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SUPERANDO LA CRISIS
Desde hace un tiempo atrás, acá en el Perú,
el Consejo Permanente de los Obispos cuestionaba la ética
del plan económico neo liberal del gobierno, sobre todo
porque no tomaba en cuenta la situación de los más
pobres del pueblo. Un Ministro de Economía de este gobierno,
en una oportunidad, hizo un comentario público al respecto,
argumentando que los Obispos no tenían nada que decir
sobre el asunto porque la ética nada tiene que ver con
la economía, siendo la Economía una ciencia autónoma
con sus propias reglas.
Lo triste es que esta forma de pensar del ex Ministro de Economía
del Perú, referente a lo económico, está
compartido, al parecer, por un buen número de profesionales
de casi todos los campos, en lo que se refiere a sus propias
especialidades. La "ética profesional" no pasa
de ser un curso universitario más, promovido por unos
cuantos utópicos académicos o el reclamo de unos
desadaptados a la modernidad. Lo que vale, nos dicen, en "la
vida real" es la eficacia, lo que produce resultados.
Las reglas éticas o morales ya se consideran utópicas
y contraproducentes en nuestros tiempos. Los valores transcendentales
que inspiran un trato ético o moral entre personas y pueblos
- la vida, la dignidad de cada persona, la verdad, la justicia,
el bien común - no tienen nada que ver con el progreso
económico, científico o profesional. Por lo menos
así nos dan a entender en su forma de actuar, si no lo
dicen en palabras. Según ellos. es la conciencia de cada
uno, conforme a sus propios fines e intereses, que determina
lo bueno o lo malo del trabajo y los medios que se usa para lograr
el éxito. Que se serruche el piso a los compañeros
o miente o soborne no tiene importancia a fin de que se logre
lo propuesto. Tampoco importa la contaminación o la destrucción
del medio ambiente aunque ésta ponga en peligro la salud
de los pobladores, en forma inmediata, o acabe con los recursos
naturales que necesitarán futuras generaciones.
Un ejemplo muy concreto de todo esto es el modo de proceder
de la industria pesquera de la Ciudad de Chimbote en la costa
norte del Perú. Aquí se dice que el humo de las
fábricas representa "plata" y progreso. Lo que
no se dice es que ese humo representa enfermedades pulmonares
serias para buena parte de la población, sobre todo en
los niños, y la depredación de la riqueza del mar,
privando así a futuras generaciones del Perú de
los recursos necesarios para su bienestar.
Cuando no se puede ver el sol por lo espeso de la neblina
mezclada con el humo gris de las fábricas (smog) y los
narices detectan el olor de pescado quemado y podrido a 10 km.
de la ciudad, se contentan no solamente los empresarios pesqueros,
los armadores y los pescadores sino también los comerciantes
porque habrá negocio, los médicos porque habrá
más enfermos, los abogados porque habrá más
reclamos y los políticos porque podrán lucir con
su demagogia al denunciar todo esto mientras cobran una coima
para no hacer nada al respecto.
Por supuesto, se entiende que en una situación de pobreza
extrema y de desocupación masiva, criticar a una industria
que provee fuentes de trabajo y de ingresos familiares parece
insensato. Pero, en verdad, los argumentos que presentan los
defensores de esta situación son de puro engaño
e intentan evadir las cuestiones de fondo; nada tienen que ver
con las verdaderas posibilidades de buscar una solución
que ampara la salud de los trabajadores y pobladores, protege
la riqueza de la nación y, a la vez, promueva el avance
de la industria. Sólo tienen que ver con más ganancia
a menor costo; sólo tiene que ver con valorar el dinero
más que la vida y la dignidad de las personas.
Existen leyes, muy buenas leyes, que pretenden proteger a
la población, los trabajadores y los recursos naturales;
pero como canta el refrán - "hecho la ley hecho la
trampa". Y es en este punto en que se percibe con claridad
la falta de una ética cuya principio orientador es objetivo
y universal. Es el lugar de "choque" entre aquellos
que valoran su propio bien antes y a costo de los demás;
es el escenario moderno en que se desarrolla la escena demasiadas
veces repetida en nuestra historia, resumida elocuentemente por
San Lucas cuando nos relata de la reacción de los fariseos
frente a la opción disyuntiva que tiene que hacer cada
persona en su vida: o el Dios verdadero o el dios dinero; "Los
fariseos oían todo esto y por ser hombres apegados al
dinero, se burlaban de Jesús." Burlarse de las leyes
hechas para asegurar justicia, bienestar y equidad para ganar
unos centavos más es la regla y no la excepción.
No importa las consecuencias.
Lo que sucede en la industria pesquera de Chimbote ilustra
en forma sintética lo que está ocurriendo en todos
los ambientes de la sociedad en que predomina el pragmatismo
político, económico y social en que el neoliberalismo
económico se fundamenta.
Según los resultados de una encuesta, publicado en
una revista norteamericana, pocos son los creyentes, de cualquiera
de las religiones del mundo, que piensan que hay una relación
entre lo que profesan en sus iglesias y lo que hacen en sus vidas
públicas o privadas; entre su fe y su vida. La opinión
personal prevalece sobre cualquier concepto moral, ético
o religioso. Esta constatación es preocupante no solamente
porque es una actitud que impregna casi todos los ambientes políticos,
económicos y sociales, como hemos visto, sino porque refleja
que algo anda mal en las religiones que no han sabido comunicar
eficazmente la relación inseparable entre la verdad hablada
y la verdad vivida. ¿O es qué también, en
el nombre de la modernidad o para no perder miembros o para participar
en las riquezas del mundo o para presentar una religión
más fácil, las religiones han sacrificado sus valores
y se han contentado con un discurso "espiritualizado"
sin que éste sognifique un compromiso con la vida real
y diaria?
En América Latina tenemos una situación única
en el mundo; es un continente que se gloría en llamarse
"católico". Por eso mismo es más escandalosa
nuestra situación en cuanto a la falta de una ética
en todos los campos. Basta leer los titulares de los periódicos
del mundo para darnos cuenta de lo grave de la situación
en el mundo entero. La corrupción impregna la vida en
todas sus niveles: presidentes de Repúblicas destituídos
y/o enjuiciados; congresistas sobornados; jueces en el pago de
criminales; intereses políticos y/o económicos
determinan la indignación, intervención o indiferencia
frente a la destrucción de la vida humana en guerras y
no, como nos quieren hacer creer, la justicia o el respeto por
la vida humana o el amor a la democracia; empresarios, motivado
por el lucro, vendiendo sangre contaminado por el SIDA u otros
utilizando materiales de menor calidad de lo especificado para
ganar un poco más, poniendo en peligro las vidas de miles
y miles de personas; clero involucrado en escándalos sexuales;
médicos que dejan morir a los pacientes en la puerta del
hospital porque no tienen dinero; abogados que promueven juicios
falsos que destruyen las vidas de sus víctimas; militares
que impunemente hacen desaparecer a las personas y las entierren
en fosas clandestinas; policías que prepotentemente utilizan
sus uniformes para lucrar con la pobreza del pueblo; y más
y más. Lo que hay en común en todos estos ejemplos
parece ser la creencia que lo malo no es que se haya hecho daño
a otros sino de haber sido descubierto y acusado por alguien
que ha sufrido a consecuencia de sus acciones. No se siente mal
por haber hecho algo inmoral sino por haber sido descubierto.
Estar aprehendido con "las manos en la masa" es lo
que produce vergüenza y no el hecho de haber mentido, robado,
engañado o matado.
Poco bien hacemos en lamentar las crisis económica
y política que están provocando mayores injusticias
y más pobreza en nuestro pueblo si, a la vez, no criticamos,
con valentía, las raíces de estas crisis, es decir,
la crisis moral profunda. Es urgente que hagamos todo lo que
podemos para recuperar la consciencia de la existencia de un
código moral y ético que mira más allá
del "yo" como criterio único de actuar en la
sociedad. Sin valores transcendentales para guiarnos es evidente
que todo lo que llamamos progreso o eficacia nos llevará
a la autodestrucción de la sociedad misma. Está
bien que el mundo avance pero que sea para beneficiar a todos
y no a unos cuantos. Al asumir estos valores no estamos cediendo
nuestra libertad a nadie; más bien estamos enriqueciendo
nuestra humanidad. |