Monasterio de Nuestra Señora del Rosario de Quillabamba

Es el más reciente de los monasterios, frente a los otros de más de tres siglos. Su existencia, anhelada por la Iglesia, es fruto de las oraciones y evangelización de misioneros y misioneras en aquella áspera y ruda selva amazónica.

El 26 de junio de 1994 se inauguró solemnemente. Era profunda la emoción de la numerosa concurrencia, que acompañaba al Sr. Obispo Juan José Larrañeta y las nueve monjas dominicas fundadoras, presididas por la Madre Teresa del Niño Jesús Capellán Arenas. Espiritualmente estaban también presentes las religiosas de los otros monasterios dominicos del Perú, pues todos ellos aportaron religiosas para integrar el número indispensable de hermanas.

Se había cumplido con todos los requisitos y se había obtenido todos los permisos y documentos de la Santa Sede y del Maestro de la Orden Dominicana. En un terreno de propiedad de la misión de Quillabamba se veía la nueva construcción, debidamente acondicionada para la vida de la comunidad.

Solemne y tranquila se desarrolló la ceremonia; fácil es decirlo. Pero esta realización supuso un trabajo arduo, preocupación y hasta angustia para muchos. Es justo recordar a algunas instituciones y personas, como a Mons. Juan José Larrañeta O.P., Vicario Apostólico de Puerto Maldonado; a los Hermanos Dominicos del Vicariato Regional de Santa Rosa de Lima, particularmente al P. Francisco Panera; a la Federación de Monjas de Nuestra Señora del Rosario del Perú, especialmente a la Priora Federal Teresa Capellan. Para una obra de tal magnitud y trascendencia fue necesaria la cooperación, comprensión y generosidad de muchos.

Será un oasis de paz, donde se convierta en oración la formidable orquesta de la selva; casa de contemplación de donde manen luces y gracias para los predicadores; lugar de descanso para reasumir fuerzas en el trabajo misional.

iQué grandes y misteriosos son los caminos de Dios! iQuién se hubiera imaginado un monasterio en Quillabamba hace unos años!

Las oraciones, sacrificios y amor de estas hermanas suben al cielo y de allí descienden convertidos en gracias y bendiciones a la misión dominicana y también en consuelo y gozo para los habitantes de aquella tierra.

Allí está más cerca el corazón de la Iglesia, en nuestra montaña peruana, en plena zona de misión.

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