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Introducción I, II, III
La primera Bienaventuranza
La segunda Bienaventuranza
La tercera Bienaventuranza
La cuarta Bienaventuranza
La quinta Bienaventuranza
La sexta Bienaventuranza
La septima Bienaventuranza
La octava Bienaventuranza
María y las Bienaventuranzas
Bibliografia |
La segunda Bienaventuranza
BIENAVENTURADOS LOS MANSOS
TEOLOGIA DE LA TIERRA
Esta bienaventuranza de los mansos, en el texto original,
viene en segundo lugar, después de la de los pobres, y
no en el tercero como en varios códices y en muchas de
nuestras traducciones modernas.
Para algunos Padres de la Iglesia, incluyendo a San Agustín,
esta bienaventuranza es un especie de duplicado de la primera.
Este pensamiento se debe al término hebreo usado, anawim,
que no se traduce al griego solamente por ptojoi, pobres,
sino también por prais, dulces, mansos.
Pobre, en el rabinismo, indica una condición
social; manso significa una condición moral. Desde
allí, se empieza a ver la diferencia entre la primera
y la segunda bienaventuranza.
En el NT, este vocábulo, prais, significa dulzura,
mansedumbre; 1 Ped 3,4; 1 Cor 4, 21; Gal. 5, 23; Col 3, 12; Ef
4, 2; Gal 6, 1; 1 Pe 3,8.
La tradición rabínica como también la
tradición cristiana nos da a entender el sentido que Mateo
da a la bienaventuranza de los mansos; se trata de gente que
no se irritan, cuando son contrariados; que no se encolerizan,
cuando se les hace la vida difícil; que no son inclinados
a perder el equilibiro en una situación conflictiva. Los
dulces irradian un calor atrayente y, a veces, obtienen
de los hombres cosas que éstos no harían jamás
por otro. Un hombre manso de corazón es siempre
dueño de sí, no intenta dominar, ni imponerse,
y está siempre pronto a inclinarse y humillarse ante lo
demás. La humildad y la dulzura son componentes indisociables,
y sólo el contexto puede invitar a poner el acento sobre
uno u otro aspecto.
La bienaventuranza de los mansos se relaciona directamente
con el salmo 37 y una lectura de ese salmo nos ayudará
a entender lo que los discípulos que lo escuchaban entenderían
al escuchar el anuncio. Frente a lo que parece la impunidad de
los malvados, el salmista exhorta a los creyentes a poner su
confianza no en los caminos de ellos sino en Dios.
La única vez que Cristo se propone a sí mismo
como modelo y ejemplo es como manso y humilde de corazón.
Frente a la dureza farisaica, Jesucristo de define como dulzura,
alivio, refugio y fortaleza de las almas. (Mt. 11, 29-30) Es,
ante todo, humildad de corazón.
San Pablo, en varios textos, presenta claramente la relación
entre mansedumbre y humildad: Col 3, 12 - 14; 2 Cor. 10, 1; Ti
3, 2. Santiago, también, nos ayuda a entender el concepto:
Stgo 1, 19 - 21; 3, 13 - 17.
Con la ayuda de estos textos apostólicos, vemos que
se trata de la significación de pacífico, no
violento, desprovisto de agresividad.
La mansedumbre cristiana no es solamente suavidad; es también
fortaleza. Suavidad y fortaleza; armonía
divina de contrarios - reflejo del comportamiento de Cristo,
Como Cristo, el cristiano ha de tener mansedumbre tejido con
fortaleza, ha de resistir al mal, haciéndole frente con
resuelta firmeza.
No hay nada común entre la mansedumbre y la debilidad
de carácter, la cobardía o la inercia. Los mansos
del Evangelio no tienen nada que ver con personas de carácter
débil, los no definidos en la vida, los que carecen de
personalidad o valor. Pensar o hablar así, sería
una deformación calumniosa de la mansedumbre cristiana
que es suavidad y fortaleza, heroísmo constante y escuela
de martirio.
Nada más fácil que ser duro. La fuerza verdadera
es del hombre capaz de correr el riesgo de ser considerado débil,
la que tiene para todo, incluso para sí mismo, entrañas
de misericordia. San Francisco de Sales tenía una frase
que resume la actitud del manso: «se cazan más moscas
con una gota de miel que con un barril de vinagre». Para
perder el control y echarlo todo a rodar, no hay que ser fuertes.
Manso es aquel que muestra con suavidad su fortaleza interior.
Luchar, sin agresividad, por un mundo más justo y más
humano, implica valentía y coraje; el odio es una forma
de cobardía y la violencia una forma de debilidad.
La mansedumbre, pues, es la actitud opuesta a la violencia
y a la cólera. Los dulces poseerán la tierra
no por la fuerza de las armas sino a base de paciencia.
La Heredad de la Tierra:
Toda la Teología de la posesión de la tierra
en el AT refiere a la tierra prometida de Canaan; en el
NT, se refiere al Reino de Dios, prometido por Cristo. Ciertamente
en el AT hay rasgos de la interpretación escatológica
de la "tierra". El término "tierra",
aparece más de 3,000 veces en el AT, siempre referente
a Palestina; en el NT se usa 10 veces y siempre como una cita
del AT.
Mateo, en esta bienaventuranza, da sentido espiritual y escatalógica
al salmo 37, 11. Como en las otras bienaventuranzas, la promesa
de Jesucristo se dirige a la alegría del reino de los
cielos. En la posesión de esta tierra prometida, los mansos
encontrarán su descanso.
Para algunos personas, este entendimiento "espiritual"
de las bienaventuranzas presenta un problema. Hacen la pregunta:
¿Un Jesús encarnado en la realidad de su pueblo
y un Evangelio desencarnado? De hecho, en el NT, en general,
toda referencia a la "tierra" está espiritualizada.
En San Pablo (escritos neotestamentarios más tempranos
cronológicamente) está ausente la "tierra".
Todo ya se realiza en "Cristo" a partir de la
promesa. En los evangelios, pasa lo mismo. Las pretensiones políticas
y territoriales de los discípulos son rechazados por Jesús
(Mt. 24, 21-27; He 1, 6-8).
El creyente actual, que comparte los anhelos e inquietudes
del mundo contemporaneo, preocupado por dar solución a
los problemas de los hombres y de los pueblos, empezando ya desde
aquí y desde ahora, sin dejarlo todo para el más
allá, se siente incómodo con un evangelio desencarnado,
ajeno a los problemas económicos, sociales y políticos
de la Palestina de sus días.
Sin embargo, la naturaleza escatalógica de la tierra
prometida no libera al hombre, motivado en los valores de
las bienaventuranzas y la vida de Jesús, de participar
en la construcción de una sociedad, aquí y ahora,
que anticipa al reino prometido. El cristianismo, aunque lleva
en su misma alma la nostalgia por la patria celestial, es lo
más opuesto al evasionismo, que se funda en una fidelidad
mal entendida al pasado y, a veces, en una psicología
miedosa y enfermiza. Evasionismo aliena al hombre de su propia
condición humana y no le ayuda a madurar.
Es cierto que nuestro mismo ser de cristiano exige
la visión de Dios, cara a cara, después de la muerte.
Esta nostalgia da un sentido de transitoria a lo terreno. Sin
embargo, hay que conjugar la transecedencia y la encarnación:
la nostalgia ha de ir acompañado con la realidad heróica
vivida por Jesús. La evasión contradice la misma
resurrección. El que acepta esta evasión como norma
de vida, niega, en la práctica, que Jesucristo asumió
en su resurrección toda la historia humana.
Esta actitud de evasionismo es la infidelidad de siempre que
sufrieron también las primeras comunidades cristianas.
La espera del inminente retorno del Señor hizo que muchos
cristianos olvidaran su ser de encarnados en este mundo. Es la
tentación que nos acosa continuamente hasta hacernos pensar
que la terrenidad es un mal al que hay que sustraerse en lo posible.
La mejor respuesta a la pregunta ¿ciudadanos del cielo
o de la tierra? es que los cristianos somos caminantes hacia
el cielo, peregrinos en marcha, mirando hacia la meta pero
con raíces en la tierra. El evangelio no pertenece sólo
al orden espiritual, ni es irrelevante para la situación
material del mundo. El Evangelio no es pura promesa del futuro,
pues en este caso deajaría de ser buena nueva para
los pobres sino solamente una gran fantasía.
El cristiano, enraizado en la tierra, y la Iglesia, si no
son capaces de llevar a cabo instituciones cristianas, explícitamente
identificadas como tales en el orden de la economía, de
la política, de la cultura ... no son ni un cristiano
vivo ni una Iglesia viva. Recluirnos exclusivamente en lo espiritual,
lo moral o lo místico traiciona el evangelio porque pone
su luz bajo el celemín. El Reino de Dios ya está
presente.
Lo que hay que rescatar es nuestro carácter de peregrinos,
caminantes, transitorios. La vida del peregrino no es fácil.
El concepto de perigrinación está íntimamente
unido al de la religión bíblica y cristiana. Israel,
primero, y luego la Iglesia, son un pueblo que vive la eterna
aventura del camino, a la búsqueda y encuentro con Dios.
En la historia del pueblo de Dios, el desierto, la
vida nómada, es la que precede a la instalación
en la tierra de Canaan y la acumulación de riquezas. La
tentación de instalarse es permanente; la vida sedentaria
lleva a la idolatría e instalarse en el mundo; la vida
nómada encierra un significado espiritual privilegiado,
como lugar de carisma y oración. Por eso, el Concilio
Vaticano II nos ha ayudado a redescubrir nuestra vocación
de peregrinos en camino a la tierra prometida.
Por eso, los critianos somos hombres y mujeres del camino,
como se les llama en Hechos de los Apóstoles (9,2; 18,
25-26; 19, 9,23; 22, 4; 24, 14,22). Somos ciudadanos del cielo,
pero vivimos en la tierra, encarnados en medio de realidades
temporales. Tenemos, entonces, el deber de contribuir al embellecimiento
del mundo, a su progreso, a elevar su cultura. Vivimos en la
tierra, pero no perdamos de vista que el cielo es nuestra ciudad
a la que nos dirigimos sin cesar. |