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Introducción I, II, III
La primera Bienaventuranza
La segunda Bienaventuranza
La tercera Bienaventuranza
La cuarta Bienaventuranza
La quinta Bienaventuranza
La sexta Bienaventuranza
La septima Bienaventuranza
La octava Bienaventuranza
María y las Bienaventuranzas
Bibliografia |
María y las Bienaventuranzas
LA VIRGEN DE NAZARET
PRIMERA BIENAVENTURADA
La Virgen María es el espejo de las bienaventuranzas
y del perfecto seguimiento de Jesús. La fidelidad plena
a la palabra de Dios, en cada momento de su vida, es la causa
de su bienaventuranza. No es bienaventurada simplemente por ser
la madre del Mesías sino porque ha escuchado la palabra
de Dios y la ha puesta en práctica (Lc 11, 28). Su vida
entera es una floración de las bienaventuranzas.
El Magnificat, es el autorretrato psicológico
de las bienaventuranzas. Es el cántico del alma henchida
de agradecimiento que, en la austeridad de una vida sencilla,
pone su dicha en sentirse la predilecta de Yavé. El Magnificat
celebra la pobreza de María, la prediclección de
Dios por los hambrientos, los humildes, los pobres; la fidelidad
a Dios. Cantar el Magnificat de nuestra Señora
nos abre caminos de esperanza, pero sólo si, con un corazón
pobre como el suyo, estamos abiertos a la acción del todopoderoso
y a las necesidad de los hombres. La Virgen, en este canto anticipa
la predicación de las bienaventuranzas. Al igual que Jesús,
es la única vez que se propone a sí misma como
modelo, al referirse a la pobreza.
Las bienaventuranzas son una especie de autobiografía
psicológica de María. Entre los santos, testigos
de Cristo que estuvieron con él, la santísima Virgen
es la que, por su sencillez de su corazón, nos arrastra
como nadie a vivir el Espíritu de las bienaventuranzas,
al ser ella la primera bienaventurada.
La primera bienaventuranza:
Su vida, como la nuestra, fue eminentemente humana, y también
ella estuvo sometida a la misma clase de situaciones sociales
opresoras, desesperanzadoras y, con frecuencia, difíciles
en que todo ser humano se encuentra situado de vez en cuando.
La futura Reino de los Cielos, trabajaba como una mujer más
en el medio rural en que vivía; sin que nada de lo que
ella realizaba pudiera predecir la grandeza de su destino. Solícita
en sus labores, modesta en sus dichos, firme en poner a Dios,
y no a los hombres, por guía de sus acciones. La Virgen
fue consciente de su pequeñez e insignificancia. Vivió
la pobreza del espíritu; vivió la aceptación
de esta humilde condición, según el espíritu
de los pobres de Yavé, de los que María es la más
sublime expresión.
La segunda bienaventuranza:
María resplandeció en mansedumbre y dulzura.
Esta mansedumbre-dulzura no era pasividad sino creadora. Ella
es el arquetipo ideal de la mansedumbre, acogedora de la gracia
divina; en ella, el abandono se vuelve creador tan profundamente
que el Hijo de Dios nace de su carne, en su carne.
La tercera bienaventuranza:
Las lágrimas y el sufrimiento está en el mismo
centro del misterio de María, como había profetizado
Simeón (Lc 2, 35). Era natural que llorara ante la pérdida
del niño en el templo; natural, también, llorar
al pie de la cruz. María participa en todo el drama de
la pasión de su Hijo, no sóla como persona histórica,
sino representando misteriosamente a la Iglesia, y a través
de ella, a toda la humanidad creyente en la historia de la salvación.
La cuarta bienaventuranza:
Como los pobres soportan la carencia de muchas cosas, María
también experimentó en su vida sensaciones ingratas
y dolorosas. Sintió profundamente el hambre y sed de justicia,
de la santidad, de oir la palabra de Dios, guardándola
en su corazón (Lc 2, 19. 51). Ante la voluntad de Dios
que le propone el ángel, pronuncia su «hágase»,
que es la manera bíblica de expresar su sumisión
total. Deseo, ansia de que se cumpla la voluntad de Dios; no
una aceptación resignada sino un gozo impaciente de que
se haga lo que el Señor desea.
La quinta bienaventuranza:
El corazón maternal de María está lleno
de misericordia. Ella fue la discípula más fiel
de su Hijo. Amor y ternura en Belén; compasión
dolorosa en la calle de la Amargura y al pie de la cruz.
La sexta bienaventuranza:
María es la limpia de corazón. La llamamos la
Virgen. Ese es su nombre: simplicidad. sin doblez, autenticidad,
limpieza, transparencia. En su corazón anidaron los más
puros y nobles sentimientos. Ya su primera palabra nos introduce
en el misterio de su virginidad.
La séptima bienaventuranza:
¡Shalom! paz, era el saludo con el que María
comunicaba la paz (Lc 1, 40). Su porte sereno, su equilibrio
afectivo, su alma virgen, su confianza plena en Dios, su abandono
total, le daba esa elegancia serena y espiritual, que es la expresión
de toda paz; todas sus palabras son indicios de esta bienaventuranza.
Al soñar con un mundo mejor, ponemos nuestra confianza
en ella, la bienaventurada Virgen, Reina de la Paz.
La octava bienaventuranza:
Antes de que Jesús muriese en la cruz, antes de que
la cruz se hiciese cristiana, María ya participaba de
ella a lo largo de toda su vida. Desde las dudas de José
hasta el pie de la cruz, en silencio y amor, la madre se identificaba
con su Hijo.
La vida de la Virgen es siempre una invitación a la
santidad, que está en la vida ordinaria, en las cosas
pequeñas (Rom 10, 8). Nos enseña el camino de nuestra
perigrinación en un continuo crecimiento. María
es, ante todo, aquella mujer que ha descubierto a Dios y le ha
aceptado; ha recibido su don y en ese don ha fundado su existencia:
contemplativa, activa, entregada. Es modelo armonioso de bienaventurada
única e irrepetible en la obra de salvación.
Siempre la figura de la Virgen se mantiene en el centro de
la experiencia vital de los creyentes. Es la mujer que vive en
la cercanía del misterio. Ella nos lo hace presente. ella
es madre y hermana nuestra, modelo actual, perenne, de todos
los creyentes. |