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HOMILIA
SAN MARTIN DE PORRES
Para ser santo, es preciso ser humano; para ser humano, es
indispensable ser sensible y tierno. Y, precisamente, en su ternura
hacia todos los pobres y su sensibilidad frente al sufrimiento
de los más débiles, se radica la innegable atractividad
de la santidad de Martín de Porres.
Hablar de la vida de Fray Martín es hablar del evangelio,
ya no en el abstracto sino viviente y puesto en práctica;
es ponernos frente a frente a la escenificación histórica
de las Bienaventuranzas pronunciadas por Jesús; es descubrir
el mandamiento del amor a Dios y al prójimo encarnado
en una forma extraordinaria.
La historia del mulato querido de Lima no deja de fascinarnos
porque, en cierto sentido, contradice todo lo que la sociedad
de aquel entones, y la nuestra hasta el día de hoy, juzgan
como signos del valor social de una persona: buena apariencia,
buen apellido y buena posición social y económica.
Este hombre, a quien rendimos homenaje hoy y a quien elevamos
nuestras plegarias, nació con todas las desventajas sociales
imaginables en aquella época: hijo ilegítimo de
un hidalgo español, Juan de Porras, y su concubina negra,
Ana Velásquez. Los prejuicios que producen la discriminación
racial y social fueron tan fuertes, o más, en la Lima
de 1579, que son actualmente, aunque ciertamente persisten. Pero
es este hombre, vergüenza de su padre y privado del amor
materno desde una edad muy tierna, que supo responder al amor
divino y poner en práctica plenamente la Palabra de Dios.
?
Desde temprano edad, descubrió y vivió los valores
del Reino, anunciados por Cristo en el Sermón de la Monataña,
que parten de la confianza incuestionable en Dios. y buscan su
fin solamente en Él, a través de la práctica
del amor a los demás.
Reflexionar sobre la vida de Fray Martín, entonces,
nos cuestiona profundamente, porque en ella, encontramos en forma
viva y dinámica los valores que nuestro mundo ha perdido
y que, nosotros, los cristianos, en toda época, tenemos
que manifiestar para que el evangelio no pierda su credibilidad.
Somos, como el, hombres y mujeres del mundo, llamados a ser hombres
y mujeres de Dios, sin dejar de ser plenamente humanos; como
el, hemos sido amados intensamente por Dios para poder amar intensamente
a todos nuestros hermanos; como el, hemos sido llamados a ser
santos.
Desde los 8 hasta los 15 años, el niño mulato,
separado de su madre y de su hermanita, Juana, fue encargado
en la casa de una mujer que, nos dicen los historiadores, fue
"honesta y muy cristiana", Doña Isabel García.
Allí, en esta casa al borde del Río Rimac, en el
barrio de Malambo, aprendió a amar a los pobres y marginados.
Este fue el barrio de los negros que esperaban ser vendidos como
escalvos, de los indios y mestizos, de los españoles pobres;
en fin, el barrio de los que vivían al margen de la sociedad
colonial. Fue allí que el niño Martín sentía
el rechazo de los hombres y aprendió a poner su confianza
solamente en Dios.
Este niño, que de día trabajaba como aprendíz,
primero de boticario y después de barbero, pasaba la noche
en oración ferviente antes de la imagen del Señor
crucificado, como consta en el testimonio de su canonización.
Y fue en esa misma época que recibió el Sacramento
de fortaleza y militancia cristiana, la Confirmación,
por la imposición de las manos del santo varón,
Toribio de Mogravejo, Arzobispo de Lima.
Una vez más, se comprueba la predilección de
Dios para los pobres y, no cabe duda, que no había nadie
más pobre que Martín de Porres: el era, por excelencia,
uno de los pequeños del Señor. A los 15 años,
se presentó al Convento de los dominicos, animado, sin
duda, por haber escuchado diariamente, no solamente las campanas
sonoras del templo del Santísimo Rosario, sino también
las voces de los frailes en su rezo nocturno de maitines, que
fácilmente llegaban a sus oídos en su cama al otro
lado del Rimac. Fue así que descubrió que su condición
de ser ilegítimo le excluyó de la posibilidad de
ser "fraile de misa", o sacerdote, y el hecho de ser
mulato - hijo de español y negra - determinó que
ni siquiera podía ser hermano cooperador. Frente a este
hecho, "se donó" al convento y entró
a la vida religiosa como "donado", el último
de los últimos. Desde el principio de su vida hasta el
final de ella, Martín fue un ejemplo encarnado de aquella
bienaventuranza anunciada por Cristo para todos los últimos
de esta tierra, que aprenden a poner su confianza en Dios: Bienaventurados
los pobres del espíritu, porque de ellos es el Reino de
Dios.
Martín entró en la Orden de Predicadores y verdaderamente,
predicó el evangelio, no con palabras desde un púlpito
sino con la práctica diaria de las enseñanzas de
Jesús. Acceptó su situación social, no con
la resignación de los débiles de carácter
sino con la fortaleza de los mansos de corazón. Frente
a los prejuicios raciales y palabras hirientes de sus hermanos,
Martín mantuvo un silencio respetuoso. El eco de la bienaventuranza
que promete la herencia de la tierra prometida a los mansos y
humildes de corazón suena en nuestros oídos al
recordar las palabras de agradecimiento pronunciadas por el modesto
donado del convento cuando fue humillado y mortificado por su
superior: «Ahora conozco el buen celo de su Paternidad,
del mucho amor que me tiene, pues trata a este perro mulato como
merece». ¿Quién puede dudar que en estas
oportunidades, recordaba las palabras de Jesús mismo:
«Aprenden de mí que soy paciente de corazón
y humilde».
Fray Martín, a toda apariencia, fue siempre alegre
y nunca se le vió alterado. Sin embargo, su amor para
los pobres fue tal que se dolía y se entristecía
cuando alguno llegaba y no tenía que darle. Prefería
quedarse sin nada él mismo antes de ver a un pobre hambriento
salir de la dispensa sin comer. Y justamente esta es la tristeza
de que nos habla la bienaventuranza y que merecerá el
consuelo divino. Si Martín se afligía, no fue por
lo le hiciera a él sino porque no quería ver a
nadie más sufriendo.
Los cronistas nos cuentan que el vivía «siempre
con una sed insaciable de obrar mucho en el servicio de Dios».
Abundan los testimonios de sus contemporaneros que nos dicen
que fue conocido como el «hombre santo» y «
santo y justo y amigo de Dios». Y esto es exactamente el
sentido de la bienaventuranza que nos dice: Bienaventurados los
que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán
saciados. Martín fue ardiente en su deseo de cumplir con
Dios y con su prójimo; fue celoso en su afán de
despertar el amor de Dios en todos con quien venía en
contacto. Cumplir la voluntad de Dios es la fuente de toda justificación.
Era, como San José, un hombre justo, un santo varón.
Sin duda, nuestro santo es más conocido por sus obras
de misericordia: atento a los pobres, cuidando a los enfermos,
aconsejando a todos que lo buscaban. Como Jesús, vió
que la gente andaba somo si no tuvieron pastor, hambriento de
pan y de Dios, y tenía compasión de ellos. Sufría
con todos y cada uno de aquellos que padecía debido a
su indigencia o su situación social y respondió
a cada situación, imitando a Dios mismo quien es rico
en misericordia, como cantamos tantas veces en los salmos.
Decir que alguien es "limpio de corazón"
es decir que tiene un corazón sin doblez, que es totalmente
transparente; en otras palabras, que vive lo que cree, que hay
coherencia entre fe y vida, como han dicho nuestros Obispos en
la Conferencia episcopal de Santo Domingo. La sencillez y honestidad
de Martín fue evidente a todos los que lo conocieron.
No hacía las cosas para impresionar a nadie, ni sus actos
de caridad, ni su oración intensa, ni el cumplimiento
de las observancias conventuales; cumplía porque se había
comprometido en sus votos a ser fiel a la voluntad de Dios. No
tenía segundas intenciones ni agenda secreta. Tenía
el corazón puro y las manos limpias. De el, como de Nataniel,
Jesús podría decir: «Ahí viene un
verdadero Israelita de corazón sencillo».
Que también fue pacificador, como nos dicen en las
bienaventuranzas, es relatado en forma clásica por la
anécdota del perro, gato y pericote, enemigos naturales,
comiendo del mismo plato. Pero decir que fue pacífico
no es lo mismo que decir que fue pasivo, especialmente en su
lucha contra el mal, que es el pecado y la injusticia en el trato
de los indefensos. Defendía a los escalvos que lo tenían
como a un padre. Sin perder su acostumbrada calma, insistía
que los frailes respetaran a los pocos derechos de esos maltratados.?
Por ser mulato, por ser ilegítimo, por ser un simple
donado al convento, Fray Martín sufrió los insultos
e injurias de sus hermanos. Efectivamente, no fue perseguido
por su fe en Cristo por herejes o no creyentes pero sufrió
una especie de martirio debido a las discriminaciones irracionales
de la sociedad limeña de esa época. Y no cabe duda
que estaba siempre predispuesto a dar su vida para mantener su
fidelidad a Cristo. Se ofreció, inclusive, para las misiones
de Japón donde, sabemos, en esos tiempos, muchos misioneros
fueron martirizados por la fe. Las palabras del último
de las bienaventruanzas - Bienaventurados serán cuando
los injurien y los persigan y digan todo mal contra uds. por
mi causa - reflejan la realidad de la vida diaria de uno que
fue despreciado por los hombres por el color de su piel pero
muy apreciado por Dios y los pobres.
Muchos de nosotros, sin duda, nos acercamos al santo moreno
en forma muy interesada: queremos que nos haga un milagro. Pocos
son los que se acercan para aprender de él como vivir
radicalmente su vida cristiana. Martín no es un santo
porque hace milagros; es santo porque supo amar a Dios y su prójimo
en el espíritu de las bienaventuranzas, proclamadas por
Jesús como criterio máximo de vida para los que
quieren ser sus discípulos. Por eso decimos que su vida
era una auténtica escenificación del evangelio.
Ser santo es difícil, pero no imposible. Se trata de
buscar y encontrar, de tocar la puerta y pedir, de esperar y
obtener. Se trata de ser verdaderamente humano - tierno con los
pobres y sensible a su sufrimiento. A fin y al cabo, este es
el criterio que Jesús ha dado para juzgarnos cuando nos
toca rendir cuentas de nuestras vidas: «¡Vengan
los bendecidos por mi Padre! Tomen posesión del
reino que ha sido preparado para ustedes desde el principio del
mundo. Porque tuve hambre y uds. me alimentaron, tuve sed y uds.
me dieron de beber; Pasé como forastero y uds. me recibieron
en su casa. Anduve sin ropas y me vistieron. Estaba enfermo y
fueron a visitarme. Estuve en la cárcel y me fueron a
ver» ¿Cuándo Señor hemos hecho
todo esto? "Cuando lo hicieron con alguno de estos más
pequeños, que son mis hermanos, lo hicieron conmigo."?
Al recordar, hoy día, al santo peruano, venerado en
el mundo entero, a la luz de las bienaventuranzas, no podemos
olvidar las palabras de Su Santidad, Juan XXIII, pronunciadas
en la ceremonia de la canonización hace 32 años:
«Martín nos demuestra con el ejemplo de su vida,
que podemos llegar a la salvación y a la santidad por
el camino que nos enseño Cristo Jesús ... Ojalá
que el ejemplo de Martín enseñe a muchos la dulzura
y felicidad que se encuentra en el seguimiento de Jesucristo
y en la sumisión a sus divinos mandatos.»
Honramos a Martín de Porres Velásquez, triplemente
marginado por el mundo pero singularmente bendito por Dios. No
nació santo pero terminó siéndolo. El amor
al pobre fue el instrumento que utilizaba para llegar a su meta
- a la unión con Dios. Como Jesús, pasó
por el mundo haciendo el bien. Su entrega a los necesitados y
marginados es una prueba viviente de la presencia del Dios de
amor presente en nuestra historia; la Iglesia, por esto, lo ha
proclamado Patrón de la Justicia Social. Nos sentimos
seguros que este santo peruano no olvida en sus plegarias, ante
el trono del Señor, el sufrimiento de su pueblo. Y, ojalá,
que al pedir nuestro milagro de Martincito, nosotros tampoco
olvidemos a los que sufren. |