de intelectuales. Aunque tenga algo de exagerado, la afirmación no es falsa. El vocablo intelectual viene del siglo pasado, pero en el siglo XIII es ya una realidad. Es pues, evidente que la voluntad de crear una Orden permanente de predicadores, cuya vía esté realmente polarizada por el anuncio de la Palabra de Dios, exigía conceder un lugar privilegiado al estudio.
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Santo Tomás de Aquino se encuentra en perfecta comunión de pensamiento con el ideal intelectual del fundador de la Orden que él quiso escoger. Se da esto, por otra parte, un contraste con su contemporáneo Buenaventura, el franciscano, cardenal y teólogo, que vivió profundamente dentro de la trayectoria espiritual del estigmatizado y se adhirió a su ideal. Por lo que respecta a Domingo quiso que sus frailes estudiaran la verdad de la doctrina sagrada a todos, cualesquiera que fuesen en la medida de sus capacidades y de acuerdo con los medios de su tiempo.
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Estudiar siempre; tal era la recomendación que no dejaba de recordarles tanto en sus exhortaciones como en sus cartas; la palabra siempre pronunciada por Juan de Navarra en el proceso de canonización, no debe tomarse a la ligera, pues el mismo Domingo daba ejemplo; él estudiaba mucho el evangelio y San Pablo, hasta el punto de que lo sabía casi de memoria. Domingo trató de que el estudio sea continuo, en la reflexión teológica. Ahora lo llamamos la formación permanente. Cuando envía a las grandes universidades los primeros frailes, entre los cuales se encuentran a veces hombres maduros, Domingo lo hará para responder a la misma necesidad. Cuando ya se erigen conventos, el estudio se convertirá en uno de los elementos fundamentales de la observancia, tanto en el noviciado como después. Los visitadores enviados por el capítulo provincial deben preguntarse tres cosas, o al menos responder a ellas acerca de los frailes: si viven en paz, si son asiduos en el estudio, fervorosos en la predicación. El fraile predicador, no es un buen religioso si no es un hombre de estudio.
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Hay, en efecto, un nexo nuevo y esencial entre el estudio y la predicación; gracias a esa unión, el predicador trabaja por la salvación de las almas. El esfuerzo del estudio está, por principio, al servicio de este fin esencial de la Orden: que podamos ser útiles a las almas de los prójimos.
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Las bulas pontificias y los documentos diversos que van marcando el nacimiento de la Orden ponen de relieve esta importancia del estudio y de la enseñanza. Así, en 1221 el Obispo Conrado de Scharfenberg, para justificar ante sus diocesanos la decisión de recibir a los frailes Predicadores en su ciudad de Metz, declara que podrían ser útiles a los laicos por su predicación y a los clérigos por sus clases de teología.
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La predicación se concibe, pues , como el grado supremo de la actividad intelectual, tal como afirmaba el maestro cisterciense Alano de Lille, después de haber experimentado él mismo la necesidad de convertir a los cátaros.
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Se comprende ahora mejor por qué los primeros textos de la legislación dominicana prescriben que ningún convento se funde sin asignársele un doctor. Se trata en realidad de constituir un lugar en que se estudie la teología. En el siglo XIII todo convento de Predicadores es en sí mismo y por sí mismo una escuela de teología. No hay que entender por tal el centro de formación de los frailes jóvenes, pues éstos muy pronto serán enviados a conventos especializados de estudios, a menudo interprovinciales. Lo que aquí se plantea es la actividad intelectual de todos los frailes.
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¿Qué estudiaban los primeros frailes?. A juzgar por el ejemplo del propio Domingo, hay que responder: la Biblia; pero procurando no olvidar que ésta servía de piedra angular a toda la enseñanza teológica medieval. Los manuales de mayor uso como, la Historia escolástica de Pedro Comestor, y sobre todo las Sentencias de Pedro Lombardo, base de la formación de los clérigos latinos a partir de finales del siglo XII, no son otra cosa que comentarios históricos, exegéticos y dogmáticos de la Sagrada Escritura, que va acompañada siempre a su vez de glosas.
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Hay que recordar que Domingo, a quien la liturgia llama Doctor de la verdad, nunca concibió el estudio de la teología como un fin en sí mismo; debía tender, estar orientado al servicio de la verdad. Se ha de notar a este propósito que Santo Tomás introdujo el término verdad en la primera parte de sus dos grandes obras: la Suma de teología y Suma contra gentiles, en perfecta continuidad, una vez más, con la intuición profunda del fundador.
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La Orden de Santo Domingo eligió la noble divisa Veritas (desde luego, no antes del siglo XIX de forma oficial) haciendo valer sin duda el testimonio, más bien político que otra cosa, |