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Introducción I, II, III
La primera Bienaventuranza
La segunda Bienaventuranza
La tercera Bienaventuranza
La cuarta Bienaventuranza
La quinta Bienaventuranza
La sexta Bienaventuranza
La septima Bienaventuranza
La octava Bienaventuranza
María y las Bienaventuranzas
Bibliografia |
La primera Bienaventuranza
LA BIENAVENTURANZA DE LA POBREZA
SINTESIS DE TODAS
En el estudio de las bienaventuranzas, la pobreza se presenta
como una exigencia primordial en ambas versiones. Ella, ciertamente,
ocupa el lugar principal. Es más, la bienaventuranza de
los realmente pobres de Lucas es la síntesis de las cuatro
del mismo Lucas. Y, en San Mateo, la pobreza de espíritu
sintetiza y engloba a las demás; pobre de espíritu
es el hombre consciente de su pequeñez, de su insignificancia
social, espiritual, humana; el que es humilde.
La pobreza es la puerta de entrada a la vida cristiana. La
pobreza cristiana consiste en una libertad de corazón,
en un desprendimiento de personas y cosas para crecer en el amor.
En las dos versiónes de las Bienaventuranzas, la pobreza
asegura una participación en el Reino que Jesús
vino a establecer. En realidad, es una sola bienaventuranza:
En Lucas, con contenido social económico; en Mateo, espiritual,
que nace en el fondo de la persona.Pero en los dos, una sola,
que resume y compendia a las otras. Una sola, explicitada, matizada,
en sus diversos aspectos por las bienaventuranzas que siguen
en uno y otro evangelista.
La pobreza no es una virtud; más bien es una actitud
interior que resulta de la práctica de toda una serie
de virtudes esencialmente cristianas. Es la actitud que resulta
de la práctica de aquel amor que pone a Dios antes de
las cosas, al prójimo antes de uno mismo.
No es dichosa en sí la pobreza como tampoco es maldita
en sí la riqueza. El papa, Juan Pablo II, en su discurso
inagural de la Conferencia Episcopal Latinoamericana en Puebla,
México en 1979, nos ha dado la pista de comprensión
de la correlación entre la pobreza y la riqueza que hace
que la una sea bendita mientras la otra maldita: «hay
ricos cada vez más ricos a costo de pobres cada
vez más pobres». No solamente coexisten simultaneamente
riqueza y pobreza; la riqueza de unos no solamente se apoyan
en la pobreza de otros sino la produce para poder mantenerse.
Si no fuera por esta correlación de causa - efecto entre
la pobreza y la riqueza, lo único que habría en
el evangelio sería una evaluación masoquista del
llanto y la pobreza, por sí mismos, valoración
que es ajena a la promesa adudicada a cada bienaventuranza.
Los dos evangelistas, conjuntamente, nos dan luz para entender
la antítesis pobreza - riqueza, y nos enseñan el
verdadero rostro de la pobreza evangélica:
Lucas traza el problema existencial de la vida cristiana.
Describe la imagen del cristiano de fuera adentro. Establece
el condicionaimiento externo, social, más conforme con
la vida real de Cristo, y más conveniente para el establecimiento
del Reino de Dios en los corazones de los hombres. Es más
realista y más concreto que lo de Mateo porque habla a
los hombres de las realidades de su experiencia diaria.
Mateo traza la imagen del cristiano por dentro,
en cuyo espíritu se asienta el Reino y florece las bienaventuranzas.
Con una mirada penetrante, revela los esplendores de la futura
felicidad, iniciada ya en su alma.
Distintas visiones de un mismo tema. Desde esta perspectiva,
las bienaventuranzas constituyen un programa moral perfecto de
vida cristiana, programa que abarca desde los primeros pasos
en el camino hasta las más altas cimas de la santidad.
Todas y cada una de las bienaventuranzas, tanto de San Lucas
como de San Mateo, vienen en definitiva a confluir en la única
y plena bienaventuranza cristiana: EL REINO.
En Lucas, como también en Mateo, la primera bienaventuranza
contiene, virtualmente, las otras bienaventuranzas. Los evangelistas
acentúan, cada uno, un aspecto de la realidad integral
de la pobreza bienaventurada.
Lucas considera especialmente el término
del proceso: fija su mirada en la pobreza efectiva que es,
y en cuanto lo es, fruto del desprendimiento o aceptación,
al menos, de una realidad permitida, o querida por la divina
providencia. Sin esa aceptación con el espíritu
de Cristo, nunca hubiera podido bendecir Lucas la pobreza real.
La pobreza, en sí, no es un bien o un fin.
Mateo contempla especialmente el origen de este
proceso, el espíritu que da sentido cristiano a la pobreza
real; sea esta impuesta por las circunstancias o voluntariamente
aceptada.
¡De nada serviría la pura y material pobreza,
respecto a la posesión efectiva del Reino de Dios, sin
alma de pobreza!
Podemos decir, entonces. que hay un encuentro de los
evangelistas, una convergencia de perspectivas, al revelarnos
el verdadero rostro de la pobreza. La pobreza del espíritu
de San Mateo nos lleva a la pobreza real; la pobreza real de
San Lucas no es solamente consecuencia de la pobreza del espíritu
sino condicionamiento y aún causa, a veces, del espíritu
de pobreza.
La pobreza evangélica une la actitud de la apertura
confiada en Dios con una vida sencilla, sobria y austera que
aparta la tentación de la codicia y el orgullo (1 Tim
6, 6 - 10).
Se lleva a la práctica, también, con la comunicación
y participación de los bienes materiales y espirituales.
En el mundo de hoy, esta pobreza es un reto al materialismo
y abre las puertas a soluciones y alternativas de la sociedad
de consumo.
La pobreza evangélica, la pobreza de las bienaventuranzas,
es camino de todo discípulo de Cristo, sin excepción:
Obispos, Sacerdotes, religiosos/as y laicos/as. Cada uno según
su estado de vida. «La pobreza es una llamada y una
gracia personal. Es decir, cada comunidad de Iglesia, cada cristiano,
debe ir descubriendo la forma de pobreza que Dios le pide. No
hay recetas. Esto está ligado a muchas circunstancias:
la educación recibida, la cultura y forma de sociedad
en que se vive, la función y trabajo que se tiene, la
salud y equilibrio sicológico, etc. ... Pues, la pobreza
ha de humanizar y liberar, interiormente, y eso es relativo para
cada grupo y persona."
La pobreza evangélica es más una mística
que algo determinado o reglamentado; es una actitud más
que una forma concreta de expresión. Cada uno ha de buscar
formas y modos que mejor traduzcan el espíritu del Evangelio.
Como ya se ha indicado, no existe una virtud de pobreza sino
exigencias que se refieren a la posesión y uso de todo
aquello que se tiene: dinero, salud, tiempo, prestigio social,
cultura.
Si es cierto que la pobreza evangélica tiene que ser
la actitud de todo cristiano según su estado y condición
de vida, también es cierto lo que nos dice el Concilio
Vaticano II en cuanto a la pobreza en la vida consagrada: son
«los religiosos quienes en virtud de su estado, proporcionan
un preclaro e inestimable testimonio de que el mundo no puede
ser transformado ni ofrecido a Dios sin el espíritu de
las bienaventuranzas»
«La pobreza voluntaria para el seguimiento de Cristo,
del cual es distintivo hoy sobre todo apreciado, ha de ser cultivada
diligentemente por los religiosos, y si fuera necesario ha de
manifestarse con formas nuevas. Por ella se participa de la pobreza
de Cristo que, siendo rico, se hizo pobre por amor nuestro, para
que fuesemos ricos con su pobreza (vea 2 Cor 8,9; Mt 8, 20)
Santo Tomás de Aquino enseña que «al
hombre se le aconseja el desapego de los bienes terrenos mediante
la virtud, para usar de ellos con moderación; o de un
modo más excelente, mediante el don del Espíritu,
despreciándolos. Por eso, nos encontramos como primera
bienaventuranza la de los pobres del espíritu, que se
refiere al abandono de las riquezas y al desprecio de los honores»
Creo que se puede afirmar, tomando el contexto completo de
los textos evangélcios de Lucas y Mateo que hay un encuentro
de los evangelistas al interpretar igualmente el Reino de
Dios, en su etapa terrestre, como Reino de los pobres,
como Reino de la pobreza.
Cuando Lucas quiere afirmar la mesianidad de Jesús
y la inauguración del Reino, cita la respuesta del Señor
a los discípulos de Juan, tomado del Profeta Isaias (61,
1 - 3):
«Vayan a contarle a Juan lo que han visto y oído:
los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son purificados,
los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia la Buena
Nueva a los pobres» (Lc 7, 21 - 22).
San Mateo, en su relato del último juicio, indica con
toda claridad, quienes son los hijos del Reino: son los pobres,
no sólo de dinero sino aquellos que carecen de cualquier
cosa: inteligencia, salud, belleza, etc. (Mt 25, 31 - 46).
Hay, entonces, un encuentro, una cruce de miradas, una fusión
de perspectivas en la visión del Reino de Dios, siempre
creciendo en su etapa terrestre. Hay un encuentro final al galardonar
la pobreza con la misma bienaventuranza eterna: el Reino glorioso
de Dios (Lc), el Reino de los cielos (Mt).
La pobreza evangélica es un bien situado en el corazón
del critianismo. Hay muchas maneras de realizarla. Esta actitud
consiste en buscar por encima de todo el Reino de Dios y su justicia.
El Reino no es solamenteo el primero (Mt. 6,33) sino lo único
(Lc 12, 31) |