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Introducción I, II, III
La primera Bienaventuranza
La segunda Bienaventuranza
La tercera Bienaventuranza
La cuarta Bienaventuranza
La quinta Bienaventuranza
La sexta Bienaventuranza
La septima Bienaventuranza
La octava Bienaventuranza
María y las Bienaventuranzas
Bibliografia |
La sexta Bienaventuranza
BIENAVENTURADOS LOS LIMPIOS DE CORAZON
SERAN LLAMADOS HIJOS DE DIOS
Esta bienabenturanza es radical y exigente. Es útil
aproximarla a la de los pobres de espíritu porque las
dos fórmulas son semejantes: hay en ellas una trasposición,
al plano espíritual, de una cualidad física y material.
La pureza evoca, en primer lugar, una cualidad del cuerpo, su
limpieza; y, en segundo, la limpieza ritual, es decir, las condiciones
para presentarse ante la divinidad.
El carácter ritual de la pureza estaba metido dentro
del mismo alma de Israel y unido a la idea que tenía de
la santidad de Dios. Y, para el judío del AT, el corazón
era el centro de la vida interior - origen de todas las fuerzas
psíquicas y espirituales. El verdadero centro de hombre
en que se radica la vida religiosa que determina la actitud moral
de las personas,
Esta bienaventuranza está especialmente inspirada en
los salmos, sobre todo, Sal 24 (manos inocentes y pureza de corazón
siendo los rasgos caraterísticas al que está admitido
en la presencia del Señor). (Sal 51, 12; 73; Prov 22,
11; Ez 36, 26)
Ser limpio equivale a tener rectitud de intención y
simplicidad de corazón (expresiones semejantes se encuentran
en el NT en Ef 6, 5; Col 3, 22). Se limpia el corazón
con la buena conciencia, con la fe sin doblez, siendo buenos
y sencillos. La vida de unión con Dios es sencilla - somos
nosotros quienes la complicamos.
Puros de corazón son aquellos en los que las disposiciones
internas sincronizan con la acción externa; los que sirven
a Dios y a los hombres con todo el corazón aunque éstos
les engañen y los desprestigien, aunque les llamen ingenuos.
Los que sirven sin cálculos interesados, sin píos
fingimientos (Mt 6, 22 - 24; 10, 16)
Para el puro todo es puro (Rom 14, 14). El ideal no será
tener el corazón libre de pecado - ideal inaccesible
- sino ser leal, sincero, generoso con Dios y con los hermanos.
Esta limpieza - pureza no se funda en el cumplimiento de una
moral legalista (estilo de los fariseos), ni siquiera en la realización
de unas acciones buenas (limosna, oración, ayuno) si éstas
nacen del orgullo o la hipocrasía (Mt 6, 1 - 8); se
fundamenta en la rectitud de intención, en la actitud
de un corazón transparente y sin doblez.
El binomio, puro de corazón y manos límpias,
es inseparable en la moral bíblica; la ética del
Evangelio exige ambas cosas - actitud interior y obras externas
coherentes con dicha actitud.
A veces, esta bienaventuranza se ha concretado en la castidad;
sin embargo, aunque la incluya, no es solamente eso. Quien practica
esta bienaventuranza, se hace signo radical del Reino y testimonio
vivo del evangelio. Abarca no solamente la mera pureza sexual;
todos sabemos que la misma virginidad corporal no es suficiente
garantía de que la persona viva un cristianismo auténtico.
El estado de virginidad, la consagración a Dios sin
división, no es fragmento accidental del mensaje de salvación:
es el mismo mensaje, la esencia misma de la Iglesia, ya que la
Iglesia es el Reino de Dios que camina ya por este mundo anunciando
esa futura y siempre inminente transformación. Siempre
ha de haber hombres y mujeres que encarnen este ideal de la virginidad
y caminen por el mundo como símbolos de esa nueva edad
(Jer 16, 2; 1 Cor 7, 29 - 35; Mt 19, 12).
El amor en el plano de la afectividad tiende normalmente a
la totalidad de la persona, es decir, a invadir la esfera sexual.
Por eso, la sexualidad, junto con el amor, ocupa un lugar destacado
en el orden moral humano.
Por eso, también, la pureza de corazón require,
en todos, la regulación del amor y placer. Inclusive,
en el Evangelio, hay una invitación, una llamada a subir
más alto que solamente aquellos que han recibido el don
de esa percepción divina pueden oir. Es la pureza de corazón
de aquellos corazones que, por la profundidad y la entrega de
su amor, lo dirigen exclusivamente hacia el Señor, sin
compartir con otros corazones su pureza virginal (Mt 19, 12).
La limpieza de corazón, de esta bienaventuranza, cierra
las puertas a todo ídolo que pueda atarnos a las cosas
de aquí, impidiéndonos ser libres para Dios. La
vida cristiana es una peregrinación pero el cristiano
no huye del flujo del mundo sino de la corrupción y el
pecado. Se dirige al Reino de Dios, a la tierra prometida o a
la visión de Dios.
Las exigencias de Jesucristo son siempre totales. Quiere pureza
y desprendimiento en todo. El culto a la verdad es una de las
primeras actitudes del discípulos del Señor. Esta
bienaventuranza nos obliga a no buscar agradar a los hombres
sino a ser honestos con Dios. La verdad nos hará libres
(Jn 8, 12) de nuestros complejos, del "qué dirá
la gente", del miedo al éxito o fracaso; libres de
todo que pudiera doblegar nuestras conciencias.
La consagración a la verdad en los actos de nuestra
vida personal y en nuestro comportamiento colectivo nos hace
limpios de corazón, transparentes a Dios y a su
palabra y nos habilita para dar testimonio de ella. En el mundo
que vivimos, las apariencias engañan (lc 21, 1 - 4). Puro
equivale a limpio, a sabor de transparencia, a simplicidad (2
Cor 1, 12; Flp 1, 10; 2, 15). La persona sinuosa, excesivamente
prudente, temerosa siempre de que la puedan engañar y
que se expresa con circunloquios, con segundas intenciones -
es lo opuesto del limpio del corazón.
Esta bienaventuranza se refiere a la vida entera y no mira
solamente a la pureza del cuerpo. San Mateo expone aquí
una exigencia particular del Evangelio - la exigencia de la verdad
evangélica. Expresa la cualidad interior de un acto moral.
No se limita a lo interior sino se aplica a toda la persona.
Equivale a «bienaventurados los puros».
En el AT, la puereza cultual o legal identificaba a la perfección
religiosa. La excesiva legislación sobre ella hizo que
se degenerara en un formalismo minuciosa y deprimente y perder
de vista la relación entre lo simbolizado en los ritos
(la aantidad de vida) y los ritos mismos. Los medios se conviertieron
en fines. En la síntesis de Levítico, la Ley de
la pureza (11 - 16) se une con la Ley de la santidad (17 - 26).
San Pablo se aterevió a proclamar que la ley mata.
Y, Santo Tomás de Aquino añadía que no sólo
la ley del AT sino también la del NT puede quedar en letra
muerta si degenera en puro formalismo; siempre mata si no está
transformado por el espíritu de Cristo. Hay una tendencia
entre los hombres a considerar su perfección en términos
del cumplimiento estricto de las normas, convertiéndonos
en esclavos de la ley en lugar de hijos de ley.
También está propenso el hombre a juzgar la
contaminación externa como más peligrosa que la
interna. El hombre contemporaneo, siente, a veces, más
la impureza en el agua o en el aire que la limpieza ecológica
de su propio corazón.
Contra todo este formalismo, se elevó la voz de los
profetas, proponiendo una pureza interna (Os 6, 6; Am 5, 21 -
25; Is i, 10 - 17; Jer 7, 4 - 7).
El fondo de esta bienaventuranza es el del AT que conoce a
la vez una pureza legal y una pureza de corazón. Pero
la bienaventuranza de Jesús no se limitará a una
parte cualquiera del ser; abarca toda la persona humana. se trata
de una perfección que condiciona la entera actividad moral
de todos los seguidores de Cristo. Para entrar en el Reino, se
necesita una pureza nueva que sobrepasa la perfección
moral del AT.
Pureza de corazón es especialmente sinceridad, simplicidad
frente a la duplicidad; consiste en una perfecta coherencia entre
el pensamiento y el sentimiento con la realidad. Es una sinceridad
radical que procede de mirar y ver con el corazón. Es
la actitud de intención alabada por el Maestro en Nataniel
(Jn 1, 47).
Los limpios de corazón verán a Dios.
Como la pureza de corazón es esencialmente una actitud
religiosa de perfecta sinceridad y fidelidad con Dios, adquiere
todo su sentido la promesa: «ellos verán a Dios».
Pero, la expresión verán a Dios no siempre
tiene el mismo significado en la Biblia.
En general, se usa en el sentido cultual: Ex 23, 17;
Deut 31, 11; Sal 42, 43.
Ver a Dios tiene siempre un sentido litúrgico
y contemplativo. En la experiencia religiosa, adquiere todo su
sentido la pureza de corazón. En el AT se asocia la actitud
del corazón y el encuentro con Dios en el templo santo
(Sal 24, 3.4)
En el NT esta visión de Dios, adquirirá perspectivas
nuevas que sólo se realizarán cuando los elegidos
entran plenamente en el Reino glorioso que ha traído la
muerte y resurrección de Jesús. Hay que entender
la promesa de la bienaventuranza en este nuevo sentido.
Decir que los limpios de corazón verán a Dios
es una afirmación sorprendente y audaz, tomando en cuenta
la convicción hebrea de la imposibilidad de ver a Dios:
Ex 33, 20; 1 Re 19, 13; Is 6, 2.La promesa de una visión
cara a cara de Dios en el cielo, es exclusiva del NT,
y puesta en labios de Jesús. (1 Cor 13, 12; 1 Jn 3, 2)
Los limpios no solamente ven a Dios sino en ellos se ve
a Dios. La limpieza es un testimonio de la presencia
de Dios. Por pura lógica, la impureza imposibilita la
visión de Dios. Esa presencia de Dios produce en los santos,
en los limpios de corazón, anhelos de buscarlo,
de encontrarlo, de verlo. La visión de Dios es el fruto
de la contemplación cristiana. Los contemplativos son
aquellos que tienen la experiencia viva de Dios y, a través
de ella, se vacía su corazón de todos los ídolos,
Se introducen en lo invisible de Dios y gustan ya de su presencia.El
camino de la contemplación es el camino de la muerte del
hombre viejo para renacer como discípulo en el espíritu
de las bienaventuranzas. A través de la experiencia de
la oración, de la comunicación de gracia, se puede
iniciarse en esta visión de Dios, reservada para los limpios
de corazón. ¡Ver a Dios! la expresión
más exacta de toda bienaventuranza. |