CAPITULO I

I.- CONTEXTO DE LA VIDA DE SANTO DOMINGO
A).- ASPECTO SOCIAL DE EUROPA
 1.- Un siglo poblado 
    Es un momento en que la explosión demográfica es bastante fuerte que comenzó a finales del siglo XI y durará hasta el siglo XIII.  Esta explosión se debe a una esperanza de vida mucho más larga, que asciende a una media de 35 años.  Otras causas del crecimiento son la seguridad de Europa Occidental, puesto que han  cesado las invasiones, también están los nuevos inventos, el progreso de las técnicas agrícolas para la explotación del suelo y la mejora del rendimiento consiguen sacar la población de la desnutrición y generalmente de la mortalidad y de las enfermedades.  Las familias, que son mejor conocidas por los documentos, tenían alrededor de 5 hijos por generación.  Como consecuencia de la superpoblación se escasea la tierra.  Este factor hay que tenerlo en cuenta en el momento de valorar el aflujo de vocaciones a las nuevas órdenes mendicantes: dominicos y franciscanos.
 
 2.- Un mundo urbano.
 
    El polo de desarrollo se traslada del campo a la ciudad.  Se activan las plazas fuertes, los viejos mercados y otros lugares de cambio, donde se cruzan las carreteras la vida rebrota y se despliega en centros administrativos, económicos y muy pronto también políticos.  Campo y ciudad se complementan mutuamente donde nace la  fuente de un sistema de intercambios vitales que va a desarrollarse en adelante como economía monetaria.  Entonces una nueva población se va extendiendo alrededor de los reinos antiguos, restos de la Roma imperial y la gente vive allí de sus pequeños o grandes beneficios y es allí también donde se les puede hablar de Dios.
 
   El régimen feudal a nivel social,  presiente que tiene que cambiar para adaptarse a un nuevo tipo de relaciones económicas y políticas porque se da cuenta que surge una nueva sociedad que vive en mejores condiciones, con mayor facilidad y ostentación hasta llegar en ocasiones al hastío como es el caso de  la familia de Francisco de Asís.  De ahí que los predicadores, en un primer momento, se instalan deliberadamente en las puertas de la ciudad; pues no se trata tanto de estar en medio de la población, sino de poder dirigirse simultáneamente y con mayor libertad a campesinos y ciudadanos; puesto que son los predicadores del Obispo y están por tanto al servicio de la diócesis entera.   Para Domingo, la ciudad se convierte en lugar de evangelización, y diez años después de su muerte los predicadores no podrán resistir a este atractivo urbano.  Pues en la ciudad se ha establecido en forma duradera un nuevo equilibrio por razón del comercio.  También allí se establecen las mejores universidades.  Desde 1230 las mismas ciudades reclaman conventos de religiosos mendicantes.  Domingo quiere que sus frailes se dirijan a los hombres de cualquier condición, de cualquier estado social dondequiera que se encuentren.
 
3.- Una sociedad pobre
 
   Hasta el siglo XII el pobre era un campesino aquejado por la desgracia, perseguido por el infortunio, que conseguía a duras penas no morir de hambre acogido por la solidaridad parroquial o familiar, gracias a su integración natural.  Todos participaban en mayor o menor medida de la prosperidad o escasez de las cosechas.  A finales de la Edad Media los pobres terminan siendo vagabundos en la ciudad, marginados por sus propios conciudadanos, afianzándose las desigualdades sociales.  El hombre de esta época se topa con la peste y la guerra y en adelante también con el alza de precios del trigo o con el préstamo a usura.  La gente pobre logra salir adelante gracias a los pequeños oficios de hilado y tejeduría y a las faenas agrícolas.
 
    Vemos en consecuencia, un contraste entre cierta opulencia urbana y la gente pobre en las puertas de las ciudades.  Si bien es cierto que en un primer momento el campo se benefició de las expansiones de las ciudades, las diferencias no cesan de aumentar y acelerarse; pues el cliente rico se vuelve más exigente en los precios y en las cantidades.  En el seno mismo de la ciudad se acentúan las desigualdades, pagando las consecuencias los oficios más modestos, aquellos que se dejan en manos de los olvidados por el desarrollo económico.
 
   Al igual que Francisco en Italia, Domingo se encontró e España y en el mediodía francés con todas estas formas de pobreza llamada “involuntaria” que trajo consecuencias como el de pobres que no podían abandonar a los cátaros porque tenían cuentas pendientes o las jóvenes caídas en la prostitución.  Esta situación planteaba la siguiente pregunta: ¿qué puede significar esta dignidad del pobre si la Iglesia de Cristo es rica, demasiado rica? Francisco y Domingo, cada uno con su carisma respondieron a esta interrogante.  Francisco de Asís se propondrá seguir desnudo a Cristo desnudo.  Domingo hablará de la “pobreza evangélica”.  Ambos coincidirán en seguir el precepto de la misericordia.
 
4.-  El nacimiento de las naciones
 
   Por toda Europa y bajo la dirección de grandes monarcas, los reinos se consolidaron expandiéndose como naciones, antes de organizarse en estados.  Tenemos por ejemplo los reinos de Alfonso VIII de Castilla (1158 – 1214), de Felipe Augusto (1180 – 1223) de Francia, de Ricardo Corazón de León (1189 – 1199) en Inglaterra, y del emperador Enrique VI de Alemania (1190 – 1197) sucesor de Federico Barbarroja.
 
   En el país de Domingo el Islam conoció su apogeo a finales del siglo X, con la toma de Santiago de Compostela.  Por esta razón es que los reyes de Castilla están poseídos por el deseo de llevar a término la reconquista, sostenidos por el papado que anima esta guerra santa del Evangelio contra el Corán.  Domingo recorrerá estos lugares y se verá envuelto en las batallas que le van a dar una nueva configuración a las naciones.  Durante el reinado del rey Felipe, Francia muestra un rostro distinto, haciéndose presente la ascensión del Estado francés, quizá incluso a su verdadera formación.  Gracias a una política de habilidad y tenacidad, el rey consigue consolidar definitivamente lo que a su llegada no era más que un principado preponderante.
 
    En la Italia que Domingo conoce desde 1206 y en la que pasará el final de su vida, el papado reafirma los derechos de una monarquía pontificia, tropezando constantemente con las prerrogativas temporales del Sacro Imperio.
 
    El nacimiento de las naciones engendra y sostiene la elaboración de un derecho público para acrecentar y a veces también para limitar las pretensiones legalistas.  Los juristas proclaman para juramentar mejor el estado, que el rey es “emperador de su reino”.  Para contratar y someter a las exigencias del derecho común, el nuevo poder central, considera que “lo que concierne a todos debe ser tratado por todos”, fuente y principio de un parlamentarismo y de la democracia.
 
 
B).-  LA IGLESIA AMENAZADA
 
   La situación que vive la Iglesia en este momento tiene tres características fundamentales:  Una iglesia monacal, presencia de las herejías y la crisis del clero secular.
 
1.-  Una Iglesia monacal
 
El período de la Iglesia en Europa que transcurre entre la época de San Benito (480 – 543) y de San Bernardo (1190 – 1253) se le llama la era monástica o siglos benedictinos.  Durante estos cinco siglos, a diferencia del período precedente y del siguiente, los monjes de todas órdenes, individualmente o en comunidad constituyeron un rasgo específico de la sociedad.  Influyeron en ella en todos los niveles: espiritual, intelectual, litúrgico, artístico, administrativo y económico.  Los monjes tuvieron el monopolio del estudio y de la doctrina espiritual, constituyendo un cuerpo cuya influencia en la vida de la Iglesia fue mucho más importante que la del clero secular.  Durante todo este período, la regla de San Benito fue la norma general para la mayoría de los monjes, que fue efecto del conocimiento del corazón y espíritu de los primeros monasterios.  El fundamento de dicha regla es la obediencia bajo todos los aspectos de la vida monacal y de los consejos evangélicos.  El monasterio estaba cercado por muros y tenía talleres para varios oficios, siendo una ampliación de la vida de familia, viviendo en común y bajo el amparo de la liturgia y de la oración personal. Además de la oración, la regla prescribe asimismo, el trabajo, como medio de bondad y de disciplina.  De ahí su famosa frase:  Ora et labora.  Por eso no es de sorprenderse que la idea de ser cristiano venía de la convicción de que la vida monástica, con la renuncia y la piedad que implicaba, era el verdadero camino para llegar a Dios.
 
    San Bernardo es quien reformó la vida monástica, la cual no partía de cero.  El monasterio de Monte casino (Italia), tuvo su esplendor de nuevo a comienzos del siglo X, asimismo el monasterio de Cluny que tuvo como fundador a Odilón (994 – 1049), fue el centro espiritual de la cristiandad.
 
   Un rasgo característicos del monasticismo fue que los centros fervientes de piedad florecieron por todos lados; dentro de los cuales tenemos: los Cartujos, la Orden Cisterciense, los Premostratenses y los agustinos.  Ellos representaban la huida al desierto.  En el desierto el monje tenía como meta más lejana, la comunión con Dios, la vida mística... esta enorme oleada de entusiasmo tenía origen en la convicción de que la vida monástica y la piedad que implicaba era la verdadera vida cristiana.
 
    Estos monasterios, cuando recién eran creados no tenían una organización muy definida.  La liturgia, la oración común, el trabajo, regían la vida comunitaria.  Se insistía en la caridad social, en la comprensión mutua y en el progreso espiritual.  Estaban ubicados en las afueras de las ciudades y también proporcionaban servicios sociales como escuelas, hospitales, albergues para los peregrinos y los viajeros.  Hacia la primera mitad del siglo XII la vida monástica estaba llegando a una etapa final de apogeo.
 
2.-  Presencia de las herejías
 
     Nunca como en el siglo XII y a comienzos del XIII, la Iglesia fue amenazada por los movimientos heréticos que entonces aparecieron.  Es verdad que en tiempos de Arrio y de Nestorio se ponía en duda la verdad misma de lo que el hombre cristiano cree en Dios, pero la Iglesia con su enseñanza en los concilios y en la predicación podía anunciar el misterio y el enunciado auténtico de la fe católica.  Pero ahora se trataba de poner en práctica el mismo evangelio (pero en forma equivocada) a partir de una reacción perfectamente legítima contra una riqueza excesiva de la Iglesia que nadie podía negar.  Dentro de estas corrientes heréticas tenemos a los cátaros, los humillados, los albigenses y los valdenses.
 
Los cátaros.
 
     Se trataba de una especie neomaniqueísmo que se había asimilado a los publicanos denunciados en el evangelio.  Eran denominados puros.
 
    Su doctrina consistía en que postulaban un principio del Bien, creador del mundo espiritual, y de un principio del Mal, creador del mundo material.  El Hijo de Dios es una criatura adoptada por el Padre, la primera, la más excelente, el más perfecto de los ángeles, una emanación de Dios.  El Espíritu Santo, o más bien el Espíritu principal, es igualmente un eón (según el gnosticismo es una inteligencia suprema emanada de la divinidad) colocado a la cabeza de los espíritus celestiales, instrumento de la inserción de lo divino en las criaturas.  María es considerada como una simple mujer, y Cristo, enviado por Dios para la salvación del género humano, no tuvo más que un cuerpo aparente, pues estando exento de pecado, no pudo contraer unión con la materia.  Por tanto, no sufrió realmente, ni padeció muerte real, ni resucitó de entre los muertos.  La redención es el conjunto de enseñanzas de Cristo para liberar a los hombres de la opresión de la materia.  El Antiguo Testamento es la obra del Mal, más el Nuevo Testamento es la obra de Dios.
 
    Según la doctrina cátara, la iglesia católica, corrompida después de la donación de Constantino, admitió falsos dogmas.  Debían ser rechazados sus sacramentos, debían desaparecer los imágenes y aborrecer la cruz. Reconocían solamente el bautismo y la confirmación que hacía del cristiano un creyente y un perfecto y un ministro de la secta.  También se admitía la confesión general y pública y la bendición del pan.
 
    Moralmente eran tremendamente rigoristas.  Se dedicaban al trabajo manual, se abstenían para siempre de alimentos procedentes de animales, carnes, huevos, leche.  Practicaban severos ayunos y una continencia absoluta para evitar cualquier contacto con la materia.  De este modo, la moral cátara se mostraba en completa oposición con la moral cristiana y la moral natural.  Según esta secta, el matrimonio estaba prohibido considerándolo malo o negativo y a la mujer se le veía como parte de la creación peor que el hombre.  Muchas jóvenes estaban en esta secta más que por convicción, por necesidades económicas donde tenían que seguir ahí aunque no quieran; pero no solamente ellas habían caído en este grupo, sino también obispos y monjes.
 
  
Los albigenses
 
     Esta herejía se había acentuado principalmente en la gente sencilla como obreros textiles y labriegos.  También enseñaban la doctrina cátara con las prácticas del ascetismo para hacer de ellos “perfectos” y “perfectas”.  Daban trabajo a los adolescentes colocándolos con patronos “creyentes”. Penetraban en las familias, en los mercados y ferias.
 
Los humillados
 
     Su origen sigue siendo oscuro y aparecieron a la luz pública con la condenación que Lucio III dio contra ellos con ocasión del Congreso de Verona de 1148.  Vivían del trabajo de sus manos, desechaban todo lujo, se vestían con paños sin teñir,  practicaban la pobreza, constituían fraternidades autónomas,  se dedicaban a la predicación, oían confesiones, usurpaban las funciones sacerdotales y terminaron rechazando tanto los sacramentos como la jerarquía.  Uno de ellos (el jefe): Hugo Speroni, rechazaba el sacerdocio, los sacramentos, principalmente el  bautismo, la penitencia y la eucaristía.
 
Los valdenses
 
     Entre 1170 y 1180, un rico comerciante, Pedro apellidado Valdo o Valdés, había reunido algunos discípulos y había empezado a predicar el evangelio.  Luego había distribuido sus bienes entre los pobres para poner en práctica los consejos evangélicos  arrastrando en pos suyo a hombres y mujeres que se entregaban a la pobreza absoluta y se dedicaban a la predicación.  Se extendieron rápidamente por la Provenza, Lombardía. Alemania y Languedoc.
 
     Rechazaban el trabajo manual y vivían de las limosnas, preconizaban el celibato y la separación de los esposos.  Creían en la divinidad de Cristo, en el estado de pecado de los hombres en la salvación por Jesucristo.  Mantenían los sacramentos de la penitencia y la eucaristía, pero negaban la transubstanciación y la comunión de los santos, y pensaban que todo hombre justo puede anunciar el evangelio, absolver los pecados y celebrar el sacrificio eucarístico.  Muy pronto se vieron en la necesidad de convertirse en “iglesia”, con una jerarquía de “perfectos” y una iniciación que recuerda a los cátaros.   Tenían a la Biblia como autoridad suprema y difundían traducciones de la misma, principalmente del Nuevo Testamento.
 
3.-  Cristo del clero secular
 
    El clero secular está formado por los sacerdotes diocesanos que tienen como cabeza al Obispo, y cuya misión es la salvación de las almas.  Ellos trabajan en las parroquias bajo la jurisdicción de la diócesis.
 
   Lamentablemente, el clero, durante el siglo XII había caído en una crisis espantosa; habían caído en la opulencia, en la ignorancia, en la simonía y en el concubinato.  Algunos obispos se inclinaron a un amor desordenado de la propia excelencia.  No tenían una preocupación por la pastoral y por lo tanto por la vida espiritual.  El papado durante mucho tiempo estaba ocupado en conflictos políticos, económicos, militares, administrativos y gubernamentales.  Los papas tenían grandes extensiones de tierras lo cual significa que poseían poderes económicos.  Se dice que los sacerdotes que en vez de vigilar dormían.  Era común encontrar al frente de la parroquia al hijo de un sacerdote.
 
    Por eso una de las causas para la propagación de las herejías era el descuido pastoral por parte del clero.  Directa o indirectamente estos movimientos estaban en contra de la riqueza y de la inmoralidad de la Iglesia; al fondo había una sed de Dios, de misericordia de alguien que les predique las verdades de la fe tanto con el testimonio auténtico de vida como con palabras.
 
Hablando de la Iglesia en general, no todo ella estuvo en crisis.  Hubo personalidades que si dieron testimonio auténtico de Cristo.  Tal es el caso del martirio de Tomás Becket, la gran figura de San Bernardo de Claraval y de Pedro el Venerable y de muchos papas que consagraron sus vidas al servicio del evangelio, como  es el caso de Inocencio III.