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Introducción I, II, III
La primera Bienaventuranza
La segunda Bienaventuranza
La tercera Bienaventuranza
La cuarta Bienaventuranza
La quinta Bienaventuranza
La sexta Bienaventuranza
La septima Bienaventuranza
La octava Bienaventuranza
María y las Bienaventuranzas
Bibliografia |
La octava Bienaventuranza
BIENAVENTURADOS LOS QUE SUFREN PERSECUCION
POR LA JUSTICIA
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SAN MATEO
Bienaventurado ustedes cuando los injurien, los persigan
y digan con mentira toda clase de mal contra ustedes por
mi causa.
Alégrense y regocíjense, porque su recompensa
será grande en los cielos; que de la misma manera persiguieron
a los profetas anteriores a ustedes.
(5, 11.12) |
SAN LUCAS
Bienaventurados ustedes cuando los hombres los odien, cuando
los expulsen, los injurien y proscriban su nombre como malo,
por causa del Hijo del hombre.
Alégrense ese día y salten de gozo, que
su recompensa será grande en el cielo, porque de ese modo
trataron sus padres a los profetas.
(6, 22.23) |
Tanto en Mateo, como en Lucas, esta bienaventuranza es la
más extensa y aparece en último lugar. Hay diferencias
en la formulación que se puede apreciar comparando los
textos pero es una sola bienaventuranza con dos modos de expresión.
Esta bienaventuranza es diferente que las demás; su
forma literaria es más amplia, en contraste con la brevedad
sintética de las otras. La primeras refieren a sufrimientos
presentes; esta, se refiere a sufrimientos posibles y futuros.
El lenguaje concreto de Lucas nos hace pensar en las persecuciones
contra los cristianos comenzado por los judíos. De otra
manera, no se explica plenamente esta bienaventuranza.Entre los
años 70 - 80, después de la destrucción
de Jerusalén, los judíos lograron dar un nuevo
impulso al judaísmo oficial y prohibieron que los cristianos
participasen en la plegaria judía. Se convierte en hecho
la separación entre judíos y cristianos: el cristianismo
está considerado como una secta rechazada por el judaísmo.
Esta es la situación que se ve en la bienaventuranza.
La situación que describe la bienaventuranza corresponde
a la que conocieron los cristianos de la edad apostólica,
en el momento que el judaísmo rechazó su fe y comenzó
a perseguirlos, y en el momento también en que los adeptos
a Cristo tomaron suficiente conciencia de lo que les separaba
del judaísmo oficial, para poder decir ellos y
sus padres, hablando de los judíos.
Esta bienaventuranza no se explica plenamente más que
en función de la experiencia vivida por la Iglesia primitiva.
La formulación pertenece a esta época tardía
Los elementos esenciales de la última bienaventuranza
son:
- los sufrimientos de los perseguidos
- la felicidad de los mismos
- la persecución por Cristo
Los discípulos son los sujetos pasivos de los malos
tratos venidos desde afuera; el gozo en el sufrimiento brota
en el interior de la persona (la recompensa es futura pero la
esperanza es tan fuerte que produce un gozo en el presente);
la persecución por causa de Cristo viene a darle su sentido
pleno a la bienaventuranza. Así, no es el hecho en sí,
de ser perseguido, sino el que sea por Cristo.
El tema del justo perseguido y su bienaventuranza definitiva,
aparece ya en el AT: Sab 2 - 5; Mac 6 - 7. También se
describe el gozo después del sufrimiento: Is 35,
10; 51, 11; 61, 7; Sal 126, 5, pero no el gozo en el
sufrimiento. Tampoco en el judaísmo se encuentra esa doctrina.
Parece ser un tema original de Jesús mismo.
Sobre este tema, en el NT, hay numerosos textos: 1 Pe 1, 4
-6; 4, 14 - 14; Heb 10, 32 - 36; Rom 5, 3; Hech 5, 41; Col 1,
24; 2 Cor 8, 2; 1 Tes 1, 4. En estos textos, la alegría
y las pruebas se juntan. Esta doctrina, ausente en el
AT, y en el mundo judío, debe ser considerada como propia
del cristianismo,
Todas las otras bienaventuranzas se dan en todas situaciones;
esta última exige un contexto y una situación especial:
un estado de persecución por el nombre de Cristo. Cuando
sucede algo terrible en nuestra vida, debemos proclamar o decir
sencilla y humildemente esta bienaventuranza de Jesús,
sin extrañarnos que antes hayamos pedido que pase de nosotros.
Los candidatos, los privilegiados del Reino, no solamente han
de vivir los rigores de una dura existencia sino habrán
de padecer la violenta persecusión, la deliberada opresión
de los hombres.
Todo esto nos pone frente al enigma indescrible que ha venido
acuciando al pensamiento humano desde siempre: el mal, el sufrimiento,
la cruz. Raïsa Maritain, esposa del filósofo cristiano,
Jacques Maritain, resume el pensamiento de muchos:
«si Dios existe, es infinitamente bueno y onmipotente.
Pero, si es bueno, ¿por qué permite el sufrimiento?
Y, si es omnipotente, ¿por qué tolera los malvados?
Por lo tanto, Dios no es ni omnipotente, ni infinitamente bueno,
o sea, no existe».
De este modo piensan muchas de las personas de nuestro mundo
actual. La realidad del sufrimiento no es fácil de relacionar
con la afirmación de la existencia de Dios, y más
aún de un Dios-Amor, infinitamente bueno.
Un autor cristiano, Paul Claudel, dice:
Los primeros cristianos estaban persuadidos de que profesando
la fe en Jesucristo chocarían con la oposición
del entorno judío y pagano. Desde el principio, habían
comprendido que hacerse cristiano significaba entrar en una comunión
de sufrimiento. Sentían hasta físicamente la solidaridad
profunda con la pasión y la muerte del Señor.
Para nosotros, los cristianos, no cabe hablar de contradicción;
pero sigue siendo un misterio. Un misterio que, a la luz de Cristo
paciente, se ve como señal de bendición, aunque
permanezca impenetrable siempre su incomensurable profundidad.
Nada como el dolor - de la clase que sea - hace sentirse al
hombre tan pequeño, impotente y desvalido. Pero, eso mismo,
puede ser la catapulta que lo lance con fuerza al otro polo del
cristianismo: al amor. No acaba el hombre de entender el misterio
de dolor, al igual que no acaba de entender el misterio de mal.
La cruz del resucitado es lo que permite al creyente decidirse
en medio de la oscuridad y del absurdo, por el riesgo de la esperanza:
la imitación de la cruz - «locura para los paganos
y escándalo para los judíos, pero poder de Dios
para los creyentes» (1 Cor 1, 18).
Nadie aclara este misterio, el supremo misterio. En las carnes
sensibles de Cristo humillado tiembla todo el dolor del mundo:
la inocencia de los niños, el amor de las madres, las
noches del enfermo, la soledad del preso, los genocidios de Auschwitz,
los desaparecidos, las víctimas inocentes de la guerra
y la política.
Los profetas, que predicaban la verdad, obtenían desprecios,
oprobios, azotes, martirio, muerte. Los verdaderos testigos de
la verdad han sufrido siempre; Los falsos, no. El continuo cruzarse
de la persecución con la vida del justo debería
tener una explicación. Lo que era un misterio insondable
en el AT, comienza a desvelarse unos años antes de Cristo
(Sab 5, 1 - 16). Solamente en la cruz de Cristo se nos revela
que lo que fue un signo de maldición para los hombres
se ha convertido en instrumento necesario para la redención.
Padecimiento y gloria; persecución y dicha; realidades
inseparables desde que Cristo transfiguró en gloria el
oprobio de la cruz. Cinco veces afirma Jesús que sin llevar
la cruz no se puede pertenecer al grupo de sus discípulos:
Mt 10, 38; 16, 24; Mc 8, 34; Lc 9, 23; 14, 27.
Ya no hay otro camino de bienaventuranza sino el de la persecución.
Jesús lo predijo para sus discípulos: Jn 15, 18;
16, 2 - 4.
Hay cruces y sufrimientos que renuevan a los cristianos y
a la Iglesia. La participación en los sufrimientos de
Jesús nos lleva a la resurrección (Jn 12, 24).
La cruz acaba en la resurrección. Misterio es la cruz
de Cristo; misterio es la cruz de la Iglesia; misterio es la
cruz de cada cristiano, en particular. Pero desde que Cristo
murió en ella, no puede tener otro significado que no
sea de bendición y de predilección divina. Las
vidas de los santos expresan esta verdad.
Todo en el mundo, hoy, nos lleva a olvidar al Dios crucificado;
se intenta transformar el cristianismo en una ideología
religiosa o en una religión de observancia, que pierde
de vista al radicalismo del evangelio. Sin embargo, son los pobres
que nos recuerdan el rostro humano y sufriente de Jesús,
sus opciones y predilecciones y que la liberación auténtica
pasa por la cruz.
El dolor por el dolor no tiene sentido; el sufrimiento cristiano
presupone el seguimiento a Jesucristo y la inserción de
nuestro dolor al suyo propio.
Esta última bienaventuranza, en diferencia con las
otras, no trata de categorías de personas ni actitudes
permanentes a adquirir, sino de algo transitorio y eventual,
es decir, la persecución y el martirio. Esta bienaventuranza
va de la cruz a la resurrección: es el vértice
de la perfección interior. Jesucristo ocupa el lugar central
puesto que es la adesión a su persona - por mi causa,
según Mateo; a causa del Hijo del hombre, según
Lucas, la que garantiza la dicha definitiva.
San Lucas pone el énfasis en la persecución
misma, por Cristo, como garantía del Reino; San Mateo
hace objeto de la bendición el motivo que provoca la persecución
y el espíritu con que se la soporta. Ser perseguido por
causa de la justicia equivale a serlo por ser cristianos. Se
trata de una persecución basada en la calumnia, la mentira,
contra la inocencia y la bondad.
Generalmente no es fácil vivir las bienaventuranzas
cuando se convive entre los hombres del mundo; pero tampoco es
fácil convivir con un santo. Los santos nos incomodan
con la integridad y fidelidad de su fe y su vida. Sin ni siquiera
decirnos palabra, la fuerza incontestable de su vida cuestiona
nuestra debilidad y cobardía.
El Evangelio es una especie de declaración de guerra
frente a la anarquía desatada en la tierra a partir del
primer pecado del hombre:
- guerra en la intimidad de las conciencias (Mt 10, 38
- guerra en los afectos (Mt 10, 37)
- guerra frente al mundo (Mt 10 16 - 32)
Todo el Capítulo 10 de Mateo nos resume lo necesario
para considerarnos discípulos de Cristo.
Hoy, en muchos países, los cristianos son perseguidos,
torturados y martirizados por sus convicciones religiosas. Es
comprensible y aún inevitable que cuando un hombre vive
de verdad el evangelio, las fuerzas de mal se levanten contra
él. Pero el Señor ha dicho: « Yo he vencido
al mundo» (Jn 16, 33). Así habla Jesús animando
en la lucha, a la que debe seguir segura victoria. |