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Introducción I, II, III
La primera Bienaventuranza
La segunda Bienaventuranza
La tercera Bienaventuranza
La cuarta Bienaventuranza
La quinta Bienaventuranza
La sexta Bienaventuranza
La septima Bienaventuranza
La octava Bienaventuranza
María y las Bienaventuranzas
Bibliografia |
La tercera Bienaventuranza
BIENAVENTURADOS LOS AFLIGIDOS
PORQUE ELLOS SERAN CONSOLADOS
Los que lloran, reirán, dice San Lucas; los que son
tristes, serán consolados, dice San Mateto. Sin duda,
es esta bienaventuranza la que menos diferencia presenta entre
ambos evangelistas.
Sin embargo, es importante notar que para San Lucas, no es
el simplemente llorar que es motivo de la bienaventuranza
o el simplemente reir que produce la maldición. Se ha
de interpretar a San Lucas en el contexto de todo su Evangelio
y en el contexto de toda la revelación que crece y se
clarifica desde Génesis hasta el Apócolipsis.
En San Lucas, los verbos usados para «llorar»
(Klaio) y «reir» (guelao), adquieren un significado
teológico como en otros lugares del NT (Lc 23, 28; Sant.
4, 9; 5, 1; Ap. 18, 9 - 20). En estos textos, se contraponen
las lágrimas y las risas. La risa es una actitud que expresa
la seguridad humana sin su apoyo en Dios.
Naturalmente, no toda risa tiene una conotación desfavorable.
Hay una risa que nace de la alegría sobrenatural, de la
conciencia tranquila, de la paz con Dios y los hermanos, de la
confianza en la divina providencia.
En el AT, aunque sin el rigor y precisión de San Lucas,
aparecen ya perfilados los rasgos de esta bienaventuranza (Ecl
4, 1). También vemos como la tristeza y llanto se convierten
en júbilo (Sal 126, 5-6). Parece superfluo repetir que
no todo llanto, por el hecho de serlo, es motivo de la bienaventuranza.
Es manifiesto que San Lucas, al anunciarla, tenía ante
todo presentes a quienes padecen miseria, a los que lloran las
consecuencias de su situación, a los desheredados del
mundo, ligando la bienaventuranza a una situación social
específica. Esta es, sin duda, la intención principal
del evangelista, pero no excluye, sino que supone, por el contrario,
otros estilos de llorar cristianos: lágrimas de penitencia,
lágrimas de caridad, lágrimas cualesquiera que
sean de cara a Dios, camino hacia el Padre, como las del hijo
pródigo.
Este llanto del pobre, llanto cristiano, se convirtirá
en júbilo y alegría. Alegría que nace de
la esperanza y coexiste con el llanto. La alegría cristiana
es compatible con las cruces y tribulaciones de la vida (2 Cor
7,4) y ella es el culmen de todos los sufrimientos (Jn 16,20).
San Mateo pone la énfasis sobre la tristeza más
que su signo exterior, que es el llanto. La palabra que se utiliza
en la traducción griega (penzuntes) significa afligirse,
lamentarse, llorar; es una traducción del hebreo abal
y se usa en manifestaciones del dolor al perder un ser querido.
El penzeuntes griego parece ser la versión del
hebreo aniyyim, que significa aproxamadamente como anawim,
pero acentuando la idea de aflicción. Mateo refiere a
aquellos que llevan su aflicción en su corazón
y ponen su confianza en Dios. No es sólo una promesa de
consolación sino un imperativo ético. Se trata
de una actitud activa que se atribuye no a los afligidos sino
a los que se afligen.
Como el llanto de San Lucas es consecuencia
de dolor, de la necesidad física, de la pobreza, del hambre
y la sed de justicia, así la tristeza de San
Mateo es un aspecto del hambre y sed de justicia: dolor del
pecado, enemigo de Dios, vacío del hombre decepcionado
por la nada de las criaturas; tristeza, también, por la
resistencia que el mundo se opone a la gracia, al Reino y a la
justicia de Dios. La tristeza causada por el espectáculo
del mundo, forma parte también de la condición
del discípulo, según esta bienaventuranza de San
Mateo.
La aflicción es la actitud normal del hombre piadoso,
mientras dure el mundo presente. Sufre al ver como el mal domina
en el mundo y espera que Dios reine (Sal 137; Mt. 9, 15).
El sentido de esta bienaventuranza, la exégesis más
valiosa, está expresada en la experienca de Pablo después
de haberla vivido:
«La ligera aflición presente produce en nosotros
en gran medida una eterna plenitud de gloria, a condición
que no nos fijemos en las cosas visibles, sino en las que no
se ven; pues, las visibles son pasajeras (1 Cor 7, 31), las que
no se ven son eternas» (2 Cor 4, 17).
Vean: Flp 1, 23-24; 3, 20; Col 1, 24)
Jesucristo proclama bienaventurados a los que son conscientes
de que viven en el destierro, lejos de Dios y de la tierra prometida,
a los que tienen llanto en el alma y sufren en su carne la tiranía
del pecado propio y el de los hermanos.
Bianaventurados los afligidos y los que lloran, es decir,
los que en medio de una vida envuelta en cruces, llena de problemas
y dificultades, saben mantenerse serenos, sin abrumarse con quejas
y lamentos y ponen su confianza en el Señor.
Mateo, al hablar de los afligidos, lo que se afligen, se pone
en una linea más profética (Is 61, 1 -3) y se refiere
a los que tienen ciertas disposiciones de corazón según
el ideal evangélico. En esta bianaventuranza, parece oponer
la antítesis entre el mundo presente y el venidero
El Dios de Jesucristo es un Dios de justicia y no soporta
que los hombres vivan en tristeza, en el abandono y la miseria,
como consecuencia de las injusticias humanas. Cuando venga su
Reino, Él derribará a los potentes de sus tronos
y elevará a los humildes, a los anawim (Lc 1, 52).
Las bienaventruanzas, así entendidas, contienen una
llamada urgente para todos los que quieren ser discípulos
de Jesucristo y llevan el nombre de cristianos. Jesús
nos conjura a que consolemos las tristezas de los pobres y transformemos
en alegría la miseria de los hambrientos, compartiendo
nuestros bienes, preocupándonos de la suerte de los pobres.
Obrando así, realizamos, en el mundo de hoy, la predilección
de Jesús por los desdichados.
La experiencia humana nos enseña que, en general, donde
hay penas, hay también consuelo. El cristiano, como ningún
otro hombre de la tierra, es sujeto de la primera parte de esta
bienaventuranza, a cuasa del mal que impera en el mundo, pero
él se siente confortado en su vida por el Dios Consolador
(2 Cor 1, 3 - 7) El dolor, la tristeza por los pecados, aunque
no sea el sentido exclusivo de esta bienaventuranza, entra de
lleno en ella.
Dios permite que suframos pruebas y aflicciones. La aflicción
nos purifica, nos cincela, nos hermosea y nos hace aptos para
ocupar un lugar en su Reino. Además, el padecer sufrimiento
y aflicción, nos prepara para ejercer el oficio de consolador.
La carta a los Hebreos dice esto del mismo Jesús (2, 18).
Es por Él que seremos consolados en nuestra aflicción. |