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Introducción I, II, III
La primera Bienaventuranza
La segunda Bienaventuranza
La tercera Bienaventuranza
La cuarta Bienaventuranza
La quinta Bienaventuranza
La sexta Bienaventuranza
La septima Bienaventuranza
La octava Bienaventuranza
María y las Bienaventuranzas
Bibliografia |
La cuarta Bienaventuranza
BIENAVENTURADOS LOS QUE TIENEN
HAMBRE Y SED DE JUSTICIA
Como ya se ha indicado, las palabras sed de justicia
en la versión de San Mateo, amplían el concepto
de esta bienaventuranza sin contradecir el sentido de «hambre»
de pan manifestado en la versión de San Lucas.
En Lucas, esta bienaventuranza es como una determinación
y concreción de la primera. Tiene sus raíces en
el AT con Abrahán (Gen 12, 10), Jacob y José (Gen
41, 57), el mismo pueblo de Israel en el desierto (Ex 16, 2-3).
También en el NT vemos que los apóstoles mismos
sufrieron hambre y sed (1 Cor 4, 11-13).
Hambre y sed son las consecuencias de la pobreza y son un
vacío apto de ser llenado con la hartura de Dios. Cuando
Jesús proclama bienaventurados a los hambrientos, utiliza
una idea viva, que tiene cuerpo de austeridad, informada por
el ansia del hambre de Dios. La gente que le oía, entendía
perfectamente a que se refería. Así se entiende
la relación entre el hambre y la dicha expresada en San
Pablo (Rom 8, 18).
Los hambrientos de pan y de Dios serán saciados en
el Reino: Ap 21,6; 22, 17.
Sin embargo, en la versión de Mateo, se capta mejor
el sentido pleno que la gente entendía al escuchar a Jesús
. El hambre y la sed de justicia perfilan la auténtica
imagen del cristiano. La palabra justicia cambia radicalmente
el entendimiento de la bienaventuranza; se trata de una disposición
del espíritu desconectada de toda referencia material
y orientada plenamente a la justicia. Sin embargo, es importante
que se tenga siempre presente lo de Lucas porque las dos versiones
juntas ofrecen el sentido pleno y completo de las palabras de
Jesús.
Mateo, al hablar de hambre y sed de justicia, no se refiere
al sentido físico y material al estilo de Lucas, sino
piensa en personas que aspiran a la justicia con todo su ser;
se trata de una actitud, de un deseo ardiente del espíritu.
La expresión «tener hambre y sed» es una
metáfora ya usada en el AT para comunicar un deseo de
algo que puede alcanzarse.por ejemplo, la sabiduría (Sir
24, 19 - 21) o para escuchar la palabra de Dios (Amós
8, 11 - 12). El hambre y la sed se presentan como una búsqueda.
¿Qué entiende Mateo aquí por justicia?
Hoy, se habla mucho de la justicia social y los derechos de los
hombre. Aúnque la bienaventuranza de Mateo tiene cierta
relación con esta profunda aspiracaión de nuestros
días, sería deformar el pensamiento expresado en
esta bienaventuranza si se la redujera simplemente a la reivindicación
de los derechos huanos. Lo que expresa Mateo a los primeros cristianos,
discípulos de Jesús, tiene un contenido más
profundo y más extenso que nuestra concepción contemporaneo
de justicia.
La tsedaga, la justicia, es una noción
central en el judaísmo bíblico. Está considerado
como un atributo divino y signfica la fidelidad de Dios a
la Alianza y a sus promesas, especialmente para con los pobres
y los sin derechos. En este sentido, la justicia es necesaria
para comprender la Alianza - idea eje que estructura toda la
Biblia. La justicia es una de las exigencias del espíritu
humano a la que Dios tiene que dar satisfacción: Dios
tiene que remunerar el bien y castigar el mal. En la religión
judía, servir a Dios equivalía a cumplir sus mandamientos.
El que lo hacía era un tsadiq, un justo.
En Mateo, la verdadera religión consiste en la práctica
de la justicia (Mt 7, 21). La nueva justicia, la del reino de
los cielos, en lenguaje moderno, se llama santidad. Sólo
Mateo llama a José justo (1, 19) que equivale a
piadoso, santo.
¿Cuál es esta nueva justicia del Reino? Solamente
encontramos pistas en el Evangelio de Mateo:
a) justicia que ha de ser superior a la de los fariseos, debe
sobrepasarla (5,20)
b) justicia interior frente a la ostentación (6, 1)
c) cumplir con toda justicia, toda ley (3, 15)
d) ir por la senda de la justicia (21, 32)
e) Justicia de Dios (6, 33) que no está identificado
con la falsedad de los escribas y fariseos (23, 27)
f) justicia interior (15, 11)
En resumen, Justicia en el hombre consiste en la búsqueda
de la Justicia de Dios (Mt 6, 33) Esta concepción esencial
alcanza la plenitud de su significado en la formulación
absoluta de la bienaventuranza: «hambre y sed de justicia».
No cabe, entonces, interpretar la justicia solamente en sentido
jurídico y social aunque dentro de esta justicia por antonomasia
de la bienaventuranza, está incluida toda relación
jurídica y moral.
Para tener una idea más clara del pensamiento de Jesús
relativo a la naturaleza de la justicia cristiana se tiene
que leer y estudiar todo el Sermón de la Montaña
que, en efecto, es el más típico resumen de las
concepciones del Señor sobre la justicia. Para Mateo,
ser cristiano es ser justo, es ser santo.
La justicia, cuyo hambre y sed Mateo bendice, no es, ciertamente,
la justicia con la cual Dios es justo, porque ésta es
incomunicable. Más bien, es la justicia con la cual
Dios nos hace justos, es decir, nos justifica, nos santifica
en el sentido de que Pablo ha hablado de la justificación
por la gracia.
Aúnque sea necesario esta «justificación»
personal, no es suficiente; hay que hambrear esta justicia
para todos, haciéndonos ver la imposibilidad de rendir
un culto a Dios, limpio y auténtico, si nos desentendemos
de nuestros hermanos. Este aspecto de hambre y sed de justicia
nos hace ver desde temprano en el AT, especialmente en los profetas:
Gen 18, 19; Jer 7, 1 - 7; 9, 23; 21, 11 - 12, 16; 22, 3; Amós
5, 21 - 24; 1 Sam 15, 22; Is 1, 15; 51, 1; 58, 6 - 7; Ez 18,
5 - 9; 18, 30 - 31; Os 12, 7; Sal 10, 18; 33, 4 - 5; 35, 10.
Todos estos textos refieren a la actitud y la práctica
de la justicia de Dios hacia el hermano para no descalificar
el culto a Dios. Nada de sacrificios en el altar si no haya la
práctica de la justica.
En el NT, desde el Magnificat de Lucas (1, 52 - 53), resuena
el eco de esta mimsa exigencia: quiero misericordia y no sacrificio.
Jesús mismo (Mt, 9, 13) vuelve a insistir en este concepto
fundamental enseñado con más insisitencia por Pablo
en todas sus cartas: no es la Ley que justifica sino la gracia
(la justicia de Dios).
Jesús proclama el Reino, interveniendo en la historia
de los hombres, asume sus dolores y esperanzas. Se acerca a los
pecadores, a los pobres, a los marginados y, así, rompe
con el pensamiento sociorreligioso de sus tiempos. Relativiza
el valor absoluto de las observancias religiosas y reivindica
que el acceso al Padre está en el servcio al pobre, donde
Dios se esconde de forma anónima. A este servicio debe
subordinarse la práctica del culto y el mismo ejercicio
de la oración (Mt 5, 23 - 24; Mc 11, 25; 1 Jn 3, 17 -
18; 4, 20).
En el AT el concepto de la justicia de Dios fue muy relacionado
con la idea que Dios recompensaría a los buenos y castigaría
a los malos - sin mucha referencia a la actitud de uno mismo
hacia los demás. Jesús enseñara que para
gozar de la justicia de Dios, nosotros, los hombres, tenemos
que practicarla entre nosotros mismos, sobre todo en nuestra
capacidad de perdonar. La justicia de Dios, entonces, está
condicionado por la práctica de la justicia con los demás,
como decimos tantas veces al día en el Padre Nuestro (Mt
6, 14 - 15). Es el amor al prójimo que merece la recompensa
divina (Mt 7, 1 - 2; Lc 6, 37 - 38).
Es evidente, entonces, que no se puede separar conversión
personal y reforma de estructura injustas. La primera es fundamental
pero no sería auténtica si no nos llevara a vivir
sus consecuencias en la sociedad. La justicia-santidad
comienza por la conversión del corazón transformando
a las personas - el Reino de Dios está dentro de nosotros
(Lc 17, 21) y hay que renacer para entrar en el Reino (Jn 3,
5; Ef 4, 24). Pero esta justIcia-santidad tiene su dimensión
social. Todas las realidades humanas - la cultura, la economía,
las relaciones sociales y familiares, la política - todo
ha de ser redimido y santificado. Por eso ha insistido tanto
el Papa Juan Pablo II, en sus discursos, igual como nuestros
Obispos latinoamericanos, sobre todo en Puebla, en la liberación
integral del hombre a partir de la evangelización de todos
los aspectos de la vida humana. La construcción del Reino
no puede separarse de la lucha por la justicia o del servicio
a los pobres.
La justicia de Dios es un don, un regalo; nosotros
nos dejamo invadir y ser penetrado con este don divino de la
justicia para construir la justicia en el mundo entre todos los
hombres. No hay estructuras sin personas. La clave de todo cambio
social es el hombre. Es el hombre - la persona humana
- que debe cambiar para asegurar la transformación de
las estructuras sociales, las leyes. El mundo no se transformará
sin nuestro esfuerzo y sacrificio para hacernos mejores.
Cristo no vino solamente para eliminar el pecado sino también
los efectos del pecado, ya en esta vida. Negar esto, sería
minimizar la ascética y la espiritualidad cristiana, negar
el valor de esta bienaventuranza. No hay verdadero amor
a Dios, no hay salvación si no se ama eficazmente, si
no se hace justicia al prójimo. Cuánto más
nos acercamos a Cristo, tanto más nos acercamos los unos
a los otros. El cristiano no puede pretender su identificación
con Jesucristo y usar medios que ofenden a la justicia. En el
Concilio Vaticano II, los Padres conciliares dicen: «cumplir
antes que nada las exigencias de la justicia para no dar como
ayuda de caridad lo que ya se debe por razón de la justicia;
suprimir las causas y no sólo los efectos de los males,
y organizar los auxilios de tal forma que quienes los reciben,
se vayan liberando progresivamente de la dependencia externa
y se vayan bastando por sí mismos.»
Seamos conscientes que no ha sido siempre la Iglesia que ha
reconocido y denunciado lo anti-evangélico en el comportamiento
del mundo. A veces no hemos entendido las palabras del ángel
a los discípulos después de la Asención
de Jesús (He, 1, 11). Seguimos mirando al cielo cuando
debemos notar lo que está pasando a nuestro alrededor.
Urs von Balthasar, teólogo muy apreciado por el Papa,
Juan Pablo II dice:
«¿Habría resultado necesario el comunismo
si los cristianos hubiesen límpidos y diáfonos
en el momento oportuno? La Biblia del antiguo y nuevo testamento,
¿no nos recomendó desde siempre que nos preocupásemos
humanamente de los pobres y los despojados? Y si no hubieran
existido fatales vinculaciones entre los explotadores y la religión
cristiana, ¿habría sido necesario el ateísmo
moderno?»
Cristo trajo la espada al corazón de la historia humana.
El Señor, en el sermón de la montaña, nos
ha puesto en guardia, exigiendo que nuestra justicia sea mayor
que la de los fariseos. La nueva justicia cumple la justicia
de la ley antigua, superándola.
La cruz + es el símbolo, por excelencia, del cristianismo.
Tiene dos dimensiones: vertical | y horizontal -- . No puede
haber verdadera opción | sin el amor al prójimo,
que implica mecesariamente la justicia; y, la opción --,
si es genuína y desinteresada, inevitablemente termina
por acercarnos a Dios, por hambrear toda justicia. Estas dos
dimensiones no son para el cristiano dos regiones paralelas,
sino que la una condiciona la otra. El hombre cristiano en su
unión con Dios debe encontrar la fuerza para su compromiso
social. Solamente hay una auténtica relación con
Dios cuando se ame verdaderamente al prójimo.
Esta dos dimensiones han de ser consiliadas sin que sean idénticas.
Aunque se encuentran las dos dimensiones + no se identifican.
Hay una jerarquía de valores; primero, Dios, después,
el hombre. Cuando se dice que el amor a Dios es el primer mandamiento
no se afirma sólo una primacía de hecho sino una
prioridad de derecho, de valor.
Esto es, precisamente, lo que hace la oración, la contemplación:
es como una afirmación práctica del primado de
Dios. Defender la primacía de la oración es defender
la primacía del amor a Dios. Así nos enseña
Santo Tomás de Aquino.
La contemplación es la fuerza más radical de
la adultez humana porque es la convicción de que no hay
nada nuevo en la historia a la que el hombre no puede dar forma
en lugar de conformarse a ella, la forma del hombre, imagen dinámica
del futuro Reino de Dios.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia,
porque ellos serán hartos. Quien tiene sed y hambre,
comienza a saciarse ya, aquí en el destierro - en Cristo:
«el que tenga sed que venga a mí y beba»
(Jn 7, 37) |