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Introducción I, II, III
La primera Bienaventuranza
La segunda Bienaventuranza
La tercera Bienaventuranza
La cuarta Bienaventuranza
La quinta Bienaventuranza
La sexta Bienaventuranza
La septima Bienaventuranza
La octava Bienaventuranza
María y las Bienaventuranzas
Bibliografia |
La septima Bienaventuranza
BIENAVENTURADOS LOS QUE CONSTRUYEN LA PAZ
ELLOS SERAN LLAMADO HIJOS DE DIOS
La paz, en hebreo shalom, es fruto de la justicia (Is
32, 17). Shalom es una manera de expresar la prosperidad,
la seguridad y la armonía en la vida humana (Gen 26, 29;
Dt 23, 7; Jer 8, 15). Trabajar por la paz es favorecer la reconciliación,
la comunión de personas, familias y pueblos. El saludo
shalom es la palabra que más se oye en Israel,
actualmente, entre los judíos; los árabes se saludan
con el clásico as-salam alaik: la paz sobre
ti. Este saludo es conocido desde el segundo milenio antes de
Cristo
Shalom resume el contenido de una alianza (Num 25,
12; 1 Sam 20, 42; 1 Re 5, 26; Sal 55, 21). Concluir una alianza
y hacer la paz son términos equivalentes en el AT (Jos
9, 15). La nueva alianza la anuncian los profetas como una alianza
de paz: Os 2, 18 - 25; Ez 34, 25 - 31; 37, 26; Is 54, 10; 42,
6 + 53, 5.
Al pasar al griego, latín o español, el término
shalom ha perdido la fuerza del original. El sentido complejo
de dicho término incluye los conceptos de: la plenitud
y la estabilidad completa; una perfección a nivel social;
un idilio entre hombre y naturaleza; una situación de
perfección que tiene una proyección escatalógica
- en el más allá.
Cuando los discípulos de Jesús oyeron de su
sus labios esta nueva bienaventuranza, debieron quedar asombrados,
ya que lo que se les prometía era algo que sobrepasaba
toda posible aspiración del corazón humano. Los
pacificadores serían hijos de Dios.
La paz no significa la paz del mundo, que suele ser
una especie de guerra fría, armisticio o mero conformismo
con el mal sino LA PAZ DE CRISTO - la paz de amor, de amistad,
de orden nuevo, de reconciliación. Y es ésta PAZ
que los Apóstoles, y todos los pacificadores, debían
transmitir a los demás. Se trata de la paz iniciada
en sucesivas alianzas con los patriarcas y con el pueblo de Dios
Según la Biblia, la justicia y la paz son dos cosas
absolutamente indisociables, «se abrazan» (Sal 85,
117). Ambas son inseparables pero la justicia debe preceder a
la paz: «La paz es obra de justicia» (Is 32, 17).
La palabras del Concilio Vaticano II resumen bellamente esta
enseñanza profética:
«La paz no es una simple ausencia de guerra, ni el resultado
del solo equilibrio de las fuerzas, sino que, con toda exactitud
y propiedad, se llama obra de justicia. Es el fruto del orden
plantado en la sociedad humana por su divino fundador, y que
los hombres, sedientos siempre de una más perfecta justicia,
han de llevar a su madurez.»
Llama la atención a algunos que no hay una bienaventuranza
del amor: bienaventruados los que aman al prójimo porque
serán amados por Dios. Realmente, es cosa de lenguaje
más de omisión.
Hay dos de las ocho bienaventuranzas de Mateo, distintas de
las demás porque refieren más a la actividad a
beneficios de los demás que a la perfección interior:
aquella de la misericordia y la de los pacificadores. Estas dos
manifiestan la importancia que Mateo da al amor al prójimo,
dicho con otras palabras. Es muy grande la importancia que da
Mateo al amor del prójimo hasta que llega a la renuncia
de todo en provecho de los necesitados (19, 19 - 21). Se entrelazan
las bienaventuranzas de los pacificadores y los misericordiosos.
Esta bienaventuranza refiere a los que hacen la paz
y no a los pacíficos, aquellos que son ajenos a
toda disputa o simplemente viven en buenas relaciones con sus
vecinos. Esta actitud pasiva ahorra muchas molestias, ciertamente
y está, principalmente, a servico de intereses personales,
pero no es la causa de esta bienaventuranza.
Pacificadores son los que se emplean activamente en
establecer o reestablecer la paz, allí donde los hombres
están en discordia, donde están divididos entre
sí. Shalom, hacer la paz, es la reconciliación.
Se trata de una acción y no un sentimiento. Se ordena
amar a los demás para procuarles la paz. El término
griego para pacificadores, eirenpoios, no se encuentra
en otro lugar de la Biblia.
Los artífices de la paz serán llamados hijos
de Dios. Por los hebreos; ser llamados es equivalente a serlo.
En Mateo, ser hijo de Dios es una meta del comportamiento humano.
La gracia de la filiación es uno de los temas principales
del NT (Gal 4,6; Rom 8, 15 - 16; 1 Jn 3,1- 2). En Mateo, hay
solamente otro lugar (5, 45) donde se llama hijo de Dios a los
dsicípulos al invitarle al amor de los enemigos. Quien
ama a sus enemigos obra como Dios y por eso se hace hijo suyo.
Se puede entender que ya son hijos de Dios, si imitan su
misericordia o si aman a sus enemigos. El discípulo,
al reflejar en su vida la actuación del Padre, se hace
artífice de la paz; amando, incluso, a los enemigos porque
así obra el Padre bueno de los cielos, se desubre a los
hombres un camino nuevo y definitvo, donde se encuentra la paz.
Sólo es pacificador, el que ama con plenitud de amor que
une a los dos preceptos: amor a Dios y al prójimo.
El mandamiento del amor es el mandamiento capital, la esencia
del Evangelio. Dios crea el amor y es amor. Y el amor
siempre refiere al prójimo. El misterio radica en que
Dios es nuestro prójimo, está en él
(Mt 25, 31 - 46). Quien no ama al prójimo, no ama a Dios
(1 Jn 4, 20). El prójimo viene a ser nuestro lugar de
cita y encuentro con Dios.
El amor a Dios es primero pero la experiencia válida
del amor a Dios es el amor al hombre. Si aquel amor es real,
se traduce en servicio. Dios, en si mismo, no necesita ser servido;
en cambio, el hombre, si, necesita ser servido. Por eso, para
San Pablo existe un sólo precepto: amar al prójimo
(Rom 13, 8 - 10; Gal 5, 14).
Amar así al prójimo, como se lo describe en
la escena del último juicio de Mateo, será imitar
y prolongar el amor de Dios. El Señor nos revela en esa
escena, un misterio muy hondo, el de su identificación
con los necesitados y que, al practicar la misericordia con aquellos,
se realiza el encuentro maravilloso con su persona.
Si para los hebreos, prójimo refería solamente
a los de su familia o tribu, para nosotros, los cristianos significa
cualquier necesitado que viene en nuestro encuentro (Lc 10, 25
- 37). El prójimo es aquel que está cerca de nosotros,
el compañero, el compatriota. Así la novedad de
la doctrina de Jesús viene dada por la expansión
del amor a todos los hombres, aunque sean enemigos.
El pacificador es eminentemente un realizador. Poner paz donde
hay discordia; construir la paz, obra de la misericordia. En
nuestro días, esta bienaventuranza está en el primer
plano de la actividad apostólica y es una prioridad del
Papa y los Obispos del mundo entero. Construir la paz es responsabilidad
de los hombres para hacerlo, es necesario amar inseparablemente
a Dios y a los hombres; la calidad cristiana de este compromiso
se manifiesta especialmente en la preferencia por los desvalidos
y humillados en quienes Jesús mismo se hace presente y
nos juzga (Mt 25, 31 - 45). |